Cuando llega el cambio Follow story

melani-abascal1556141694 Melani Abascal

El mundo de una chica de buena cuna empieza a cambiar cuando se enamora de un chico con menos recursos, no tanto por la influencia de éste sino por cómo ve su relación una sociedad clasista y de mente bastante cerrada, sobre todo cuando hay otros intereses hacia ella de por medio y un oscuro secreto. Spin off de "Las cartas perdidas de Ezrah" en la que nos centraremos en la vida de Sheryll, más bien en su pasado. Para aquellos que no hayan leído la saga, pueden leer esta historia sin problema ya que es un personaje que aparece en el primer capítulo.


Fantasy All public.

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01

La verdad es que no puedo quejarme de mi vida, sobre todo si echo la vista atrás. He tenido mis momentos, por supuesto, pero he de admitir que el haber nacido en una buena cuna me proporcionó ciertas facilidades, supongo que no todas merecidas en realidad.

Cuando lo pienso, creo que nací en una sociedad para mí atascada y esto, aunque parezca una acusación grave y sin fundamento, en verdad no lo es.

Siempre fui muy vivaz y curiosa, con avidez por aprender todos y cada uno de los nuevos descubrimientos que hacía. Quizás esto era algo propio de mis ancestros ya que mi abuelo fue un gran inventor, gracias a él las tinieblas no dominaban la noche y había alguna luz disponible para aquellos inquietos, como yo, que querían seguir leyendo su libro favorito aunque el sol ya se hubiese despedido. Recuerdo pasar largas horas en la biblioteca, tanto que muchas veces me llevé alguna regañina de mis padres, afirmando que me quedaría ciega de tanto leer, sobre todo si tenía la imprudencia de leer a oscuras.

De pequeña no era realmente consciente de esto, pero mi enseñanza no fue igual que la de las otras niñas, puede que por el deseo perdido de mis padres de que fuese varón, pero son solo elucubraciones mías, realmente nunca llegué a saberlo con certeza.

Ellos eran personas muy amables, o al menos esa visión tuve siempre, y tuvieron el valor de darme una educación bastante rica para una época y sociedad en la que lo único que se esperaba de una mujer es que dominara el arte en sus diversas vertientes, sobre todo la musical, además de la conversación. Para el resto del mundo parecía que debíamos ser un adorno bonito que a la par sirviese de divertimento cuando era preciso, proporcionando brillantes conciertos de piano o una charla que no resultara pretenciosa ni burda.

No, aquello de ninguna manera estaba pensado para mí, probablemente por eso mis padres tuvieron que aguantar en más de una ocasión comentarios muy fuera de lugar acerca de mi educación de personas a las que ni siquiera importaba o tan sólo se habían molestado en conocerme. Ese era precisamente el motivo por el cual las fiestas o reuniones sociales me aburrían mortalmente, de hecho siempre que podía me escabullía a algún rincón tranquilo a leer o divagar. Supongo que todo esto explica de alguna manera el porquéme acabó fascinando tanto la llegada de Edmund a mi vida.

Seguramente sería un chico singular a la vista de toda la gente que se cruzaba con él cada día, que no eran pocos, eso si no le consideraban una alimaña mientras se ahogaban en su propia arrogancia.

Nuestro primer encuentro fue de lo más fortuito, casi se puede decir que por accidente, aunque igualmente fue algo maravilloso. Era un día gris y lluvioso, uno de esos en los que precisamente no esperas que te ocurra nada interesante y tan sólo ansías llegar a casa para secarte y tomar algo caliente y reconfortante. Yo igualmente me había decidido a desafiar al clima aquel día, más que nada porque la lluvia no era algo que me preocupase en lo absoluto a pesar de todas las advertencias sobre que causaba enfermedades en ocasiones. Sin lugar a dudas la lluvia para mí siempre ha sido algo maravilloso y la recuerdo con especial cariño al pensar que fue ella la que me trajo hasta él.

Cuando salí aquel día apenas diluviaba, pero una vez llevé un rato fuera pasó en unos instantes a ser un fuerte aguacero. Ni siquiera había sacado la sombrilla, no había motivo si lo que adoraba era el tacto frío y húmedo del agua en mi piel, aquellas caricias acuosas que me hacían sentir llena de vida y energía.

Prácticamente corría en dirección a mi opulento hogarcuando tropecé con un agujero en mitad de la calle y se me ensuciaron con ello las botas y parte de mi vestido. Lo primero en lo que pensé fue en la regañina que recibiría por mi comportamiento y su resultado. Sé que no era con malicia, en realidad tan sólo se trataba de preocupación parental por mi bienestar, después de todo vivíamos en una sociedad que creía que el agua debía ir en una ínfima proporción para ser saludable porque la que caía del cielo sólo traía penurias y enfermedades.

¡Menuda tontería! ¿Cómo podía algo tan maravilloso ser tan siquiera un poco dañino? ¿Cómo algo que me hacía sentir llena de vida y jovialidad podía ser tan nefasto?

Supongo que debía resignarme, me gustaba todo aquello que se suponía que no era propio de una dama respetable, a menudo no podía evitar pensar que me hubiese gustado nacer hombre para tener los privilegios que se suponía no debía tener como mujer. Porque ¿qué podíamos hacer nosotras? ¿Qué aspiraciones debíamos tener en nuestra vida salvo mantenernos bonitas, con un comportamiento modélico y dominar conocimientos aceptados para nuestro género para, con una reputación inmaculada optar a un buen esposo que nos mantuviese y con el que formar una familia igualmente respetable? De alguna manera me enfermaba todo aquello, pero era una suerte para mí que mis padres no tuviesen esa visión del mundo y hubieran sido más permisivos conmigo y mi cuestionable comportamiento.

Pero me estoy desviando de mi historia original, parece que las mentes inquietas no podemos evitar divagar de vez en cuando.

Después de maldecir mi fortuna aquel día, no pude evitar fijarme en que iba de barro hasta las cejas. Bueno, reconozco estar exagerando, pero es lo que me pareció en su momento. Vi mis botas horrorizada ya que no había ni un pequeño ápice de ellas bajo toda esa mugre. El vestido me causaba más indiferencia, a mi madre seguramente no, pero tenía la total certeza de que no me permitiría entrar en casa con aquel desastre de botas que echarían a perder las hermosas y ostentosas alfombras que a ella tanto le gustaban y a la criada tanto le costaba mantener siempre limpias, tampoco quería darle más trabajo a ella del que ya tenía de hecho.

Después de mi caída y de sentirme como una total estúpida, mi primera preocupación fue cómo arreglar el desastre que ahora era mi calzado. Entonces le vi mientras surcaba con mis ojos alrededor en busca de respuestas. Estaba sentado como buenamente podía sobre un taburete que claramente no era acorde a su tamaño, observando la gente pasar o quizás el paisaje, pero estaba claro que ajeno a todo lo que se desenvolvía alrededor.

Mientras todos buscaban cobijo desesperados en caso de no llevar nada consigo para cubrirse, él se había situado en una esquina apenas cubierta por un tejado que estaba situado encima, mas indudablemente a salvo de aquella danza húmeda que se precipitaba al vacío cada vez con más fuerza. Por los materiales que le acompañaban supuse su oficio y me acerqué a saludar despreocupadamente.

-Muy buenos días- entoné con la mejor de mis sonrisas.

El joven se quedó unos instantes desconcertado, pero enseguida me devolvió una amplia sonrisa acompañada de unos resplandecientes ojos color madera. En aquel momento no podía imaginar cuánto iban a gustarme esos ojos que, a pesar de ser de un color bastante común, brillaban como ninguno de los que había visto.

-Buenos días, señorita ¿En qué puedo ayudarle?- pronunció con una voz grave pero no estruendosa, usando el tono perfecto de armonía, como si de un hábil compositor se tratase.

-¿Es usted limpiabotas?

-En efecto ¿Requiere de mis servicios?- esto lo preguntó más bien con sorpresa.

-Ya sé que no es precisamente el clima indicado para que su trabajo luzca, pero estoy desesperada- le expliqué.- Me he caído en un charco y he echado a perder mis botas, estoy segura de que mi amorosa madre no se mostrará amorosa cuando me vea así.

-En verdad es un problema, señorita. Por favor siéntese aquí si lo desea- dijo señalándome una silla con respaldo y cojín, mucho más cómoda que su asiento seguramente.

-Muchas gracias, caballero- le contesté con otra sonrisa en los labios.

-A usted, señorita. No iba a tener más clientes con la lluvia seguramente, me ha hecho un gran favor.

-Entonces se trata de un favor mutuo, caballero- dije mientras me sentaba y le tendía mis desastrosas botas.

-Por favor, no me llame caballero, soy un humilde limpiabotas, desmerecería ese título.

-No veo por qué, humilde o no, su labor es importante así que merece respeto como cualquiera.

Aquello debió de sorprenderle y desencajarle de su molde, si es que alguna vez estuvo en uno.

-Muchas gracias, señorita. Me halaga- respondió con una sonrisa algo tímida y apenas levantando la cabeza de su labor para que no se notase.

-Por favor le ruego que no me llame señorita, me resulta muy ostentoso.

Aquello le hizo mirarme medio asustado e incómodo, quizás con una pequeña chispa de intriga en el roble de sus ojos, aquellos hermosos ojos que ahora estaban abiertos como platos.

-Pero no podría hacer tal cosa, por favor no me lo pida.

-En ese caso, le ruego que me llame por m nombre.

-¿Puedo saber cuál es entonces?

-Sheryll- dije sonriente, me encantaba mi nombre, el que con tanto cariño habían escogido para mí.

-Yo me llamo Edmund.

-Encantada, Edmund, es todo un placer- le tendí la mano y, a pesar de que titubeó unos instantes, me la estrechó y prosiguió con su labor.

Entendía perfectamente sus reservas, la sociedad estaba bastante dividida y para nada pertenecíamos a la misma clase, por eso le había parecido tan extraña mi petición de no llamarme por el típico trato. La verdad detestaba que me llamaran así, ya estaba indicando sólo con eso si estaba casada o no, como si fuera necesario para tratar conmigo, por eso y porque quería tirar la estúpida barrera clasista que nos dividía insistí en que usara mi nombre.

Soy consciente de que al resto de personas que formaban parte del mismo grupo social que mi familia ni siquiera les pasaba por la cabeza tratar a la gente a su servicio como iguales, como si sólo fuesen personas que tenían un trabajo digno para ganarse el pan para sus familiares. No… por desgracia se estilaba humillar a esas pobres personas que no habían tenido culpa alguna de no nacer en una familia poderosa, a veces incluso se les trataba peor que a los animales a pesar de que sin su trabajo muchos de esos ricachones no podrían ni valerse por sí mismos para realizarlo. Pero era algo que yo claramente no compartía, de hecho los trataba como si de cualquier otra persona se tratase, lo que despertaba recelo al principio, miedo incluso y por supuesto la desaprobación por parte de aquellos que se sentían superiores.

En el fondo esa gente me daba algo de pena, se estaban perdiendo con su orgullo a personas encantadoras que cada día estaban en sus vidas pasando como el aire a su alrededor, que les ayuda a avivar el fuego o a secar sus ropas mojadas, mas como no saben mirar más allá de sus narices, no lo ven y por eso parece que no existe.

-¿Vives muy lejos, Edmund?- cuestioné para romper aquel silencio incómodo.

-En estas calles no, por supuesto- respondió bromeando tímidamente, lo cual estaba bien, significaba que empezaba a coger algo de confianza, la justa dentro de la cordialidad.

Le contesté con una risita que intenté que no resultara pretenciosa, sino amistosa.

-¿Y usted?- se aventuró a seguir la conversación.

-Bueno, en mi caso no puedo decir lo mismo, vivo unas calles más allá- dije señalando a su espalda.

-¿Y qué le hace salir en un día tan desapacible?- aquello parecía sincera curiosidad.

-Me encanta la lluvia, de hecho uno de mis pasatiempos favoritos es leer mientras repiquetea en las ventanas, pero por encima de todo adoro su tacto y olor, así que suelo escaparme los días lluviosos.

Suspiré al contarle todo aquello, simplemente no podía evitar hablar de aquella manera. Obviamente él se sorprendió, aquello no era algo apropiado para una mujer que perteneciese a la misma clase que yo.

-Fascinante- musitó apenas en voz baja.- Nunca había oído semejante afirmación de parte de una damisela de las de por aquí.

-Supongo que soy un bicho raro- dije con una sonrisa resignada.

-Oh para nada, señori… Perdón, Sheryll. Creo que es maravilloso.

Aquello me descolocó completamente, tantos años de desaprobación supongo que habían hecho mella en sentirme como una extraña en una sociedad que ni me gustaba ni me entendía.

-¿Podrías explicarte, por favor?

-No se lo tome a mal, quiero decir, me parece maravilloso aquello que dice ser tan inusual, no la transforma en alguien raro, sino única.

-Supongo que tienes razón, pero de poco me vale por aquí.

-Le vale a usted misma. No se reproche por ello, ser como es está bien, no se fuerce a ser otra cosa.

-Quizá… No obstante aquí prima lo igual, no lo diferente. Lo que no cumple los estándares es rechazado sin piedad.

-Eso significa tan sólo que es una persona valiente que se atreve a mostrarse tal y como es, a sabiendas del rechazo del que habla, creo que eso la honra.

Aquel joven me había dejado gratamente sorprendida y pensativa, nunca nadie me había dado ese punto de vista antes.

-Ya está listo- anunció con una sonrisa mientras me tendía mis botas.

Le pagué gustosamente, incluso le di una propina que al principio se negó en aceptar, pero no podía permitir que se fuese sin una compensación extra por aquel maravilloso rato que me había hecho pasar, además de las bonitas palabras que me alegraron el resto del día.

Incluso le pregunté si solía estar por aquella calle, no podía esperar para volverlo a ver y charlar nuevamente.

April 24, 2019, 9:48 p.m. 9 Report Embed 2
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F. Ciamar F. Ciamar
Interesante... aunque tal vez el pensamiento de ella sea demasiado progresista para la epoca..
3 weeks ago

Raül Gay Pau Raül Gay Pau
Bravo, bravo.
3 weeks ago

Raül Gay Pau Raül Gay Pau
Bravo, bravo.
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Raül Gay Pau Raül Gay Pau
Bravo, bravo.
3 weeks ago
Raül Gay Pau Raül Gay Pau
Bravo, bravo.
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