Azul Follow story

wereyes Waldo Reyes

La humanidad necesitaba con urgencia un nuevo hogar. La misión de la comandante Kate Vogel es conseguir ese objetivo. El material octaédrico y las láminas de tele-transporte le serán de gran ayuda. Aunque de seguro en algún rincón de remotas galaxias, habrá un insospechado peligro que le acechará. Cuento perteneciente a una compilación registrada en: safecreative Código de registro: 1902280069083


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Azul, primera parte.


Prólogo

En el distante planeta Antiqua, rocoso, con escasa vegetación y agua, perdido en el tiempo, en una de las zonas más remotas del universo se hallaba el artefacto por el que combatían civilizaciones enteras. En un oscuro lugar custodiado por la más formidable de las criaturas, se encontraba el arma suprema: el octaedro del destino. El que lograse descifrar su funcionamiento, tendría la llave para abrir la puerta del dominio universal.

Una inmensa llamarada blanca azul, rodeada de enormes nubes de plasma y vapor bajaba en el cenit. El monumental cohete Atlas XXX, con el logotipo del comando terrestre, había activado sus retro impulsores de descenso. El lugar de aterrizaje era una inesperada estructura, similar a un puesto de avanzada. Un extraño observador examinaba la escena. La nave se posó en la loza.

El vigía, una criatura humanoide con desgastadas vestiduras y capucha negra, se acercó al lugar.

Un hombre alto, moreno de ojos claros y un chimpancé, ambos vestidos con casco y traje espacial salieron del vehículo. El encapuchado les dio la bienvenida con un ademán.

—Saludos, explorador, veo que viene de la Tierra y además trajo consigo a su mascota. —Mientras la dorada luz del atardecer entraba por la visera del capitán, iluminando sus ojos café, levantó la mirada.

—Bruce, parece que otra vez te han confundido —dijo el chimpancé llamado Lance.

—Disculpe, no quise ser grosero.

—No se preocupe, nos pasa siempre, señor…

—Kalib, el nombre es Kalib. Soy un comerciante ínter-estelar.

—¿Tiene whisky?

—No, ¿le sirve Warm Spirit?

—De acuerdo, envíeme un par de botellas a la nave.

—Capitán, mañana debemos partir al punto del coloso.

—Lo sé Bruce.

El rover de ocho ruedas subía y bajaba por montañas de helio congelado, activando cuando era necesario sus patines, para pasar lagos de metano líquido y usaba sus retro-impulsores para saltar sobre charcos de lava. Llevaban andadas cuatrocientas millas cuando divisaron una pétrea figura humana de cien metros de altura. Los sensores indicaban que estaba inmóvil hace millones de años.

Vetustos engranes se pusieron en funcionamiento.

—¡Capitán, capitán!, ¡señor!, se aproxima una roca de treinta metros de diámetro sobre nosotros... ¡y el gigante comenzó a avanzar a toda velocidad hacia acá!

—Ya los vi.

El transporte dio un salto lateral y esquivó la roca.

—Fríelo, Bruce.

Del techo del todoterreno surgió un cañón de plasma con enlace al escudo experimental, de energía límbica, del cohete. Una llamarada de fuego amarillo, rodeada por pequeños orbes rojos, salió del arma y estalló sobre el ser que quedó convertido en una montaña de roca fundida.

Descendieron del rover y caminaron hacia la entrada.

—Capitán, ¿no le parece extraña esta mitad del planeta? ¿Cómo puede ser posible que haya helio congelado a una punto cinco atmósferas?

—Recuerda lo que dijeron nuestros científicos, que habían anomalías físicas particulares en determinadas zonas. Además la otra mitad no lo hace nada de mal: una intrincada estructura tecnológica, una mega ciudad.

Iban cruzando la puerta, para llegar al arcaico aparato, cuando el octaedro se activó y en una fracción de segundo despegó y se perdió en el espacio.

—El comando terrestre no estará feliz.

—Sí, señor, yo tampoco creo que lo esté.


I

Desde un estuche del tamaño de una baraja de naipes una carta de color azul fue arrojada al medio de la habitación, donde se expandió. Se abrió un portal del espesor de un fino pensamiento. Por el entró la exploradora.

Las capas multidimensionales, como las veladuras de un óleo cósmico, se sucedían con rapidez y se abrían una tras de otra. El viaje apenas duraba unos segundos. Sin embargo cada vez que pasaba por ellas sentía esa familiar pero incomoda sensación de descargas electrostáticas en su cuerpo. Innumerables arcos eléctricos salían por cada poro de su blanca piel. Sus dientes crepitaban. Parecía que masticaba rayos recién creados en una tormenta.

«Debiera estar acostumbrada», pensó. Sin embargo era igual que estar habituado a beber whisky, no por eso, dejas de sentir que el primer sorbo te quema la garganta.

Lo de siempre, perturbaciones espacio temporales, un símil de olas electrificadas arrancándole pequeños trozos del alma.

—¿Habría llegado Gerald, a lo mejor el hubiese tenido mejor suerte? —decía para sí.

—Gerald, Gerald, si pudiera… Tanto le extrañaba —se dijo. En cierto momento creyó que era solo un desvarío fisiológico-químico. Sin embargo aún sentía sus besos, que la quemaban como a una supernova que acaba su materia, con el calor de mil soles. El su amado, ansiaba sus labios y su particular erotismo, junto a sus azules ojos de mar profundo.

A su mente venían vívidas imágenes de esos rojos atardeceres sobre los cielos del planeta Próxima B. Ahí dieron sus primeros pasos de investigadores curiosos, lo mismo que niños pequeños buscando a su madre. Ese refugio interplanetario, a donde llegaron por primera vez, construido hace eones en un tiempo perdido en el lodazal de la memoria, en un tiempo sin tiempo. Una choza, a prueba de rayos cósmicos y con blindaje a los rayos gamma, se convirtió en el nido de amor secreto, perfecto.

Era allí en una de sus primeras misiones, un planeta solo para ellos lejos del resentimiento y la frustración, en ese lugar donde se sintió completa; un uno con todo. Percibía cual sombra incrustada hace años en lo más recóndito de su ser, aquellas manos fuertes que recorrían con suavidad y sin prisa su ejercitado y bien trabajado cuerpo, mientras ella las dirigía con dulzura a su precioso monte de erotismo pleno. Sabían casi de memoria el placer mutuo que podían brindarse y regocijarse en un instante de coordinado deseo.

Posarse ambos, cual mariposas sobre la mas voluptuosa de las rosas, encima de las pestañas de los ojos del cosmos y vislumbrar la luz de su pasión, a través de las pupilas de agujeros negros en la singularidad misma del amor eterno. Penetrar el corazón fusionado de las galaxias dobles y volver victoriosos con la flama del éxtasis incendiado sus sexos. La época cuando investigaban en busca de azul. Código del comando terrestre para la búsqueda de un planeta similar a la tierra.

Un pedazo de firmamento se abrió de cuajo. De aquella apertura transparente, oleosa e iridiscente, salió parida de forma violenta, cayendo con la ligereza de la pluma más liviana la comandante Kate Vogel.

Tan pronto aterrizó, comenzó a sacudirse el polvo amarillo perlado, de su ceñido traje espacial blanco talla treinta y ocho, que se le había pegado al caer.

—¿VIA, en qué clase de planeta hemos venido a parar? —consultó, la joven a su Virtual Intelligence Assitant.

—Comandante, este planeta es...

—¿Es qué?¿Está fallando tu programación?

—Oh no, no dude de mis capacidades —replicó el dispositivo que tenía una muy agradable y cálida voz masculina, tan perfecta que se notaba su naturaleza artificial.

—Este planeta es imposible.

—¿Cómo explícate?

—Señorita, según mis cálculos preliminares, este planeta tendría el diámetro de Magnus Rey, la estrella más grande revelada a la fecha, pero usted bien sabe que…

—No es posible para un planeta —interrumpió.

—Debieras enviar las sondas cuánticas para obtener información precisa.

—Lo hice, en dirección a los puntos cardinales apenas caímos aquí. Los señalizadores van a dejar las boyas distribuidas en configuración estratégica.

—La primera información nos llegará en veintiséis horas veintiséis minutos veintiocho segundos, que es lo que tarda la luz en recorrer el perímetro del planeta, una vez que se ubiquen los marcadores de enlace, tendremos comunicación instantánea.

—Lo único que veo aquí es un desierto de hermosas dunas y doradas arenas, hasta donde llega mi mirada. Me pregunto si las láminas, estarían mostrando patrones de comportamiento erráticos...

—Lo que te has perdido, Gerald todavía debes estar durmiendo en tu habitáculo de vida suspendida a cuatro mil años luz de mi, y viajando en dirección opuesta.

March 6, 2019, 4:36 a.m. 1 Report Embed 2
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Lihuen Lihuen
wow me encanto este comienzo, y la narración es excepcional. Me encanta las metáforas que usas y la formas como hilas lo que va pasando con los recuerdos de la protagonista. Se nota que eres un experto área de ci fi
Aug. 16, 2019, 9:20 a.m.
~

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