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bmr Baltasar Montenegro

"A veces lo que tú proteges no es lo que lo demás aceptan, por eso somos distintos" La vida de Edric era una dosis diaria de normalidad, hasta que una serie de extrañas pesadilla lo llevan a averiguar que el es un Intermedio. Mientras descubre más de su naturaleza y pasado debe de sobrevivir a la persistente guerra entre dos grupos antiguos con poderes nunca antes vistos por los humanos,que harán lo que sea para acabar con el otro, tratando de rescatar a los que verdaderamente quiere sin importar del bando al que pertenecen.


Fantasy Epic Not for children under 13.

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Cap. 1: Encuentro

Entre la multitud de individuos una presencia se desplaza elegantemente con la mirada fija hacia adelante haciendo que las demás caigan ante su peso mientras sobrevuelan el suelo. La plenitud en su rostro despeja el cielo mientras las cabezas se agachan a su paso, una leve sonrisa hace aparición mientras escucha las palabras de su interlocutor del otro lado de la línea. Quien espera atento la palabra clave.


“Comencemos”


Cap. 1: Encuentro


Alrededor solo hay oscuridad. Silenciosa y total. El silencio es la única compañía aquí. No hay calor, no hay frío, solo nada. Puedo ver allí algo que se acerca, algo que no sé por qué se siente bueno, a pesar de su apariencia. Un hombre de atuendo clásico. Sus manos son largas y tiene enormes uñas, su boca es ancha. Su rostro es atroz, tiene arrugas, pelo largo y blanco que le cae por la espalda, su tez es pálida, sus ojos están cargados de maldad. Pero me siento bien, como si esto estuviera planeado, como si alguien, antes de que esto ocurriese me lo hubiera dicho sin que yo me diera cuenta. A medida que avanza puedo sentir como el frío se va incrementando, como el aire huye de esta nada misma, como las sombras se arrodillan ante tal espectáculo. Cuando se acerca noto que su sonrisa se hace más grande, como sus párpados caídos se elevan como si fueran telón de una obra de teatro y en sus ojos el espectáculo estuviera por comenzar. El sujeto se acerca como si traspasara la realidad cual cuchillo de tinieblas. Mis manos se extienden hacia adelante, se mueven por voluntad propia pero no es que no quiera que no lo hagan, es que simplemente se anticiparon a que lo pensara para hacerlo. Es como si le estuvieran dando una ofrenda.


Mi cuerpo se va sintiendo distinto. Siento algo dentro de mí. El comienza a hablar.


“Síguenos”


Me despierto…


El frío de la mañana me da la bienvenida nuevamente al mundo material, al mundo que lamentablemente no se puede cambiar, al mundo que siempre nos seguirá dejando de lado y nos mimará en algún momento cuando nosotros menos nos lo esperemos.


Pero algo no cuadra, ni siquiera ha salido el sol.


Por mi ventana puedo ver como la luna, envuelta por la capa de nubes, sigue ahí guiando las estrellas en su camino quieto y pacífico. Mi pieza está en silencio, no hay nada fuera de lugar, el ventilador está apagado, mi celular sobre la mesa de luz y mis zapatillas en el suelo. Es la ocasión ideal para seguir durmiendo, pero… siento que alguien me mira.


Observo atentamente el lugar, la casa del vecino, la basura en los contenedores, las farolas, los árboles. No hay nadie. Tengo dos opciones: o sentarme y esperar a que esta sensación termine o taparme y dormir. Tal vez es solamente mi cabeza, no tuve que haber tomado café, seguramente esté paranoico. Escucho un ruido en la habitación, es de las cajas apiladas junto al armario, hay algo aquí dentro…

Mi sangre se hiela, mis manos no me obedecen, sea lo que sea se mueve, haciendo que las cajas tiemblen. El corazón me late fuerte, lo escucho. Mi cerebro no sabe qué hacer, retrocedo, avanzo o me quedo quieto. Se está acercando, está cerca de mí. Mis pies están fríos y no quieren levantarse, parecen muertos. Es…un gato.


Un gato negro. Completamente negro.


Su silueta incluso se puede llegar a confundir con la penumbra. Se detiene y comienza a mirarme, lo hace fijamente, como si quisiera evitar que de alguna forma yo me escapara. Más tranquilo me agacho y comienzo a verlo de cerca. Se ve bien de hecho, me agrada. Ahora comienza a acariciarme. Prendo la luz de mi cuarto enseguida. Aparte del animal todo está bien, no hay nada fuera de lugar. Era obvio por donde entró, la puerta esta apenas entreabierta. Pero eso no explica el porqué de cómo llegó hasta el interior de la casa.


Bajo hasta la cocina para ver las ventanas y como lo esperaba una de ellas, la que está más distante a la heladera, está abierta. La cierro de inmediato. El gato me siguió hasta aquí. Está sentado en el marco de la puerta. Ahora cruza la cocina hasta estar cerca de mis pies y comienza a maullar. Creo que tiene hambre. Me dirijo hasta la heladera y saco un poco de leche. Tuve que improvisar con una botella cortada por la mitad para que sirviera de recipiente. Cuando lo deje en el suelo comenzó a oler el líquido. Raro, es como si nunca la hubiera olido o conocido la leche. Y antes de hundir el hocico en la botella cortada por la mitad me mira como si se estuviera asegurando de que puede confiar. Aparentemente aceptó porque ahora toma leche sin parar ni un segundo. Es bonito. Me siento en la silla de la cocina y lo contemplo. No tiene collar, no está lastimado, ni siquiera tiene una sola mancha. Pero lo que más me llama la atención es que parece estar en buen estado. No es delgado ni tampoco es grande, sus ojos son como los de cualquier gato.


Me lo quedo mirando por un instante más y noto algo. Esa extraña sensación que sentí cuando observé por la ventana volvió. Alguien más me observa, pero esta vez no le presto atención. Me convenzo a mí mismo que es solo por el café.


Cuando se acaba la leche del improvisado recipiente el animal se dispone a ver a su alrededor: el suelo, la heladera, el horno, la mesa, el adorno en el centro y luego clava nuevamente sus ojos en mi persona. Aunque me parezca algo abrumador me agrada. Otra peculiaridad es que no suelta pelo como la mayoría. Pero decido que ya es momento de irme a dormir, ni siquiera sé la hora actual.


Salgo de la cocina no sin antes buscar el interruptor para apagar la luz, el gato se va hasta la sala que está a continuación y puedo ver como huele por unos segundos el sillón y se acuesta encima. Decido no seguirlo, me voy a dormir, mañana (creo que hoy por la hora que debe ser) veré qué hacer con él. Cuando apago la luz de la cocina siento, por un instante, la extraña sensación. Giro para ver por última vez antes de irme… no hay nadie. Subo hasta arriba, apago la luz y duermo.


La mañana es la encargada de llevarse consigo la desorbitante y profunda realidad de los sueños.


El sol con su omnipotente presencia quita la capa de oscuridad que trajo la caída de la noche y desentierra una vez más aquellos cuerpos que fuimos sepultados por el sueño, que fuimos seducidos por la dulce voz del descanso cual sirena en medio del océano, arrastrándonos hasta lo más profundo de nuestro subconsciente.


Afuera los árboles se desperezan, sus ramas chocan unas con otras. Es algo suave, sin dolor, apenas un toque. Siempre me pregunte si la noche y el día son hermanas o enemigas ¿Tendrá cada una un plan distinto o ambas cooperan para que el mundo funcione de este modo? Ahhh…preguntas que uno se hace al ver las diferencias marcadas entre la una y la otra. Las diferencias que, por más que no se puedan tocar se pueden enmarcar dentro de un cuadro y analizar en un pizarrón de aula.


Recuerdo cuando tenía 8 años. Aún iba a la escuela, jugaba como cualquier chico de mi edad y soñaba con vivir aventuras por todo el mundo. Tiempos pasados que el viento se lleva, hojas arrancadas que el diario de la vida desecha como si fueran basura. Cosas inalcanzables, pero que vivimos y que por supuesto la única forma de probar que fueron verdaderas de forma completamente segura es recordarlas. Pero como todos también tenía pesadillas. No me gustaba la noche, me parecía una gran jungla con criaturas que acechaban en esa dimensión de miedo y desconcierto. Solo una cosa me era segura: tenía que taparme bien para que nadie ni nada me atrapara.


Sí…cosas de la edad.


Todo eso cambió, pero hoy pude sentir nuevamente por un breve período de tiempo como mi cuerpo y cerebro volvían a esa edad. Como la sensación de estar en una jaula inmensa de miedo esperando a ser capturado por algo horrible, algo desconocido, algo maligno…peor de como yo lo imaginaba de niño. Pero fue solo un mal momento, no volverá a ocurrir. Espero.


El gato me saca de mis pensamientos. Está parado en la entrada mirándome. Que costumbre tan extraña tiene este felino. Me ve como si yo fuera su objetivo, su propósito para estar aquí. Me parece simpático y creo que yo a él. Ahora se acerca. El hecho de verlo de día me sorprende un poco más.


No es que este loco, pero su pelaje oscuro es como si rechazara el cálido abrazo de la luz. Por más que los rayos de sol que sin pedir permiso entran por la ventana lo abracen no parece iluminarse ni por un segundo, sigue con una expresión seria, como todos los gatos, supongo. Todavía no decidí que hacer con él. Tal vez me lo quede, puede dormir en el sillón que utilizó anoche, el que me regalaron mis padres y que no uso mucho. Cuando está cerca de la cama extiendo mi mano para que pueda olerla. Solo la observa, luego de unos momentos la lame.


Me voy a tener que acostumbrar. Y de hecho creo que debo ponerle nombre…No es que el nombre Gato sea muy original. Manchitas es muy ridículo para su tipo de pelaje y creo que el nombre Garfield está sobrevalorado. El solamente me sigue mirando. Como si me hablara con la mirada.


No, mejor no le doy ningún nombre, ¿para qué? Eso es para que pueda saber cuándo lo llamas, como un distintivo, pero creo que él no lo necesita. Está siempre atento de mí.


— Si te compro un juguete ¿me perdonarás la vida?— bromeo—. El gato comienza a maullar. Es como si estuviera contestando con sarcasmo. Bueno, eso es perfecto, ahora los gatos también se burlan de mí.


Decido no pensarlo más y salir de la cama. El piso está frío y me gusta así. Más en estas fechas en las que el calor cuenta sus últimos días antes de emigrar como las aves del cielo. Qué bueno que pude sacar unos días de descanso del hotel en el que trabajo “Le Palais”.


Su fundadora fue una mujer que vino de Francia en los años cincuenta. Era viuda de un hombre con una gran fortuna en su país de origen y decidió venirse hasta esta punta del mundo he invertir su riqueza en lo que sería más adelante un hotel conocido y elegido por una gran cantidad de personas extranjeras. Durante las vacaciones, es decir ahora mismo, las reservas están agotadas y la llegada de turistas de todas partes se hace notar. Demonios, las habitaciones casi escupen personas por las ventanas por la cantidad que vienen a descansar. La mujer ya murió, pero quedo a manos de sus dos nietos, un hombre y mujer que hasta el día de hoy mantienes la tradición como lo hacía su abuela de dar un discurso de agradecimiento a los turistas en el gran salón que está al fondo. Ser cocinero no es tan fácil como se pueden imaginar la mayoría. Se debe disponer de buen gusto, paladar, conocimientos, imaginación para resolver apuros y habilidad con los utensilios al momento de alimentar a personas que posiblemente tienen lo suficiente como para comprar tu casa con patio y vecinos incluidos.


Pero incluso con mi semana libre, no me podré librar de la tradicional bienvenida que se hace todos los años.


Camino al baño, me lavo los dientes y la cara, hago lo que todos hacemos en el baño (obviamente) y enjuago mis manos. El espejo está callado. Esta mañana no hay quejas como “No quiero ir a trabajar” o “¿Por qué no llamamos y decimos que tuvimos una urgencia?” Hoy comenzaron mis vacaciones y no pienso dejar de disfrutarlas. El gato me sigue mirando, pero esta vez fuera del baño.


—¿Puedes dejarme a solas por favor?


Como si entendiera lo que digo se aleja. No puedo mentir, ese animal me debería estar provocando miedo por la forma en la que actúa, pero lo veo tan lindo y asiduo que no me parece mala compañía. Abajo todo está como lo dejé anoche. Las cortinas impidiendo el paso de la luz del sol, el piso algo sucio, los platos sin lavar, el florero que me propuse quitar de la mesa del living sigue ahí…nada está fuera de lugar. No tengo muchos muebles en las habitaciones de mi casa, solo lo justo, el tener demasiados me hace sentir apretado. Bueno en esta mañana de vacaciones todo me parece estar en orden.


Hoy es un buen día, está soleado y no hay nubes.


Mi agenda es caminar un rato por el parque y luego ir a ver la costa, luego me pasaré por lo de Lucas, el también pidió un permiso en el hotel en el que trabaja conmigo de cocinero, y de paso le pediré que me prepare una tarta de manzana como él sabe hacer porque, además de trabajar en un hotel también vende postres.


Sí, podría hacerlo yo mismo, pero no tengo ganas, aparte un dinerillo extra no creo que le afecte, ¿verdad? Recuerdo la primera vez que lo conocí, todavía conservaba su último diente de leche. Teníamos 9 años, vivíamos en el mismo barrio, pero cuando sus padres, que hasta ese entonces trabajaban en un kiosco, obtuvieron una mejor oportunidad como docentes decidieron mudarse. Después de que se fuera recuerdo que al día siguiente intenté llamarlo por la cerca, pero claro, ya se había ido y la memoria me había vuelto a jugar una broma. Luego de un tiempo lo volví a encontrar cuando me dirigía a mis prácticas de cocina, tanto a él como a mí nos gustaba. En ese momento me parecía otra persona. Ya había madurado, y con eso me refiero a que intentaba igual que nosotros que las chicas lo observen, que sus padres lo dejen salir de fiesta, que su tez se vea más bronceada y que los granos dejen de juntarse en su cara. Enseguida se integró al nuevo grupo que le toco sin ni siquiera pedirme ayuda, nunca le costó relacionarse con alguien.


Cuando ambos terminamos nuestros estudios nos dedicamos a intentar que nos contrataran en “Le Palais”. Todos los meses íbamos a preguntar por el puesto, nuestros padres nos insistían en que buscáramos otra oportunidad en algún lugar menos privilegiado en el que nos aceptaran, porque ese era muy difícil de conseguir. Fue una época dura y el hacer comidas caseras y venderlas no daba muchos ingresos. La verdad es que la “señora suerte” nos ayudó en esa ocasión, gracias a su infinita pero medible bondad nos permitió trabajar. Resulta que un día hubo un asalto, por suerte solo hubo un herido que no paso a mayores, pero la conmoción se expandió por doquier.


Esto hizo que algunos consideraran el irse al único hotel capaz de competir con “Le Palais”, conocido como “Ensueño” que, al igual que nuestro lugar de trabajo también tiene una buena cantidad de clientes enamorados con su hospedaje. Una de las personas fue un cocinero que decidió irse con la competencia y otro que fue partícipe del altercado porque precisamente fue a él y a otras víctimas a quien secuestraron y no quiso seguir allí. Pero a pesar del duro golpe que sufrió el querido edificio que nos provee de ingresos para seguir con nuestras vidas, se logró recuperar por completo en los últimos dos años. En todo ese tiempo el número de personas disminuyó, no de manera agresiva, pero las personas locales que sabían lo que había pasado aquella ocasión no se animaron por un tiempo.


Y así fue como logramos conseguir una mañana de sol y nubes algodonadas un puesto de trabajo.


Estoy pensando que luego de volver de la caminata podría limpiar mi habitación. Está muy desordenada y sucia, pero para ser franco el resto de mi casa también se encuentra en las mismas condiciones. No soy asiduo a las tareas del hogar.

Ya son las 9 AM.

May 7, 2019, 6:05 p.m. 0 Report Embed 3
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