El chico que no tuvo un final feliz Follow story

hana_nokuroshi Hana Nokuroshi

Oscar ha dedicado buena parte de su tiempo a leer novelas de romance en wattpad para luego poder criticarlas en su página web. Todo parece irle bien, puesto que cuenta con un gran número de seguidores que le apoyan, le hacen recomendaciones de lectura y se muestran encantados con su manera de ensañarse con las obras poco originales. Pero, ¿qué pasaría si, de repente, Oscar transmigrase a una de esas novelas que criticó? ¿Y si aterrizase justo en la peor de todas? No, más que eso... ¿Qué sucedería si reencarnase en la carne de cañón destinada a morir a manos del villano?


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Capítulo 1 - Atrapado en un cliché

Ocurrió durante una tormentosa noche de septiembre. Aunque si le preguntaran, y él mismo pasó un buen tiempo meditando sobre esto, no sabría decir cuál fue el suceso que ocasionó semejante desgracia. Lo único que tenía por cierto es que en un momento se encontraba acostado en su cama, en un pequeño desván que habían habilitado sus abuelos para cuando venía de visita en vacaciones, y al siguiente, había sido despertado como un pordiosero; a gritos y sobre un montón de paja en un lugar desconocido.

—Oscar, ¿otra vez haciendo el vago?

Claro que aquella molesta voz no podía referirse a él, ¿cierto? Es decir, él ni siquiera se llamaba así.

—No te vas a ganar el jornal si continúas durmiéndote por los rincones —insistió un hombre de expresión amenazante, acercándose—. Mira que me da igual si eres mi sobrino, ya tienes edad para cuidarte tú solo. Así que si el patrón tiene alguna queja, no seré yo quien dé la cara por ti. Ya va siendo hora de que cojas un poco de responsabilidad.

El mencionado “Oscar” decidió levantarse en ese instante, quizá asustado al percatarse de que ese individuo al que jamás había visto antes y que proclamaba ser su tío venía hacia él con rastrillo en mano, a saber con qué oscuras intenciones.

—Ahora mismo me pongo con… eh… con eso.

“Con lo que quiera que estuviese haciendo”, fue lo que pensó responder. Pero no le convenía que aquel gigante —pues medía casi dos metros— con cara de pocos amigos se percatase del estado de confusión en el que se hallaba. Aparte, había algo extraño en él. Las ropas de aquel tipo se parecían mucho a las que había visto en las fotografías de alguna exposición victoriana. No solo eso, sino que las suyas también.

¿Qué carajo estaba pasando?

—Déjalo, ya seguirás luego —El tío pareció calmarse al notar su repentina buena disposición, pero su tono autoritario no cesó al indicar—. Por lo pronto, sígueme.

Oscar hizo lo que le pedía, por la cuenta que le traía, mientras aprovechaba para echar un vistazo a su alrededor.

El sitio donde había recobrado la consciencia era un establo de escasas proporciones, que podría tener espacio para un máximo de tres o cuatro jamelgos. No había mucho que destacar en cuanto a decoración, nada que llamase la atención de un recién llegado como Oscar, que ni siquiera tenía mucha idea de hípica. En el exterior, las anchas calles de la ciudad de Edimburgo se habían desvanecido para conformar un paisaje mucho más agreste. Con una casa aquí y otra allá. Siendo que existían amplias fincas que separaban cada propiedad, aquello se había convertido en un pueblito rupestre que semejaba la mar de apacible.

La fría noche otoñal, en algún punto, se había transformado en una soleada mañana de primavera y Oscar estaba empezando a asustarse de verdad. Sin duda, debió ser un error el birlar la botella de ginebra que su abuelo guardaba para ocasiones especiales. Pero había aprobado los exámenes del semestre y siendo que el alcohol estaba estrictamente prohibido en su casa pensó, ¿por qué no? Sería solo por esa vez. Además, las escasas ocasiones en las que había probado bebidas alcohólicas, demostró que tenía buen aguante. ¿Sería, entonces, que la ginebra estaba mala? ¡Esas alucinaciones que se presentaban ante él no eran normales!

Encima, ahora le había parecido ver cómo un carruaje se deslizaba por uno de los caminos que llegaban hasta la propiedad en la que se había detenido junto a su falso tío. Caminos… Esa era otra. Las carreteras estaban todas sin asfaltar, como si aquella idea de dejar de pertenecer a la Unión Europea se hubiese puesto en práctica y el país hubiese retrocedido de repente hasta el siglo XIX.

Oscar ni siquiera pudo reírse de semejante pensamiento, ya que cuando estuvo a punto de hacerlo, el carro que estuvo observando se detuvo a escasos metros de él. Entonces, tras saludar al cochero, el tío Gilito este se adelantó para abrir una puerta por la que comenzaron a aparecer un total de cinco mujeres. Todas ataviadas con vestidos de época y con el cabello recogido en moños que debieron pasar de moda muchas décadas atrás.

El hombre mal encarado ayudó a bajar del carruaje a la que debía ser la señora de la casa. Después, hizo lo mismo con cada una de sus hijas.

¿Acaso era aquello un sueño a lo vintage?

Oscar todavía no se había decidido por una explicación factible cuando la mayor de las chicas le abordó:

—¡He logrado enterarme de la fecha! —exclamó sin tener en cuenta que su madre la estaba observando con cierto matiz de desaprobación—. ¿No es estupendo, Oscar? ¡Ya podemos planear algo juntos! Porque vas a ayudarme, ¿verdad? ¡Me prometiste que lo harías!

—Madeleine, deja en paz al servicio —la reprendió la señora—. Acordamos que iríamos un rato a casa de los Tanner, pero todavía tenéis lecciones antes del mediodía. Ya tendrás oportunidad de hablar con Oscar cuando la Srta.Groves decida que ya habéis acabado.

—Pero madre, la Srta. Groves nos presiona demasiado con los deberes. Cuando terminemos la lección, será hora de almorzar. Y cuando terminemos de almorzar, esa mujer insistirá en que todavía nos queda por repasar el álgebra o alguna cosa inútil por el estilo, ¡y seguro no estaremos libres hasta la puesta de sol!

A pesar de que Madeleine había protestado de manera bastante contundente, su madre no la escuchó. En cuanto hubo terminado de indicarle el resto de sus obligaciones para ese día, se dio la vuelta para preguntarle a una de las criadas si la institutriz había llegado ya; por lo visto, no sólo ya estaba allí sino que desde hacía un buen rato esperaba a la jóvenes en la habitación de estudio.

La señora de la casa suspiró, pensando en las palabras apropiadas para disculparse con la Srta. Groves por la tardanza. Cuando el cochero puso rumbo hacia los establos, el gigante con cara de mafioso le dijo a Oscar:

—No te quedes ahí parado, anda a ayudarme a desensillar a los caballos.

Oscar dio un paso al frente, de manera instintiva. Seguía sin saber quién diablos era este individuo, pero algo le decía que era mejor no hacerle enojar. En todo caso, no pudo acompañarle de vuelta a los establos como pretendía, porque Madeleine le agarró del brazo en ese momento y no daba la impresión de tener intención de soltarle.

—¿No podemos hablar luego? —inquirió él, preocupado por lo que pudiese pasar a continuación si ella no cedía.

Pero su preocupación era innecesaria, porque después de una simple advertencia por parte de la madre de Madeleine, tanto ella como el resto de sus hijas se encaminaron hacia una mansión cercana y no volvieron a mirar atrás. ¿Qué mierda les pasaba por la cabeza, dejando sola a la que debía ser la preciada primogénita de una familia acomodada con un insignificante mozo de cuadras?

—¡Tiene que ser ahora, si espero me moriré! ¡Y no querrás portar ese cargo en tu conciencia!

A Oscar le hubiera gustado replicar que le daba igual, ni la conocía. Por ello empezó:

—Pero Madeleine…

—¿Por qué tan formal? ¡Llámame Maddie, como siempre!

—¿Maddie…?

—No me digas que a estas alturas vas a empezar a hacerles caso a tus tíos y a tratarme de usted. Ese tipo de formalismos no son necesarios conmigo y lo sabes, ¿o acaso no llevamos compartiendo casa desde que éramos niños?

No, eso no era cierto, la lógica se lo decía. Aunque, para Oscar, todas aquellas piezas que conformaban un intrincado puzle estaban, poco a poco, comenzando a conectarse. El mozo de cuadras que clamaba ser su tío, la mención a una institutriz de nombre Groves, la dama de fino porte con sus cuatro hijas, una de las cuales llamada “Madeleine”… ¡Todo eso lo había escuchado en algún sitio! No, no escuchado. Leído sería la palabra apropiada.

—Ah, perdona —Pese a que Oscar todavía no estaba al cien por cien seguro de que su deducción era acertada, decidió seguirle corriente a aquella impulsiva chica—. ¿Qué era eso tan urgente que no podías esperar a contarme?

Alguien perceptivo hubiese instado a Oscar a contarle sus problemas, pero ese no era el caso de Madeleine, quien obvió por completo tal menester y procedió a explayarse sobre sus propios asuntos:

—¿Recuerdas que te comenté que Sophia había vuelto de Londres? Pues bien, ya que padre es un tacaño que no entiende de la importancia de asistir a la temporada social cuando ésta comienza, he tenido que pedirle a mi querida amiga que me mantuviese informada.

—Temporada social, dice… —repitió Oscar para sí, espantado.

Sabía bien que aquello consistía en un compendio de ostentosas celebraciones que organizaban los ricos en las grandes ciudades. Ahora bien, eso era cosa del pasado. De algún modo, era como si hubiese sido trasladado a una novela de Jane Austen.

—Está a punto de acabar, me temo —corroboró Madeleine—. Por eso era importante que Sophia me pusiese al tanto de los bailes y las personas con las que se topó en la capital. ¡Me niego a pasarme anclada en este pueblo de mala muerte otro año más! Pero estuve de suerte, te digo: durante su estancia en Londres, Sophia estuvo hablando con unos conocidos suyos y averiguó no sólo la fecha sino también el lugar donde se organizará el mayor evento de la temporada.

—Y supongo que querrás acudir, a pesar de lo que pueda decir tu padre.

—¡Obvio que quiero! ¿Sabes quiénes son los anfitriones? Oh, creo que te lo comenté cuando salieron en el periódico la última vez. Pero lo repetiré de todos modos, ¡son los condes de Summerfield, nada menos! Lord Summerfield ocupa un cargo importante en el Parlamento y su esposa siempre organiza los mejores bailes en todo Londres. ¡Si eres alguien en este mundo, no debes perderte su baile de fin de temporada!

—Pues me parece que tú vas a perdértelo, incluso aunque tu padre te diera su beneplácito. ¿Lores, dices que son? Entonces olvídate. Seguro que necesitas una invitación para que te dejen entrar.

Madeleine mostró una radiante sonrisa. Ah, así que era eso lo que quería…

—Por favor, Oscar —pidió, aferrándose a su brazo de nuevo—. De no ser porque tú tienes una letra más bonita que la mía no te lo pediría, pero sabes que yo soy un desastre para estas cosas. No hay modo de que yo pudiese falsificar un documento y salir impune de ello.

—Así que ese era el plan… Pero si lo hiciera, tendría que colarme en el despacho de tu padre para conseguir el papel y los sobres necesarios.

—Puedes hacerlo cuando él no esté en casa, y si tienes miedo de que alguno de los otros criados entre mientras estás en ello, no te preocupes. Yo les puedo distraer.

—Luego está la parte del sello, ¿sabes cómo es el sello de la casa Summerfield? Si el sobre no lleva una perfecta réplica del mismo, nos pillarán en el acto.

—E-eso no importa. Mis padres no saben cómo es el sello de todos modos, con tallar algo similar bastará. Para cuando se den cuenta del engaño, yo ya habré ido y vuelto de Londres.

—¿Y qué pasa con quienes estén guardando la entrada del edificio donde se celebrará el baile? Quizá puedas engañar a tus padres con una falsa misiva, ¿pero crees poder burlar a la gente que trabaja para los Summerfield?

—¡Ya pensaremos en eso! Ahora la prioridad es que mis padres se lo crean para que me dejen ir a la ciudad. Cuando estemos allí, ya veremos cómo solucionamos eso.

Llegados a este instante, Oscar ya podía decir con total certeza dónde se hallaba. No, no estaba en una pesadilla de época y tampoco en una novela de Austen (¡ya le gustaría!). Se encontraba sumido en la peor novela online que había leído en su vida: una bazofia de vergonzoso título y personajes cuyos infortunios se podrían haber evitado si los mismos tuviesen siquiera media neurona.

Y lo que era peor, el tal “Oscar” no era sino un personaje carne de cañón que moría en el capítulo cincuenta y tres.

—¿Qué me dices? —inquirió la protagonista femenina de aquel cliché romántico—. Me ayudarás, ¿verdad?

En la novela, el Oscar original había accedido a su petición sin dudarlo, pues estaba enamorado de esta particular Mary Sue y su rutina usual era la de concederle todos los caprichos. Por irracionales que estos fuesen. Pero éste no era el Óscar original y, lejos de tener sentimientos de afecto hacia Madeleine, lo que sentía era una tremenda repulsión hacia todo lo que ella representaba.

Por tanto, no tuvo ningún reparo en negarse, sin importarle sonar cruel.

—Pero Oscar, ¿cómo no me vas a ayudar? ¿Ya no somos amigos? —Madeleine parecía estar a punto de llorar—. Siempre has estado ahí cuando te necesité, ¡no puedes irte sin más cuando estoy sufriendo!

—¿No puedo? Bueno, será mejor que te acostumbres, porque ésta será la primera vez de muchas.

Tras decir esto, Oscar comenzó a caminar hacia los establos, ignorando la rabieta de Madeleine que, como él supuso, era demasiado orgullosa como para seguirle.

March 29, 2019, 7:01 p.m. 0 Report Embed 29
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