Adicto a tus mentiras Follow story

azale Sara García

Stelle Roberts, una joven de veintitrés años de edad, es trasladada a Madrid a través de un programa de intercambio de estudiantes de la universidad metropolitana de Londres. Después de cumplir casi un año en la capital, se encuentra con Marcos Costa, un estudiante que se convertirá en su nuevo entretenimiento. Historia para el reto "El Co-autor", escrita junto a K.H Baker (@khbaker).


Drama Not for children under 13.

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Mordiendo el anzuelo

1


La noche se cernía sobre el campus, las estrellas brillaban a lo lejos simulando ser un conjunto de pequeñas luces creadas para iluminar el camino. Los últimos estudiantes salían de la biblioteca después de haber pasado horas preparando los exámenes finales del curso, sin embargo, Stelle era la única que todavía permanecía allí.

Sentada en una de las mesas más alejadas de la puerta de entrada y, sobre todo, alejada del mostrador donde la bibliotecaria estaba repasando su cuadrante por última vez antes de abandonar su puesto de trabajo, se encontraba Stelle Roberts, una joven de veintitrés años que había sido trasladada a Madrid gracias al programa de intercambio de estudiantes de la universidad metropolitana de Londres. Desde una edad temprana, Stelle había mostrado ciertas cualidades que hacían de ella una alumna de matrícula de honor, y aunque había tenido algún que otro roce con sus compañeros, los profesores lo atañeron a una falta de interés debido a su elevado cociente intelectual. Cuando acabó sus estudios secundarios, fue recomendada y premiada con una beca para la universidad, pero debido a su comportamiento, sus tutores legales pensaron que lo mejor para ella era un cambio de aires, visitar lugares nuevos, por lo que la incluyeron en el programa de intercambio. Todos aquellos factores hicieron que, en ese preciso instante, Stelle estuviese allí aún a pesar de las indicaciones de la bibliotecaria sobre el cierre de la biblioteca.


—Último aviso, querida —anunció la bibliotecaria en su ronda.


A pesar de llevar allí casi un año completo, el español de Stelle todavía dejaba mucho que desear y, aunque lo entendía, le costaba expresarse por lo que esbozó una amplia sonrisa fingida y asintió un par de veces. Aquel acto complació a la mujer que, tras corresponder su sonrisa, se retiró para seguir con su última ronda. Fue entonces cuando Stelle le vio de pie al lado de una de las estanterías donde reposaban libros sobre arquitectura.

Como si la llamasen a gritos, Stelle retiró la silla hacia atrás sin hacer ruido, recogió el libro que estaba hojeando y lo guardó en su lugar correspondiente antes de acercarse a aquel joven, que la miraba con la más seductora de las sonrisas. Cada paso que daba hacia él, sus reacciones físicas cambiaban. Le dedicó una sonrisa, se apartó el cabello hacia un lado y se ajustó bien la camiseta que llevaba, provocando que su escote fuese todavía más visible que en un principio.


—Medicina avanzada —le susurró el joven cuando llegó hasta él.


—Arquitectura novohispana —respondió ella con un encantador acento inglés y una media sonrisa esbozada en su rostro. Tras aquel extraño intercambio de palabras, ambos tomaron caminos diferentes.


Stelle observó por el rabillo del ojo a aquel joven que buscaba con vehemencia el libro que ella le había mencionado. Después de estudiar durante horas la posición de los libros, había elegido el que más alejado de la entrada estaba, al contrario que el que había elegido él, pues como había podido comprobar con anterioridad, los libros de medicina se encontraban a poco más de un metro de la puerta de la salida.


Abriendo el libro recomendado, encontró una pequeña bolsita con un polvo blanco que la hizo sonreír, ampliando notablemente el tamaño de esta cuando escuchó como él joven maldecía en voz alta al otro lado de la biblioteca. No cabía duda de que ya había abierto el libro que ella le había recomendado, aquel en el que debía encontrarse el pago de la droga que ella tenía en sus manos, pero en el que tan solo figuraba una hoja de papel en el que podían leerse las palabras “Screw you”.

Sin perder ni un solo segundo, Stelle le dedicó un fugaz gesto de despedida a la bibliotecaria y salió del edificio con tranquilidad, para comenzar a correr una vez se encontraba en la intemperie. No tardó en escuchar los gritos enervados del joven al que acababa de timar alrededor de trescientos euros y, por alguna extraña razón que incluso ella desconocía, su sonrisa se amplió ante la idea de que él podría cogerla en algún momento.


Corrió todo lo rápido que sus piernas le permitieron, pero lo único que consiguió con aquello fue caer de culo cuando, al girar la esquina, chocó contra un joven que paseaba de camino a su residencia.


—¡Necesito ayuda! —exclamó Stelle mientras se levantaba.


El joven se quedó perplejo durante un segundo observando a aquella joven. Su pecho subía y bajaba con rapidez a causa del jadeo producido por la carrera, además, lo que parecía el comienzo de unas gotas de sudor comenzaban a empañar su frente. Sin cuestionar lo que la mujer pedía, le hizo un gesto para que le siguiera, la residencia de estudiantes donde él vivía no estaba lejos y podría ocultarla allí, aunque no podían llegar hasta ella sin dar un rodeo o volver por el camino por donde ella había llegado huyendo.

Buscando un atajo rápido, el joven –en un acto reflejo– tiró de la mano de Stelle para que ella se diese prisa en seguirle pero, justo cuando tenían la puerta de la residencia a pocos metros de distancia, un joven corpulento, moreno y con cara de pocos amigos, se plantó ante ellos con los brazos cruzados. Primero miró a Stelle, y la mandíbula se le tensó provocando que los dientes le chirriaran ligeramente. Después, y vagamente, llevó la mirada hasta el joven tras el que Stelle se había escondido parcialmente para ocultarse de aquel mostrenco enfurecido.


—Tu novia me debe pasta —dijo, con los brazos todavía cruzados a la altura del pecho, lo que hacía que la camiseta se ciñese a sus pectorales y estos se marcaran todavía más.


—¡Eso es mentira! —exclamó ella, volviéndose a esconder detrás del chico cuando el mazacote enfurecido dejó caer los brazos a los lados de su cuerpo con los puños apretados.


—No me toques los cojones, rubita —respondió el joven corpulento.


—Tranquilízate —clamó el otro chico—. ¿Cuánto dinero te debe?


—Doscientos noventa euros —respondió sin dudar el joven cabreado—, pero con los intereses de la carrera que me ha obligado a echar serán trescientos cincuenta.


—¡Joder! —exclamó el joven sin pensarlo—. ¿Pero qué te ha hecho para deberte tanto dinero? —preguntó, mirando a Stelle de reojo.


—Robarme cinco gramos de coca, así que ya me estáis pagando si no queréis que os dé de hostias hasta que se me duerman las manos —respondió, haciendo crujir sus nudillos—. No pienses que no pegaré a una pija asquerosa.


—Escucha, ahora mismo solo llevo… —el joven pausó la frase para rebuscarse en los bolsillos y la cartera, sacando después unos cuantos billetes—, cien euros encima, pero vivo ahí, así que deja que lleguemos y te traeré el resto enseguida.


—¡No pagues, no le debo nada! —respondió Stelle.


—Si no le dices que se calle, la callaré yo mismo —respondió el joven, alzando ligeramente uno de sus puños—. Tienes cinco minutos para traerme el resto y ella va a quedarse conmigo haciéndome compañía como seguro de que vas a volver.


Stelle cogió el brazo del chico en un intento de retenerle, pero él le miró con seguridad y le dedicó una pequeña sonrisa que intentaba transmitir que no se preocupase por nada.


2


La residencia donde el joven vivía no era más que un apartamento pequeño de dos habitaciones donde vivía con tres estudiantes más. El modelo de apartamentos intentaban imitar a las universidades que solían verse en las películas, por lo que se encontraban todos en edificios de cuatro pisos encabezados con un nombre escrito con letras doradas en la parte superior de la puerta de entrada. En el edificio en el que él entró, podían leerse las palabras “Edificio Iota”.

Trotó mientras subía las escaleras que le llevaron al segundo piso donde estaba su apartamento y cuando llegó, jadeante y con las manos temblorosas a causa del esfuerzo, abrió la puerta con su llave y entró, cerrando después con el pie.


—Llegas tarde —anunció uno de sus compañeros sin mirarle. Estaba embobado, con la mirada fija en la pantalla de televisión y con el mando de la consola entre sus manos—. ¡Toma! —exclamó alzando las manos, centrado en el juego—. Tienes pizza en la cocina, para que después digas que somos malos compañeros —añadió. Al ver que no le respondía, puso el juego en pausa y se giró—. Marcos, ¿me estás escuchando?


Sin molestarse en responder a su compañero, Marcos entró en su habitación y comenzó a rebuscar entre sus pertenencias. La habitación no era precisamente un ejemplo de decoración pero tampoco es que necesitasen que tuviese las paredes decoradas con papel pintado, mientras no se cayesen a trozos, les servía.


Después de buscar sin éxito entre sus libros, y las cajas con carpetas que todavía no se había molestado en desembalar, al fin encontró lo que estaba buscando. Cada mes, a su madre le entraba el sentimiento de culpa y le enviaba a su hijo una caja con galletas caseras y algo de dinero que él no dudaba en ahorrar. Tenía todo el dinero guardado en una pequeña caja, la primera que su madre le había enviado y la única que no era de cartón.


—¿Me has escuchado? —preguntó Lucas, cruzado de brazos en el umbral de la puerta—. ¿Qué buscas?


—¿Por qué no vas a terminar la partida y me dejas en paz un rato?


—Porque esto es más divertido —respondió con una amplia sonrisa en el rosto—. ¿Te has metido en problemas? —preguntó al ver como guardaba un fajo de billetes en el bolsillo.


Marcos se llevó el dedo índice a los labios y le indicó silencio, acompañando al gesto con una mirada de vaga indiferencia. No había sido la primera vez que Lucas le había dicho que no se metiera en sus asuntos pero ahora que no era él quien escondía algo, le entraba la curiosidad por conocer todo lo que rodeaba a su compañero. A pesar de que eran compañeros desde hacía dos años y de haber compartido juntos noches de pizza y consola, no eran amigos íntimos. Sin decir nada más y, tras volver a salir de la habitación, apartando a Lucas por el camino, salió del apartamento.


3


—Tienes suerte de haberte encontrado con tu novio, es mejor persona que tú —dijo el joven corpulento que había permanecido cruzado de brazos delante de Stelle durante el tiempo que Marcos no estaba presente.


—Creo que el que tiene suerte de que le hayamos encontrado eres tú —se mofó ella, ladeando después una sonrisa jocosa en el rostro. Por primera vez en todo el tiempo que llevaba en España, hablaba con soltura, aunque no se desprendía de aquel acento inglés que la volvía encantadora.


—Ten cuidado, Stefanie —dijo el joven, haciendo alarde del conocimiento sobre los datos personales de ella, quien borró la sonrisa de golpe—. ¿Olvidé mencionar que lo sé todo de ti? No juegues con fuego si no quieres acabar quemándote.


—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó ella. Él no tuvo tiempo de responder, antes de que pudiese hacerlo, Marcos ya volvía trotando, con los puños apretados.


Con cara de pocos amigos por tener que darle su dinero a aquel joven, Marcos sacó de su bolsillo el fajo de billetes pequeños y se lo entregó, evitando mirar a la chica ya que no quería acusarla de ninguna de las maneras por lo que estaba pasando. Al fin y al cabo, él había decidido ayudarla cuando podría haberla abandonado a su suerte, pero él no era así.


Mientras el joven contaba el dinero, Marcos le miraba de arriba abajo con cara de pocos amigos y, cuando acabó y se guardó el dinero, él le respondió con la misma mirada antes de clavarla en la chica y marcharse de allí.

Ambos, tanto Stelle como Marcos, estuvieron en silencio durante un instante. Querían contemplar como el otro chico se marchaba de allí y no volvía para pedirles más dinero o para algo peor. Cuando al fin desapareció de su vista, Marcos la miró con las manos en las caderas y ella se levantó del escalón en el que estaba sentada, para poder estar a su altura.


—Se empeñó en que me llamaba Stefanie y que debía pagarle —dijo ella, encogiéndose de hombros—. Te compensaré, lo prometo.


—¿No te llamas Stefanie? —cuestionó él.


Stelle negó con la cabeza y rebuscó en sus bolsillos hasta sacar el carnet de identidad que llevaba dentro de un pequeño monedero. Al entregárselo para que él lo viera, le rozó con suavidad la punta de los dedos, y esbozó una pequeña y tímida sonrisa. Después de comprobar que realmente ella no se llamaba Stefanie, le devolvió el carnet y se encogió de hombros. Realmente no sabía por qué la había ayudado, pero ver como sonreía tranquila, después de que aquel bestia se marchara, le bastaba para saber que había hecho una buena acción.


—¿Vives lejos? —preguntó él—. Puedo acompañarte si te sientes más segura así.


—Prefiero no volver a mi residencia ahora mismo —negó ella con la cabeza, antes de dar un paso hacia él y rozar la punta de sus dedos con suavidad.

July 6, 2019, 1:20 p.m. 1 Report Embed 8
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Post!
Franyelis Ramirez Franyelis Ramirez
Esto pinta muy bien. Enganchada totalmente con el primer capitulo.
July 8, 2019, 9:32 p.m.
~

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