Das Mädchen in Rot Follow story

baltazarruiz154 Baltazar Ruiz

Heike Boerefijn, teniente del escuadrón D del Einsatzgruppen que opera en sur de Polonia, ha caído en manos enemigos pensando lo peor, se resigna a ser tratada como prisionera de guerra, encontrando algo muy diferente a lo que esperaba de sus captores...


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El Escuadrón D

I


Heike podía haber eliminado sola a toda la resistencia del pueblo de Zwiędły desde la torre donde estaba apostada, una posición ideal para un francotirador: un nido de cuervo. Sin embargo, su misión era disparar solo a aquellos que significaran un peligro para la unidad terrestre de el escuadrón D. En pocas palabras, limpiar el camino.

Su cabello rojo era cubierto por el casco y el complemento de tela que le ayudaba a mimetizarse con el opaco ladrillo de la torre.

Un blanco salió desde una casa a medio demoler, portaba una carabina y estaba a unos pasos de un soldado de su unidad. Su mira apuntaba a la base del cuello, al cuello llamado Atlas, el cual sostiene el cráneo. Para su suerte, el joven, quien tenía una pañoleta celeste con bordados, se detuvo unos segundos, lo suficiente para sacar todo el aire de sus pulmones y disparar. Un tiro certero, el muchacho había muerto antes de caer al suelo de forma pesada.

Heike recargó y se dispuso a buscar más blancos a los cuales disparar, sin embargo, antes de poder encontrar a alguien de la resistencia, logró divisar entre los escombros de una carreta, un lanzagranadas de mediano alcance.

—¡Lanza granada!

Alertó de forma frenética a sus compañeros antes de intentar cubrirse. El impacto derribó parte del nido de cuervo.

—¡Han dado a la teniente! —gritó Ferdinand.

—Esos malditos, ataquen a discreción, ¡no dejen a nadie con vida!

Ferdinand y Henke, quienes observaron el la explosión de primera mano, se lanzaron al ataque. La batalla duró otra media hora más.

Al final, la resistencia de Zwiędły no pudo con la avanzada y las bajas los obligaron a dar marcha atrás, hacia el bosque que tenían a sus espaldas.

—¿La encontraron?

—Sargento —dijo un cabo, refiriéndose a Henke—, no damos con su cuerpo, pero hay una mancha de sangre por allá, suponemos que sobrevivió, pero no sabemos que pudo ser de ella.

—La teniente Heike es valiosa y la necesitamos con vida, si la resistencia la tomó como rehén, estaremos en problemas —añadió Henke.

—¿Qué podemos hacer?

—Regresaremos al campamento y volveremos con más armamento. No podemos dejar a la Teniente en manos del enemigo.

—Entendido.

—Supongo que el mando recae sobre alguno de los dos.

Ferdinand y Henke se observaron fijamente unos segundos.

—Supongo que así es, ¿deseas tomar el puesto? Tienes más experiencia al mando de unidades terrestres —habló primero Henke.

—Nunca hablamos de estas cosas con la Teniente, es una lástima que sea tan callada. Si no te molesta, tomaré en mando.

Respondió Ferdinand ya resuelto.

—Por favor, organiza el repliegue y llama a los cabos de primera, debemos movernos rápido.

—¡Si, señor!

Ferdinand se acercó hasta las ruinas, encontrando un cabello rojo que brillaba como cobre de finísima calidad. Lo tomó con un pañuelo y regresó con los demás.

A los lejos, una herida Heike era atendida en una austera cabaña en medio del bosque. Tenía incrustada una barra de hierro en la pierna derecha y parecía que se había lastimado la cabeza, pero respiraba. Un muchacho se encargaba de limpiar su rostro, tenía atado en el cuello una pañoleta celeste.


II


—Ya tendría de haber despertado, ¿no?

—Cállate, ni siquiera debíamos de haberla traído, es una alemana.

—Pero estaba herida, no podíamos dejarla ahí tirada...

Las voces de los niños se escuchaban lejanas para Heike, pero poco a poco empezó a despertarse, estaba adolorida y sentía que la cabeza le daba vuelta.

—¡Mira! —dijo el más pequeño.

—Prepara tu arma, podría atacarnos —ordenó el que era mayor por un par de años.

—Debí caer de la torre, me duele todo el cuerpo —Heike abrió los ojos y después de aclarar la vista, observó a dos pequeños, cada uno con una escopeta en las manos, solo se limitó sonreír de forma nerviosa—, creo que debo rendirme, ¿verdad?

—Más te vale que lo hagas, afuera los adultos luchan por nuestro pueblo, ustedes no son más que unos asesinos.

—¿Asesinos? Este pueblo ha sido tomado por soviéticos y debíamos eliminarlos.

—¡Mentira! —Las lágrimas en los ojos del muchacho se hicieron presentes, Heike observó la pañoleta celeste que colgaba de su cuello. Era idéntica a la que tenía el joven al que había disparado recién— Aquí no hay soviéticos, solo campesinos. Mis padres y mi hermano mayor murieron por vuestra culpa.

—Nosotros solo cumplíamos... —Heike cayó, decir aquello solo sería un insulto para el muchacho que tenía frente a ella— No tengo excusa. Si piensas que te sentirás mejor disparando, hazlo.

Las palabras de Heike fueron firmes, cosa que asustó a los hermanos por igual. Nunca había disparado hacia una un ser vivo y, pese al odio que sentían, bajaron sus armas al unísono. Ambos comenzaron a llorar, diciendo el nombre de sus familiares queridos.

Heike intentó levantarse, pero le fue imposible, hasta ese momento no se había percatado del hierro incrustado en su pierna, al realizar ese movimiento, el intento de torniquete de los niños y que había funcionado para detener la hemorragia cedió, iniciando de nuevo un profuso sangrado.

—Maldición, esto no se ve bien.

—¡Estás sangrando otra vez! ¿qué hacemos?

—Volveré a hacer el torniquete, hicieron un buen trabajo, chicos.

Una explosión se escuchó a lo lejos, Heike la reconoció de inmediato: era el tiro de un Jagdpanzer IV, uno de los panzer de su unidad.

—¿Qué fue eso?

—Un disparo de artillería, esos idiotas deben planear arrasar con todo el pueblo.

—¿Qué hacemos señorita?

—Deben irse, esa cosa los barrerá como hormigas. Denme sus nombres.

—Soy Mirek y este es mi hermano Radek.

—Escuchen, nada podrá hacer que sus padres regresen, pero por eso mismo deben vivir ¿de acuerdo? Deben ser grandes ayudar a los demás como me ayudaron a mí. Lamento mucho todo esto. Ahora deberán hacer esto, díganle a todos en el pueblo que huyan de inmediato, por el noroeste, yo intentaré detenerlos.

—¿Podrás?

—Lo intentaré...

Los niños salieron de la casa corriendo, Heike se puso de pie aun con el dolor de su pierna. Tomó el polvoriento rifle que yacía junto a ella y se dirigió hacia el origen de los estallidos. Había perdido el casco y su cabellera profundamente roja brillaba junto al ocaso. A cierta distancia, logró observar a los lugareños huir según las indicaciones que la había dado a Mirek. Una leve sonrisa se esbozó en su rostro. Luego se colocó en una pequeña colina cerca de la entrada del pueblo. Su mirilla apuntaba hacia sus compañeros, pero sin intención de matar.

—Vamos a llamar un poco su atención...

Un disparo pasó a centímetros de la cabeza de Ferdinand, quien caminaba a cierta distancia del panzer. Los demás soldados a su lado se replegaron de inmediato y el panzer también se detuvo.

—¡Nos disparan!

—Cabo, ¿puedes ver de donde vino eso?

—¡Es ella! La teniente Heike.

—No bromees con eso... —dijo Ferdinand tomando un par de binoculares— carajo, ¿se ha vuelto loca?

—Antes de poder dar una orden, otro disparo pasó demasiado cerca del grupo, obligándose a esconderse tras el panzer.

—Bueno, esto los detendrá un rato, espero.

Los disparos continuaron hasta casi acabar sus balas. Ferdinand empezaba a impacientarse.

—Henke, esperaba por ti.

—Hemos recibido una llamada del cuartel, dicen que eliminemos a Heike y que continuemos.

—Maldición, era lo que temía.

—¡La perdí de vista! —alertó el cabo del panzer.

—La han declarado traidora, no podemos hacer nada.

—Avancen con cuidado, dudo mucho que intente matarnos, pero podría hacerlo si quisiera, arréstenla, debe residir un juicio marcial por esto.

El equipo avanzó con la precaución necesaria, sin embargo, al llegar, solo encontraron el rifle y un charco de sangre.

—Señorita, volvió a desmayarse.

—Mirek, ¿qué hicieron?

—El sangrado hizo que cayera inconsciente, estos niños dicen que usted no es una mala persona y pues, no podíamos dejarla así. Gracias a su alerta tuvimos tiempo de irnos —respondió Markus, un anciano.

—Hubiera preferido quedarme, no tengo donde ir.

—¿Por qué se unió al ejército?

—No sé, supongo que creía en lo que decían los discursos, después pensaba que solo eran órdenes.

—Nosotros tampoco tenemos adonde ir, pero estos chicos de seguro te acompañarán.

—No merezco tan cosa.

—Nadie merece nada...

Mirek y Radek sostenían las manos de Heike, quien desde entonces se llamó Marysia. La chica de rojo, la asesina roja, la muerte carmesí, Ferdinand reportó a su teniente como muerta en batalla a manos de los enemigos.

Marysia murió en Berlín en 1989, vivió junto a sus hermanos adoptivos hasta entonces.

May 7, 2019, 3:53 a.m. 3 Report Embed 5
The End

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Baltazar Ruiz ¡Hola! Soy Baltazar y este es mi espacio, acá encontrarán desde terror hasta ciencia ficción. Trato de dar lo mejor de mí en mis historia y me gusta ayudar a los demás, si puedo servirte en algo lo haré gustoso.

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F. Ciamar F. Ciamar
interesante historia, aunque al principio me confundí un poco con tanto nombre raro..
May 20, 2019, 11:42 a.m.
Flor Aquileia Flor Aquileia
muy interesante!!!
May 8, 2019, 1:29 p.m.
Flor Aquileia Flor Aquileia
muy interesante!!!
May 8, 2019, 1:28 p.m.
~

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