El Congreso: Sócrates y su falso don Follow story

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Sócrates es un joven ambicioso: él quiere ser millonario, pero para lograrlo no le será nada fácil. Un día casual, recibe la visita de un pariente lejano, su tío (un diputado). Este último, le ofrecerá una propuesta indirecta que no dudará en aceptar. Luego de ello, vienen sus pesares.


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El Congreso: Sócrates y su falso don

Érase una vez una tarde de festejo; con bombos y platillos, un pequeño grupo de adolescentes celebraban el final de los años escolares. Entre ellos estaba Sócrates; pues, él era el único que había decidido no ir a la universidad, pero tenía planes: él quería ser millonario algún día.

Años después, un señor avispado tocaba la puerta de la casa de Sócrates —sus padres le pusieron ese nombre en homenaje a un filósofo griego y porque decían que este de grande iba a desarrollar su virtud máxima al igual que aquel personaje—. De repente, abrió la puerta:

—¡Sobrino!

—¡Tío, a los tiempos!

Con un fuerte abrazo, Sócrates recibía a su tío: un simpatizante político que se abalanzaba a él con una sonrisa de oreja a oreja. Hacía mucho tiempo que aquel pariente no visitaba su casa. Esa noche solo fue una visita de médico, es decir, algo rápido. Además, sus demás familiares siempre decían que ese tío era un verdadero señor diputado; pero, Sócrates, no entendía exactamente lo que significaba esos tres términos juntos. Al poco rato:

—En mi partido político necesito a alguien para que pueda ocupar mi lugar como candidato a diputado en las próximas elecciones —se escuchaba decir al tío.

Pero, ¿quién podría serlo? Ese era su sobrino. Poco tiempo después, aquel ambicioso jovencito, terminó siendo uno de los más elegidos por su pueblo. Sin embargo, cuando llegó el día de la juramentación, Sócrates se encontraba afuera del Congreso, con una piel totalmente erizada producto de los nervios. Presentía que adentro las cosas no iban a ser color de rosas. Sus pasos se ralentizaron, pero ingresó. Había diputados y senadores veteranos.

Estando ya adentro del Congreso, pudo observar que una parte de diputados y senadores tenían un rabo como las ratas entre las piernas; solo la mitad de ellos, a excepción de los que no eran. También pudo darse cuenta de que había una pequeña diferencia en cuanto al tamaño de los rabos: los senadores tenían la ventaja.

Él estaba muy asustado. Por un momento pensó en que toda esa frustrada visión era producto de su imaginación por los nervios que lograron invadir e intimidar su ser. Al poco rato, Sócrates fue juramentado como el diputado más joven del palacio.

Los días pasaron como en un abrir y cerrar de ojos y, Sócrates, aún seguía con ese enigma que lo aquejaba cada mañana al entrar al Congreso; pues, aún seguía observando a una parte de sus compañeros diputados y senadores con un rabo entre las piernas y que, además, no era de dificultad alguna para ellos el querer sentarse o desplazarse de un lugar a otro allí dentro. Pero se asombraba aún más, al notar que aquellos rabos desaparecían como arte de magia, cada vez que estos salían del Congreso. También notó que su ansiado trabajo era tan fácil como jugar Angry Birds en el celular.

Estando muy asustado, el joven diputado quería preguntar a uno de sus amigos si es que ellos también podían ver aquel rabazo entre las piernas. De pronto, un colega suyo se le acercó, y Sócrates, lo miró fijamente, hasta que no aguantó más:

—Eh, mira… Tú vistes, ves… Eh, pero… Ahora vuelvo —decía Sócrates a su colega, mientras balbuceaba.

—¿Te sientes bien? —su colega le preguntaba—, !¿te pasa algo?!

—No, tranquilo. No pasa nada.

Después, regresaron a sus respectivos lugares. La impotencia se apoderó de Sócrates. Él no quería realizar ese tipo de preguntas —de los rabazos— porque sentía vergüenza, y temía que sus compañeros se ofendiesen. Y así fueron todos los días. Se le hacía un nudo en la garganta por la intriga que le ocasionaba el querer saber la ansiada respuesta a su enigma.

Hacía diez años que no asistía a una Iglesia. En su verdadero recreo —muy a parte de rascarse la panza todo el tiempo allí dentro del Congreso—, se alejaba de sus compañeros cada vez que veía la oportunidad de hacerlo para esconderse en su oficina de trabajo, donde se arrodillaba y se ponía a rezar diez veces: el padre nuestro, el ave maría y el credo.

Tiempo después, Sócrates lograba ver a más diputados y senadores con el mencionado rabo entre las piernas. Hasta que una mañana, se percató que ahora sí todos sus compañeros, tanto diputados como senadores, contaban con el temido rabazo. A cada uno de ellos los hablaba con temor. Siempre buscaba la manera de alejarse, pero era casi imposible, porque siempre permanecían juntos. Se acercaba sin miedo cuando estos se encontraban en las afueras del Congreso, ya que ahí sus rabos desaparecían. Hasta llegó a creer que tenía un don.

Al llegar las noches, la hora de acostarse, Sócrates no podía conciliar el sueño. Muchas veces se las pasaba en vela. Comenzó a asistir a una iglesia, después de mucho tiempo.

Cada mes que llagaba, Sócrates tenía más dinero, producto del cargo como miembro honorable del Congreso. Pero, aún no era el joven millonario que auguraba ser en la vida. Hasta que un día, en una tarde misteriosa, el joven diputado vio una gran oportunidad. Dejando por un lado esas terribles angustias que reinaban en él, logró cerrar un oscuro trato; por ello, recibió un anticipo: una millonada. Quizás logró encontrar dentro de su ser la virtud máxima pero negativa: lo contrario que anhelaban sus padres.

Al anochecer, Sócrates llegó a su casa muy contento y se aseó como de costumbre. Luego cenó y, por último, se fue a dormir. Al día siguiente, muy temprano como nunca se fue a su trabajo. Este llegó y observó que, por primera vez, sus colegas que siempre se encontraban alrededor de su asiento le saludaban con mucho esmero, cuando de pronto, uno de ellos, se le acercó:

—Felicidades, ahora sí podemos contar contigo —le decía su más allegado compañero con una voz tan encantadora y confianzuda. Sócrates sonrió y no entendió lo que aquel amigo quiso decir.

Al cabo de un minuto, atinó a sentarse en su respectivo asiento como de costumbre y, luego, pudo ver con unos ojos enormes derivado de la impresión, como un largo rabazo sobresalía entre sus piernas. Sócrates, al fin pudo saber la ansiada respuesta a su enigma y qué significaba ser un verdadero señor diputado.

March 6, 2019, 12:53 a.m. 3 Report Embed 4
The End

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Monigote Me gustaba m�s cuando los ladrones se tapaban la cara... Ahora llevan traje y gobiernan pa�ses. Mario Moreno "Cantinflas".

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Milagros Borro Milagros Borro
Wow, estoy verdaderamente impresionada con tu trabajo. ¡Felicitaciones!
March 8, 2019, 12:34 p.m.

  • Monigote Monigote
    ¡Hola! Muchas gracias. ¡Saludos desde la distancia! March 9, 2019, 2:17 p.m.
JC José Antonio Chozas
Gracias por visitar mi trabajo
March 6, 2019, 7:55 a.m.
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