El Claustro Follow story

baltazarruiz154 Baltazar Ruiz

Esteban ha sido expulsado de la familia que tutelaba de él, la cuarta desde que quedó huérfano. El sistema ha perdido esperazas en su adaptación y es enviado a Santa Emilia, un desprolijo monasterio para muchachos problemáticos. En su primer día ahí le muestran lo que viene, abuso, golpes y lo peor, un castigo infrahumano: El Claustro, un lugar donde la locura anida...


Horror All public.

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El Castigo

I


Los ojos del muchacho no eran capaces de reflejar lo que tenían por delante. Eran ojos grises, apáticos, carentes de afecto y hastiados, eclipsados a golpes y ofensas. Eran los ojos de alguien a quien no le importaba nada, y por ende, los ojos de una persona peligrosa. Vestía de la forma que puede esperarse de un paria solitario, con harapos y parches llenos de otros parches más pequeños que formaban en conjunto un mosaico de colores marchitos. Su presencia era tosca, incomodaba respirar cerca de él, por razones que los demás no lograban entender, la hostilidad que emanaba contagiaba a todo que se cruzara por su camino.

Cuatro hogares sustitutos fueron pocos para que el sistema entendiese que Esteban Ferguson, no era una persona apta para vivir de libre acuerdo, necesitaba una, según su parecer, «mano guía, clara y reflexiva, que lo coloque por el camino de los hombres buenos, antes que cometa algo imperdonable», rezaba la carta escrita al archiabad de Santa Emilia.


El joven, rodeado por el aura oscura que sudaba a través de los poros, había mantenido total silencio ante el religioso de mentón duro y mirada firme. Se trataba de un hombre gordo, alto como es raro ver en una persona de tal complexión, su barba roja estaba desaliñada y le llegaba a la mitad del esternón. A todas luces intimidaba, no se asomaba en su tono de voz el mínimo de simpatía típica de los monjes de la zona, sino más bien, ostentaba una rigidez marcial. Esteban lo notó de inmediato y recordó la última vez que desafió al teniente de su segundo hogar sustituto; optando, muy a su pesar, por callar.


La oficina clerical de la abadía, era vieja, despojada de cualquier lujo terrenal, como buenos monjes que eran, pero logrando con ello que toda la edificación luciera desprolija, abandonada. La silla a punto de caerse, donde Esteban esperaba, combinaba con otra silla al fondo, también, con el único escritorio desgastado que estaba justo al frente. Un escenario lamentable, para una situación lamentable. Ni una planta, ni una hormiga, de hecho, haciendo memoria, el muchacho no recordaba haber visto nada de eso cuando desembarcó en el puerto, ni en el camino hasta la abadía, nada que no fuera mala hierba. Era como si Santa Emilia, estuviera en medio de algo que alejaba la vida misma de su órbita.


—Tu estado es peor de lo que esta carta dice —espetó el clérigo, acompañado de una mirada fría.

—¿Eso cree? —musitó el joven, cosa que el monje ignoró, no sin antes anotarlo de forma mental para luego.

—Déjame presentarme, mi nombre es Pedro Birdman, archiabad encargado por la Diócesis, como debes saber, estás aquí porque nadie más quiere hacerse cargo de ti. Eres violento, insensato, tienes serios problemas con la autoridad. Pero hemos tenido peores, nada que la solemnidad de la santa palabra no pueda cambiar, saldrás de aquí siendo un hombre de bien, de eso me encargo yo...


Se levantó de la silla con cierto esfuerzo y, tomando un cuadernillo de uno de los anaqueles en la pared, lo entregó a Esteban, quien dudó unos segundos en tomarlo. Encaminándose hacia la puerta, realizó un gesto para que el muchacho le siguiera.

Los pasillos de Santa Emilia eran largos, amarillentos y crujían a cada paso, generaban un ambiente lóbrego que era difícil de obviar. A medida que avanzaban, encontraban uno que otro monje y, más importante, con jóvenes como Esteban, de una misma edad o pocos años de diferencia. Vestían un manto que recordaba a las sotanas de los franciscanos, pero elaboradas con una tela tosca y gris. Llegaron al fin a una sala común, donde unos cinco muchachos leían las escrituras.


—Esteban Ferguson, aquí presente, será su nuevo compañero, trátenlo bien, denle una litera limpia y muéstrenle como son las cosas aquí —dijo con un tono severo.

—Sí, señor, me haré cargo —contestó uno de ellos, era alto y de rasgos finos, tenía una cicatriz en el labio inferior.

—Gracias, León.


El archiabad abandonó la sala, llevándose consigo su pesada presencia, el alivio de los muchachos fue demasiado notorio, era claro que le temían. Esteban había permanecido de pie junto a la puerta, evitaba el contacto físico con los demás, fue León el primero en acercarse.


—Me llamo León Smith, podemos ser amigos. —Extendió la mano por más tiempo de lo que normalmente podría esperarse por una respuesta, sin recibir nada—. Bueno, así las cosas, ¿eh?


El golpe lo tomó por sorpresa, aunque no era la primera vez que era castigado de esa forma, resistió bastante el daño obtenido por el puño de León, quien encajó un gancho en el costado derecho del muchacho, tumbándolo al suelo.


—Vaya, apenas vas llegando y ya hiciste enojar a León —agregó uno de los muchachos, acercándose, le ayudó a incorporarse.

—Martin, eres demasiado blandengue, estas sanguijuelas deben conocer su lugar desde el principio, llévalo a las celdas, hoy no cenará con nosotros.

—Como digas, ¡ven, levántate! —Tirando del brazo de Esteban, quien alzó la mirada con ira hacia León, pero cerró los ojos antes de hacer contacto visual, no estaba listo para soportar otro golpe.


A rastras, Martín lo llevó hasta las celdas, la más sucia y estropeada de todas, era la que le correspondía a los nuevos. Lo arrojó sin decir nada y cerró la puerta por fuera. Encorvado por el dolor que aún resentía, fue hasta una esquina de la habitación, quedándose ahí hasta dormir.


II


Pedro permanecía en silencio, mientras los gritos de un muchacho resonaban en la galería subterránea, lugar en el cual se elaboraba el vino de consagrar. Maniatado y amordazado, era vapuleado por León y otro más. El muchacho alegaba inocencia, que no había sido él quien comió del queso del archiabad, defendiéndose de esas y otras acusaciones. Pedro, que era obeso a niveles obscenos, bebía vino que no era para consagrar y escupía de vez en cuando, con una mirada indolente en sus ojos, no le daba importancia a los llantos y lamentos de aquel joven. Era obvio el estado alcoholizado del religioso.

León mantenía en su rostro una sonrisa perversa, no le importaba si su compañero era inocente o no, la oportunidad de golpear a alguien a gusto, era una ocasión que no iba a desaprovechar intentando celebrar una especie de juicio, ante los ojos del archiabad era culpable y para él eso suponía la única cosa que necesitaba saber. Continuando el castigo hasta cansarse.


—León, gracias por ayudarme en esta penosa labor, pero creo que Rigo ya entendió lo que sucede cuando toman mis cosas. Ustedes son ratas que la sociedad no desea ver, estar aquí es un privilegio que, siendo sincero, no merecen. Aprenderán a comportarse, de eso me encargaré de forma personal.

—¿Qué quiere que hagamos con él? —preguntó León con diligencia.

—Llévenlo al claustro, es hora que conozca ese lugar.


León y el otro, llamado Alfonso, se vieron a los ojos, el temor en ellos era latente. El claustro, tal palabra provocó en ellos un cambio de actitud, cosa que Pedro no pasó por alto.


—Señor, puedo seguir golpeándolo si desea, no romperé sus huesos, lo prometo —propuso León, ahora nervioso.

—¿Piensas decirme qué hacer o no hacer? —dijo molesto el religioso, acompañado de un eructo que llenó el ambiente del olor amargo del vino.

—No, no era esa mi intención. Lo llevaremos de inmediato.


Entre él y Alfonso cargaron al muchacho, quien se oponía lanzando patadas al aire y gritos ensordecedores, cosa que se detuvo cuando León le propinó un golpe contundente en el abdomen, sacándole el aire. Fueron por un pasaje detrás de un anaquel que poseía unas ruedas para moverlo con facilidad, encontrando unas escaleras hacia abajo. Con la ayuda de un candil, pudieron iluminar su camino, ya que era tal la oscuridad, que perecían adentrarse a un abismo infinito.

Caminando con sumo cuidado, debido al suelo húmedo y ligeramente resbaladizo, llegaron a una habitación al fondo de todo. El marco tenía talladas runas en toda su superficie. Al abrir la puerta, un aire viciado fue liberado, una vez dentro, la luz pudo mostrar de qué se trataba, un cuarto de apenas un par de metros de diámetro, desprovisto de cualquier comodidad, las paredes estaban cubiertas por un moho negro y el olor era rancio. Un detalle llamaba la atención de León, como en otras veces que bajó a ese lugar, una grieta en la pared, de cuarenta centímetros de largo y unos diez de ancho, era el lugar de donde provenía el moho y el epicentro de algo que causaba en los lacayos de Pedro Birdman, un horror indescriptible.


Ese lugar era conocido como el claustro.


Liberaron al muchacho de sus ataduras y cerraron la puerta tras de sí. Rigo despertó al escuchar aquello y su reacción fue inmediata, golpeó las paredes con todas sus fuerzas y rogaba clemencia, el joven temía a la oscuridad y estaba aterrado. Sin embargo, el par no escuchó sus súplicas, abandonando el lugar con una mirada sombría. Subieron con el mismo cuidado por las escaleras y colocaron el anaquel donde debía estar. El archiabad ya no se encontraba en la galería, supusieron que regresó a su recamara a dormir o a seguir bebiendo.


—¿Crees que salga de ese lugar? —preguntó Alfonso en voz baja.

—No sé, salir de ese lugar es cuestión de suerte, la mitad regresa —musitó León—, la otra mitad también, pero, no son ellos mismos, son diferentes.

—No entiendo...

—Mañana lo sacaremos de ahí y entonces lo comprenderás, sabrás porqué es mejor obedecer las reglas a toda costa. El claustro es un hueco hacia otro lugar, pero no quiero ni imaginarlo, tengo pesadillas cuando pienso en ello.


Ambos continuaron en su labor, debían llevar unos barriles de vino a la cocina.

Entre tanto, Rigo no había dejado de gritar. Luego, algo empezó a brillar desde la grieta, era una luz que llenaba toda la habitación de un color verde. A gatas, Rigo se acercó hasta ese lugar, la curiosidad era tal que dejó de llorar de inmediato. La grieta palpitaba y, después de un rato, susurraba. Eran palabras que calaban dentro del cerebro del muchacho, a pesar de no entender nada de lo que escuchaba. Sus sentidos buscaban satisfacerse por igual, teniendo que turnarse entre pegar la oreja a la grieta y observar la luz que emitía. En un momento dado, la grieta secretó un líquido verde, era una sustancia de apariencia sebosa. Rigo observaba sin saber qué hacer, hasta que entendió una sola palabra de aquella verborrea ininteligible: «bébelo»


Sin pensarlo, Rigo pegó sus labios a la grieta, succionando el líquido que de ella salía, era como un lactante hambriento al cual se le coloca en la boca un seno lleno para saciar su sed. A medida que bebía, más de ese líquido verde deseaba, succionaba con tanta fuerza que sus labios empezaban a lacerarse. De pronto, dejó de moverse, teniendo espasmos en todo el cuerpo hasta convulsionar. Repitiendo las palabras que escuchaba de la grieta, su mente fue licuada por imágenes que no entendía, perdiéndola para siempre.


A la mañana siguiente, León y Alfonso lo encontraron con la cabeza retorcida y las extremidades rotas.


Oct. 1, 2019, 3:33 p.m. 11 Report Embed 15
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Post!
Ana Jiménez Ana Jiménez
Me encanto, muy terrorífico y descriptivo. Un trabajo impecable, seguiré leyendo.
Oct. 16, 2019, 9:27 a.m.

Facundo A Facundo A
Me atrae aquellos penumbrosos paisajes que se graban en mi mente gracias al gran trabajo de descripción que ofreces, la oscuridad y curiosidad que dejas sobre el relato es increíble. Te invito a leer mi material, deseo lograr un manejo sobre tópicos como realidad, depresión y oscuridad, quien dice tal vez un foco de salvación, quizás sea de tu gusto.
Oct. 14, 2019, 5:51 p.m.

  • Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
    Hola, muchas gracias! Te invito a seguir con el segundo capítulo, las cosas de ponen mejor... Claro que pasaré a leerte, encantado! Oct. 14, 2019, 6:25 p.m.
Daniela Garcia Daniela Garcia
Me gusto 7u7
Oct. 3, 2019, 12:57 p.m.

  • Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
    Ya está disponible el segundo capítulo Oct. 14, 2019, 6:26 p.m.
Florencia Aquileia Florencia Aquileia
impecable!!! apasionante!!! ¿que habrá en ese lugar? no puedo esperar para saberlo! :)
Oct. 2, 2019, 10:10 a.m.
JM J. R. Montero Á.
Genial!!! Muy bueno Baltazar!!
Oct. 1, 2019, 10:58 a.m.
~

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