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andres-wegner1555524306 Andres Wegner

A veces, en el caos de un conflicto cruento y sin sentido, cuando las esperanzas se desvanecen, cuando te preguntas si vale la pena seguir adelante, una luz de esperanza puede llegar en el momento menos esperado...


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#trincheras #la-gran-guerra #romance #guerra
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TU VOZ

Noviembre de 1918, la Gran guerra llegaba a su fin después de 4 años de una lucha cruenta que había bañado los campos de Europa con la sangre de millones de jóvenes, hombres, mujeres, niños y ancianos. Es cierto, la guerra no hace distinción cuando se deja caer como una tormenta sobre el bosque, como un oscuro cuervo que llega arrastrando la noche con él. Pero aunque a veces la esperanza es poca y lejana, dentro de la confusión y el caos, el amor se presenta como un tenue hilillo de luz que se cuela por la ventana.

…Como la luz del sol que daba en el rostro de Jack sentado el tren en el cual se estaba evacuando las tropas aliadas. De seguro los últimos rayos que vería en Francia antes del inicio del invierno en su natal Inglaterra. Era el mayor de tres hermanos y el único que había sobrevivido a las trincheras anegadas de barro y dolor en la frontera Franco-Germana. Aun se preguntaba si aquel conflicto había tenido algún sentido, ir a luchar a tierras que nunca antes había conocido, conteniendo la invasión a un país que no era el suyo…pero la verdad, la política no le quedaba, simplemente se alistó por amor a su bandera, y en aquel momento ella lo había llamado.

Sabía que sería el consuelo de sus padres, aunque la pérdida de dos hijos jamás puede superarse, al menos lo tendrían a él para consolarse en sus últimos años. Jack había sobrevivido como la mayoría de quienes regresaban a sus hogares por simple azar, por fortuna o por la voluntad de Dios según quien lo viera. Sí cualquiera de esos días corriendo a través del campo de batalla para ganar unos miserables metros, en una guerra estancada, alguna de esas balas lo hubiese alcanzado a él en lugar de otro de sus camaradas, también habría pasado a ser una estadística de un conflicto donde las pérdidas humanas eran simples números, como peones en un tablero de ajedrez.

Hacía un año, cobijado entre los recovecos de una trinchera en Verdún había sido alcanzado por la mano lenta pero letal del gas mostaza lanzado desde posiciones enemigas, y a pesar de que intentó huir lo más rápido posible entre las posiciones hacia la retaguardia, sufrió las consecuencias de aquella horrorosa arma. Prontamente fue trasladado al hospital de campaña ubicado en las ruinas de un monasterio a 20 kilómetros de distancia.

Estaba sufriendo el dolor de las quemaduras causadas por el gas y la ceguera que a muchos afectó durante el tiempo que llevaba en el frente. Algunos se recuperaban con el tiempo, otros no, muchos debían asumir la ceguera y aprender a vivir con ello. Era tan azaroso como un tiro de fusil volando entre las cercas de púas tiradas entre las líneas enemigas.

Sintió cuando el camión se detuvo y poniéndolo sobre una precaria camilla de lona lo llevaron a una cama, dejándolo allí donde un médico lo recibió y comenzó a cortar en girones su uniforme. Escuchaba los gritos de dolor ahogados de los reclutas que ya estaban ahí y que llegaban junto con él al improvisado recinto.

— ¡Vamos Elizabeth dame pronto gasas con agua fría, hay que evitar que las quemaduras avancen!­—Escuchó decir a un hombre que supuso era un doctor. Entendió lo que decía a la perfección, de seguro era británico también.

Unas manos se acercaron y le quitaron la improvisada venda que llevaba en los ojos y los limpió suavemente. Jack intentaba no quejarse por sus heridas, suficiente tendrían con los más graves que gritaban de dolor a unos metros de él.

—Por favor levante un poco su cabeza—Dijo una voz con acento inglés, suave pero firme. Obedeció y notó que ahora reemplazaban la venda por gasas limpias. Fue la primera vez que la escuchó, y entre toda aquella confusión sintió una paz y un consuelo difícil de describir.

—Ya sabes que hacer Elizabeth. Las quemaduras no son graves pero tendremos que evaluar lo de su vista. Te dejo con él.

—Sí doctor, no se preocupe.

Jack seguía en silencio mientras sentía como la mujer terminaba de quitar su uniforme.

—Por ahora te dejaremos solo en ropa interior hasta que tus quemaduras mejoren. Te hare algunas curaciones, intenta aguantar ¿Si?

-S…si señorita, muchas gracias.

Después de un rato la mujer concluyó su tarea y le dio un vaso de agua con una píldora.

—Con esto te sentirás mejor soldado, y podrás dormir. Te vendré a revisar en unas horas.

—Claro. Muchas gracias enfermera.

Sintió los tacones contra los adoquines del piso alejarse mientras intentaba descansar. El medicamento hizo su efecto y el joven cayó en un profundo sueño del que despertó luego de varias horas.

Sus sueños fueron confusos, mezcla de escenas de las batallas y la finca de sus padres en Liverpool. En un acto reflejo intentó abrir sus ojos, y sólo entonces recordó donde estaba. A pesar que se escuchaban aun gemidos de los heridos, estaba todo más tranquilo. Se quedó así por un largo tiempo que le parecieron horas, pero la verdad no tenía como saberlo. De pronto sintió un sonido de ruedas de algún carro deslizándose por el tosco piso del edificio.

—Muy bien chicos, hora de comer, los que puedan por favor intenten sentarse en sus camas—Dijo una mujer que parecía bastante mayor, y luego esos tacones nuevamente acercándose.

—Veamos Jack, déjame acomodarte-De nuevo esa dulce voz le hablaba mientras lo tomaba con suavidad para acomodar las cabeceras y ayudarlo enderezarse— ¿Te sientes mejor?

—La verdad si… ¿Cómo sabes mi nombre?

—Fácil, por tu placa. Estoy a cargo de los afectados por gas y debo llenar sus fichas, me entregaron la tuya al ingresarte.

—Vaya, entiendo, muchas gracias por todo.

—Nada que agradecer Jack, sólo cumplo con mi deber. Hora de comer—La chica le entregó una cuchara y un plato de metal—Intenta no derramar nada, la comida está escasa.

—Claro Elizabeth no te preocupes.

—Hey, ¿Y tú como sabes mi nombre?

—Estoy ciego señorita, no sordo.

Ella dejó escapar una sutil risa.

—Muy bien, tenemos un chico listo aquí. Bueno te dejo, voy con mis demás pacientes.

—Está bien, que tengas un buen día.

— ¿Un buen día? Muchacho estas cenando—Dijo riendo nuevamente—Ya te pondrás al corriente, desorientarse es normal…adiós.

Los días pasaron, y ellos fueron haciéndose más cercanos. Por las mañanas Elizabeth lo tomaba del brazo y lo acompañaba a pasear por los jardines, o lo que quedaba de ellos. Cuándo se tuvieron mayor confianza, Jack le pidió que de vez en cuando pudiera leerle. Él amaba los libros, sobre todos los de aventura y ciencia ficción como los de Julio Verne, pero su vista no presentaba mejoría hasta el momento. Ella accedió y así pasaban las tardes en los patios sentados en alguna banqueta. Esa suave pero al mismo tiempo firme voz, que con dulces entonaciones, le entregaba textura y colores a cada frase que robaba de las páginas de aquellas novelas.

Sus paseos con Elizabeth hacían que Jack se sintiera lejos de la guerra, y solo el sonido de alguna bomba a lo lejos le recordaba que sus amigos seguían allí peleando por cada centímetro de terreno, mientras los políticos movían sus tropas sobre un mapa como si de un juego se tratara.

Habían pasado unos dos meses cuando Jack creyó reconocer que lentamente se enamoraba de aquella mujer que lo había reconfortado durante su convalecencia, y guardaba la secreta esperanza de que ella sintiera cosas parecidas. Una de aquellas tardes se atrevió a hablarle.

—Elizabeth, déjame tocar tu rostro para verte con mis manos—Ella titubeó, pero tomó las manos del soldado y las llevó a su rostro.

Jack recorrió cada centímetro con las yemas de sus dedos mientras sentía la respiración algo agitada de la enfermera que cerrando sus ojos sentía las ásperas pero gentiles manos del joven soldado.

—Eres hermosa.

—Eso es lo que crees Jack, no lo sabrás hasta verme, y sé que lo lograrás. Tal vez te decepciones—Le dijo riendo.

—Elizabeth…yo…yo…

Ella puso su dedo índice en la boca de Jack para que no continuara.

—Lo sé, no necesitas decir nada—Tomó también el rostro de Jack dejando un suave y dulce beso en sus labios.

Desde una de las ventanas de su despacho el médico en jefe observó la escena algo contrariado.

—Señora Apllegate acérquese…

Una mujer en sus cincuenta miró a través de la ventana y vio a ambos jóvenes entrelazando sus manos.

— ¿Acaso en el entrenamiento no les dicen a sus enfermeras que no pueden involucrarse con sus pacientes?

—Claro doctor, peo usted sabe, a veces, esto…simplemente pasa.

—Pues no podemos darnos el lujo de tener a una enfermera ocupada de un solo hombre o distraída. Pida un relevo y reasígnela a otro hospital ahora mismo.

—De inmediato señor.

Esa misma tarde Elizabeth fue informada de su nueva destinación. Se sintió triste, decepcionada y aguantó unas lágrimas mientras escuchaba atentamente la fuerte reprimenda de la señora Apllegate, y a pesar de que su corazón se resistía no había opción, tenía un deber y debía cumplirlo, lo contrario será una traición con aquellos que día a días entregaban sudor y sangre en el frente.

Antes de irse fue al ala del edificio donde estaba Jack y lo encontró durmiendo. Pensó que tal vez así sería más fácil. Tomo un papel con la esperanza que alguien pudiera leérselo, y apresuradamente escribió:

“Lo siento, me han reasignado, espero que algún día volvamos a encontrarnos, con amor…Elizabeth”.

Dejo el papel sobre su velador. Darle más esperanzas era inútil, su ceguera comenzaba a mejorar y pronto sería enviado de regreso a la batalla. Se paró y volteó. En la puerta la señora Apllegate la esperaba con rostro severo y le hizo un ademán para que se apresurara. Sin mirar atrás y sintiendo que una cuchilla le atravesaba el pecho, salió del lugar y se subió al camión que la llevaría lejos.

Al despertar de su siesta Jack se sentó en la cama y acomodó las cabeceras, esperando que Elizabeth llegara como cada tarde con la merienda. Pero cuando llegó el carro y le hablaron para entregarle el tazón con un emparedado no fue la voz de siempre la que le habló.

—Aquí tienes muchacho, provecho…

—Espera ¿Quién eres tú? ¿Dónde está Elizabeth?

—Lo siento chico, ella ha sido reasignada a otro hospital.

—Pero…

—No sé más que eso…pero aquí hay una nota, creo que la dejó ella.

— ¿Puedes leerla por favor?

Jack escuchó la breve nota y sintió que se le rompía el corazón. ¿Cómo podría seguir adelante sin ella? ¿Cómo continuar en ese lugar horrible sabiendo que tal vez nunca volvería a encontrarla?

Aquella noche sintió que algunas lágrimas se deslizaban a través de sus adoloridos ojos y no pudo dormir, sin embargo se propuso que al finalizar aquel infierno la buscaría antes de regresar, si es que lograba sobrevivir.

Así, con ese objetivo dándole fuerzas Jack lentamente mejoró, recuperó por completo la vista, y justo cuando estaba a punto de recibir su alta, la guerra por fin terminó. Aquel día en el Hospital hubo vítores, champaña, baile y todo lo que conlleva una celebración cuando sabes que se acabó, que no deberás regresar a esas trincheras inmundas y revenidas de muerte. Pero Jack tenía en mente solo una cosa…Elizabeth.

La siguiente semana recorrió hospitales, campamentos de enfermeras, pero nada, nadie sabía de ella. Ya comenzaba la evacuación de las tropas y él estaba obligado a sumarse a la operación de retorno. Sus padres lo esperaban.

Aquella mañana en París subió al tren con sensaciones encontradas. Por un lado el consuelo de saber que pronto estaría con su familia, o con lo que quedó de ella, y por otro lado sabiendo que tal vez no volvería a escuchar nunca aquella voz acogedora y dulce que hizo que volviera a creer en la vida.

Se quitó la gorra del uniforme y miró a su alrededor. En el asiento de enfrente había un chico de unos 17 años, mutilado por alguna granada, pensó en lo afortunado que fue al salir casi sin secuelas de esa pesadilla excepto por algunas cicatrices de quemaduras. Respiró hondo cuando escuchó a alguien hablar delante de él, en el asiento que le daba las espaldas.

—…Si claro, la próxima semana mi prima se casará con su novio que regresó en un barco hace tres días, lo programaron de inmediato.

—Bueno, tuvo suerte, habrán muchas viudas y novias desconsoladas que vivirán sólo de recuerdos—Respondió otra mujer.

Aquella voz…

Jack sintió que el corazón se le salía por la garganta y de un salto se levantó parándose junto a la pareja que hablaba del otro lado…

Miró a ambas, una era de cabello corto rubio y ojos verdes, lo miró algo sorprendida, y junto a ella otra, de cabello castaño oscuro y ojos color miel que al verlo palideció.

— ¿Elizabeth?

Nunca la vio antes, pero su corazón la reconoció de inmediato, ahí estaba ella, hermosa, vestida de gris y con manos enguantadas mirándolo incrédula.

— ¡Jack!— Se puso de pie abrazándose de su cuello mientras dejaba que las lágrimas llenaran sus ojos.

—Pensé que nunca volvería a oírte— Jack tomó, como antes lo hizo su rostro, recorriéndolo una vez más con las yemas de los dedos—Tenía razón, eres hermosa….más de lo que pude imaginar. Te he buscado tanto…

—Yo también. Regresé a aquel hospital pero ya lo habían evacuado. Creí que no te volvería a ver—Respondió ella entre lágrimas.

— ¿De verdad pensaste que te desharías tan fácilmente de un chico de Liverpool? Créeme, somos testarudos—Dijo Jack sonriendo mientras secaba las lágrimas de Elizabeth con sus manos.

Ambos se fundieron en un largo abrazo y se besaron mientras los pasajeros gritaban y aplaudían bromeando y felicitando a la pareja que a pesar del infierno que cubrió al mundo por 4 años pudo encontrar en pequeño rincón de un hospital de campaña la felicidad…

May 9, 2019, 8:01 p.m. 3 Report Embed 8
The End

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M. C. Cucharero M. C. Cucharero
¡Qué bonita historia! Al acabar la lectura dice "continuará", pero no estoy segura de que vaya a tener más capítulos ¿o sí?
1 week ago

  • Andres Wegner Andres Wegner
    Hola, la verdad no, es un relato corto, aunque varios me han pedido convertirlo en novela. Lo estoy evaluando 1 week ago
~