La doncella de hierro Follow story

wereyes Waldo Reyes

Víctor no pensaba que esta noche tendría algo diferente de cualquier otra. Como maestro vampiro no temía a nada que la noche pudiese ofrecerle. Pero esta sería diferente y deberá luchar si quiere sobrevivir. Cuento perteneciente a una compilación registrada en: safecreative Código de registro: 1902280069083


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La doncella de hierro, primera parte.

Era una inusual fría noche de primavera que hubiese helado la sangre del lobo más feroz. Por el camino que conducía al pueblo se dirigía impertérrito Víctor Van Dewright.

La luz de la luna llena se mostraba en forma de un blanco disco espectral, a través de la neblina que cubría el bosque, proyectando largas sombras difuminadas, de árboles y ramas de grotescas formas, que atravesaban el sendero.

Mientras caminaba iba escuchando la sinfonía del campo: el ulular de los búhos, croar de los sapos, chirriar de los grillos y el silbido penetrante del viento que bajaba en ráfagas desde las colinas. Una orquestación de terror —para el alma solitaria y pusilánime de un aldeano—, perfecta para un tono demoníaco, totalmente intrascendente para él.

Impávido seguía a su destino cual si tomara el té de las cinco. Sabía que por esos lugares podía encontrarse con bandidos ávidos de oro y presas fáciles o ser requerido por los engendros nocturnos más voraces y crueles

Eso a él no le preocupaba su interés inmediato consistía en libar los mostos más finos, las cebadas con mejores lúpulos, el whisky más añejo y el vino destilado de las mejores vides.

Víctor era un borracho. Un vampiro borracho. Más no uno cualquiera era un viejo chupa sangre de gran poder, de antigua estirpe, sabiduría, gran experiencia y de una curiosa particularidad: sus incisivos no dejaban marcas en los sacrificados; sin embargo al ojo mortal un ebrio cualquiera.

Venía del pueblo vecino donde casi acabó con la reserva de whisky del tabernero. Andaba desde hace cuatro horas estirando los piernas a ver si encontraba alguna víctima adecuada. La necesitaba con urgencia, debido a que no tenía la energía que proporcionaba la sangre humana para de poder volar.

La época moderna de los mil ochocientos setenta le venía bien. Le agradaba el estilo de los sombreros de copas y trajes elegantes no aquel salvajismo de los quinientos(cuando fue convertido por el vampiro maestro), demasiadas hachazos y decapitaciones lo hastiaron. Estaba atrasado debía llegar pronto con su mujer Gwendoline; la fachada de hombre de bien le precedía. Los lugareños sabían de su gusto, excesivo tal vez, por los manjares del dios Baco, pero era respetado por su generosidad, siempre una palabra con el consejo perfecto; o el oro para solucionar un problema municipal.

Era un vividor simpático y amado por todos. Y tal vez el monstruo incógnito más despreciable de la comarca.

Su instinto lo llevaba a complacer esa lujuriosa necesidad de sangre, aunque conllevara el arrebatar la vida de las más bellas jóvenes con tal de saciar su sed. Aún mayor que la necesidad de beber las fermentaciones más divinas. Una leyenda circulaba en el pueblo de ignorantes campesinos: un demonio que bebía toda la sangre y dejaba seco a cualquiera, fuera hombre o bestia.

Eso ocurría cuando el beodo no se daba cuenta de lo que hacía por andar alcoholizado. Así que enterraba sus colmillos a todo lo que respirara: doncellas, campesinos, niños, viejos, perros, cabras, caballos, gallinas, vacas, gatos, pájaros y todo lo que tuviera sangre incluso ratas.

El extravío y eventual muerte de algunas de las damiselas de mayor encanto era tomado por un castigo divino. Esto no dejó indiferente al alcalde. Las desapariciones no eran tan importantes para él, pero si la posibilidad de no ser reelegido, así que procedió a llamar al connotado cazador de lo sobrenatural Edward Geisterjäger.

Debido a que las habitaciones del pueblo estaban saturadas por el festival de la primavera se consiguió un lugar para él en la villa Van Dewright, con la dama Gwendoline, donde arribó cerca de las diez de la noche de ese día. Cuando se presentó fue derivado, en el acto, por la servidumbre al cuarto de invitados. De su llegada se encontraba informado el señor de la casa que dejó listos los arreglos con el alcalde la semana anterior.

Ella creía que se hallaba enamorada de Víctor lo que en realidad era una ilusión, producto de un influjo hipnótico. Su voluntad permanecía anulada por completo.

Una imperiosa necesidad la aquejaba en lo profundo de su femineidad: quería ser madre. Su marido la amaba, pero había pasado mucho tiempo y aunque su cónyuge siempre cumplía su deber en el lecho, su vientre no daba pistas de ello. Se casaron en una pomposa fiesta cuando tenía dieciocho años y su compañero aparentes treinta, ahora en sus treinta y cinco era por demás raro y curioso no tener descendencia. Gwen se notaba cada vez más vieja en cambio su esposo se veía igual, como estatua de mármol. Descansaba de día, según él, debido a padecer una extraña enfermedad hereditaria que en su piel producía dolorosas úlceras al tener contacto con la luz del sol. Siempre mostraba al curioso que preguntase un certificado del prestigioso médico y dermatólogo Moritz Kaposi para validar su condición, Xeroderma pigmentosum. Además el encierro justificaba el extremo color pálido de su piel.

El estruendo de un carruaje —que aparecía a todo galope tirado por cuatro corceles, que venían jadeando y bufando volutas de hálito azufroso, cuyas miradas infernales se proyectaban a través de sus ojos rojos centelleantes de pupilas fijas— resonaba por el tétrico camino. En el iba la duquesa de Newmoray, la señorita Eleanore Devero, la más rica de toda la región con un castillo solo para ella.

Una fortaleza con planta en forma de cruz, de sesenta y cinco habitaciones, un torreón de entrada y dos torres a los costados con techos a dos aguas, chimeneas y la habitación principal con dos balcones fortificados por pequeñas torres. Estaba ubicado en la cima de una de las lomas del norte con una vista privilegiada al valle, del cual lo separaba un imponente puente de arco que cruzaba un diáfano e impetuoso río de aguas cristalinas; donde a veces, en el vado, jugaban los plebeyos y sus críos. Al lado de bosques de perenne verde.

Los pedruscos de la senda parecían derretirse ante la rapidez del vehículo así cual el mismísimo Belcebú lo condujese. El embriagado pensó que era una presa fácil. Se puso en medio del camino y comenzó a hacer aspavientos.

—¡Deténganse, deténganse, por favor necesito llegar pronto a casa! —Eso era verdad, en un par de horas más salía el sol.

El coche no parecía disminuir su velocidad. Usando su poder trató de someter a distancia el comportamiento de las bestias. Para su sorpresa no obtuvo la más mínima respuesta. Estaba tan mareado que en realidad no tenía claro si la maniobra la ejecutó adecuadamente.

Amén que un vampiro promedio puede beber cinco litros de alcohol antes de perder la conciencia, el problema era que él llevaba quince.

Una grácil, blanca, suave, enguantada y perfumada mano hizo un ademán al conductor, a través de la ventanilla. Este obedeció y tiró de las riendas con singular fuerza procediendo a frenar las cabalgaduras, un sorpresivo resalto del camino hizo subir la pierna del pantalón del cochero que mostró una descarnada y vacía tibia.

March 2, 2019, 6:48 p.m. 2 Report Embed 4
Read next chapter La doncella de hierro, segunda parte.

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Ereth Khial Ereth Khial
Una propuesta muy interesante la del vampiro alcohólico, jocosa por momentos aunque con un estilo impecable a la hora de describir espacios y situaciones.
1 week ago
Marcela Valderrama Marcela Valderrama
Wow, pero que estilo de narración tan estupenda tienes. Esto me está gustando mucho.
1 week ago
~

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