Amor en lujuria Follow story

davidrojss Eduardo Rojas

El recuerdo de un hombre, de la noche en que revivió el amor con su antigua pareja, después de encontrarla por casualidad en un viaje que realizo al caribe.


Romance Erotic For over 18 only.

#destino #mar #playa #noche #amantes #erotismo #sexual #caribe
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Amor en lujuria

Dejamos en la sala los coqueteos y la botella de champán, que relajó el ambiente durante casi una hora de conversación, en torno a la forma en la que el destino nos había vuelto a cruzar. Besos lentos nos llevaron a la habitación, para continuar una noche que sería como ninguna otra. Entramos en la alcoba penumbrosa, donde la completa oscuridad, era evitada por la tenue luz de la luna, que entraba por la ventana, junto a la fresca brisa del mar caribe, que hacía bailar las blancas cortinas. Fuimos directo a la gran cama de forja victoriana, donde reposaba un colchón vestido de sábanas moradas, al lado de ella, se encontraba un espejo oval de cuerpo completo, por donde se reflejaba la ventana, y todo aquello que llegara a estar sobre la cama. El ritmo cardíaco aumentaba cada vez más, mientras nos acercábamos al lecho donde nos consumiríamos por orden del amor. Veía fuego de pasión en sus ojos, mientras ella desabotonaba mi camisa con gran agilidad. Las palabras habían quedado atrás, solo nos comunicábamos con el roce de nuestros labios. Caímos en la cama, de la misma forma en que caen las hojas de otoño. Se postró con ligereza sobre mi cintura, haciendo movimientos con su pelvis que incitaban al deseo, mientras se quitaba la blusa de lino negro que llevaba puesta, era un deleite ver como lo hacía, con una sensual naturaleza, que solo ella es capaz de dominar. Cada parte que iba quedando al descubierto, era una nueva pieza para armar la hermosa pintura de su desnudez. Desabrochó su sostén blanco sin dejarlo caer, lo hizo para mi sufrimiento y su diversión, se entretenía con mi mirada ansiosa por ver su edén oculto. Tiró a un lado la prenda, dejando al descubierto la bella silueta de su busto, quede maravillado ante los trazos de su cautivante cuerpo. Cuando me vi tan embelesado, caí en cuenta que era ella quien llevaba el control, y yo, un simple juguete de trapo a la merced de sus carnales deseos. Se abalanzó para sujetar mis muñecas, y subir mis brazos mediante ellas, me inmovilizó, como una leona hace con su presa. Trajo consigo, una lluvia de besos y suaves mordiscos, que caerían sobre mi cuello y mi boca. Era experta en lo que hacía, y tenía bien definido el límite entre placer y dolor, le excitaba hacerlo, y a mi sentirlo. Sus suaves senos empezaron a ludir con mi pecho, mientras los delicados pezones hacían caligrafía sobre él, asemejándose a caricias con una pluma exótica. Pasado unos minutos aflojó su mano izquierda, y vi la oportunidad para liberar cuidadosamente uno de mis brazos, apenas lo hice, dirigí mi mano hacia su muslo, que estaba caliente y era de una suavidad increíble. Me iba deslizando debajo de su falda blanca, disfrutando cada centímetro de aquella piel celestial. No me atrevía a seguir hasta su entrepierna, el respeto que le tenía, era más fuerte que la euforia del momento, necesitaba su aprobación para aquella parte tan privada. Aquel dilema fue interrumpido, cuando súbitamente se volvió a sentar sobre mí. Al verla erguida y bella, llegó a mi pensamiento la idea de tocarla, desde su cintura, hasta la cúspide de sus senos, pero no lo pude hacer, por un acto inesperado que realizó con el más dulce cariño que he visto. Colocó su mano sobre mi pecho, a nivel del corazón, tomo la mía y la llevó al de ella. Cerró sus ojos color café, y me pidió que hiciera lo mismo. Estando privados por voluntad propia del sentido de la vista, me dijo con voz sincera –Siente como laten al mismo tiempo, sincronizados como las alas de una mariposa que vuela libre por el campo. Con esa misma libertad, deseo que bailen nuestras almas y nuestros cuerpos entre las sabanas-. Quedé atónito por el sentimiento con que dijo esas palabras, –Así sucederá hoy, y siempre- le respondí. Ambos abrimos los ojos, y vi en su mirada un dulce amor, amor que se convirtió rápidamente en ardor de deseo, cuando tomó mi mano que aún estaba en su pecho, y la llevó a su entrepierna, para después lanzarse de nuevo con un torbellino de besos. Apretaba mis hombros según la intensidad de sus labios, la cual aumentó cuando mis dedos empezaron a danzar bajo sus panties. Tenía mucho cuidado con cada caricia, pues el hacerle daño hubiese sido algo imperdonable, mi dedo índice y medio, eran los pinceles con los cuales daba trazos de placer sobre el lienzo de su intimidad. Cuando los sentí muy húmedos, supe que era el momento de realizar el acto que nuestros corazones dictaban. Saqué mi mano derecha de sus panties, y la coloqué tras su rodilla izquierda, la otra la llevé detrás de su cabeza, de tal forma que al momento de girar no cayera bruscamente. Fui levantándome poco a poco, y ella tumbándose a su derecha al mismo tiempo, comprendió que invertiríamos los papeles con suavidad, para no romper la armonía. Yo arriba y ella bajo, ambos con el pecho al descubierto, ella con falda blanca y yo con jean oscuro, los dos con la ropa interior húmeda, así estábamos en ese momento. No podía hacerle cosas con su misma intensidad, pues a mis ojos, era una muñeca de porcelana, a la cual se le debía dar el más suave trato. Con tranquilos besos empecé a recorrer las curvas de su cuello, el perfume que utilizaba era dulce y agradable al olfato, como los jardines de lirios orientales. Seguí mi trayecto con la lengua hasta su pecho, donde besé cada parte que estaba a mi alcance. Sucumbí al deseo de morder con delicadeza sus pezones color almendra. Mis manos apretaban moderadamente sus senos, jugueteaba con la cúspide de cada uno, con mi lengua acariciaba, con mis dientes mordía, y con mis dedos sobaba de diferentes formas y direcciones. Comencé a ver su blanco abdomen, era un cuadro listo para ser pintado por mis besos. Besaba por aquí y por allá, vi por su tierna risa que le causaba cosquillas aquel detalle, succionaba con suavidad, dejando un mapa de tenues chupones por donde iba pasando. Seguí bajando con agasajo hasta su cintura, haciendo las mismas prácticas que iba realizando por todo su cuerpo. Llegué al inicio de su falda, la cual empecé a quitar sutilmente, ella me ayudó moviendo sus piernas, según la altura por donde fuera pasando la falda. Ropa interior blanca, eso era lo único que resguardaba su intimidad, respiré profundo sobre ella, sintiendo la fragancia de su néctar. No resistí más, e hice a sus panties lo mismo que le hice a su falda. Me levanté al ver que todo su cuerpo ya estaba al descubierto, era la más admirable obra de la creación, estaba seguro que era la envidia de venus, y de todas las musas artísticas. Mantenía reprimidos todos mis impulsos, pues sentía la necesidad de su aprobación, para realizarle todas las ideas de placer que tenía en mente. La miré, y vi en su cara una sonrisa y un guiño pervertido, aquellas fueron las señales suficientes para jalar del gatillo, que dispararía todas mis intenciones de deleite sobre su cuerpo. Me arrodillé al pie de la cama, mientras tomaba con suave firmeza sus pantorrillas y las acercaba hacía el borde. Con cuidado abrí sus piernas mediante las rodillas. Besaba sus muslos, a medida que me adentraba entre ellos. Faltaba poco para llegar al lugar deseado, sentía cada vez más cerca el aroma proveniente de allí. Mi cabeza ya estaba en la parte más angosta, ante la zona más privada y sensible de todo su cuerpo, centro de su placer, y lugar que exploraría con mi boca, navegando entre los pétalos que lo componían. Suspiró de relajación, cuando la punta de mi lengua empezó a tocarla. Llegaban a mis neuronas miles de sensaciones, provenientes del sentido del sabor. La suave textura, la embriagante esencia, y la fluidez del elixir sexual, hacían de aquella parte como un pañuelo de algodón, mojado con un brioso vino francés. Hice muchas cosas con mi lengua según el lugar. En la cumbre, donde se encontraba su perla erógena, movimientos circulares, succionando y presionando levemente; en los costados, movimientos en zigzag, de arriba abajo y viceversa; en el interior, movimientos de remolinos, cambiando de dirección y velocidad según mi antojo. Se regocijaba en el placer, y yo, en el saber que era el causante de su excitación. Hacía en vano el intento de controlar su cintura, y el aleteo de sus piernas. Le note el nivel de euforia por como apretaba las sabanas y mi cabello, en los instantes cuando perdía el control de sus impulsos. No recuerdo cuanto duramos en aquella emocionante actividad, pero si cuando paramos. Observé el paraje de su entrepierna antes de abandonarlo, se había convertido en un manantial de néctar sexual, cuyo cauce llegaba a la cama, la cual quedó empapada, como la arena tras ser mojada por la espuma del mar. Me levanté saboreando mis labios, pues en ellos aún estaba el sabor de su feminidad. Ella volvió a su posición, moviéndose poco a poco por la cama, adoptando una pose ondulante, cual serpiente que incita al pecado. Se encontraba acostada, mientras yo le admiraba de pie, su piel blanca parecía brillar al combinarse con la luz de la lumbrera menor. Aquella imagen quedo retratada profundamente en mis recuerdos, su cabello desarreglado, la sonrisa de satisfacción, el cuerpo juvenil delineado majestuosamente, pero en especial, la profunda mirada que me llamaba para unirnos. Me acerqué a la cama, y ella fue abriendo sus piernas, mientras alzaba los brazos hacía mí. Tomé una de sus manos, para besar su palma, y seguir desde allí hasta su boca. A medida que recorría su brazo, mi cintura empezaba a encajar entre sus piernas, acercándose más a la de ella. Colocó sus brazos alrededor de mi cuello. Cuando llegue a sus labios, los besos se tornaron más lentos y profundos, disfrutando uno de la boca del otro. Ambas lenguas bailaban agradablemente, como si se tratara de un noble vals. Estando en aquella postura, tome mi sexualidad para masajear la de ella en diferentes direcciones, moviendo los pétalos de un lado a otro, mientras veía la picara sonrisita que brillaba en su cara, gesto que se convirtió en una inhalación profunda, con una lenta exhalación. El ritmo entre caderas empezó de manera sutil. Desenlazó sus brazos de mi cuello, y llevó sus manos hasta mis hombros, donde enterró con emoción sus uñas de esmalte negro. Su interior era tan suave como firme, y tan mojado como la arena de la playa que por la ventana se veía. La realidad se distorsionaba con cada choque de pelvis, con cada latir, con cada segundo de unión. Me detuve para acostarme a su izquierda, con tal de que se subiera sobre mi cintura. Utilizó sus manos para sobar mi carne erguida, y colocarla a la entrada de su interior. Se dejó caer aflojando sus piernas, empezando así de nuevo la penetración, solo con la diferencia, de que ella dirigía todo desde esa posición. Empezó la arritmia de su cadera, la habilidad que tenía con el vientre era digna para la danza oriental. Izquierda, derecha, profundo, ligero; todas esas maniobras las controlaba según su deseo. Se sostenía sobre mi pecho, mientras yo acariciaba el de ella, masajeaba y jalaba con cuidado sus pezones. En ciertos momentos flexionaba sus codos, quedando a mi alcance sus senos, para besarlos y morderlos. Su ondulado cabello tapaba parcialmente su cara, como si fuera una cortinilla, por donde se podía ver las perlas café llenas de ardor. Tomé su cintura para levantarla, e indicarle que se acostara viendo hacia la ventana. Adopté la posición que ella tomó, ella delante y yo detrás. Alcé su pierna derecha por la rodilla, creando así un triángulo, el cual pedí que mantuviera, mientras emparejaba mi pelvis con la suya. Alzó su cabeza para darle paso a mi brazo izquierdo. Volví a sostener su pierna, y dimos inicio al acto, mientras ambos veíamos por la ventana el paisaje de una noche caribeña. Ron blanco y esencia de canela, así era el olor del sudor de su cuello, que al combinarse con el mío, se creaba un brebaje de hormonas sexuales. Volteaba su cabeza y yo levantaba la mía, para besarnos y juguetear con las lenguas. Los gemidos de placer, la rápida respiración, las sabanas mojadas, y el calor que emanaban nuestros cuerpos, eran evidencias rotundas de la intensidad del momento. Nuestras almas llenas de pasión nos controlaban, moviéndonos de manera natural y fluida, de diferentes formas, dejando a las poses del kamasutra como posturas obsoletas e inflexibles. Rogaba al amor para que aquella noche nunca acabara, pero sabía que eso era imposible, pues el tiempo nunca se detiene, además, nuestros cuerpos son mortales, y están sujetos a la ley del principio y del fin, y a esa misma ley están sujetas todas las cosas, que con ellos hacemos. Aquel encuentro debía tener un final, que ambos tuviéramos siempre en el baúl del corazón, en la parte más íntima posible. Me senté con las piernas cruzadas, después ella se sentó sobre mí, mientras envolvía con sus piernas mi cintura. El vaivén empezó con suavidad, como las barcas pesqueras, que navegan por el mar cuando este es calmado. Me maravillada con el movimiento de su cabellera, cuando se balanceaba hacia atrás, y con los besos mágicos cuando se inclinaba hacia delante. Fue en esa pose cuando pude llegar a su punto más profundo, convirtiéndose aquel momento, en el instante donde la fusión estuvo en su más alto nivel. El clímax empezó a acercarse cuando las caderas aumentaron su ritmo, acrecentándose las inhalaciones y exhalaciones, ambos corazones daban indicios de explotar, por la euforia que llevaban dentro. Me agarró del cuello, y empezó el beso más memorable de toda la noche, que nos sacó de aquella habitación, para llevarnos a un plano de completa felicidad y relajación, con esto llegó el orgasmo, de dos amantes movidos por el amor. Me incliné hacia atrás, afincándome en mis brazos, mientras ella se dejó caer sobre mi pecho. -Te amo- me dijo mientras escuchaba mi corazón y veía el espejo, al cual voltee a ver, y viendo su reflejo le respondí –Y yo a ti, como nadie más lo haría-. Levantó su cabeza, y me dio un beso fugaz acompañado de una sonrisa. Se levantó y dejó la cama, y fue hacia a la ventana. Se quedó viendo el paisaje de un mar cristalino pintado con la luz de la luna, de una playa con plantas costeras movidas por la brisa caribeña, de un oleaje lento y tranquilo, de un cielo lleno de astros con una luna en su perigeo.


-No hay nada más hermoso ¿cierto?- me dijo, mientras apreciaba
el firmamento.


-En realidad yo he visto algo más bello, y nada lo superara- le
replique, mientras me acercaba y le abrazaba por detrás.


-¿Ah sí? A ver, dime que es- dijo mirándome de reojo.


-Tu. A mis ojos, eres la más hermosa creación que jamás ha sido
concebida.

Deslumbró una sonrisa en su rostro, y volvió su mirada a la luna, quien fue la espectadora de aquella noche de amor y pasión, entre dos amantes que el destino había vuelto a unir.



Sept. 14, 2019, 9:06 p.m. 0 Report Embed 0
The End

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