EL RASTRO DEL MIEDO Follow story

dan-aragonz1552556782 Dan Aragonz

Un hombre necesita cerrar un negocio cuanto antes en la morgue para solucionar el problema en el que se ha metido.


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EL RASTRO DEL MIEDO



El dolor en su mano derecha se hacía insoportable y la venda que le cubría la herida, producto de la mordida recibida, no dejaba de teñirse de rojo en cada curva que daba. A pesar de eso, Richard Simon condujo durante varios minutos alrededor del hospital, antes de encontrar el callejón sin salida que buscaba.

Estacionó a pocos metros de la puerta oxidada que le había descrito el hombre por teléfono, y antes de abandonar su coche, se cubrió el rostro con el cuello del abrigo; no quería que nadie lo reconociera en el caso que sus planes fallaran.

Cuando llegó a la entrada, dio un par de golpes con los nudillos de su mano sana, y se quedó mirando en silencio la fachada de la parte trasera del hospital; aunque era de noche podía ver, claramente, que los costados de la puerta eran espejos. De esos que puedes ver solo desde dentro hacía afuera, pero no al revés.

Mientras oía una ambulancia perderse a lo lejos, golpeó nuevamente, pero nadie le abrió. Al cabo de insistir unos segundos, sin obtener respuesta, decidió marcharse; quizá, no había sido buena idea presentarse en aquel lugar para solucionar su problema.

Cuando se dio la vuelta y se alejó unos metros, escuchó la misma voz que le había dicho como llegar.

— ¿Tienes el dinero? —le dijo un sujeto, que asomó la mitad del rostro, sin abrir del todo la puerta.

—La mitad ahora y bueno… ya te lo expliqué por teléfono —le dijo Richard en voz baja, con las manos en los bolsillos; había un extraño olor en el callejón que lo puso nervioso.

—No hay problema. Adelante—dijo el sujeto, que quitó los cerrojos de la puerta y abrió— Por cierto. Soy Bob. No es necesario que hables tan bajo. Aquí nadie puede escucharte—y se giró, dejando a la vista una horrible cicatriz que tenía en la nuca— Creo que le agradaras a Walter, pareces un buen sujeto—dijo en voz baja.

Richard guardó silencio y entró a la gélida sala, donde vio que habían pocas cosas que adornaban el cuarto: un armario colgado del muro con puertas de cristal, donde se podían ver dos torres de libros que se apoyaban entre sí para no caer. También un cuerpo cubierto con una sábana blanca sobre una camilla en el centro de la sala, y una pequeña mesa con varios utensilios propios del lugar, además de una silla metálica, donde Bob se subió para alcanzar una caja de guantes desechables que estaba sobre el armario.

—Uno de estos libros podría ahorrarte la espera, pero no recuerdo cuál de ellos es—dijo Bob, que miraba los libros a través del cristal sucio y sonreía.

—Prefiero ver como lo haces personalmente. Así no olvidaré como hacerlo cuando regrese a casa—dijo Richard, y se metió la mano al bolsillo y sacó parte del dinero del acuerdo.

Trató de disimular la herida de su mano y se la metió en el bolsillo. Sostuvo los billetes, con la otra, hasta que Bob terminó de ajustarse los guantes y se le acercó.

—Lo siento Walter, pero el dinero es dinero—dijo Bob, que cogió los billetes arrugados y se los guardó en el delantal manchado de sangre.

— ¿Walter es el fiambre?—dijo Richard, y guardó distancia desconcertado por el extraño humor de Bob.

—Tranquilo. Lo importante, es que veas cómo estos bastardos vuelven a la vida—dijo Bob, y se acercó a la camilla en el centro de la sala.

— No tengo mucho tiempo, así que date prisa y déjate de bromas—le dijo Richard, que se arrimó a la camilla para mirar el cuerpo.

Bob tiró de la manta y dejó al descubierto el huesudo rostro de un hombre, lleno de pliegues tanto en la frente como alrededor de la boca, donde se veía que tenía unos cincuenta años y que por su semblante huraño, no parecía haber tenido muchos amigos en vida; Richard pensó que el hedor se debía a que el cadáver en descomposición parecía llevar varios días ahí, sin que nadie se presentara a reclamarlo.

— ¿Lo conocías?—le dijo Richard, nervioso.

—No— dijo Bob, y se limpió los restos de saliva de los dedos después de tantearle la boca al muerto.

—Yo tampoco quiero saber demasiado sobre este sujeto—dijo Richard.

—No te preocupes. Ya podemos empezar—dijo Bob, que cogió la punta de la manta y lo cubrió nuevamente, cuando Richard, gritó:

— ¡Se movió! — y se alejó de un salto, hacía atrás, asustado.

— ¿Quién?—dijo Bob.

— ¡Walter!

—Es normal. Nadie quiere irse de este mundo—dijo Bob, sonriendo bajo la mascarilla.

— Basta de tonterías—dijo Richard— ¡Mira lo ha vuelto a hacer! — y se dio la vuelta para no seguir mirando.

Fue entonces que, a través de los paneles de cristal de la entrada, vio que alguien los espiaba. Alguien, que no pudo distinguir si era un hombre o una mujer por la oscuridad de la noche.

Cuando volvió a mirar, la silueta había desaparecido.

— Es normal que se mueva un poco—le dijo Bob, y soltó el seguro de las ruedas de la camilla—Sus músculos tardan algún tiempo en desanudarse del todo.

—Vamos, puedes darte prisa—dijo Richard, que pensó en decirle lo que había visto, pero sabía que el miedo le había jugado una mala pasada y no mencionó una sola palabra.

—Ya está listo. Vamos—dijo Bob, y comenzó a empujar la camilla en dirección a la salida de la sala.

— ¿Dónde lo llevas? —le dijo Richard.

—No te preocupes, sígueme y trae esa botella grande de cristal—y le indicó el lugar con la mano.

Bob no demoró en salir empujando el cadáver y abandonar la sala.

Richard, dudoso, se acercó y cogió el envase del piso con un líquido negro y salió raudo para alcanzar a Bob; este se había adelantado y solo lo alcanzó a ver cuándo dobló y desapareció en la esquina del callejón.

Cuando llegó a su lado se incorporó para ayudarlo a empujar el armatoste, pero Bob se dio cuenta y lo apartó con una sola mirada; si se iba a ganar cincuenta dólares por el trabajo, era su deber hacerlo completo.

Dentro del basural, que estaba detrás del hospital, entre algunos contenedores de basura y uno que otro mueble inservible dado de baja en las oficinas del hospital, avanzaron en silencio hasta que Bob se detuvo y dejó caer el fiambre al piso.

—Dame la botella con ácido—le dijo Bob, tan relajado como si le estuviera pidiendo una coca cola.

— ¿Es ácido? ¿Qué vas a hacer?

—Lo que me pediste que hiciera—dijo con una sonrisa macabra mientras se quitaba la mascarilla —Es un proceso rápido, tranquilo.

Richard le entregó la botella y pensó en decirle que se detuviera, pero necesitaba saber cómo funcionaba el ácido sobre el cuerpo humano. Lo había visto solo en películas de terror.

Bob que comenzó a bañar el cadáver con el ácido, dejándoselo caer sin desperdiciar nada, le miró la mano herida de Walter y dijo:

— ¿Qué tan grande es el perro que te mordió?—y se rió.

— ¿Qué perro?—dijo Richard, confundido.

—Un momento. Me dijiste que querías deshacerte del perro del vecino—y terminó de rociar todas las partes que faltaban.

—Sí, por supuesto—dijo Richard—Al perro del vecino—dijo en voz baja y se quedó asombrado mirando como desaparecía el cuerpo de Walter.

Veinte minutos más tarde, entre las convulsiones y el olor a carne quemada, el muerto quedó reducido a nada. Solo algunos huesos de las costillas y el lado derecho del cráneo, le quedaron a la vista. Pero el ácido no tardó en consumir el cadáver casi por completo.

Richard, que nunca había visto los huesos de un hombre desvanecerse como si fueran sal efervescente, dejó de preocuparse; el proceso por lo visto era rápido y parecía bastante fácil de hacer.

No pudo más con el horroroso espectáculo y apartó la vista de lo que quedaba del cadáver. Fue entonces, que volvió a ver que alguien los espiaba. Esta vez, supo que era el mismísimo Walter que se asomaba desde los contenedores de basura. Lo extraño y macabro era que parecía tener una larga cola, como si fuera un animal. La cual se ondeaba sobre su espalda y parecía tener vida propia.

Richard se llevó las manos a los ojos para asegurarse que no estaba alucinando, cuando Bob lo interrumpió.

—Bueno, hemos terminado, ahora cerremos el trato—y lanzó un escupitajo sobre los restos humanos, como si fuera una fogata apunto de apagarse.

Richard no mencionó nada y apartó la vista de los contenedores. Lo que sí se planteó fue discutirle por qué no le había dicho desde un principio, que solo necesitaba el ácido para evaporar el cuerpo, pero no lo hizo; cómo no quería seguir un minuto más en ese extraño lugar, porque el nauseabundo olor se hacía cada vez más insoportable y no provenía del cadáver como pensaba en un principio, se encaminó hacia la salida del basural.

— ¿Sientes ese fuerte olor? —le dijo a Bob, mientras se acercaba a las rejas que rodeaban el basural y se cubría la nariz con ambas manos—Es azufre o algo parecido. Es insoportable.

—Es el ácido, hombre. Huele como el mismísimo infierno ¿no?—le dijo Bob, que lo seguía y volvió a cubrirse la boca con la mascarilla.

—No es el ácido. Es como el olor de un animal muerto—dijo Richard, que se metió la mano al bolsillo y le pasó el dinero que faltaba cuando Bob lo alcanzó—Pero no me hagas caso. Es solo que este lugar me pone muy nervioso.

—Tranquilo—le dijo Bob—Esta maravilla sirve para borrar cualquier rastro. Yo mismo lo fabrico— y le entrego el recipiente con cuidado.

—Ese perro desaparecerá. Sí, que desaparecerá—pensó Richard.

Ambos cerraron el trato con un apretón de manos cuando estuvieron fuera del basural.

Richard se apresuró a alcanzar su coche estacionado en el callejón y Bob tuvo que regresar por la camilla que había olvidado.

Cuando retrocedió el vehículo para salir del callejón y vio que Bob, que venía empujando el armatoste en dirección a la morgue le hizo señas para que se detuviera, Richard no le prestó atención y aceleró; lo único que quería era olvidarse de ese lunático y de aquel molesto hedor que parecía haberse impregnado en su abrigo.

Durante el camino de regreso condujo en silencio por la carretera hasta que llegó a su casa. No podía dejar de pensar en lo que había visto y menos en esa aberración que, por la distancia, no pudo distinguir qué es lo que era. Posiblemente se sentía aterrorizado por lo que estaba a punto de hacer o simplemente, era un cobarde y eso, lo estaba haciendo desvariar.

Cuando estacionó, se bajó del coche y se olvidó de todo el plan que tenía en su cabeza al mirar las ventanas de su casa; varias luces estaban encendidas, aunque recordaba haberlas apagado todas antes de salir. Entró y cerró despacio la puerta para no hacer ruido. Su paranoia se calmó un poco. En la sala, no había nadie.

Avanzó por el pasillo cauteloso y entró al baño. Fue entonces que encontró que el cuerpo de su esposa, que había dejado sin vida en la bañera, no se encontraba en el agua; al parecer, la cantidad de veneno no había sido suficiente y de seguro se había despertado. El otro cadáver si estaba sumergido en la bañera.

Entró a su habitación y se quedó tumbado sobre la cama; sabía que ya no podía hacer nada.

Trató de recordar la cantidad de veneno para ratas que le echado al té de su mujer, pero estaba tan nervioso, que no pudo hacer memoria. Quizá ella no se lo había tomado, aunque la había obligado a hacerlo, después que ella le mordiera la mano.

Eso por lo menos, lo tranquilizaba de alguna manera, ya que así no lo acusarían de doble homicidio. Sin darse cuenta, por el cansancio, se quedó dormido.

Dos horas más tarde, se despertó asustado. Para su mala suerte, su esposa no estaba dormida a su lado, como esperaba, y su situación, no era más que una horrible pesadilla hecha realidad. El olor repugnante estaba dentro de la casa y un fuerte golpe que provino de la sala, lo alarmó.

Salió del cuarto rápido y llegó al final del corredor. Se asomó para ver si era su mujer, pero se dio cuenta que era la ventana que se había quedado abierta y golpeaba el marco de forma continua por el viento. Estiró su brazo para cerrarla, pero no pudo hacerlo; su mano pasaba de largo como si metiera su brazo en el agua. Era seguro que estaba perdiendo la cordura.

Salió corriendo y entró a su habitación para recoger algo de ropa y largarse de allí cuanto antes; su sistema nervioso estaba colapsando o, realmente, estaban pasando cosas extrañas desde que había vuelto de la morgue.

No alcanzó a coger nada del cuarto; cuando estuvo bajo el marco de la puerta, vio que sobre su cama había alguien que estaba cubierto con la misma manta que el cadáver de la morgue. A pesar de eso, se acercó y lo descubrió de un tirón.Fue entonces que abrió los ojos de golpe y se descubrió sudando sobre la cama. Pálido. Estaba seguro que todo era una horrible pesadilla y para comprobarlo se giró, pero su mujer no dormía a su lado y el hedor en la casa era más pestilente,

Se levantó rápido y salió al pasillo a buscar el cuerpo de su esposa. Tenía que encontrarlo por algún lado, antes de volverse completamente loco. Echó un vistazo al baño y nada. Pero recordaba haber dejado a su mujer dentro de la tina junto al perro bastardo de su vecino, que sí que estaba hundido en la bañera. Lo había visto en una película de terror, donde el hombre, al final, se salía con la suya. Quizá ella se había hecho la muerta para poder escapar. Eso no lo sabía.

Cuando entró a la cocina lo mismo. Nada. Y cuando llegó a la sala, que estaba en absoluto silencio, se dio cuenta que todavía no amanecía y que estaba solo en casa; lo más probable era que su mujer se había escapado para denunciarlo, o quizá peor aún, el veneno demoró su efecto y el cuerpo estaba tirado en algún lugar. Pero si era así, sería imposible encontrarlo.

Salió desesperado a revisar el patio y rodeó la casa tres veces. Pero no tuvo suerte.Pensó en escaparse en el coche, aunque sabía que esa no era la solución; en su cabeza, albergaba una remota posibilidad de que su mujer continuaba con vida y que volvería a casa.

Abrió el vehículo y sacó el recipiente con ácido para guardarlo en un lugar seguro; si llegaba la policía con el cuerpo de Marta, lo primero que revisarían sería su coche. A esa altura de su tragedia era una pérdida de tiempo deshacerse del cadáver de Luis. Aunque las dos fosas que había cavado en el patio estaban listas para ser utilizadas.

Rodeó por última vez la casa para asegurarse, pero aun así, no consiguió dar con el paradero de su esposa.Miró los hoyos que había hecho y pensó que debía volverlos a tapar con la tierra. Pero primero debía encontrar a Marta.

Entró a la sala, se sentó en el sofá y dejó la botella a sus pies a la espera de pensar en un sitio seguro en donde esconderla. Pero no volvió a moverse de allí; estuvo todo el día preocupado porque apareciera la policía preguntando por su esposa; su estado mental empeoró con el pasar de las horas y el olor nauseabundo que no le dejaba en paz le calaba el cerebro, provocándole un fuerte dolor de cabeza y un estado febril.

Fue así como se quedó muchas horas mirando la entrada de la casa, sin que nadie apareciera. Con el pasar de los días y sin saber nada de su esposa, además de no dormir por el miedo que sentía a que sus pesadillas volvieran, en un arrebato de estupidez, cogió el teléfono y llamó a la policía. Pero no tardó un en colgar el auricular de golpe; nadie le sacaba de la cabeza que su mujer estaba en algún lugar a la intemperie, debido al efecto tardío del veneno. Todo lo contrario que el cadáver de su vecino, que continuaba en la bañera y que debía de ser un festín para los gusanos.

Si alguien encontraba a Marta y daba aviso a las autoridades, ese sería su mayor problema.

Continuó sentado en el sofá a la espera que alguien lo encontrara para alegar demencia. No había comido en varios días y podría alegar que necesitaba cuidados especiales. Sabía que sus planes habían fracasado y que no tenía opciones.

Trató de abrir los ojos, pero el sueño se lo estaba comiendo. Sus parpados cayeron como dos puertas que se cierran de golpe, y de pronto, sonó el teléfono; sabía que se trataba de la policía, pero aun así, contestó.

— ¿Han encontrado a mi esposa? —dijo Richard, con una voz que apenas le salió.

— ¿Has tenido pesadillas, últimamente?—se escuchó decir a Bob, con una risa burlesca.

— ¿Por qué diablos tienes mi teléfono? —le dijo Richard, asustado.

—Tranquilo. Solo quería preguntarte si viste algo extraño hoy en la morgue.

— ¿Hoy? Pero que dices. Si fue la semana pasada—dijo Richard, asustado.

—Que gracioso. — dijo Bob y se rió— Pero te entiendo. Deshacerte de un muerto enloquece a cualquiera, y de dos, mucho más—y volvió a reír.

— Me estoy volviendo loco, es eso. Sí, eso debe ser. Porque sí vi algo mientras preparabas el cadáver en la sala—dijo Richard—Algo que nos espiaba fuera de la morgue.

—No puede ser, los cristales son espejo y no tengo ventanas. Tú mismo los viste. Solo se puede ver hacia afuera —se escuchó decir a Bob con una atragantada carcajada al final de sus palabras.

— No creo en fantasmas —dijo Richard—Así que estoy seguro que tiene una explicación lógica.

—Hay algo que no te dije cuando estábamos en el basural—dijo Bob— También vi que alguien nos observaba, pero no quise asustarte. Al principio creí que era un sujeto cualquiera, pero cuando vi que tenía una larga cola, no dije nada.

—Espera un momento ¿Me estás diciendo que también viste a Walter?

—No—dijo Bob—Ese no era Walter—y el silencio en la línea telefónica se volvió eterno.

— ¿Cómo qué no era Walter?— preguntó Richard, asustado— ¿Es una broma, verdad?

—No. Como te dije, no se trata de Walter—dijo Bob—Te tengo malas noticias, amigo.

— ¿Me estás tomando el pelo?

—No. Revisé mis viejos libros y…

— ¿Quieres extorsionarme?—dijo Richard, enfadado— ¿Es eso?

— ¿Notaste la cicatriz que llevo en la cabeza, verdad?—dijo Bob—Me la hizo una de esas criaturas hace años—dijo Bob, serio.

— ¿Qué criaturas? ¿De qué rayos hablas?

— Cuando los cadáveres llevan varías días en la morgue, sueltan una sustancia que llama a...

—Tengo que colgar, sabes. Eres un lunático—dijo Richard, enfadado y colgó.

De pronto, el crujido de la puerta de entrada lo despabiló.

Richard se levantó del sillón y sonrió atemorizado; su mujer entró y se quedó de pie frente a él, sin decir una sola palabra.

Richard solo cogió el envase con ácido del piso y se quedó perplejo; no daba crédito a lo que sus ojos veían; Marta había regresado, pero sabía que algo en ella no estaba bien; sus ojos estaban blancos y su piel tenía un color morado, como si estuviera podrida por dentro. Además, hacía un extraño movimiento con su nariz, como si estuviera disfrutando del putrefacto olor que saturaba la casa.

Richard sin pensarlo demasiado le lanzó el ácido a la cara; sabía que no era su mujer; su rostro comenzó a desfigurarse y debajo de la piel, que se achicharraba por el ácido, comenzaba a asomarse el semblante de un hombre que no tardó en reconocer como aquel cadáver de la morgue.

—Tranquilo. Lo importante, es que veas cómo estos bastardos vuelven a la vida—recordó decir a Bob.

Aquella aberración se dejó caer al piso, posó sus manos sobre la madera y comenzó a gatear por la sala. Su rostro era deforme y le colgaban las carnes mientras el rostro se le derretía.

Richard, que no podía creer lo que estaba viendo, comenzó a gritar.

— ¡Quiero despertarme maldita sea!— y reaccionó a lanzarle el resto del ácido en el cuerpo, pero fue mala idea; la piel de la criatura se derritió más y su apariencia se descubrió por completo.

Enormes garras que se superponían sobre sus dedos humanos y emergían podridas y filosas. También los huesos le tronaban y le desgarraban la piel a medida que se deformaban en su interior y atravesaban su piel. Dejando al descubierto su verdadera apariencia.

Richard se miró la venda de su mano que estaba empapada en sangre y se dio cuenta que el dolor había desaparecido. Pero eso era lo de menor importancia en ese momento. Aquella aberración, con postura cuadrúpeda, era la cosa más horrible que había visto jamás en su vida y por lo visto estaba hambrienta.

Trató de escapar corriendo por el pasillo, pero se encontró con otro callejón sin salida; otra criatura salía del baño y por los restos de piel humana que aún se le veían en el rostro, supo que se trataba de su vecino, Luis. La bestia se abalanzó sobre Richard y de un zarpazo el abrió el pecho. La otra criatura también se le lanzó y le arrancó el brazo herido de una mordida. La sangre bañó el piso de la sala y el teléfono comenzó a sonar. Sin embargo, como nadie contestó se detuvo y la máquina contestadora se activó.

—Solo una última cosa, Richie—dijo Bob—Cuando te largaste de la morgue, el olor desapareció por completo.

Richard en el piso, sobre un charco de sangre que se extendía, quiso prestar atención a la voz, en su agonía. Pero en un último espasmo se apagó, como quien apaga una televisor.

— ¡Los he visto aquí fuera por las noches, Richie! Y siempre son dos. La hembra y el macho con quien se aparea—dijo Bob, y comenzó a atragantarse mientras se reía— Cruzan a nuestro mundo cuando los cadáveres sueltan esa sustancia—dijo Bob—Esa puta sustancia—y colgó.


March 31, 2019, 2:59 p.m. 1 Report Embed 2
The End

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Raül Gay Pau Raül Gay Pau
Mola el bicho.
March 31, 2019, 10:26 a.m.
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