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Nico Baes


Un papá decide amistarse con su amado hijo, pero al intentar lograrlo se desvía de sus intenciones, tratando de corregirlo. Además, tal compenetración amistosa dependerá totalmente de Miguel, su hijo, y no de él.


Drama All public.

#LaDespedida
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La Despedida

Sin despedirse de las personas que lo ayudaron y estuvieron en todo momento apoyándolo en sus más aquejadas angustias; Andrés, esa noche salía del hospital. Una noche tan fría como el interior de una nevera, en donde el fuerte viento de la mano con las intensas lluvias, golpeaban en la piel de cada individuo que circulasen en las tenebrosas calles de esa noche.

De lejos se veía venir un autobús que contaba con algunos pasajeros, el cual se iba deteniendo lentamente, hasta quedar inmóvil por unos segundos: un par de señoritas, estaban de subida al autobús. Andrés también subió junto con las bellas damas.

Llegando a una estación, por fortuna un jovencito se encontraba de salida. Aprovechando que la puerta trasera del autobús se abría; Andrés bajó tan repentinamente y echó a correr —por lo que no contaba con ninguna moneda alguna en los bolsillos—. Se dirigió a su casa. Una vez en ella, entró y se fue directo a su cuarto, pero antes de ingresar, decidió asomarse al cuarto de su hijo que se encontraba a unos pasos de él. Al franquear la puerta, pudo ver a Miguel totalmente privado —dormido—. Entonces, sigilosamente, y sin hacer el más mínimo ruido se acercó, luego se sentó lentamente a un costado de la cama.

—Mi muchacho, ¿cómo has crecido? —se preguntaba Andrés.

Trató de acariciar la cabellera de su único hijo, pero la impotencia era más fuerte que su voluntad: con lágrimas en los ojos, se retiró de la habitación, para dirigirse al suyo y echarse a dormir de lo cansado que se encontraba.

Dentro de pocos días, iba a ser el cumpleaños de su hijo. Hacía muchos años que le hizo una promesa: nunca faltaría en ese día tan especial, y siempre lo cumplía.

Al día siguiente, Andrés desde la ventana de su cuarto podía ver a su preciado hijo saliendo muy temprano de casa, sin imaginar que así serían los próximos días. Miguel llegaba a casa cuando su padre se encontraba totalmente dormido. Él no podía percibir que su progenitor necesitaba de su apoyo incondicional para dar cara a la más temible de todas las compañías: la soledad. Sin embargo, ese muchacho que casi siempre llegaba oliendo a alcohol a casa, parecía que había cambiado: últimamente permanecía sobrio, al menos por ese lado. Pero tal cambio no era motivo para que este le siguiera faltando al respeto: llegando a altas horas de la noche.

Una noche, sin antes dormir, decidió esperar a que su hijo llegara. Se sentó en el sofá de la sala de estar de su casa, donde a escasos metros se encontraba ubicado la escalera que daba al segundo piso, como también la puerta que daba para la calle, es decir, era la única entrada. Una vez que su hijo apareció, el desconsolado padre se puso de pie para llamarle la atención:

—¡¿Qué te pasa?! ¡¿A caso no sabes respetar a tu padre?! ¡Sales y no pides permiso!, ¿quién te has creído tú? ¡¿Mírame de frente cuando te hable?! —le iba gritando a su hijo. De repente:

—¡No! ¡No! ¡Nooo! —gritaba Miguel, mientras cerraba la puerta. Después, subió corriendo las escaleras, dirigiéndose a su cuarto. Luego se encerró en ella; se acurrucó entre sus sabanas en medio de su cama y rompió en llanto.

Andrés se sintió totalmente arrepentido por haber gritado a su hijo. Él que nunca había hecho una cosa de esa naturaleza. Siempre le dejó toda la libertad del mundo, tampoco nunca le tocó ni con el pétalo de una rosa. Esa noche, nuevamente atinó a sentarse en el sofá de su sala y, casualmente, se encontró un pequeño libro arrumado frente a él, en una pequeña mesa. El libro de los recuerdos, de esos que se encuentran en los baúles olvidados del sótano de una casa. Se puso a contemplar las fotos del olvido. Esas fotos que muchas veces, y por unos instantes, nos roban el alma al verlas.

—¿Qué ha pasado? ¿En qué momento mi hijo cambió? ¿Cómo es que no me di cuenta? A caso, ¿ya no me respeta? —esas preguntas explotaban en su mente.

Por un momento pensó que su hijo al crecer, había perdido el amor que sentía por él. La soledad cada vez más lo acogía. Se sentía solo. Buscaba refugiarse en los brazos de alguien, pero era imposible. El silencio cubría cada rincón de la casa. Una casa poco iluminada. Por último, ni la radio se prendía. Apenas se escuchaba el cantar de los pajaritos, solo en el amanecer, como también el cantar de los picudos gallos que criaba un vecino de al lado.

—Otra noche más —se decía Andrés.

Al otro día, recientemente por la tarde, Andrés se acordó que era el cumpleaños de su hijo. Después decidió esperar a que Miguel llegara a casa por la noche, para despedirse de él. Pues aquel señor, había decidido marcharse. Sentía que era el momento de dejar solo a su hijo, para que aprendiera los fuertes correazos que esconde la vida en este mundo cruel. Sentía que era necesario su total independencia. Lo sintió desde que amaneció, fue una sensación desde lo más profundo de su ser.

Antes que el reloj marcara las cero horas de un nuevo día, Miguel llegó a casa. Entonces, el desafortunado progenitor fue preparándose para despedirse de su único hijo; pero antes, quiso darle un fuerte abrazo como regalo de cumpleaños como todos los años, a diferencia que esta vez no contaba con algún obsequio. Bajó lentamente por la escalera sin hacer ruido, pero se detuvo en el escalón de arranque, pudiendo ver la tristeza en el rostro de su amado hijo. También observó que llevaba consigo una pequeña bolsa que sostenía con la mano izquierda.

—¿Habrá salido a un compartir con sus amigos? ¿Por qué estará triste? ¿Habrá tenido una desilusión? —se preguntaba otra vez más, Andrés.

Cuando de pronto, Miguel se acercó a la pequeña mesa que estaba a la entrada de la casa, donde se arrodilló y pasó un buen rato en ese lugar. Andrés no podía ver exactamente que era lo que su hijo estaba haciendo en ese rincón de la casa. Hasta que no pudo más. Explotó. Se fue acercando poco a poco. A su vez, hacía sonar a propósito sus pasos, para que su hijo pudiera sentir su presencia y no se asustara cuando este apareciera a su lado. Y, al acercarse:

—Papá, mi cumpleaños es también tú cumpleaños. Te quiero —decía Miguel, con una voz quebrada, como si lo faltase el aíre.

En ese momento, Andrés pudo ver una imagen suya en un pequeño retrato y, en frente de ella, una velita prendida. Al costado, había unos papeles del cual en uno de ellos, resaltaba el nombre de un hospital que él conocía como también su nombre impreso en ella. Esa noche, pudo encontrar la respuesta a sus innumerables preguntas que zumbaban siempre en sus oídos desde hace días, al mismo tiempo que rompía en llanto a la par con su hijo. Andrés, realmente se despedía.

March 6, 2019, 11:17 p.m. 0 Report Embed 5
The End

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Nico Baes Amante a la arquitectura, los videojuegos y la lectura. Este �ltimo en especial, las historias de terror.

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