Caras Ocultas: Relato 2 Follow story

lihuen Paola Stessens

Caras Ocultas relato 2 :Una entrenadora de ballet esta obsesionada con encontrar una bailarina lo suficiente talentosa como para elevar su prestigio al puesto numero uno pero cuando la encuentra su integridad quedara comprometida al descubrir que su nueva alumna no es lo que aparenta.


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La busqueda

La audición estaba por empezar por lo que Eliana Davis repasó la fila de las postulantes revisando el listado de nombres y fotos, tratando de identificar a cada aspirante; en eso vio por el rabillo del ojo que a la fila se le sumaba una más.

Aquel acto de impuntualidad inoportuna la sacó de quicio. Esa ráfaga de odio desquiciado seguramente transformaba algo en su expresión, pues las primeras jóvenes de la fila –adivinando la causa de su ira, y hasta su posible reacción– fueron abriéndose paso, alertadas casi instintivamente de una posible catástrofe.

─ Eh tú, la impuntual ─la llamó desde el frente─. Acércate por favor.

Las demás, no queriendo estar en la mira, fueron apartando sus cuerpos delgados hasta que, ante la sorpresa de la airada instructora, apareció la bella figura de una muchacha esbelta y delicada, cuyas facciones y proporciones parecían haber sido talladas con la más sublime de las excelencias.

─ ¡Valla, valla! ─ exclamó la instructora, haciendo una mueca de disgusto y admiración a la vez ─. Muy bonita, pero la belleza no te ayudará si eres impuntual.

─ ¿Cómo te llamas?─preguntó Eliana impaciente, escrutando aquel rostro inexpresivo de mirada ausente.

─Me llamo Ornella, ma’am─ respondió la joven cautelosa.

¿Ma’am─ pensó Ileana, extrañada. En Nueva York ser llamada así a finales del siglo 21, y más de boca de algún adolescente era extraño. Seguramente la joven venía de alguna región que retuviera el término.

─ Muy bien Ornella, ¿puedes decirme a que se debe tu llegada tarde?

La muchacha sacudió la cabeza atribulada y explicó que ella y su padre venían de Alemania por lo que probablemente el cambio de horario debió confundir a sus padre

─Muy bien, Ornella, aprecio tu sinceridad─ dijo Ileana suavizando el tono─. Pero─ agregó percibiendo la mirada de águila a las demás bailarinas que parecían estar a la espera de su veredicto─ debes saber que en mi compañía la puntualidad es la norma de oro y en general se paga con la descalificación. Sin embargo, como no eres de este país, te daré una oportunidad. Si ninguna de ellas—dijo señalando a las aspirantes—logra deslumbrarme hoy, te dejaré de bailar y demostrarme tu talento, si es que lo tienes, claro. Mientras tanto, colocarte al final del todo y espera mi llamado.

Con un gesto señaló el final de la fila, y la muchacha caminó hasta allí moviendo sus largas y torneadas piernas con la elegancia de una bailarina profesional, lo cual captó la atención de Eliana y lleno de envidia a las demás participantes.

Una vez que todo estuvo bien dispuesto, la música comenzó a sonar y la primera de la fila se adelantó.

La función había empezado.

Todo sucedió con demasiada rapidez. Desde su silla, con las fibras de todos sus músculos tensados, sin haber podido disfrutar siquiera de una de las danzas, Eliana se volvió a encontrar como al principio: con mucho de lo mismo y sin nada prometedor. En los movimientos de aquellas chicas no hubo nada deslumbrador. Ni si quiera la bella escultura viviente, en la cual había puesto sus esperanzas, había logrado captar su atención. Sus movimientos, algo mecanizados, le quitaban gracia y naturalidad, como si los hubiera memorizado sin poner el alma en ello.

Era evidente que la posibilidad de hallar un nuevo talento no se había concretado, por lo que deseó alejarse de aquel lugar lo más rápido posible. Enceguecida por la furia y la desilusión, caminó hasta la salida, sin intención de hablar con nadie.

Y lo hubiera logrado, si un inescrupuloso no le hubiera bloqueado la salida, forzándola a detenerse.

–Buenas tardes, mademoiselle–, la saludó el desconocido, con tono extranjero, mientras le estrechaba la mano.

La instructora lo miró sorprendida, pues pocos se animaban a acercarse a ella sin ser previamente citados, o formalmente presentados. Pero este hombre parecía ignorarlo.

–¿Quién es usted?–demandó Eliana con expresión de pocos amigos.

–Oh, sí, disculpe. –Sonrió nerviosamente estirando su bigote prolijo que le daba un toque cómico bajo sus lentes gruesos y anticuados–. Mi nombre es Mamfred Dornberger─ se presentó─, y soy el padre de una de las chicas.

–Lo siento –Se le adelantó Eliana antes de que él finalizara–, la audición ha terminado y yo estoy con prisa; si su hija tiene alguna oportunidad– agregó, tratando de suprimir una mueca de burla––, en breve lo sabrá. Y girando sobre sus talones, se machó sin mirar atrás.

Afuera la esperaba un temporal, que se asemejaba a la revuelta de nervios que la sacudía en su interior. Una vez en el auto, ya lejos de toda la bulla, se dejó caer sobre el volante. Se hubiera quedados así de no ser por unos golpecitos sobre el ventanal.

–¿Sí?–, preguntó cortante, bajando apenas el cristal polarizado. Afuera los ojos enmarcados de alemán la saludaron una vez más.

–Disculpe que la persiguiera hasta aquí, señorita Davis– dijo el hombre sonriendo amablemente e ignorando su mirada explosiva– Seguramente me considerará un loco, pero le aseguro que no los soy, y en prueba de ello–dijo mientras abría su maletín– me gustaría que considerara mi oferta.

Y diciendo esto le extendió un sobre:

– Este es el contrato, donde se especifican mis condiciones, y la remuneración, por supuesto.

Eliana hizo una mueca con la boca, la que hacía siempre cuando algo le parecía absurdo, y en demostración de ello, se abstuvo de recibir el paquete.

–Lo siento, señor, pero no recibo contratos de desconocidos.

–No es cualquier contrato– persistió el hombre, sin intenciones de moverse –¿por qué no lo lee y luego decide?

Eliana aceptó el documento de mala gana con el objeto de sacárselo de encima, más que por otra cosa. A esa altura del día, estaba demasiado cansada para discutir; las fuerzas menguaban y el agobio ganaba, apenas si tuvo fuerzas para manejar hasta su hogar.

En la comodidad de sus dominios, Eliana se desplomó en un sillón. Al relajarse, aparecieron todo tipo de molestias físicas. La cabeza latiente parecía a punto de estallarle; la espalda le daba punzadas y las piernas parecían piedras. Ingirió algunos calmantes y en la penumbra de su alcoba se quedó dormida, entre los zumbidos del deber y las demandas de su cuerpo maltratado.

Al día siguiente Eliana se sintió como nueva. A pesar de la derrota, estaba lista para lidiar con sus muñecas danzarinas, y hacerlas relucir. Al llegar a llegar a su compañía, la esperaba su asistente con una humeante taza de café y una gran sonrisa dibujada en la cara.

–Hola, Mary–, dijo Eliana mientras tomaba la el pocillo entre las manos─, ¿a qué se debe tanta felicidad?

–Hola, señorita, ¿no recibió mis mensajes?–, dijo la muchacha, algo confundida.

–La verdad, no, no escuché nada. No tuve tiempo, así que… ¿Por qué no me lo cuentas ahora?– le dijo mientras apresuraba el paso e ingería el delicioso café.

La asistente pegó unos saltitos tratando de seguirle el ritmo.

–Bueno, es sobre el alemán y su oferta.

La sola mención de ese individuo la enervó. ¡Cómo se atrevía a perseguirla de ese modo!

Ante la expresión de su jefa, la asistente continuó hablando algo dubitativa.

–En fin, después de seguirla a su auto, él regreso y me pidió que le dijera ..

–No hay nada de qué hablar Mary, ya sabes que yo soy muy selectiva y en este momento no estoy para entrenar mediocridades. ¡Y pensar que perdí tiempo en esta estúpida audición!

–Lo sé, señorita Davis, solo que pensé que cambiaría de parecer..

– ¿Y por qué debería hacerlo?, además ese impertinente me entregó un contrato, ¡ja! Y eso me hace pensar que, o es muy presumido y se cree que es el rey de Inglaterra, o ..

– Bueno, con una oferta de un millón de dólares, el hombre habrá pensado..,– se detuvo al ver la súbita expresión de desconcierto pintada en la cara de su interlocutora.

–¿Disculpa?, ¿qué has dicho?

–Lo del millón, está especificado en el contrato–dijo la joven, ahora más confundida que antes– ¿No lo leyó?

–¿Dijiste un millón? ..¿un millón..?–la taza se tambaleó en sus manos

–Eso es lo que él dijo...

–¿Qué más dijo.. y de quién estamos hablando, Mary? ¡Dímelo todo! – ordenó, con la voz aguda. Una repentina ansiedad se había adueñado de su ser, provocándole todo tipo reacciones, desde una amplia sonrisa hasta un cosquilleo en las piernas y en las manos.

Mary, notando su nerviosismo, tomó el pocillo de entre sus manos antes de que terminara derramándose.

Una vez sentadas en la oficina y a puerta cerrada, Mary le resumió lo hablado con el extranjero. Aparentemente era un científico alemán, por lo visto muy rico, que deseaba que su hija fuera entrenada en esa compañía por su gran prestigio y seriedad. En síntesis, estaba dispuesto a pagar hasta un millón de dólares por su entrenamiento, si ella aceptaba, claro.

–¡Válgame dios! Quién lo diría, un millón, es lo máximo que alguien me ha pagado,.. ¡es una fortuna!–exclamó la instructora caminando nerviosa alrededor de la estrecha habitación.

–Bueno, también dijo que si usted firmaba el contrato, y acordaba con las condiciones..

– ¡El contrato!, y yo que lo arrojé a la basura.–recordó con horror.

– Bueno, él dejó otra copia–, dijo Mary–, aunque me pidió que lo pusiera en la caja fuerte y además dijo que solo debía leerlo usted.

–Muy bien lo leeré ahora mismo–decidió la instructora, sin poder dejar de reír–. Mientras, busca a una entrenadora que e remplace para que comience con el entrenamiento y diles que nadie me moleste por unas cuantas horas–agregó, destrabando la cerradura para que Mary se marchara.

May 3, 2019, 11:18 p.m. 0 Report Embed 3
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