Aberrante Follow story

wereyes Waldo Reyes

El destino es una incógnita que no puede ser resuelta sin ser participe de la historia. Un gigantesco camión desbocado yendo a cien millas por hora, la fatalidad se descubre bajo sus ruedas... Cuento perteneciente a una compilación registrada en: safecreative Código de registro: 1902280069083


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Aberrante, primera parte.

—Creo que ahora es el momento.

—Estoy de acuerdo que comience la apuesta.


Se ahogaba en su propia sangre, trataba de moverse de decir algo, pero en vez de palabras tan solo había gárgaras sanguinolentas. «¿Era en realidad su culpa?», pensó el camionero.

Parte de su vida pasó en un racconto a velocidad luz. Hace cuarenta años llegó a la tierra prometida donde cada hombre labra y crea su propio destino. Fue ilegal mucho tiempo. Nunca entendió muy bien, que a pesar de tener esa condición alcanzó a deber más de doscientos mil dólares al banco. No pudo salir de esa obligación de manera fácil. Tuvo que vender la casa y todos sus bienes. Perdió su trabajo bien remunerado y también a su esposa que lo abandonó. Lo perdió todo. Esa situación lo llevó a emborracharse en exceso. A comer lo que podía. Su cintura medía mas de metro y medio.

Era su cumpleaños número sesenta y cinco, era ciudadano hace cinco años, y se encontraba de un especial buen humor: se activaría un seguro especial de desempleo que tomó en su momento, en caso de llegar a esa edad, que junto con su pensión le permitiría no trabajar, un día más, para nadie. Al menos eso sería algo, un poco menos de sufrimiento en su vida. Su orgullo eran sus dos hijos, ambos se marcharon a hacer su vida en el extranjero uno en Nueva Zelanda y otro en Japón. De vez en cuando lo venían a ver y siempre lo regañaban por sus excesos de comida y bebida, ojalá los hubiese escuchado.

En este día estrenaría un nuevo “amor”, un camión Mack Titan de doble turbo cargador y velocidades adicionales, con potencia para ir a la luna, según dijo su compadre y compañero, Joe, de Dynamic International Cargo. El sabía que su gordo amigo necesitaba un dinero extra así que consiguió un acoplado de largo adicional, para poder aumentar la carga en diez toneladas más de lo permitido por la ley. Con ese pequeño “favor” que le harían a su “cliente especial” Tony el siciliano, ganarían ambos un dinero extra.

Sin embargo al pobre conductor Johnny Pérez, el destino señalaba otro tipo de partida. Los excesos dañaron su hígado, tenía una cirrosis avanzada unida a la condición de sufrir varices esofágicas concomitantes con una gastritis ulcerativa.

Un espontáneo vómito rojo surgió, al mismo tiempo, le vino un accidente cerebro-vascular por un trombo acumulado, en una arteria de su pierna debido al exceso de colesterol, que terminó de rematarlo.

Quedó echado hacia atrás en su ergonómico y cómodo asiento con la boca abierta y mirando al cielo. Sus ojos se pusieron blancos: su vida escapó sin control a través del fluido carmesí, que salía por su boca, formando un grueso río que corría hasta sus pies. En su último estertor expulsó una gran bocanada de sangre, un vano intento reflejo de su cuerpo, para mantenerlo con vida.

En la radio del vehículo se escuchaba Welcome to the Jungle.


—Es tiempo, tomaremos el mando para nuestro pequeño experimento —resonó la voz como las trompetas de mil ángeles a todo lo largo y ancho de la bóveda celestial.


El inmenso camión comenzó a acelerar en absoluto descontrol, llevaba mas de cincuenta toneladas de carga. El velocímetro marcaba cien millas por hora. Iba por la carretera convertido en un bólido de plata, devorando el camino, derritiendo los sueños y esperanzas del que, por infortunio, se atravesara por delante.

El caucho de las relucientes ruedas humeaba, un fuego demoníaco imbuía los ejes de la bestia.


Era un día de verano. Soleado, con 86 grados Fahrenheit a la sombra. La pequeña Betty Miller de tres años de rizados cabellos negros, moñudos, que daban la impresión de una calabaza de rulos, tenía sus pequeñas manos transpiradas y; aunque andaba con un rosado sombrero de ala ancha, se quejaba.

—¡Mami! ¡Mami! —dijo tironeando el vestido celeste de su madre.

Dio un tercer grito con toda su alma.

—¡Mami tengo ca-lor! — estiró cada sílaba, bajando su mandíbula en la primera. Hizo luego un puchero con el ceño fruncido, abrió sus hermosos y grandes ojos negros y puso tiesos sus rubicundos brazos apuntándolos hacía atrás. Sus mejillas se pusieron tan rojas como sus labios de cereza, que contrastaban con su blanca piel. Mientras respingaba el punto que tenía por nariz.

—¿No me digas?

—¿Quieres un cono de helado triple de chocolate? —dijo mientras realizaba un gesto con la palma de su mano y sostenía de lado su mentón y sujetando su codo con la otra mano.

Con una sonrisa de oreja a oreja, tan grande que si su rostro fuera la tierra llegaba a la luna, y mostrando sus ratoniles dientes se quedó viendo a su madre.

—¡Sí! Mami, querida, hermosa, preciosa, adorada y linda.

La mamá subiendo su sombrero blanco con cinta rosada, inclinándose hacia la pequeña y bajando sus lentes oscuros con sus dedos la miró fijamente.

March 6, 2019, 4:28 a.m. 0 Report Embed 0
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