Wendy, señora del desierto Follow story

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Una jovencita se verá transportada a otro mundo, uno con tintes de fantasía pero a diferencia de otras historias isekai, ¡arribará a un mundo posapocalíptico y junto a su familia!


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Viaje a la necrópolis

Gracias por pasar por aquí, esta es mi tercera historia Isekai. No olviden hacer click en el botón de seguirme por favor.

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Wendy, señora del desierto

Capítulo 1: Viaje a la necrópolis

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Cuando crees que estás sola, te das cuenta que en realidad tienes a tu familia apoyándote en todo momento ya sea en este mundo u en otro.

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Las recientes ruinas precolombinas encontradas en Oruro, muy cerca de la capital del Departamento, despertaron el interés de autoridades gubernamentales. Nunca antes se había encontrado lo que al parecer eran los vestigios no de un asentamiento urbano, sino toda una necrópolis, la mayor hallada en Bolivia hasta el presente.

Un hecho de tal envergadura debía promocionarse como era debido y por tanto una de las varias cosas que se hizo a parte de divulgar la noticia en todos los medios televisivos y de prensa, fue el invitar a varios colegios del país a ver los trabajos que realizaban los arqueólogos bolivianos en el lugar en cuestión.

Uno de esos colegios, el Copacabana, aprovechaba aquella oportunidad para que sus estudiantes vieran de primera mano la labor de los profesionales nacionales en la excavación, quien sabe, tal vez incluso alguna de sus alumnas decidiese optar por ser una futura arqueóloga y así ayudar al país a descubrir más maravillas autóctonas. Y sí, se refiere ahora mismo sólo a un género: el femenino, ya que el Copacabana, es un colegio sólo para mujeres, aunque por ley nacional, eso es algo que pronto iría a cambiar, pero en este viaje, sólo asistirían damas, salvo el conductor de la flota que las llevaba y un padre de familia, encargado junto a una de las profesoras del establecimiento educativo, de precautelar la seguridad de las jovencitas.

Timoteo Achacollo era oriundo de Potosí, pero la mayor parte de su vida la vivió en el Departamento de La Paz, donde contrajese nupcias con su esposa María, una mujer de pollera, y era él, el encargado por la junta de padres de familia del colegio de acompañar a la profesora Flores, para ver que las revoltosas alumnas no se pasasen de curiosas y con ello tener una que otra situación peligrosa que atentase contra su seguridad.

―Ya vamos a llegar al sitio, le voy a avisar a la profesora ―dijo Timoteo.

―La pobre, sigue durmiendo. Debe de ser bien cansador tener que vigilar a todas las chicas. Menos mal que vinieron otros profesores en los otros buses o la pobre no se iba a dar abasto, lo mismo que tú ―dijo María, su esposa, quien decidió darse un descanso de sus actividades como ama de casa y acompañar a su compañero de por vida y a sus dos hijas a la visita a la necrópolis subterránea.

―Iré a despertar a la profesora, avísale a Wendy.

Wendy iba en uno de los asientos que estaban más adelante del bus mientras hablaba con su amiga Carla, tan distraídas estaban, que no se percataron que el bus ya estaba por llegar a su destino.

―¿Sigues sin señal? ―le preguntó Wendy a su amiga, mientras ella, lo mismo que Carla, miraban con el ceño fruncido a sus celulares que marcaban el aviso de señal inexistente.

―Qué raro ―decía Carla―, ni que estuviéramos tan lejos de la ciudad, debería haber señal en el celular.

―Tal vez este sea uno de esos puntos muertos.

―Sí, como en esas películas de miedo que tanto te gustan, por cierto, ¿cómo sigue tu hermana?

―La pobre de Viviana ni podía ir al baño sola, la pobre, es tan miedosa.

―Qué raro que sea así, sólo es dos años menor que tú.

―De hecho, es más valiente que yo, pero no aguanta las películas de terror. Puede con todo lo real pero la fantasía le mete miedo.

―Entonces, ¿por qué le permitiste mirar la película?

―¿Y qué podía hacer? Siempre se pone de insistente cuando se trata de ver películas de terror, luego se arrepiente… OH, mamá.

―Wendy… Carla, chicas prepárense, ya vamos a llegar.

―¿Y papá?

―Está despertando a la profesora Flores, ya guarda tu celular.

De la parte de atrás del bus interprovincial, surgió un gruñido que nada tenía que envidiar al que diese un jabalí salvaje. Era la profesora Flores, quien se despertaba de improviso y con susto pese a que Timoteo, la había despertado con cuidado.

Varias chicas empezaron a reírse mientras la mujer rolliza y con rostro rubicundo, miraba a los costados y con una sonrisa como si no estuviese despierta del todo.

―Profesora Flores, ya llegamos.

―¿Qué?... ¡Ah, ya veo! Bueno, hay que hacer que las niñas se alisten ―decía mientras se despertaba ya del todo y se acomodaba los lentes―. A ver, chicas silencio por favor… ¡Silencio! Alístense de una vez, pónganse los guardapolvos y nada de poner en vergüenza el nombre del colegio Copacabana, estén bien atentas que tengo la libreta de desempeño en disciplina, cualquier infracción y les voy a poner notas rojas.

―¡Sí, profesora Flores! ―fue la respuesta grupal de las alumnas, mientras guardaban sus cosas en sus mochilas y se ponían los guardapolvos obligatorios.

Unos tres buses contratados para llevar a las estudiantes y profesores, así como a algunos padres de familia, llegaron al área asignada para estacionarse y pronto las alumnas bajaron ansiosas mientras miraban a los alrededores con gestos de curiosidad, pero luego de un breve momento de caos, las estrictas profesoras pusieron todo en orden y ya las alumnas formaban filas ordenadas conforme a los cursos que tenían en el colegio de señoritas.

Timoteo se quedó junto a la profesora Flores, mientras que María fue al grupo donde se hallaba Viviana.

El campo era inmenso y se podía observar como una malla olímpica cercaba una enorme extensión, mientras que aquí y allá se veían coches, algunos de la gobernación y de la universidad estatal, así como maquinaria de excavación, no pesada ya que este no era un trabajo de remoción de escombros, sino que debían ayudar al grupo de arqueólogos.

A una señal de los profesores, fueron a una edificación reciente hecha con piezas listas para su ensamblaje, la cual oficiaba como un pequeño museo donde se mostraban algunos de los descubrimientos hechos, los cuales consistían en cerámica varia, telares con sus característicos tonos carentes de vistosidad en cuestión de color y lo más impresionante: un par de momias humanas en posición fetal, envueltas ambas en lo que parecían ser envoltorios funerarios. También se podían apreciar algunas muestras de joyería hechas con piedras semipreciosas e inclusive unas diminutas muestras de plata y oro.

―Profesora Clotilde, ¿puede venir Vivianita donde el grupo de su hermana? Queremos sacarles fotos juntas mi esposo y yo, por favor.

―Bueno, supongo que está bien ―decía una mujer delgada con rostro muy severo con cachetes fofos y caídos a la vez que se acomodaba los lentes con gesto de enojo―. No vayan a sacar fotos en lugares prohibidos. ¡Achacollo, acérquese!

―Dígame profesora Clotilde. ¿Qué sucede?

―Acompañe a su madre, se va a reasignar al grupo de su hermana Wendy.

―Gracias profesora.

―Descuide señora Achacollo. El resto, guarde silencio, vamos niñas, no me hagan enojar, que aquí tengo listo el bolígrafo rojo.

María tomó a su hija por el hombro y la condujo donde se hallaba su hermana mayor, mientras algunas de sus amigas cuchicheaban entre ellas o se despedían con la mano.

―Nos vemos luego Vivianita ―decían mientras se reían.

―Ay mamá, ya te he dicho mil veces que dejes de llamarme Vivianita cuando estoy con mis amigas, llámame Viviana.

María no le prestó atención ya que le sonreía a su esposo y a Wendy mientras se acercaba. Una vez reunidas las hermanas, comenzó el recorrido por el improvisado museo.

A Timoteo le hubiese gustado tomarse unas cuantas fotos con sus hijas, pero los letreros de prohibido tomar fotografías al parecer estaban omnipresentes en todas las muestras de la exposición.

Las ansiadas fotografías tuvieron que reducirse a unas pocas frente a la entrada del museo una vez terminada esa parte del tour educativo organizado por el colegio, también tomó algunas frente a un par de kioscos donde las jovencitas se abastecieron de dulces y la típica comida chatarra de rigor.

Algunos padres de familia pidieron cigarrillos normales y una de las profesoras preguntó si había cigarrillos sin filtro y como no estos se habían acabado, tuvo que conformarse con los otros.

En un rincón, los Achacollo compartieron no la comida chatarra ofrecida por las vendedoras, sino que disfrutaron de los sándwiches de carnes frías y pollo que trajo María, eso sí, Timoteo tuvo que comprar unos refrescos personales.

Wendy y Viviana, estaban en su propio mundo mientras hablaban de la falta de señal del celular, sin prestar atención a la conversación de sus padres respecto a una noticia que escuchasen en el noticiero nocturno respecto a las desafortunadas declaraciones de un político con respecto a armar a las mujeres y que tal cosa evitaría más casos de violencia intrafamiliar.

―Yo quería usar el chat, pero con esto de la falta de señal no se puede ―decía Viviana mientras se acomodaba coqueta el cabello a un costado de su rostro, con una elegancia que pocas en el colegio tenían―. Deberían poner una torre de satélite para tener señal en este lugar.

―Con lo del satélite Tupac Katari, debería haber buena recepcion en este sitio, es muy raro, no estamos rodeados de cerros para que no haya señal ―decía Wendy―, es como dije con mis amigas, este es un punto muerto… Como la película de ayer en la noche, ¿recuerdas?

Viviana le devolvió una mirada de reto ya que sabía muy bien que su hermana quería asustarla, pero en pleno día, eso era algo que no iba suceder.

Wendy no era tan bonita como su hermana pero tampoco era fea, sólo había nacido con un defecto por decirlo de alguna forma: su mirada.

Los ojos de Wendy siempre se veían como queriendo retar a los demás o pensando cosas malas de la gente, cosa que por supuesto no era tal ya que la joven tenía siempre una buena predisposición hacia las demás personas, pero siempre tenía la desfortuna de causar una mala primera impresión.

Una vez terminado el descanso, los grupos de nuevo fueron puestos en ordenadas filas por las malhumoradas profesoras que se quejaban que el sol del altiplano iba a dañar la piel de sus rostros.

Esta vez tocaba ir al subsuelo, donde podrían ver una sección del complejo arqueológico escavado hace poco.

―Ay no Timoteo, las niñas se van a ensuciar los guardapolvos, tan bien que se los lavé ayer ―dijo María, luego de bajar por la entrada ya que el resto del complejo bajo tierra lo componían corredores estrechos y con techos no muy altos, de hecho, se veía que en varias secciones tendrían que andar inclinados un poco para así no chocar sus cabezas.

―Con razón pidieron los guardapolvos para las clases de Física y Química. Mejor que las chicas se ensucien los guardapolvos que la ropa.

María aceptó resignada aquel hecho, lo mismo que tendría que ver su ropa sucia una vez salidos del interior de la necrópolis. Así comenzó la vista subterránea; como no podían ir todos en grupos compactos, se decidió que irían en pares y respetando una buena distancia del par que les precedía o que vendría después.

Tanto Wendy como Viviana, se vieron desilusionadas con lo que veían, se imaginaron por tantas películas que vieron, que verían cada dos pasos a arqueólogos tipo indiana Jones, examinado varias cosas súper interesantes según ellas, sin embargo, sólo veían sitios donde había cartelitos con numeraciones indicando qué era lo que se había descubierto con anterioridad.

Los corredores no iban en línea rectas, sino que presentaban curvas y observaron que algunos de estos estaban prohibidos al público mediante cintas amarillas de prohibido el paso.

Justo cuando pasaban por uno de esos sitios negados a los visitantes, que los teléfonos de las hermanas se prendieron y emitieron señal de notificaciones varias.

―Oye Wendy, ya hay señal.

―¿Cómo puede haber señal acá abajo cuando no había arriba?

―La señal viene de ese corredor.

―¿Segura?

―Sí, mira.

Viviana, acercaba el celular al corredor y veía con claridad como las barras de recepción aumentaban y lo mismo hizo Wendy, sorprendiéndose ambas al comprobar que cuando alejaban sus teléfonos del corredor, la recepción de señal disminuía.

―Entremos Wendy.

―¿Estás loca? ¿No ves la cinta que prohíbe el paso?

―Ay, que no va a pasar nada, vamos ―dijo y jaló la cinta hasta romperla con lo que ingresó al corredor.

―Viviana, Viviana, te vas a meter en problemas.

―Tú te vas a meter en problemas, entra antes de que los demás se acerquen.

Wendy se mordió el labio, pero pudo más la curiosidad y así ambas hermanas entraron al corredor prohibido.

El pasaje estaba iluminado como los demás, sin embargo, se dieron cuenta que no era muy extenso ya que muy pronto este terminaba para dar paso a un recinto con techo lo bastante alto como para que ambas dejen de avanzar dobladas.

―Woa, aquí hay señal completa, ¿qué hay de ti Wendy?

―Señal a un cien por ciento. Ahora vámonos de aquí Viviana.

―Sólo déjame mandar un mensaje y nos vamos, porfis ―dijo poniendo su típica mirada de súplica que usaba con los chicos cada vez que salía con sus amigas a la calle los fines de semana.

―No seas tonta, ni que fuese un chico para creer en esa mirada y ese porfis.

―Vamos, se buena, ¿qué tal entonces…?

La jovencita de quince años puso carita de pena, pero en vez de convencer a su hermana mayor, sólo hizo que se riera.

―Oye no te rías, esta es mi carita de gato con ojazos de súplica.

―No eres linda así, te ves más como payaso.

―Pues tus ojos no son como para lucirlo de ninguna manera. Uy, perdón Wendy.

―Descuida, no hay problema.

―No, lo siento, fui una tonta, perdón hermanita, ¿sí?

―Ahora sí pones tus ojitos gatunos.

―Será porque esta vez es de verdad, lo siento mi miedosa hermana.

―¡Miren quien habla! Tú no soportas las películas de terror… ¡Ay!

María, la madre, estaba al lado de las chicas y le jalaba de la oreja a la pobre de Wendy. Viviana retrocedió un par de pasos para que no le pasase lo mismo, pero su madre adivinó su intención y estirando el brazo, la alcanzó y ahora ella era la que tenía cara de dolor al verse jalada de la oreja.

―¡¿Qué están haciendo aquí?! Sabía que iban a causar problemas.

―Mamá, por favor deja eso, duele.

―Mama, ¿cómo nos encontraste?

―La cinta de prohibido el paso estaba en el suelo y escuché su señal de celular. En cuanto se lo cuente a su padre, ya van a ver…

―¡María! ¡Chicas, están aquí!

―Mira Timoteo, hasta aquí habían venido, bien las tienes reñir.

―No hay tiempo para eso. Chicas, ¡la profesora Flores y La profesora Clotilde están furiosas! ¡Están que se suben a las paredes! Regresemos pronto antes de que las cosas se pongan mucho peor.

Las hermanas intercambiaron miradas de susto, el jalón de orejas y la futura reprimenda de sus padres ya no se veía tan malo ante la perspectiva de tener que sufrir el castigo que les impusiesen ese par de solteronas amargadas y si ese castigo se reflejaba en sus notas, ya podían ir despidiéndose de sus paseos los fines de semana o del celular.

Cada uno de los padres tomó con más fuerza de la necesaria los brazos de sus hijas y ya se dirigían al corredor, cuando en eso, el piso cedió bajo el peso de los cuatro presentes.

―Ay, María, niñas, ¿están todas bien? ―preguntó Timoteo apenas dejó de toser debido al polvo.

―Yo estoy bien Timoteo. ¿Wendy, Viviana? ¿Cómo están niñas?

―Estoy bien mamá, papá.

―Viviana reportándose: Sin heridas y sin novedad… Se me cayó el celular.

―Allá esta tu celular Viviana.

―Que bien.

Timoteo le sacudía el polvo a su esposa cuando oyeron que no sólo el celular de su hija, sino también el de su hermana y el de ellos, emitía un ruido sordo, como el de una maquina eléctrica cuya batería interna estaba siendo sobrecargada, de hecho, todos sintieron como la electricidad estática llenaba el ambiente donde estaban en ese momento, pero, ¿en dónde con exactitud se encontraban?

Al asentarse el polvo, no sólo vieron el celular de Viviana y el de Wendy, cuyas pantallas táctiles emitían un fuerte destello, sino que notaron que se hallaban en una especie de recinto similar al templete semisubterraneo de Tiwanacu, pero de una dimensión mucho menor. Al centro de dicho lugar se hallaba una estela con una figura grabada en bajo relieve: un gato o mejor dicho, varios de ellos, al parecer todos ellos con siluetas difuminadas como si fuesen hechos de agua, fuego, arena u hojas.

Un brillo surgió de las profundidades del piso y lo último que oyesen antes de perder el conocimiento, fueron los llamados de las iracundas profesoras así como el de las estudiantes que les acompañasen.

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Sintió como un sabor metálico se adhería a su paladar superior y tragó con disgusto la saliva, a continuación, abrió con dificultad los ojos y tuvo que restregarse a continuación estos con los nudillos ya que no creía lo que veía justo en ese momento.

Un desierto al parecer sin fin, se extendía alrededor. Al girar la cabeza para poder apreciar mejor los alrededores, vio tres figuras boca bajo sobre la caliente arena.

―¡Papá, mamá, Viviana! ¡Despierten! ¡¿Están bien?! ¡Por favor díganme que están bien!

Wendy se puso a llorar pero para su alivio, tanto sus padres como su hermana menor se despertaron al sentir sus cuerpos sacudidos con insistencia.

Al igual que Wendy, los otros Achacollo miraron con sorpresa a los alrededores y luego de también frotarse los ojos, estallaron todos en preguntas, pero ni Wendy ni nadie tenía idea cierta de donde estaban y cómo habían llegado a lo que se veía era un desierto de esos con dunas como los que se veían por la televisión.

CONTINUARÁ…

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April 28, 2019, 5:32 p.m. 0 Report Embed 0
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