La Herencia de los Kort Follow story

jacortes Jorge Cortés

Un misterioso continente en medio del mar es destino de aventureros, investigadores, guerreros y todo aquel que desee forjar su historia. Los primeros exploradores de aquella extraña tierra fueron testigos de las nuevas plantas, especies, razas y peligros que albergaba; dejando solamente secretos y preguntas sobra el origen de aquel lugar. Un par de amigos de la infancia se adentraran en las salvajes tierras para vivir su propia aventura, descubrir los secretos que emanan de cada uno de sus compañeros de viaje y, sobretodo, sobrevivir a los peligros que les esperan.


Fantasy Epic Not for children under 13.

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Prólogo

Existen muchas razones por las que una persona corre; el niño que corre a los brazos de su padre cuando este regresa del trabajo, la pareja que corre a abrazarse después de un largo tiempo sin verse, los jóvenes que corren pateando una pelota, las damas que corren para alcanzar a aquel guapo caballero, los atletas que corren para ejercitarse y están las madres que corren detrás de sus hijos para cuidarlos o reprenderlos por hacer caso omiso a sus llamados.

La mujer, que en este momento corría descalza sobre la húmeda tierra de la selva, no entraba en ninguna de las descripciones anteriores. No corría hacia su padre, ni hacia su pareja, no pateaba ninguna pelota, no perseguía a ningún guapo caballero y mucho menos deseaba ejercitarse. Quizá podría encajar en la descripción de la madre que corre para cuidar a su hijo; pues es cierto que la mujer tenía un niño, pero no corría detrás de él, sino lo abrazaba fuertemente contra su pecho.

El pequeño, recién nacido, podía escuchar los rápidos latidos del corazón de su madre. Normalmente esto podría transmitir una sensación de protección y seguridad para el bebé, pero él sabía que los latidos de su madre, en ese momento, no eran de alegría, sino de temor, miedo y desesperación.

La luz de los últimos rayos del sol del día comenzaban a dejarse de ver unos cuantos metros al frente. Los límites de la selva estaban próximos. Los pies de la madre estaban hinchados, con abiertas heridas que iban dejando huellas de sangre sobre las hojas caídas de los árboles y las afiladas rocas que sobresalían como espinas del fango. El dolor era intenso, cualquier persona se hubiera dejado caer fatigada y rendida sobre cualquiera de los gruesos troncos de los árboles que custodiaban aquella salvaje tierra. Pero no esta mujer, ella sabía que, si lo hacía, no sólo perdería su vida, también a su hijo se la arrebatarían, y eso no pensaba permitirlo. Continuó corriendo, sin dejar de abrazar a su pequeño niño fuertemente contra ella. Podía sentir sus pies desnudos que ya mostraban carne viva en las plantas, sus rodillas temblaban y palpitaban dolorosamente con cada paso, al punto de sentir que sus huesos no lo soportarían por mucho tiempo más.

Finalmente atravesaron la selva y lograron llegar a la playa donde un pequeño bote de remos, que resistía los fuertes golpes de las salvajes olas azotando contra la fina arena, los esperaba.

El sol del día, con sus dorados cabellos de fuego, se sumergió completamente en las transparentes aguas del mar de Sillion, dando paso a que el inmenso cielo nocturno fuera conquistado por el sol de la noche. Cubriendo la tierra con su oscura luz negra y presumiendo su furioso pelaje blanco, el sol de la noche tomó posesión de los cielos. Todos los seres del día, aves, peces y bestias se ocultaban en sus refugios cuando el sol de la noche anunciaba su llegada. Nadie quería ver a aquel sobrenatural astro oscuro, rodeado por su inconfundible fuego de perlas, iluminando el oscuro bosque y dando salida a las horribles bestias nocturnas.

La madre acomodó a su niño en el pequeño bote. El intenso oleaje casi la hace caer pero logró aferrarse, con sus fuertes piernas, a las paredes del transporte de madera. El pequeño niño, envuelto en una improvisada cobija hecha con trozos de tela marrón, comenzó a llorar temiendo a la situación que no lograba comprender. Su pequeño cuerpo intentaba moverse, tratando de liberar el miedo y la angustia que lo rodeaban. La mujer le colocó una mano encima para calmarlo, que su hijo supiera que ella estaba ahí y no lo abandonaría. Después volteó a observar la playa y la selva que había dejado atrás, pero sin moverse, como si esperara a que alguien o algo saliera de ahí.

La mujer no podía esperar más, la vida de su hijo estaba en peligro y debía salir de esas tierras bestiales lo antes posible. Comenzó a remar sin siquiera molestarse en despedirse de aquel lugar. Lo último que deseaba era volver a tener que pisar ese suelo maldito.

No habían pasado la zona de oleaje cuando un caballero, montando en un elegante pero cansado caballo negro, apareció galopando por la playa con su larga espada manchada de sangre. Llevaba un gastado camisón gris, sucio en tierra, sangre y lodo; su rostro era casi imperceptible en la oscuridad del bosque, aunque se lograba distinguir una larga cabellera oscura y una amplia barba que le cubrían el rostro.

La mujer se puso de pie sobre el pequeño bote, a riesgo de caer sobre el furioso mar en cualquier momento. Comenzó a agitar alto sus brazos, a modo de señas, para que el caballero la viera. Pero la alegría que le había proporcionado ver a aquel hombre se desvaneció como espuma en el agua al ver a las horribles criaturas que salían de la selva, detrás del caballero.

Seres enormes, con piel escamosa como la de un reptil pero con forma humana, perseguían furiosos al hombre. Sus ensordecedores gruñidos hacían juego con la oscuridad y parecían encantados de contemplar al sol de la noche que los saludaba conforme emergían de la profundidad de la selva.

La mujer gritó aterrada, provocando que su pequeño hijo también estallara en llanto. El caballero observó a sus espaldas, estudiando a los grotescos seres que le daban caza. Sin perder el equilibrio y con total agilidad, el caballero envainó su espada y brincó del caballo que continuaba en movimiento, logrando caer con una gran elegancia sobre la suave arena de la playa. Sin perder más tiempo corrió hacia el mar y con un clavado se sumergió en la helada agua.

La madre observaba a lo lejos como las figuras de los hombres reptil se detenían a orillas del mar, pero sin atreverse a entrar en él. Mientras, el caballero luchaba contra las enormes olas que lo empujaban, dificultando el nado hacia su destino. La mujer le extendió el brazo, animándolo a que aguantará un poco más. El caballero continúo nadando, con sus brazos cansados y su cuerpo soportando la furia de los golpes de las olas.

Estaba cerca, el caballero casi podía tocar las puntas de los dedos de la mano de la mujer, cuando sintió un frío dolor en la parta alta de su espalda. Justo en la unión en donde el cuello y la espalda se conectan, una flecha negra había penetrado en la piel del caballero. La mujer gritó, pero no con un grito común, sino con un grito que anuló el sonido de las olas, un grito que incluso hizo que las bestias en la playa retrocedieran unos pasos, fue un grito que heló la sangre y acalló el entorno. El caballero abrió grandes sus bellos ojos color miel, y contempló el rostro de la mujer que alcanzó a sujetarle la mano. El rostro de ella era hermoso, cabello dorado hasta los hombros, ojos rasgados de un claro color gris, nariz larga y afinada, y unos bellos labios rosas como diamante. El caballero sonrió al ver tal imagen, sabiendo que moriría con aquel reflejo grabado en su mente.

La mujer no quería soltarlo, trato de sujetar su mano con todas sus fuerzas, pero el peso del caballero y la fuerza del mar provocaban que comenzara a resbalar su mano, hasta que solo pudo quedarse con un grueso anillo de plata que el caballero vestía.

El cuerpo del caballero fue arrastrado hasta la playa por el oleaje. Las horribles bestias rugieron y rieron emitiendo guturales sonidos, burlándose de aquel inmóvil cuerpo. La mujer lloraba de rabia, no podría reclamar el cuerpo ni darle un entierro digno.

Temiendo por la vida de su hijo, la mujer tomó los remos y siguió avanzando contra la fuerte corriente, lejos de aquella tierra que ahora tendría un lugar en sus pesadillas. No podía hacer nada más que huir, su hijo la necesitaba. ¿Pero qué le contaría cuando el niño preguntara por su padre? ¿Sería capaz de contarle que fue incapaz de salvarlo y dejo su cuerpo a merced de las bestias?

Solo podía llorar. Llorar y gritar enfurecida mientras veía a lo lejos como aquellos demonios profanaban el cuerpo sin vida del caballero, el padre del niño. Le habían arrebatado al amor de su vida.

Feb. 19, 2019, 10:17 p.m. 1 Report Embed 1
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Jorge Cortés Jorge Cortés
¡Hola! Ésta podría decirse que es la introducción a la historia que les quiero contar. Es una historia que he venido creando desde hace bastante tiempo, la he compartido con amigos y familia, quienes me han motivado a ponerla por escrito para que otros también puedan conocerla. Cada uno de los personajes lo he creado cuidadosamente para que cualquier lector pueda encariñarse con alguno o algunos de ellos, tal y como yo me he encariñado con todos. En el próximo cápitulo los introduzco más hacia la misteriosa tierra y, posteriormente, a conocer a los personajes y comenzar la aventura. Espero sea de su agrado y siempre les agradezco todos sus comentarios para poder mejorar. No duden en escribirme. Sin más preámbulos, les dejo la primera parte de una triología que ya tengo bien pensada: "La Herencia de los Kort"
1 week ago
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