Dorogaya Vikulya Follow story

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Vikulya, una joven rusa de clase baja, se ve un día envuelta en las peripecias e historietas de una gran familia noble, los Tolstoy, por razones que ella aún desconoce. Tras abandonar su trabajo en la casa de los deleznables hermanos Sokolov, Vikulya Alexandrovna se envuelve en una metamorfosis necesaria para sobrevivir en la fiera sociedad de San Petersburgo.


Historical Not for children under 13.

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I.

Cuando el invierno acechaba sobre Moscú, sigiloso e implacable, Vikulya Alexandrovna se sentía sola. Era una sensación vacía en el pecho, la emoción y la tristeza de estar aguardando a alguien que no llegaba nunca; una amiga del alma que jamás visitaba pero a la que seguía esperando con la más tierna ilusión.

—Vikulya, no te quedes ahí parada —escuchó de repente desde el otro lado de su espalda—. Trae un mantel limpio.

Vikulya asintió al escuchar al ama de llaves y corrió a la lavandería.

Esa noche venían de visita unos conocidos de su patrón, los Tolstoy, y todo debía estar listo para la cena. La casa donde trabajaba era una casa grande, pero no demasiado; presuntuosa como unas arrugas cubiertas de polvos de maquillaje. La nieve aullaba y golpeaba las ventanas. Seguía, de todas formas, siendo la residencia de un comerciante, y su patrón insistía en recibir a sus invitados con la templanza y la excentricidad del Zar.

—¿De qué podrá conocer el señor a alguien como el príncipe Tolstoy? —le susurró Dunia cuando la vieja se retiró.

—Nuestro patrón se mueve por círculos poco apropiados para él —replicó Vikulya Alexandrovna—. Como un gato subido a un árbol, o un cerdo nadando en un río.

La criada metió una risilla sofocada.

—Stepan ha sacado la cubertería de plata. ¿Querrá pedirles algún favor?

—El frío de Moscú puede hacer milagros con la sangre espesa de unos viejos Príncipes —dijo de repente Svetlana, otra de las sirvientas, mientras tendía unas sábanas.

Vikulya quería seguir con esa conversación, pero las tres jóvenes se callaron de inmediato al ver a Polina pasear por los recovecos de la casa. Para cuando la noche hubo caído, toda la residencia estaba impoluta y lista para recibir a sus grandiosos invitados.

Las criadas, escondidas detrás de la puerta, los escuchaban disfrutar de la cena:

—Acostumbrarme al invierno me ha costado un poco más de esfuerzo este año, la diversión de la ciudad no puede compararse a ninguna otra —dijo la voz de la Tolstaya.

—¿Y cuándo volverá usted a la capital, Sokolov?

No podían verlo tras la madera de las puertas, pero estaban seguras de que su señor estaba empapado de sudor y de nervios, como siempre le ocurría si alguien nombraba su inexistente mansión en San Petersburgo, una mucho más elegante que esa, según él, casa provisional.

—Un chelín por el primo Miroslav —murmuró Svetlana.

—No, yo apuesto por el accidente de la fábrica. ¿Vitya?

La chica se paró a pensar unos instantes:

—La nieve —respondió ella.

Poco después pudieron escuchar a su señor excusarse diciendo que no querría perderse la primera nevada del año, y que en su mansión en el sur la nieve no aparecía con tanta frecuencia.

Mientras comentaban la apuesta, la puerta se abrió de repente y un joven de gesto pétreo se quedó parado frente a ellas.

—¿Podrían dejarme un pañuelo, por favor?

La voz del caballero las sobresaltó. Dunia, sin embargo, lo pudo identificar como el príncipe Vasily Tolstoy. Aún extrañada al verlo, Vikulya Alexandrovna se apresuró a darle su pañuelo.

—Milord —le dijo con suavidad—, debería limpiar ese corte cuanto antes.

Las otras dos chicas la observaron con sorpresa por su llaneza al dirigirse a él y se quedaron quietas, expectantes, a ver cómo reaccionaba Vasily Nikoláyevich.

—¿La conozco?

Su voz no se le hizo arrogante ni severa, sino simple y llanamente curiosa. El joven Príncipe la observaba con gesto pensativo, y Vikulya Alexandrovna casi podía ver su cerebro funcionando a través de su cráneo, esforzándose por recordarla.

—No tengo el placer, milord —respondió ella, incómoda.

—Un error mío, desde luego… —El muchacho, abochornado, miró a lo largo del pasillo—. Tiene usted razón, no me gustaría manchar este traje. Si me pueden mostrar dónde hay un aseo…

Al ver que nadie respondía, la Andreyeva le señaló uno de los pasillos y las tres jóvenes lo vieron desaparecer. Casi al instante, Svetlana la agarró por los hombros con un gesto casi de pánico y un brillo preocupado en los ojos.

—¿Cómo puedes hablar así al hijo del príncipe Tolstoy?

Dunia logró separarlas, cansada.

—Vamos, Sveta, no exageres. En ese caso, el caballero la habría reprendido —replicó—. Además, ya sabes cómo son los hombres con ella.

—¡Como una abeja junto a su flor! —canturreó Svetlana.

Antes de que ningún tipo de sonrojo llegase a nacer, Vasily Nikoláyevich volvió a pasar entre las criadas para regresar al salón, disculpándose con una sonrisa tímida.

Pocas horas después los Príncipes acabaron despidiéndose para volver a casa. Después de una última limpieza, Vikulya por fin pudo acostarse sobre la cama, aún extrañada por esa sensación que le había nacido en el pecho al ver al joven príncipe Tolstoy.

—¿No vas a dormir? —susurró Svetlana desde su cama.

La chica se giró sobre el colchón de tela para encararla.

—No puedo, Sveta —respondió en voz baja—. Por alguna razón, mis ojos son incapaces de mantenerse cerrados.

—Ha sido un día largo, duerme.

Y con esa frase, su compañera le dio la espalda. Vikulya pudo escuchar su respiración dormida al poco rato.

Hacía mucho frío en esa habitación, Varvara Vsevolodovich no solía encender la calefacción donde no tenía que recibir a algún invitado de la alta sociedad. Enredada en las sábanas, Vikulya pensó en cómo había logrado hacer amistades en un círculo tan cerrado como aquel.

Pensando en aquello, terminó por quedarse dormida. En la oscuridad de su sueño, se dio cuenta de que había alguien durmiendo a su lado. Pasó los dedos por su frente y se dio cuenta de que no era Svetlana. No era nadie, en realidad. Ni un extraño ni un amigo olvidado, era algo que simplemente no tenía rostro, solo un aura de familiaridad a su alrededor.

—Vitya, vamos, levántate.

La voz de su amiga la desperezó lentamente. Con un gemido de queja, la chica acabó por levantarse de la cama y se acercó con pasos lentos a la tina de agua, pero el ama de llaves entró sin miramientos cuando ella aún se encontraba lavándose el rostro.

—Hoy vendrá la hermana del señor para hacer compañía a la Princesa, así que quiero que la sala de estar del primer piso esté impoluta para las cuatro de la tarde. Y dígale a Borislava que prepare el té.

—Sí —murmuraron Svetlana y Vikulya.

Las jóvenes observaron, cautelosas, cómo el ama de llaves se retiraba de su habitación.

—¿Qué interés puede ver la Tolstaya en la compañía de Antonina Vsevolodovna?

Vikulya se encogió de hombros.

—Deberíamos pedir leña —dijo, absorta en las nubes negras que se veían desde la pequeña ventana—. Creo que va a nevar esta noche.

—Se lo diré a Stepan.

Mientras bajaban por las escaleras escucharon la voz tensa y cansada de Stepan, así que se fueron lo más rápido posible porque sabían que se encontraría hablando con los patrones, y las conversaciones con Sokolov, debido a su lentitud al vocalizar, eran tan largas como un invierno siberiano.

Se pasaron el resto de la mañana limpiando la casa, como era de costumbre, y ayudando a la cocinera con el almuerzo de ese día.

—Quiero casarme —dijo de repente Svetlana frente el retrato de la difunta señora de la casa—. Si fuera capaz de salir de este caserón maldito y encontrar marido, no tendría que seguir limpiando casas ajenas.

—Limpiarías la de tu esposo, y no te pagaría ni un rublo.

Feb. 23, 2019, 1:38 p.m. 1 Report Embed 1
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Maria Blanco Maria Blanco
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March 9, 2019, 5:07 p.m.
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