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khbaker K.H Baker

¿Existe realmente el crimen perfecto?


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Capítulo 1

1

Era de noche, como la mayoría de veces al perpetrarse un crimen como este. La ausencia de luna hacía que todo pareciera más terrorífico de lo que en realidad era, aunque yo sabía que el esplendor y la claridad aguardaban tras los nubarrones. En cierto modo me identificaba con ello, mi esplendor se ocultaba tras la espesura de mi crimen, salvo que nadie se había dado cuenta de ello todavía y yo no iba a ponerles las cosas fáciles.

El interior de la casa me brindó una cálida bienvenida. Él vivía solo, no se llevaba demasiado bien con su familia, tampoco tenía amigos ni empleo. Todo apuntaba hacia él desde el principio, desde el momento en el que le vi aguardando en la cola para comprar el pan, y de eso hacía ya un par de años.

Nada me relacionaba con él, al fin y al cabo no le conocía personalmente ni vivíamos cerca. Sin embargo, nuestros caminos se cruzaron un buen día y dudo mucho que él fuera consciente de ello.

Todo estaba calculado al milímetro. Él era la víctima perfecta y yo cometería el crimen perfecto.

Las luces del porche se encendieron y mi primera reacción fue dirigirme hacia la ventana para comprobar que esta vez llegaba solo. A pesar de considerarle el hombre perfecto, tenía un defecto que no se molestaba en ocultar: le gustaba pasar el rato en clubs de alterne y no era la primera vez que se llevaba a una de las chicas del Flavor’s Kitty a casa, pero yo me aseguraría de que no hubiese una próxima vez.

El sonido de la puerta principal hizo que me estremeciera, que deseara bajar las escaleras y rebanarle la garganta, pero no era así como lo había planeado. Debía ser paciente y dejar que él acudiera a mí. Me había tomado mi tiempo acomodando su habitación, no iba a tirar por la borda todo el trabajo y el esfuerzo.

Empuñé el cuchillo con fuerza. Las manos me sudaban a causa de la impaciencia y los nervios, por un momento, temí que el cuchillo pudiese resbalarse de mi mano y me acabara cortando yo.

El plástico crujió nuevamente bajo mis pies cuando volví a cruzar la habitación para situarme tras la puerta, apreté mis labios y justo después los relamí para humedecerlos. Sus pasos resonaron en la tarima que recubría las escaleras, estaba subiendo y en mi rostro se dibujó una sonrisa que, poco a poco, comenzó a ampliarse. El cuerpo me tembló de forma muy ligera, sentía la necesidad de salir de mi escondite y darle la mayor sorpresa de su vida, un susto de muerte como diría algún entendido en comparaciones poéticas, aunque para mí, ese tipo de comparaciones escondía un punto cómico.

Una melodía agradable y risueña provenía directamente de los labios de Eric que, sin ser consciente de lo que le aguardaba al otro lado de la puerta, silbaba despreocupado mientras acababa de subir los últimos peldaños. Algo me decía que estaba de buen humor y eso solo podía significar una cosa; acababa de estar con alguna de las chicas del Flavor’s.

Mi sonrisa se desvaneció al imaginarle disfrutar con semejantes mujeres, las cuales vendían su cuerpo al mejor postor. Nunca fui capaz de entender aquello y la primera vez que vi a Eric tampoco imaginé que le gustasen aquel tipo de servicios. Quizá aquella fue una de las principales razones por las que me tomé mi tiempo en idear semejante atrocidad, aunque no fue la que más peso tenía para mí.

El picaporte por fin chirrió al girarse, antes de que la puerta se abriera del todo. Al otro lado, donde yo me encontraba, había un perchero en el que Eric tenía colgadas varias chaquetas. Decidí ocultarme tras una de ellas para que no me viese en un primer momento, pero él ni siquiera encendió la luz, por lo que consideré aquello como una señal para darle más dramatismo a mi acto y sorprenderle como nunca nadie lo había hecho.

—Felicidades, Eric —dije con total parsimonia mientras posaba mi mano libre sobre la madera de la puerta para cerrarla con suavidad.

—¿Pero qué cojones…? —dijo exaltado mientras se giraba hacia mí. Sus ojos se abrieron a causa de la sorpresa y podría asegurar, sin temor a equivocarme, que su corazón había comenzado a bombear con fuerza.

No le di opción a que siguiera hablando, la punta del cuchillo se hundió en su abdomen y, poco a poco, la hoja afilada fue rasgando su piel hasta que la mitad del frío acero estuvo dentro de su cuerpo.

La sangre se tomó un par de segundos para comenzar a salpicar, estaba esperando a que yo retirara la hoja del cuchillo para correr incesante. Lo primero que manchó fue su jersey, me dio pena, era el que mejor le quedaba, según mi criterio. Después, fue empapando poco a poco la tela vaquera de sus pantalones hasta que acabó goteando en el plástico. Cada gota que caía era un nuevo sonido sordo que me provocaba más placer incluso que el que había sentido todas y cada una de las veces que me había colado en aquella misma habitación para observar como dormía.

La hoja del cuchillo estaba totalmente impregnada en sangre, la cual resbaló lentamente hacia el mango cuando alcé el arma para observarla con detenimiento. Eric me miraba con el rostro enrojecido y los ojos desorbitados, parecía más sorprendido por el simple hecho de verme sin ropa que porque le hubiese acabado de apuñalar.

Intentó entreabrir los labios para hablar, pero lo único que consiguió fue que un hilo de sangre emergiera de entre ellos y resbalara hasta gotear directamente sobre su jersey.

—Por el amor del cielo, Eric, no hagas eso —dije, limpiando su labio inferior con mi pulgar, antes de limpiarme la mano en mi propio abdomen.

No había más que pudiese hacer, estaba en shock, pero no quise arriesgarme a que tuviese un arranque repentino de ira y la adrenalina le brindase la fuerza necesaria para reducirme, por lo que volví a desgarrar su piel con el cuchillo, de la forma más perfecta que pude, logrando que se tambalease hacia atrás.


2

Me costó un poco, pero logré controlar su vaivén para que cayese directamente en la cama, haciendo crujir el plástico que reposaba sobre la colcha. La sangre había dejado un rastro disperso desde la mitad de la habitación hasta la cama, donde se había extendido creando un charco debajo de su cuerpo que se escurría por el plástico hasta caer al suelo.

Los estertores, cada vez más frecuentes y menos sonoros, se fueron acallando hasta que desaparecieron por completo y tan solo quedó un cuerpo pálido y desprovisto de vida. Incluso siendo un cadáver, seguían viéndose igual de hermoso que siempre, quizá más, porque de sus labios no emergían frases absurdas. No podía negarlo, Eric era el hombre más sensual y atractivo que había visto en toda mi vida, pero era más inútil que una caja de cerillas mojadas.

He de decir que no sentí ningún tipo de remordimiento. Le amaba –¿podía realmente llamarse amor?–, pero no deseaba sentir aquello. No tenía duda alguna de que aquella era la forma más rápida de olvidarme de él, ya que no tendría que buscarle con la mirada por las calles para ver si le encontraba por casualidad ni tendría que ver su rostro en los demás hombres.

A pesar de saber que estaba muerto, me acerqué una última vez haciendo crujir el plástico de la cama al sentarme sobre ella y coloqué mis dedos índice y corazón sobre su cuello, comprobando que, en efecto, ya no tenía pulso. La sangre resbaló desde lo alto de la cama cuando el colchón se hundió por mi propio peso, pero no fui capaz de darme cuenta hasta que la sangre se deslizó por mi muslo y corrió pierna abajo hasta acabar manchando los dedos de uno de mis pies.

Sonreí por mi propia torpeza y me levanté de la cama, salpicando algunas gotas de más por el suelo plastificado. Ahora que el trabajo estaba hecho, solo tenía que limpiar las evidencias, lo cual estaba claro que iba a llevarme más tiempo del que me había tomado acabar con la vida de Eric.

Abrí su armario, dejando una huella más que clara en el pomo de la puerta, lo cual logró causarme cierta gracia. Volví a limpiarme las manos en el abdomen, esta vez con más ganas que la última, asegurándome que el rastro de sangre se esparcía lo suficiente como para no seguir manchando y, cuando consideré que ya no iba a dejar mi marca en ningún sitio más, cogí una de las camisas de Eric y me la puse. Me quedaba grande, aunque eso era algo que ya daba por hecho, dado que él era un hombre corpulento, quizá fuese aquella la razón de mi atracción. Ahora eso ya no importaba.

Su ropa estaba perfectamente colgada en las perchas, toda su ropa era de la última temporada, o al menos eso parecía por el precio que colgaba de la etiqueta de alguna de las camisas. Nunca podré entender como era capaz de comprar ropa tan cara si no tenía empleo alguno.

Me limpié la sangre de las piernas y el trasero con la camisa más cara que tenía, ¿Qué más daba ya? Después me puse una de sus zapatillas, unas de deporte, para salir de la habitación e ir en busca de algunos productos que eran necesarios para deshacerme del cuerpo.

Las escaleras volvieron a crujir a mi paso mientras me cercioraba de que no manchaba nada mientras caminaba, parecía una mera paranoia, pero cada movimiento era crucial. Me dirigí hacia la cocina y un hambre voraz se abrió paso al oler el delicioso aroma que emergía de un recipiente de cartón con comida china.

—¿Pensabas cenar a estas horas? —me cuestioné en voz alta mientras me sentaba en la mesa. Nadie iba a venir a buscarle y yo no tenía prisa, solo debía asegurarme de recogerlo todo bien una vez hubiera acabado.

Abrí la bolsa y saqué el recipiente con comida, una nube de vaho se alzó cuando abrí las solapas de la caja, provocando que me relamiera de nuevo al mismo tiempo que mi estómago rugía clamando alimento. Cogí los palillos desechables, aunque no sabía usarlos bien, era mejor que comer con las manos. Me sorprendí ante mi forma de coger aquellos bastoncitos de madera los cuales se deslizaron bajo mis dedos como si hubiera hecho aquello más de una vez, y mi sorpresa aumentó al darme cuenta de que comer así no era tan complicado como pensaba.

Obviamente, tardé lo mío en terminar de cenar, no tanto como pensaba pero sí más de lo que hubiera tardado alguien experimentado. Después, recogí cada recipiente, cada minúscula mota de comida que pudiera haber saltado y, al acabar de hacerlo, limpié con un producto desinfectante tanto la mesa como la silla, para limpiar posibles evidencias.

—¿Hiciste bien matando a Eric? —me dije en voz alta mientras me miraba al espejo que reposaba al lado del perchero de la puerta principal—. Lo hice. De nada sirve lamentarse ahora —respondí de inmediato. No me cabe la menor duda de que posiblemente haya alguien en este mundo que, si se enterase de lo que había hecho, tacharía de vil y demente dicho acto. Puede que tengan razón, siempre supe que era alguien excepcional y posiblemente esa fue la razón que me empujó hacia mi verdadera vocación, pero tenía razones de peso para enviar a Eric a un lugar mejor.

May 14, 2019, 8:33 p.m. 4 Report Embed 12
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NV Nestor Ventura
Excelente narración. La tensión genera expectativa en el lector, necesaria para seguir leyendo. Felicitaciones.
June 17, 2019, 2:09 p.m.
MariaL Pardos MariaL Pardos
Las vocaciones, hasta la de asesino, son importantes 😉 Muy interesante! Un saludo.
May 27, 2019, 6:15 a.m.
L Leonel
El asesino nunca había cruzado palabra con su víctima, sin embargo lo amaba, ¿psicópata pasional?
May 17, 2019, 3:40 a.m.
F. Ciamar F. Ciamar
Parece bastante desordenado y caotico para tratarse de un crimen perfecto... tendre que ver como sigue.
May 14, 2019, 11:42 p.m.
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