Abandono del Tiempo Follow story

luischb LUIS CHAVEZ

Historia de un mendigo que vive en un pueblo pero nadie sabe de donde vino, es solo un hombre sin pasado que vive como paria y muestra solo sus sentimientos y el dolor que siente.


Memoir & Life Stories All public.
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Abandono del Tiempo

L. Chavez B.

Relato del hombre sin pasado


Las campanas de la iglesia de san Calletano resonaron temblorosas anunciando con ocho campanadas la hora que el viejo reloj marcaba en aquella torre, causando que decenas de palomas volaran asustadas. Los toques destemplados se escucharon a lo lejos por el pueblo, seguidos del clásico repique que anunciaba la segunda llamada de la misa. El viento helado que recorría las calles del lugar mostraba la insolente llegada del invierno y aunque, apenas eran los primeros días de noviembre, daba la sensación de estar ya a fines de diciembre. La penumbra de la noche había irrumpido intempestivamente en la ciudad y había desvaneciendo por completo la etérea claridad desde el ocaso. Las románticas farolas que rodeaban el jardín de la plaza principal se habían iluminado como tratando de enmendar con su luz artificial la cerrazón de aquella noche.


Sentado en una de las bancas de granito yacía un hombre con abrigo largo y con un gorro de lana que le cubría hasta las orejas. Ahí se mantenía atento desde hacía ya varias horas mientras que vigilaba la entrada de la iglesia. Con evidente nerviosismo revisaba su reloj y recorría el jardín con la mirada, escudriñando palmo a palmo aquel lugar como esperando ver a alguien. La noche había caído por completo; sin embargo, él seguía sentado en la banca de la plaza que ya estaba callada, triste y solitaria. El viento frío soplaba cada vez más fuerte, ahuyentado a todos los paseantes del lugar; solo las personas que aún estaban en la iglesia comenzaron a salir cubriéndose la cara y cerrando sus abrigos. El hombre las miró de una por una hasta verlos alejarse contra el viento, como si fueran cometas zigzagueantes que se perdían en la penumbra. Con las mejillas enrojecidas por el tiempo, las pupilas dilatadas y los ojos llorosos, aquel hombre maduro, con el pelo blanco y de aspecto intelectual se puso de pie, no parecía tener frío; sin embargo, el aire glacial que reventaba con fuerza repentina le exigía secar a cada instante las lágrimas furtivas que, involuntariamente, le escurrían por las mejillas. El hombre parecía estar hundido en un pantano de negrura espiritual que le extirpaba el alma haciéndolo vociferar sin contenerse. A cada instante sacaba de su bolsa una foto que revisaba con cuidado y luego la volvía a guardar.


Después de varias horas se escucharon las doce campanadas del reloj de la torre para anunciar la media noche, el hombre miró a su alrededor, todo el parque estaba desierto mientras que el cielo seguía mudo y lleno de negrura como recordándole su soledad. Con pasos titubeantes echó a caminar hasta la puerta de la iglesia que ya estaba cerrada. Extrajo una botella de licor y de inmediato tomó un trago para luego iniciar su improvisada danza, dando giros y silbando un viejo vals mientras que, haciendo caravanas, declamaba y bailaba con ritmo acompasado como si estuviera en el teatro principal.


—¡Feliz Cumpleaños Inocencio, querido y pobre idiota! Feliz cumpleaños. La vida es toda tuya, brindo por eso y por esa. — Gritó en forma desesperada con voz un poco ronca y así siguió durante un largo rato gritando como loco, vociferando de la vida en contra de la gente, en contra de la noche, del frío, del dolor y del amor.

— Brindo por mi soledad que nunca me abandona porque siempre va conmigo a donde quiera, lo demás solo son migajas de la vida. — gritó nuevamente mientras que ya apuraba el otro trago.


De pronto se detuvo intempestivamente y se recargó en la puerta de la iglesia, resbalándose poco a poco hasta quedar sentado por completo para así terminar con el licor que le quedaba, luego, con furia estrepitosa azotó la botella contra el piso y se quedó dormido durante largo rato. Cuando por fin se despertó ya casi estaba amaneciendo, con trabajo se incorporó para seguir su travesía sin rumbo fijo, encaminándose por la calle principal. Al pasar frente a las ventanas de un enorme restaurante se detuvo por un momento para ver un grupo de familias que, alegres, celebraban una boda. La novia trepada en una silla, aventaba en ese instante el ramo nupcial al grupo de mujeres que ansiosas se lanzaron para atraparlo según las tradiciones del lugar. Inocencio seguía atento mirando aquella fiesta y, como si se encontrara en trance, por más que lo intentaba, no lograba quitar los ojos de la novia. Después cuando todas las parejas decidieron reanudar el baile, Inocencio logró mirar con atención a cada una de las asistentes y de inmediato sintió un estremecimiento que lo hizo reaccionar, reflejando en su cara una pequeña mueca de felicidad, haciéndolo esbozar una sonrisa. Una mujer de piel muy blanca lo observaba cuidadosamente. Tenía los ojos verdes y un elegante vestido color negro que remarcaba sus voluptuosas cualidades femeninas. junto a la ventana lo miraba y sonreía con cierto aire de coquetería que él interpretó inmediatamente. Un poco desconcertado la miró por un momento; sin embargo, cuando se percató que algunos de los invitados ya lo empezaban a mirar con desagrado, se turbó y decidió mejor seguir con su camino mientras balbuceaba en su interior.

A paso lento decidió dirigirse a la cantina que era el lugar donde solía terminar con sus paseos y adonde muchos otros concurrentes compartían sus penas hasta ya muy entrada la mañana. Algunos se quedaban dormidos en el piso, mientras que otros como Inocencio, aún se podían pagar un mugroso cuarto en el hotel de junto, donde solo se dormía por unas horas antes de ser despertado por el conserje que muy temprano comenzaba sus labores cotidianas: silbando y echando agua a cubetas en el piso, barriendo el patio, trapeando los pasillos y recogiendo la basura que depositaba en una bolsa.

— Inocencio, ¿Cómo va todo? —le preguntó el cantinero cuando este abrió la puerta y se acercó a la barra donde le acercó de inmediato una botella luego de mirarlo de arriba abajo. Con solo verlo, el cantinero pudo darse cuenta del sufrimiento que se reflejaba en la mirada de aquel hombre.


El y todos los que lo conocían sabían que ignoraba por completo su pasado. Sabía que se llamaba Inocencio porque todos le decían así; sin embargo, desconocía por completo su origen y su historia. Ante todos él era simplemente un “hombre sin pasado”, un paria sin presente ni futuro y para él, este pueblo y su gente eran lo único que había visto en toda su vida. En ocasiones, cuando lograba tener momentos de plena lucidez, solo duraban un instante y al día siguiente de nuevo era solo Inocencio. Muchos en el pueblo decían que llegó en un barco como refugiado porque cuando lo vieron llegar, solo traía consigo una muda de ropa, una cobija deshilachada y una gorra de marino. El puerto más cercano estaba a más de doscientos kilómetros y ese era el único camino por donde se podía llegar al pueblo. Cuando la gente le preguntaba quien era, solo le daba risa y les contestaba otra cosa diferente, se ponía a chiflar. A la gente de aquel pueblo le empezó a caer bien porque cuando estaba en su juicio, era comedido, inteligente y le gustaba ayudar a los demás; incluso tuvo un empleo de mensajero que hasta la fecha le siguen dando tareas que le permiten comprar algo de comida y su apreciado licor. En su bolso siempre carga el recorte de la foto que parece sacada de una revista de modelos: la cara de una mujer rubia de ojos azules que dijo era su novia, pero lo abandono.


—Bien, muchas gracias —le respondió Inocencio al cantinero luego de ingerir un sorbo del vino.

— Hoy tampoco va ir usted a su casa? —le dijo el cantinero, mientras le servía más vino.

— ¿Casa...Dijo casa?, yo ya no tengo casa, ahora solo soy un relegado del señor, que no me aceptó en su rebaño de ovejas y que, por consiguiente, todo lo que toco se hace mierda. — Le contestó — pero por si usted no lo sabe, aquí en la tierra es donde está mi propio infierno y mi purgatorio porque yo, a diferencia de otros, estoy seguro que es solo el principio de lo que nadie entiende en esta vida y yo ya estoy jodido y empezó a llora bajando la cabeza.

—Ay Inocencio yo no se porque si usted lo tenía todo, decidió llegar a esto; pero no se preocupe que los tiempos cambian y un día lo recuperará todo, ya vera. — dijo el cantinero tratando de consolarlo.

— Pues yo tampoco lo se, a lo mejor ya estoy muerto y no me he dado cuenta. —Le dijo Inocencio al tiempo que se despedía levantando la mano.

— ¡Animo!, Inocencio, ¡Feliz Cumpleaños! — le dijo el cantinero.


Fin

Aug. 6, 2019, 6:55 p.m. 0 Report Embed 1
The End

Meet the author

LUIS CHAVEZ Persona sencilla, enamorado del campo y de la naturaleza, sensible a los acontecimientos sociales, soñador que ama la vida, a la familia y a la gente con quien ha compartido ilusiones. Ama la música y la convivencia, su ilusión es el poder manifestar en su escritura una forma de mirar la vida,

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