La Casa Daphné Follow story

frank-boz1536880595 Frank Boz

Marion Daphné, en una época en que las castas nobles lo eran todo, se encuentra deprimida por no haber encontrado todavía a un pretendiente que la liberara de la soledad de su enorme mansión. Una servidumbre la acompaña hasta en sus más miserables penas con total fidelidad. Sin embargo, puede que cumplir su sueño de casarse, termine por revelar los horrores más dementes de las castas aristocráticas inglesas.


Horror Gothic horror All public.

#LaCasaDaphné
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Capítulo I

Marion Daphné desarrolló un carácter caprichoso y posesivo al expandir su vida entre las horas del claustro y los sueños. Sentada en un rincón al que no llegaba la luz del sol, con la mirada perdida en el tapizado de su alcoba, le vino velozmente a su cabeza, la idea de que algún día todo lo que poseía, todo lo que daba sustento a su condición aristocrática, quedaría sometido a las inclemencias de un frío olvido. Pues con cada año que pasaba, seguía soltera, y con cada año que pasaba, ésta condición se carcomía sus sueños de algún día encontrar a su tan esperado prometido, y dejar una prole que siguiera con la administración de su legado.

Sus padres, terratenientes históricos del pueblo de Bibury, la criaron de una manera propia de una posición social acomodada, cumpliendo todos y cada uno de sus caprichos hasta el día su muerte. Cuando Marion apenas cargaba con nueve años de vida.

Ahora, en su joven adultez de veintiún años de edad, pasaba los días lamentándose entre los pasillos de la mansión junto a una fiel servidumbre, que peregrinamente, cumplía con devoción y total entrega, en el rol de papás; con cada uno de sus enfermizos caprichos y locas ocurrencias.

Pero la mueca en su rostro por la carencia de compañía, casi se podía tocar, y por más que lo intentara esconder, se veía seriamente afectada por dicha falta. Y aunque su personalidad caprichosa lindaba con cierto desorden posesivo, era tan mansa como una gatita en sus momentos más íntimos. Y aquellos fieles sirvientes la conocían demasiado bien. Sentían una inmensa pena por ella, y hacer todo lo que ella pidiera, fuera lo que fuera, los llenaba de dicha. No obstante, la veían demasiado sola, y por las noches, en ocasiones cada vez más frecuentes, se la escuchaba sollozar entre sus sábanas, clamando por un prometido que la liberara de su soledad.

Sus serviles siempre estaban ahí para asesorarla, acompañarla y mimarla como siempre lo habían hecho. Le tenían un afecto considerable, similar al de una madre a una hija en las más antiguas criadas, y como una hermana menor en las más jóvenes. Era particularmente simpática cuando adolescente, y sus berrinches siempre sin fundamento, eran los principales actores en los pasillos de la mansión más grande de Bibury. Con su séquito siempre a la orden del día para atenderla.

–Greta... –dijo en un tono remilgado a su sirvienta más leal que sostenía su mano y le limaba las uñas.

–¿Sí?

–¿Crees que algún día encuentre un prometido? –preguntó con la luz roja de poniente iluminando la mitad de su rostro. Esperando, no, exigiendo una respuesta certera. Aquel tono ahora sonaba a preocupación.

–Por supuesto señorita. Usted es tan bella y joven que en la fiesta de antifaces no le faltarán pretendientes. Véase –señaló al espejo con la lima– su piel es de porcelana, su sonrisa, ilumina más que el sol, y sus ojos, son tan azules como el cielo. No dudo que saldrá de ahí rodeada de caballeros, sirs, lords, condes y demás.

–Las hermanas Gerrard de Arlington Row... ambas están casadas y apenas tienen dieciocho años... –dijo quitando su vista del espejo y miró por la ventana, hacia los vastos y verdes jardines de la casa con profunda tristeza.

Greta no dijo nada por unos segundos.

–Pero ellas no tienen su clase señorita –siguió mientras volvía a su labor de limar las uñas–. Además... ¿vio que feo son sus hombres? Si no fueran de la realeza, diría que no son más que unos borrachos tirapedos.

–¡Greta! –dijo exhibiendo una sonrisa.

–Y solo Dios sabe qué pasa dentro de sus balcones cuando se quitan sus ropas. De solo imaginar a esos tipos desnudos, se me quita el gusto por los machos –dijo en un tono mofado y ambas rieron a carcajadas. Lady Marion llevó su mano a su boca para evitar seguir con la guasada.

Se puso de pie con aires renovados. Se miró en el espejo, y echó una sonrisa. Era hermosa.

–Espero tengas razón Greta, sino, seré una solterona maldita en esta enorme casa. La única de Bibury.

March 26, 2019, 12:02 a.m. 0 Report Embed 2
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