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La pelea de Cuba por su helado

Alina es bayamesa. No me lo deja olvidar. Desde el primer día que la vi solo habla de Bayamo. De donde nació el himno de Cuba, me lo dice mientras levanta su dedo más arriba de su cabeza.

Admiro su forma física, es capaz de vestir cualquier vestido largo y no sucumbir al calor habanero. Es pequeña, su piel delata sol constante, pero no es mulata, su cabello es claro y su piel más blanca que la mía. Pero no le envidia nada a las muchachas mulatas. Esas que caminan llenas de sabor por la calle 23, de las que los cubanos parecen ya estar acostumbrados y ahora dejan de asombrarse. Esas que esperan la guagua que va para el centro, la que va llena siempre.

La bayamesa duerme mucho. Duerme hasta el último minuto que puede y logra estar lista sin apuros para comenzar el día. Yo trato de despertarla con el noticiero, muy temprano. Ella me entretiene con música.

Ella llora al leer a José Martí. Tantos años y jamás visitó el memorial, ahí dónde están sus cartas y ella se sabe muchas. Pero se emociona con una. Ella me cuenta la historia detrás de la carta que se considera su verdadero testamento, y dice que fue escrita, por supuesto, en los predios de Bayamo.

Ella me cuenta que ahí dice Martí que todos los días está a punto de dar su vida por la Patria, denuncia la intención de los Estados Unidos de apoderarse de Cuba y con ello extenderse por las tierras de América Latina. Para evitarlo dice, “cuanto hice hasta hoy y haré es para eso”.

Me habla de su Romeo, lo extraña, lo admira, y se prepara por horas para verlo. Sus ojos se vuelven más dulces por él. A veces, asumo, se acuerda de una anécdota, pero no me la cuenta. Supongo que es muy íntima, o muy insignificante para otros que no sean ella o él.

Pero ella parece amar más el helado. Y claro, el verdadero helado está en Bayamo. Lo dice sin sonreír, ya que no es una broma.

Ella es el punto de atención, y es cautelosa con su tiempo y su energía. Se sienta en la cafetería junto a Alonso, un hombre más moreno y alto que ella, con unos ojos de color miel que parecen haber caído por coincidencia en su cuerpo.

Se encuentran en los dos extremos de la mesa, frente a mí, tal como están sus provincias en la propia isla.

Y ahora la conversación, ella decide, que será sobre el helado.

“En Bayamo es cremoso,” dice ella, mientras yo pienso que igual la mayoría de los helados lo son. “El de fresa tiene pedazos de la fruta, y ¿dónde ves eso?” dice ella con la confianza de quien puede sacarle siete adjetivos a un simple vaso de agua.

“Y con chispas de chocolate… Las galletas, para qué te cuento, es una calidad de galleta que no te puedo hablar,” ella deambula en su cabeza saboreando mentalmente su helado.

Alonso también parece saborearlo, pero su desvelo no es por el dulce, sino por tener un programa de radio distinto al que maneja ahora en Pinar del Río. Le encanta lo que hace, me lo asegura, pero quiere hacer más.

Parece que se aguanta la voz grave que tiene, para luego soltar un sonido más amable, o ninguno. Él prefiere saludar con un guiño. Jamás estuve de acuerdo con decir que alguien tiene voz de radio, pero a este hombre no me lo imagino en otro lado que no sea en una radio.

“En Pinar del Río es dónde realmente está el helado cubano,” dice Alonso, como si estuviera refiriéndose a algo tan histórico como la bandera de Cuba, la cual no nació en Pinar, sino en Bayamo. Bueno, la segunda, porque la oficial es la de Narciso López.

La que parece de Chile, pienso decir, pero me contengo al ver a dos mesas de distancia a Juan, el chileno que no puede hablar por menos de quince minutos. Mejor no empezar. La del padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes fue la segunda. Y claro, él es bayamés.

Alina se ríe de la ingenuidad de Alonso.

Me los imagino a los dos sentados en el Coppelia tomando helado, en esa estructura sesentera que al principio me parecía una iglesia, por la que la gente en La Habana forma largas filas para entrar. A veces parece que esperan a un almendrón, esos carros antiguos que un amigo español dice “son tal como Cuba, bajo el capó hay piezas dispersas de otros lados, pero que juntas, de alguna manera, funcionan.”

Ella pide fresa y él pide chocolate, con las chispas de galleta. Sí, ya me vi la película.

“El helado de Bayamo ha ganado muchos premios,” dice Alina.

“Del helado de Pinar no tengo información,” admite Alonso, apegándose a los hechos, como buen periodista que es. “Pero si lo presentamos a un concurso, estoy seguro que gana.”

Ella calla, pero imagino que podría decirle tanto solo con la mirada. No se va a dejar ganar por un pinareño.

Termino mi segundo café y les cuento cuánto me gusta. Grave error. Esa también es razón para declarar la supremacía de sus provincias sobre el café. Le ofrezco una sonrisa a medias a Alina cuando me dice que también el café cubano… es mejor en Bayamo.

Esa noche por coincidencia vimos cantar a Haydee Milanés, hija de Pablo, que también es de Bayamo. Eso lo supe después, pero quizás me lo dijo Alina en algún momento y no se lo creí.

No hay manera de pararla, es tan necia como los árboles gigantes de la ciudad que rompen toda calle o acera que ose detener sus raíces. Y las de ella, también han crecido y se niegan a moverse.

“Es que no hay lugar como Bayamo.”

“Ya me está gustando, voy a ir,” promete Alonso en una respuesta muy diplomática, ya sea realmente intrigado por el helado o simplemente cansado de pelear con la bayamesa. Yo apostaría a la última. Al final, él jamás irá a Bayamo por un helado, y ella no dejará de defenderlo ante todo cubano.

April 10, 2019, 8:39 p.m. 0 Report Embed 1
The End

Meet the author

Carla González Periodista ecuatoriana con alma latinoamericana

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