VIAJE SIN REGRESO Follow story

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MIGUEL MARTINEZ


Embarcarse en un viaje no autorizado no es cosa de juegos. Bien podrías alcanzar tu destino, o antes encontrar la muerte.


Adventure All public.

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PREPARATIVOS

A pesar de la cercanía de la estación invernal, 1989, esta era una de esas noches tibias de French Quarter, municipio de San Martín, lado francés de la pequeña isla del grupo de Barlovento al Este del Caribe, y, dentro de éste, a las Antillas Menores.

Allí vivía junto a mi esposa Amanda, desde hacía dos años, aproximadamente.

Al diminuto tamaño de esta isla; 87 Km2, se le añade su estatus colonial Franco-Neerlandés, que desde el año 1648 la empequeñece aún más geográficamente, rompiéndole el corazón en dos.

Su frontera es imaginaria, haciéndose fehaciente sólo cuando cualquiera de las dos potencias establece un punto de chequeo, en busca de infractores de la Ley.

De esa específica manera nos enterábamos nosotros de cuándo éramos lecheros o viñeros; y de cuándo nos regía Napoleón o Guillermo primero.

Las horas corrieron lentas, y ya eran las diez de la noche. Pronto habría de cruzar la desprotegida frontera hacia el lado Holandés, donde me esperaba una reunión de esperanzados viajeros sin pasaporte.

Aún no sabía de qué color estaba vestida la noche. Mi mujer y yo habíamos pasado la tarde encerrados sin saber para qué, si apenas notábamos nuestras presencias.

Ella pensaba, temerosa. Yo, le practicaba una “cirugía” a mi pantalón Jeans. Le cosía dos bolsillos rectangulares en el interior, después de haberlo revertido, de manera que al ponérmelo, éstos quedaran por dentro.

Le dejé a ambos un extremo abierto, por donde los rellené con dos pacas diferentes de mil quinientos dólares en billetes de a cien; una para cada bolsillo. Más tarde los terminé de coser; y a seguidas, otra repuntada a todo el perímetro, para reforzarlos, ya que tenía la certeza de que más adelante, en algún momento se mojarían.

Minutos antes tuve que convencer a Amanda, también madre de mis hijas, sobre la imposibilidad de arriesgarnos juntos, por el bien de ellas, que son dos.

La tristeza inhibe el pensamiento, y ambos estábamos tristes. Esa noche nuestras cabezas eran un par de cajas huecas.

El resto del tiempo pasaba mirándonos sentados el uno frente del otro. Enmudecidos, como si alguna premonición augurara algo terrible. Desganados, con la nostalgia dibujada entre los ojos.

Hasta que llegó el momento de partir: La desesperación, los besos y abrazos que queríamos fueran sin final; y los buenos deseos acompañados de la bendición de Dios y que todo su séquito me protegiera.

Me fui sin mirar atrás, en busca de una nueva vida, dejando atrás, lo que también era mi vida.

Traía conmigo: dinero suficiente, por lo menos para los primeros meses, y una bolsa plástica contentiva de un par de zapatos, un pantalón de lino blanco, una camisa de seda color vino tinto, un par de calcetines y tres calzoncillos.

A ella también la traía, pero, obviamente, no en la funda, sino en el pensamiento. Para que la angustia dejara de torturarme, decidí dejar de pensar.

Llegué al lugar de la cita, y después de una vanal discusión que se resolvió entre un revoltijo idiomático de papiamento, español, francés, inglés y neerlandés con el resto del grupo, pagué la cantidad acordada y entré a la embarcación.

El polilingüismo es una de las ventajas que, dentro de las desventajas, encierra en sus entrañas la preñez colonial de estas islas.

El barco en cuestión era robusto y amplio, color negro, la quilla blanca. Tenía unas barandillas blancas de hierro que bordeaban todo el rededor superior.

La cabina de mando situada en el centro, aproximadamente.

Es todo lo que recuerdo. Ni siquiera me fijé en el nombre.

El estado depresivo en que me encontraba no era para detenerme a hacerle reconocimientos. De todas maneras, en esos viajes se sale con más sensación de no llegar, que de lo contrario.

Zarpamos alrededor de la una de la madrugada, hacia el Sur, aunque nuestro objetivo estaba en dirección Oeste.

No sé, quizás alguna táctica del capitán; puesto que al Sureste nos dirigíamos al resto de las Islas de Barlovento.

El conjunto comienza al Oeste de San Martín, con el Canal de la Anegada, y, en forma arqueada, hacia el sureste, termina en Granada, uniendo el Mar Caribe con el Atlántico.

Más al Sureste, bordeando las costas de Venezuela, las islas Trinidad y Tobago, unidas, consideradas como una nación, cerca de las cuencas del Orinoco; y al suroeste, el otro grupo, el de las Islas de Sotavento, dentro del cual se encuentran las Islas Neerlandesas, entre otras.

Del grupo (Barlovento), Sombrero es la primera, isla pequeña y deshabitada, perteneciente a Anguila, al borde Sureste del canal. Luego, más al Sur, pegadita, de manera que de noche se ven las luces, San Martín.

Desde ahí cambió Cristóbal Colón el rumbo de su segunda expedición hacia el Oeste en nov. del 1493, yendo a parar a Santa Cruz.

Y heme aquí, haciendo casi la misma travesía, 496 años después. Naturalmente en condiciones de navegación favorables muy diferentes a aquéllas.

Pero bien, es el caso que, una hora más tarde, nos encontrábamos flotando en medio de esa gran masa de agua salada, prodigio de la naturaleza y los reinventos que el Globo Terrestre se ha hecho a sí mismo. La primera noche, como era de esperarse, cenamos insomnio.

Sept. 26, 2019, 6:59 p.m. 0 Report Embed 0
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