Caras Ocultas: relato 3 Follow story

lihuen Paola Stessens

Caras Ocultas relato 3: el vinculo amoroso de una familia de pescadores se deteriora sin razón aparente: el padre se vuelve osco y la hija comienza a aislarse. Samuel, el hijo mayor, será el único que luchará por restaurar el vinculo, aunque un secreto familiar se volverá su mayor obstáculo.


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El encargo

“Por amor, tanto mujeres como hombres sufren una especie de metamorfosis, como si una fiebre los cegara, y ya nada importara excepto el amante” Sabiduría popular


En una casucha gris, de estructura precaria, vivían los Sánchez, una familia de pescadores, con apenas tres integrantes: el padre, un hombre fornido de espalda algo arqueada y la piel oscurecida por haber trabajado casi una vida bajo los rayos del sol, su joven hijo, de complexión delgada y ojos risueños, que se había convertido en su fiel discípulo, y la hermosa Dania, una tierna adolescente, que con solo sonreír alejaba de ellos las penurias que de tanto en tanto empañaban su existencia.

Corría el año 1955 y la crisis económica aun golpeaba fuertemente a España. Los miembros de la familia Sánchez, sin embargo, acostumbrados a la supervivencia, se las rebuscaban como podían: padre e hijo pescando mar adentro mientras Dania, quedando en casa, les esperaba con la comida lista para saciar el estómago hambriento.

Era admirable como aquel rancho se veía acogedor, entre cortinados de caracolillos colgantes y otras tantas artesanías que la niña elaboraba en sus tardes solitarias. Y era tanto su talento, que a veces hacía cosillas para otras familias, lo cual agregaba un poco de pan a la mesa.

No obstante, un día aquel vínculo amoroso comenzó a decaer. Al principio la alteración fue imperceptible, y solo provenía por parte del padre, cuyos gestos se fueron endureciendo de manera inexplicable en contra de la muchacha. En los pocos momentos en los que se reunían, el hombre apenas si le dirigía la palabra, concentrándose en masticar su comida, casi sin mirarla. La joven, por su parte, también se iba distanciando. Parecía algo distraída, como ajena, no solo a los cambios de humor de su padre, sino también a cuanto ocurría a su alrededor. Si bien continuaba con sus rutinas diarias ─los que aceres domésticos o alguna que otra visita al mercado del pueblo─ su corazón no parecía estar en ello: los movimientos mecánicos de su cuerpo y la mirada perdida eran señal de que su mente habitaba en otro mundo. De esta forma, en pocos meses, aquel nido de amor se fue deteriorando. Allí donde antes reinaba el calor de hogar ahora se sentía frío; donde había habido entrega y devoción ahora se percibían miradas de sospecha y sentimientos de reserva.

Una tarde, la rutina a la que la familia venía acostumbrada dio un giro improvisto. El padre le pidió a su hijo en tono solemne que se sentara junto a él pues deseaba hablarle de algo de suma importancia.

─ Sabes que hace mucho que no veo a tu abuelo Ignacio. ─Los ojos grises del hombre brillaron con un tinte de nostalgia─. Y no es que deseara ver a ese viejo canalla ─ continuó desviando su mirada para encender su pipa─pero lamentablemente ha llegado la hora de que nos de una vista y tú serás el encargado de buscarlo.

Samuel se quedó mudo de desconcierto; el sólo oír aquel nombre le dio escalofríos, un par de recuerdos oscuros le bailotearon por lo mente; memorias o quizá pesadillas de un par de ojillos de mirada asesina enterrados en un rostro agrietado, lo habían acompañaban desde pequeño.

─ Lo último que he sabido de él, es que vive en Escocia─ continuó el pescador mirando fijamente al fuego del hogar que apenas si tenia las fuerzas para segui ardiendo─. El viaje es largo y no lo podemos pagar, sin embargo tengo unos muchos conocidos que e deben favores, como bien sabes, y uno de ellos te ha conseguido un puesto en un barco carguero como cadete de cocina.

─ ¿Cuándo he de partir?─preguntó Samuel reticente, sin atreverse a hacer más preguntas.

─ En un par de días.

─ Dania cumple sus quince en este mes…

─ El barco parte pasado mañana ─le respondió ignorando lo que su hijo acababa de decir. Luego se levantó de la silla y abrió u viejo baúl de donde extrajo un pequeño cofre ─. Necesito que le lleves esto─ dijo mientras lo desempolvaba─ Es un presente que le envío a tu abuelo como señal de reconciliación; es algo que él conoce muy bien por que tu no tendrás que decirle ni convencerlo de nada, solo procura que le llegue

Luego del breve intercambio, el hombre le dio algo de plata a su hijo para el uso de los transportes. Samuel, lo recibió en silencio, consciente de la presencia de su hermana quien lo observaba impasible desde una esquina. Para quien no la conociera, su rostro inexpresivo podría confundirse con indiferencia, pero para su Samuel no era así. El leve latido de la sien y la línea apretada de los labios la delataban, revelando cuanto le afectaba que él se marchara.

Días después, Samuel ya se encontraba en el mar; entre el sol y las olas mecedoras, los días parecían ancianos arrastrándose con lentitud. El tener que encontrarse con su abuelo, a quien no veía hacia casi quince años y al que presuntamente, su padre había repudiado por tanto tiempo, sumado a la extraña encomienda que debía entregarle, lo ponían en sobre aviso de algo, pero ¿de qué? No se lo explicaba. Como tampoco se explicaba tantas otras cosas, desde la extraña actitud de su padre hacia su hermana, hasta el halo de silencioso misterio que rodeaba a la chiquilla, como si de pronto viviera inmersa en un sueño.

Un día, al finalizar la primera semana, cuando la tripulación ya había entrado en confianza, el cocinero del barco, quien alegraba a todos con sus bromas y divertidas anécdotas, pareció percatarse de sus aflicciones internas, y acercándose a él, le ofreció compartir un bebida:

─ Parece afligido, amigo ─ dijo palmeando su hombro ─ Es un efecto común cuando se esta en alta mar por muchos días ¿sabes?; Pero no te preocupes, aquí arreglamos todo con un buen trago. ─Destapó una botella que parecía ser de licor y del bueno─. Toma, sírvete uno que te hará bien.

Samuel bebió un sorbo y sintió al líquido espeso y dulce pero una vez dentro le incendió la garganta y le acaloró el cuerpo. Al cuarto trago, en cambio, le brebaje ya parecía agua, pero algo tenia aquella bebida que fue aliviando sus tensiones, y poco después, y casi sin darse cuenta, ya había comenzado a confesar en alta voz todas sus preocupaciones, como si encontrara en compañía de sus mejores amigos. De pronto, el hombre, que lo venia escuchado pacientemente, lo interrumpió dejando escapar una carcajada:

–Creo que lo que ocurre aquí amigo, con tu pequeña hermana – le explicó risueño –, es algo que le pasa a todas las muchachas cuando se convierten en señoritas.

– ¿A qué te refieres? –preguntó el chico.

– Bueno, tengo una hija, y cuando estaba entre sus 15 o 16, no recuerdo bien, comenzó a comportarse de forma extraña. Así tal como tú describes a tu hermana, y un buen día ¿sabes lo que ocurrió?

–Qué─ preguntó Samuel. Su interlocutor lo tenía cautivado.

–Apareció con un mozo bajo el brazo. Aparentemente este chico había sido la causa de todos sus suspiros

– ¿Un novio?, ¡vaya!, – exclamó el joven desconcertado. –¿Entonces insinúas que mi hermana está enamorada?–preguntó Samuel. Aquella declaración le parecía una barbaridad pues jamás la había visto con nadie.

–Se que piensas que es algo imposible, pero estas cosas ocurren todo el tiempo; es la ley de la vida–afirmó su compañero, dando bocanadas de humo con aliento a alcohol.

La conversación se volvió más interesante cuando otras camaradas se fueron acercando a contar sus propias historias, quizá por la oportunidad de compartir un trago; lo mas sorprendente para Samuel fue escuchar tantos relatos similares al del cocinero en que daban rienda suelta a todo tipo de experiencias amorosas, ya sea sobre sus hijas, hermanas o novias y hasta de sus vecinas. Y para el asombro del muchacho, todos coincidían en que tanto mujeres y hombres sufrían una especie de metamorfosis al enamorarse. Como si de repente una fiebre los cegara, y ya nada más le importara a las personas en cuestión, que encontrarse con su amante.

–Y no solo eso, también es normal que los padres enloquezcan–comenzó a decir uno de los marineros–. Mi suegro, por ejemplo, me tuvo en la mira en dos oportunidades. De no ser porque en aquellos años yo era bastante rápido, ya estaría muerto.

Todos rieron con aquella anécdota, y las siguientes a esa.

Aquella noche, el muchacho se sintió satisfecho. Parecía que todo lo expresado, ya sea por uno o por otro, finalmente cobraba sentido para él y las piezas del rompecabezas, que por tanto tiempo lo habían mantenido desvelado, comenzaban por fin a acomodarse.

A la luz del alba, cuando ya no quedaba más alcohol que beber, todos se marcharon a la tranquilidad de sus camarotes. El vaivén de las olas los fue adormeciendo, y los ronquidos fueron remplazando al arrullo del mar. Samuel, en cambio, permaneció despierto. El extraño cofre que debía entregar a su abuelo aún no encajaba en el resto del cuadro. <<Debo abrirlo, pensó>>, aunque sabía que con hacerlo rompería un juramento. <<Lo siento, padre, se disculpó para sus adentros, pero no podré estar en paz hasta saber el motivo de este viaje>>, y bajando del lecho, se encaminó hasta donde guardaba su maleta. Hasta ese día, nunca había desobedecido una orden de su padre, y se sentía mal al reaccionar de este modo, pero era cierto también que nunca antes había recibido un mandato de aquella naturaleza.

El recipiente donde se hallaba el recado estaba cerrado. Era obvio que su padre había tomado los recaudos necesarios para asegurar el secreto de modo que no le sería fácil abrirlo.

Mientras tironeaba de la tapa de madera y consideraba la forma de como destrabarla, se le vinieron a la memoria las últimas vivencias con su abuelo. ¡Habían pasado tantos años! ¿Unos diez, quizá? Él era un chiquillo cuando su padre había echado al anciano de la casa. Por lo que vagamente recapitulaba, la discusión se había centrado en su hermana recién nacida –que, al parecer molestaba al viejo– y en la madre de ésta, quien había sido la segunda esposa de su padre y que aparentemente lo había abandonado poco después de dar a luz. Entonces, por alguna razón, su abuelo había deseado deshacerse de la pequeña. Pero, ¿por qué?, no tenía respuesta.

Mientras aquellos episodios borrosos giraban en su mente, el cansancio le fue nublando los sentidos y, echando el cuerpo hacia atrás, comenzó a dormitar. Apenas apoyado contra la pared, dando cabezazos entre consciente y subconsciente, continuaba desenrollando un hilo interminable de dudas tales como por qué debía buscar a su abuelo, o qué tenía que ver aquel cuchillo de plata que su padre le había arrebatado de su manos callosas justo cuando el anciano…

El finalizar este pensamiento un sacudón brusco lo arrancó de su estado de somnolencia. Anonado se quedó sentado con el cuerpo rígido mientras la cabeza le daba vueltas. Otro bamboleo lo arrojó nuevamente contra la pared y de pronto, el piso osciló violentamente y uno de los hombres resbaló del camastro, cayendo a su lado.

–Maldición –se quejó al hombre golpeado–. ¡Malditas tormentas del demonio!

El barco continuó hamacándose y esta vez él rodó hacia el otro extremo del recinto como si fuera una pelota; a su lado otros marineros caían de los camastros y aullaban adoloridos.

–¡Sujétense, sujétense!– gritaban algunos. En cuestión de segundos, Samuel, al igual que los demás, se vieron envuelto en cascadas arremolinadas que se adentraban por todos lados sumergiéndolos en sus brazos helados.

Como pudieron abrieron la puerta y bucearon hasta salir a la proa. Arriba la tempestad arrastraba todo lo que hallaba a su paso mientras las olas zarandeaban al navío de un lado a otro como si fuera de juguete.

La tripulación se defendía como podía, algunos eran arrojados a las fauces del océano que los devoraba hambriento, otros perdían el equilibrio resbalando por el suelo y dando tumbos mientras buscaban algo a que aferrarse.

En medio de aquel caos, el capitán impartía órdenes que Samuel apenas entendía pues el estruendo del mar ahogaba su voz. Ya en el corazón de la tormenta, los zarandeos bruscos desgarraban las chimeneas y arrastraban contenedores de un lado al otro. En un instante, una estructura de hierro se desplomó quitándole la vida a dos hombres y quebrando las piernas de otro.

Samuel, aterrado y desconcertado, boqueaba mientras se aferraba a las barandillas. Alguien lo auxilió arrojándole un chaleco salvavidas a la vez que lo animaba a que se acercara a los botes salvavidas. Mientras avanzaba, Samuel se acercó a un hombre que yacía aplastado con un caño. Intentó destrabarlo con todas sus fuerzas pero el golpe de otra olea lo arrojó hacia el océano cuyas olas parecía competir unas con otras en un intento por ahogarlo; afortunadamente el salvavidas lo mantuvo a flote hasta que unos marinos lo subieron a unos de los botes.

Atrás quedaba el gigante con su mercancía, sus camarotes y lo más valioso, las vidas de muchos que se marchaban al abismo silenciosos, sin despedida ni flores, sin ceremonia ni plegarias.

Varios brazos fornidos remaban contra el oleaje que poco a poco fue menguando; Samuel, aun aturdido, agradecía a Dios haber sobrevivido en aquella inmensidad azulina. Sepultado en las profundidades quedaba el pequeño cofre y sus secretos, que ya no le importaban, ahora solo imperaba el deseo de volver a ver su familia y estrecharlos en sus brazos.

Dos días después de navegar a la deriva fueron rescatados por un buque mercante y llevados de regreso a las orillas de un pueblo, que no quedaba muy lejos de donde Samuel residía. Al preguntar en qué fecha se encontraba, se alegró al saber que aún estaba a tiempo de llegar para el cumpleaños de Dania. Sabía que a su padre no le agradaría verlo, pero el naufragio no había sido culpa suya. Afortunadamente, el alcalde del pueblo al cual arribaron hizo los arreglos para que pudieran viajar en tren a sus casas y, en menos de tres horas y media Samuel y otros marinos de su pueblo ya arribaban a la estación donde algunos se reencontraron con sus seres queridos; en su caso, le quedaban unas cuantas horas cruzar los acantilados que lo separaban de su morada.

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May 4, 2019, 12:27 a.m. 0 Report Embed 3
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