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francisco-rivera1553811071 Francisco Rivera

Hechos extraños en la vida del personaje


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Cuando me encontraba situado sobre la parte alta de la casa de alquiler que acababa de ocupar, pude disponer, hasta entonces, del suficiente tiempo individual para recorrerla. Al observar el actual estado de mantenimiento que, según me había expresado el arrendatario con su machacón sentido de interés compuesto, escuché su perorata sin evitar siquiera la indebida atención a su discurso, mientras ambos andábamos en el recorrido anticipado a la instalación definitiva mía como siguiente inquilino "en turno".

Absorto del espacio que se desplegaba ante mi vista, fui advertido de dónde me movía y con quién me apersonaba en tanto escuchaba "retazos" de su palabrería (“…lugar impecable y en completo orden…”) mientras celebraba la oportunidad de recorrer una a una las habitaciones del enorme departamento que acababa de conseguir.

Lo que más me excitó fue la intención de llegar hasta la azotea y descubrir sus dimensiones ajustadas y distribuidas en el perfecto rectángulo que se abría a mí vista: al fin me congratulaba de regresar al propósito primario de mi felicidad individual en medio de mis más recónditas excentricidades existenciales.

Esforzándome en conservar una sonrisa dubitativa ante el arrendador de marras: me imaginaba,ya, degustando toda esa soledad posible con mis más preciadas y recurrentes inferencias o analogías libres, sin que hubiera de por medio interferencias mundanas como las que sufría en el momento de concluir la entrega de llaves de ese gran departamento.

Oteando a todas partes mientras me situaba dos pasos atrás de ese alter ego que parloteaba sin cesar, procuraba establecer las dimensiones prolongadas del magnífico rectángulo que conformaba su remate utilitario en ese espacio de la azotea respecto de mis innumerables proyectos personales a desarrollar.

Haciendo un gran esfuerzo de concentración personal a mis cavilaciones inmediatas, al mismo tiempo buscaba repeler mentalmente lo que el casero argumentaba a tan sólo dos pasos de mi espalda (“…espacio de dos por dos, para tender la ropa…”) por cuanto decidí entregarme a sopesar las excelentes condiciones que ese lugar, esa hora y la infausta compañía, me representaban durante ese recorrido lineal e impersonal.

La vehemencia del “rentista" me atosigaba por mi costado derecho; provocaba en mí un pasmo individual dada la inmediatez revulsiva que no me permitía establecer una distancia alterna, prudente y paralela a él.

Éste, sin miramiento alguno, ponderaba otras tantas situaciones dentro de la relación arrendador-arrendatario al relacionar de modo un tanto fuera de lugar a los habitantes anteriores que, dicho sea de paso, me pareció excesivo lo escuchado de unos u otros, por cuanto revelaba una contrariedad no alcanzada a mencionar pero que a mi parecer resultó contraproducente a su siguiente comentario : (“…como puede darse cuenta, sin niños jugando, el piso exterior de la azotea luce perfectamente impermeabilizado...”)

En su consabida monserga, su perorata avanzaba de modo práctico sobre el pago riguroso al estado de cuenta bancario en su remate de rentista lógico ("...so pena de aplicar modestos intereses por mora tácita…").

Adivinando que así sería, en un impulso excéntrico de mí parte resolví de manera correspondiente acabar y firmar papeles relacionados con sus inmediatos deseos comerciales.

Procedí en el acto a formalizar el estampado de mi rubrica en ese contrato diablesco. Al entregarle ese documento en cuestión de segundos, se daba por concluido el acta de protocolo de común acuerdo entre ambas partes. Lejos de detenerse un instante prosiguió su cantinela habitual, otorgando cierta importancia al hecho contumaz de haberse colocado un nuevo recipiente de plástico (o cisterna) que contenía la reserva de agua potable para usos diversos, en la parte más alta de esa vivienda: la base de soporte de cemento donde se colocaría el surtidor de agua potable del departamento.

En ese instante inefable, me dispensé ante él como mejor me fue posible para asociar otro pensamiento excéntrico, reservado a la lectura de mi propio silencio, si bien, ahora un tanto aquiescente, no por ello dejaba de ser un tanto impersonal…

Mientras redondeaba mis pensamientos de manera subsecuente, me distrajo algo extraño ocurrido a plena luz del día.

Se trataba de la sucesión de un momento inusual: al parecer y sólo para mí, había observado la sombra de un animal extraño posado junto a un lavadero de piedra.

Esta distracción personal me llevó, por consiguiente, sin evitarlo en menor medida, a no escuchar con atenta cortesía lo que continuaba diciendo al respecto (“…base de cemento fuerte y bien cimentada para la cisterna, cuyo contenedor plástico sustituyó al nocivo asbesto por sus efectos cancerígenos…eso sí, cuenta con cubierta de tapa de rosca en buen estado…lo mismo que el tubo de pvc de aireación, completo…”) en tanto dirigía continuas miradas a ese mueble casero para lavar la ropa.

Minuciosamente observaba dicho mueble de piedra y creí, por un instante, que un animal, semejante a un gato, se encontraría agazapado a un costado de los enseres de aseo (baldes de plástico, vacíos, jergas y bolsas para colecta de basura orgánica e inorgánica) colocados a un costado derecho de ese objeto.

En ese instante, separado del arrendador, inspeccioné el interior de la pileta de agua pero esta se encontraba cubierta con una tapa de lámina, lo que hacía imposible la introducción de cualquier animal en ese espacio.

Volví mis pasos atrás y me planté en el costado izquierdo del casero tratando de hilar sus comentarios. Éste, con cansina voz, me franqueaba el paso para conocer una construcción más pequeña, levantada para la guarda y conservación de enseres del hogar y otras chucherías por el estilo (“…una reciente construcción de aproximadamente tres por cuatro metros cuadrados…”), y al comentar esto último, inmediatamente apareció la forma de un gato, si bien no pequeño, su inusual tamaño me hizo creer que se trataba de un minino.

En ese instante, justo cuando el arrendador introducía la llave en la chapa de la puerta con el fin de exponer la dimensión utilitaria de la pequeña habitación expuesta a mi vista, deambuló sobre un costado derecho de la superficie de esa azotea; pude establecer, sin duda alguna, la forma de ese extraño animal.

Cabe decir, que la monserga continuada por parte del dispensador de bienes raíces afirmaba, con cierta autoridad insustancial, y sin debido provecho para mi propio interés de arrendador el poder discernir qué era “aquello” que hasta el momento último se había mostrado de manera fugaz.

El esfuerzo de convencimiento utilitario de aquél rentista de departamentos proseguía sin empacho. Para nada tomaba la cuenta de cuanto decía (“…sus muros de contención de metro y medio de altura, en buen acabado y en perfectas condiciones de conservación y mantenimiento, pero sin pintura…Señor ¿Mendala, está usted de acuerdo?... ¿no es así?…”).

Y como para concluir con la muestra de ese espacio digno de una atalaya pero sin torreones, concluí su cortesía haciendo gala de condescendencia para pasar, en cuanto lo despidiera, a descubrir de inmediato a lo que ya me tenía extrañado. Debo confesar que, dentro de ese estado circunspecto se cruzaba en mi mente lo que recién había recibido en el teléfono móvil, a contestación de Elena, mi amante en turno: “…gusto por la recreación, libre de todo gozo, estricto y envolvente ante las corrientes ancestrales del viento sobre los cuerpos aireados, desordenando cabellos y ofreciendo oportunidades de respiraciones hondas, hasta un punto tal, de que, todas las exhalaciones hechas sean soltadas en comunión libre y feliz…en medio de nuestra desnudez primigenia, ancestral, partenogénica…”

Tales pensamientos se cruzaban en mí, de modo inevitable con lo último que me expresaba el casero, en el descenso de las escaleras que conducían a la planta baja.

De manera rauda, yendo en pos de él todavía alcanzaba a escuchar la continuación de sus razonamientos (“…guarda de sobrantes del menaje familiar; juguetes, libros, mobiliario plegable para atender comensales ocasionales; utensilios de limpieza y peluches de todo tipo, tamaños y colores contenidos dentro de bolsas de plástico transparentes…”) decía así, incluso, cuando se encontraba caminando por el patio interior donde se localizaban los demás departamentos. Tras ese inventario se detuvo en el zaguán que resguardaba la propiedad común y de manera cortés se despojó del saco; luego, se encaminó a su auto. Me despedí de él con un fuerte apretón de manos y lo vi partir. Ahora me quedaba tiempo de sobra para subir hasta ese cuarto y buscar en su interior o en los alrededores, la silueta agazapada detrás de los macetones o del bote contendor de basura orgánica, donde fuera que fuese.

En rápido desplazamiento llegué a la parte superior. Realicé una minuciosa inspección de todo el rectángulo que conformaba esa gran azotea.

Al rodear ese objeto práctico de lavado a mano, encontré, con desparpajo, lo que dejó de ser sólo una imagen extraña.

La figura o criatura dejó de presentarse imprecisa ante mí vista. Su aparente y envolvente obscuridad mostraba una forma compuesta: ya un tanto humana; ya un tanto, femenina y en posición ovillada.

Ésta, sin aparente sorpresa de mí parte se desperezó e irguió lentamente. Esperé a verla completamente incorporada y pude observar la cautela desplegada al quedar firmemente plantada frente a mí persona.

Respiraba suave, con ronroneo semejante a los de un felino pero siendo al mismo tiempo una fémina asociándola con un cierto animal ancestral que luego, en un tris, mostraba su cuerpo completo de mujer.

Me mostró un suave movimiento circundante y una convincente elasticidad. Aproximada a mi pecho, sentí el brote rumoroso del cabello. Su entidad no definida de modo aparente, le confería una silueta sobrenatural en parte humana y en parte animal.

En otro breve instante y en medio de mi azoro, empezó a tener rápidas transformaciones corporales hasta alcanzar una silueta de beldad a joven moza. En su proceso corpóreo atestigüe cómo a determinados intervalos de segundos, introducía las manos en la densa cabellera. Los finos y largos dedos los disponía como si fueran peinetas. Extraía y volvía a introducir las manos en los cabellos hurgados, ritmando sus movimientos circulares de manera sensual, como para provocarse un ajustado desorden y re distribución caprichosa de su capilaridad personal. De esa manera conseguía mayor volumen y mejor acomodo de la melena con inocultable coquetería recóndita. La mirada extrañada de la mujer, recientemente transformada, acrecentaba una sugestiva sonrisa y como un complemento audible dejaba escapar, nuevamente, intermitente ronroneo gatuno y erotizado…Su mirada fija circundó en los siguientes minutos mis sentidos; dejé de guardarle distancia prudente. Sin mediar algún sonido gutural o palabra alguna se sentó sobre la dura superficie y transformó las torneadas piernas y los admirables muslos en cuartos traseros de gata: ahora, en momento dado, limpiaba sus pies pequeños; lo que yo supuse extremidades inferiores humanas…en verdad, eran sendas patas delanteras terminadas en bordes afelpados que escudaban unas bien afiladas garras. Ella o el animal felino semi humano, se encontraba en un perfecto estado de parsimonia. En ese lapso, atestigüé mi transformación en un nervioso ratón a punto de ser cazado. En tal circunstancia, me percaté del recelo de sus vanidades exponiéndome a su agradable sonrisa, proyectando mi imagen en su antiguo espejo de mano, y entonces vi un rico bocado, siendo yo, en consecuencia, su motivo provocado…

May 18, 2019, 2:31 a.m. 0 Report Embed 0
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