Dientes de león Follow story

azale Sara García

Cuando encontraron el cuerpo de Blanca entre varios dientes de león la prensa se hizo eco de aquella noticia, informando sobre aquel suceso de la manera más sensacionalista. "El caso de la joven de los dientes de león" fue aterrador para amigos y familiares: se había suicidado. Cuando ya había pasado un mes y todos trataron de retomar sus vidas con la mayor normalidad posible aparecen cuatro cartas, una para cada presunto culpable de su muerte.


Drama Not for children under 13.

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Entre dientes de león

El viento soplaba con fuerza y las ramas de los árboles se agitaban con rabia en medio del bosque desprendiéndose de algunas de sus hojas. La tierra del suelo estaba húmeda y cubierta por pequeñas ramas, helechos y algunos dientes de león: era poco frecuente que crecieran en aquella época del año, pero allí estaban, intentando sobrevivir al frío extremo del invierno. Olía a rocío, humedad y naturaleza, pero también a misterio, soledad y sufrimiento.

Los crujidos de las ramas que cubrían el suelo irrumpieron en el silencio del bosque, nadie solía frecuentarlo por la falta de accesibilidad, pero las vistas desde la cumbre eran preciosas. Cuatro jóvenes se reunieron allí, sus pisadas y voces asustaban a los pájaros que descansaban sobre los árboles: no estaban acostumbrados a visitas y creían que podrían suponer un peligro para ellos. Podría llegar a ser agotador subir caminando hasta la cima, pero lo habían conseguido, con las respiraciones entrecortadas y un sudor frío empapando sus frentes.


—Martina, llevamos caminando más de una hora —la voz grave de Adrián la obligó a detenerse entre los grandes árboles, ella era quién lideraba aquella larga caminata—. ¿Por qué mierda nos traes hasta aquí?


—Es enfermizo —susurró Adara visiblemente asustada, abrazándose a sí misma en un intento por protegerse del frío—. Aquí es dónde... —inició la frase pero se vio incapaz de terminarla, tragó saliva tratando de deshacer el nudo que se había formado en su garganta, pero no lo consiguió: la angustia se lo impedía.


Martina soltó un ruidoso suspiro y se giró para poder devolverle la mirada a Adrián. Sintió un escalofrío recorrer su cuerpo y trató de tranquilizar su nerviosismo, pero era difícil calmar los latidos agitados de su corazón. Creyó que sería ridículo mantener la espera y rebuscó en su bolso, sacando finalmente un sobre amarillo que ya había abierto. Lo agarró con fuerza como si temiera que el viento se lo llevara, y enseñó a sus acompañantes las palabras que estaban escritas en una de sus caras con un rotulador negro: «Los remordimientos pueden llegar a ser terribles, pero no hay nada peor que la muerte: Martina, Adrián, Adara y Aarón, nos vemos en el Infierno».


—¿Qué mierda es eso? —Aarón se alteró al leer aquello, reconocía la letra de Blanca a la perfección.


Se acercó a Martina con intenciones de arrebatarle el sobre pero Adrián se lo impidió agarrándole del hombro con fuerza. Martina se alejó tres pasos de ellos y escondió aquel sobre detrás de su espalda, no quería que ninguno de ellos lo partiera en mil pedazos. Para ella era importante lo que contenía, sobretodo cuando sabía que Blanca lo había escrito antes de suicidarse.

A Adara empezaron a temblarle las piernas, tenía unas inmensas ganas de llorar y sus ojos empezaban a inundarse en lágrimas, pero el resto estaban demasiado inmersos en sus pensamientos como para percatarse de ello. Se secó las mejillas con la manga del jersey y comenzó a morderse las uñas, se veía incapaz de pronunciar palabra alguna.


—Lo encontré esta mañana, alguien debió de meterlo por el hueco de debajo de la puerta de mi casa —aclaró Martina, todavía nerviosa—. Cuando supe que Blanca lo había escrito no dudé en abrirlo, y bien... —volvió a apretar el sobre con fuerza, sin darse cuenta de que lo estaba arrugando.


—¡Suéltalo, joder! —alzó la voz Aarón con agresividad, pero pronto Adrián le asestó un golpe en la nuca que lo hizo callar.


—Eres un bocazas —se quejó Adrián con molestia—, si Martina nos trajo hasta aquí era para que nadie se enterase de esto, no lo jodas ahora.


Martina carraspeó consiguiendo llamar la atención de los presentes una vez más. El viento removió su cabello ondulado y volvió a mostrar el sobre, introdujo la mano en su interior y sacó su contenido con miedo: todos pudieron contemplar cuatro cartas blancas, todas ellas cerradas. Adara volvió a tragar saliva, se hacía una idea de lo que aquello podría suponer.


—Una carta para cada uno de nosotros —aclaró Martina con una voz apagada—, no abrí la mía todavía, pero creo que quiere que sepamos que tuvimos la culpa de su muerte.


Todos se mostraron sorprendidos y enmudecieron. Segundos después Aarón reaccionó acercándose para coger su sobre correspondiente, tenía el ceño fruncido y se le marcaba una de las venas del cuello al tensar la mandíbula. Aún siendo el más impulsivo del grupo no se atrevió a abrirla y la dobló antes de guardarla en uno de los bolsillos de su chaqueta negra.


—¿Por qué íbamos a ser culpables de su muerte? —cuestionó Adrián—, éramos sus amigos.


Martina negó con la cabeza: ella tampoco tenía respuesta a aquella pregunta, se encontraba tan confusa como el resto. Se acercó a Adrián y le entregó su sobre, que lo aceptó con intriga.


—No puedo —Adara se negó cuando Martina le extendió el suyo—. ¿Era necesario venir aquí? —las lágrimas volvieron a deslizarse por sus mejillas y Martina la contempló con tristeza—. Se suicidó en este bosque, es cruel que nos hayas obligado a venir.


—Lo siento, Adara —Martina agachó la cabeza—, sabes que aquí nunca viene nadie, en el pueblo todos nos conocen.


—No le hice nada —trató de defenderse, pero Martina insistió en que aceptara el sobre.


—Está muerta, creo que se merece que leamos lo que quiere decirnos a cada uno de nosotros —trató de convencerla—. Sé que es duro, pero quiero que esto quede entre nosotros.


Martina tenía miedo de que los padres de Blanca se enterasen, creía que lo mejor era convertir el contenido de aquel sobre en un secreto. Adara agarró su carta con dolor y leyó su propio nombre escrito con la letra de Blanca: se veía incapaz de detener el llanto.


—¿Por qué nos quiere castigar? —preguntó Aarón con ira—. Nos quiere culpabilizar cuando todos sabemos que Blanca ya tenía depresión diagnosticada desde antes de conocernos, no la obligamos a suicidarse —Adrián se acercó a él para agarrarlo del cuello de la chaqueta con rabia y alzó el puño en un gesto amenazador.


—Cómo puedes ser tan gilipollas —masculló con ira, desafiándolo con la mirada—. Como no cierres esa bocaza pienso partirte la cara —lo amenazó.


—Adrián —Martina lo llamó a modo de advertencia, no quería que se pelearan, sobretodo teniendo en cuenta que no era momento más adecuado para que lo hicieran—. Volvamos a casa, leer las cartas cuando os sintáis preparados.


Martina se acercó a Adara para intentar consolarla y Adrián soltó a Aarón. Emprendieron su camino hacia el pueblo, pero no podían ignorar los dientes de león que decoraban el suelo del bosque. Blanca se había suicidado allí, decían que había cogido unas tijeras de cocina y se había auto-infligido dos cortes verticales: uno en cada muñeca. Desangrándose se dejó caer sobre el suelo, mirando hacie el cielo. Cuando encontraron su cuerpo después de dos semanas intensas de búsqueda decían que este estaba rodeado de dientes de león, y que su cara se encontraba cubierta por las semillas de aquella planta. Había sido tan curioso que los periódicos se llenaron de titulares sensacionalistas donde se hablaba del caso de la joven de los dientes de león. La causa de la muerte era tan obvia que pronto descartaron la posibilidad de secuestro y asesinato.

Al llegar al pueblo se dividieron: Adara tenía claro que quería meterse en cama para desahogarse y llorar todas las lágrimas que había intentado contener en el bosque, Aarón pensó que lo más adecuado sería tratar de evadirse entre botellas de alcohol, y Martina y Adrián se sentaron en el banco de madera de un parque.


—¿Qué crees que habrá escrito? —preguntó Martina en un susurro, le dolía la cabeza de haberle dado tantas vueltas al asunto.


Adrián pasó uno de sus brazos por encima de los hombros de la joven y la acercó a él. Besó su mejilla en un gesto de cariño, tratando de tranquilizarla.


—No lo sé, pero no permitas que te afecte demasiado —contestó con seguridad—. Sabes que siempre tratamos de ayudarla, no creo que lo que escribiese sea tan malo.


—Intentaré leerla esta noche, pero va a ser duro.


—Espera a mañana, tienes que estar tranquila —buscó su boca y besó sus labios, pero Martina no se encontraba demasiado receptiva dadas las circunstancias—. Te quiero mucho —le recordó.


Martina no contestó, se encontraba demasiado cansada y no tenía las suficientes fuerzas para hacerlo. Quería olvidarse del asunto y a la vez sabía que Blanca se merecía que la tuviera presente, siempre había sido una joven encantadora.


—Ojalá fuera más cobarde, así no lo habría hecho —mencionó Adrián alzando la vista al cielo, rompiendo el silencio—. Tenía demasiadas agallas.


—Tiene razón, nos encontraremos con ella en el Infierno —se esforzó en pronunciar Martina, asumiendo la culpa.

June 12, 2019, 9:14 p.m. 1 Report Embed 3
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Galenica  Galenica 
Sinceramente me encantó. Es apenas el primer capítulo y ya me tienes atrapada. Me gusta mucho el manejo que tienes entre los diálogos y las acciones de los personajes. Y también que causes tanta intriga con respecto a lo que dirán las cartas, sigue así😊
June 18, 2019, 2:47 p.m.
~

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