PARTO EN CUATRO FASES Follow story

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Christopher Nei


Una mujer con un corazón de piedra evitará en sus últimos días de vida intentar recuperar a su hijo aunque sólo sea en su recuerdo. Mientras tanto, una pareja quiere dar a la luz con su apoyo, el cual será denegado. Los tres personajes comparten un secreto y un mismo rencor. Lo que no saben es que quizás estén a punto de perder la oportunidad para volver a verse.


Memoir & Life Stories For over 21 (adults) only.

#familia #rencor #maternidad #parto
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PREPARTO

¿Cuántas veces hemos tenido que escuchar el éxtasis de la incongruencia y el absurdo: los niños tienen pene y las niñas vagina?. Demasiadas. Es algo que intento explicarle a mi hijo.

Cuando mi pareja y yo decidimos comenzamos a sentir los síntomas y los signos de tomar la decisión de tener hijos, lo primero en lo que nos pusimos de acuerdo fue en quién daría a luz. A pesar de que tardamos dos semanas, lo teníamos bastante claro, pero por mi parte yo no quería que sufriera demasiado y quería que evitara tener que pasar un momento en el que el riesgo aumentara. Sólo me importaba el estado de salud de mi pareja y la pequeña criatura. Intentaba tranquilizarme y cada vez que me veía nerviosa me aseguraba encontrarse en perfectas condiciones por dentro y por fuera para llevar a cabo nuestra primera experiencia maternal, su primer parto.

Así fue como todo se inició. Acordamos dar a luz en casa. Habíamos contactado con Aurora, una doula con más de quince años de experiencia ayudando a traer nuevas vidas al mundo. Una mujer que no aparentaba la edad que tenía. Con alguna arruga que se dejaba ver y que ella intentaba ocultar con gestos y disimulo, nos hacía sentir a las dos como dos auténticos seres afortunados que habíamos coincidido en esta vida para ser felices y aportar un poco de esa felicidad al mundo. No todos nos aprobaban la decisión de dar a luz en casa y menos en compañía de una doula. Pero la decisión era sólo nuestra.

Mi suegra, porque mi suegro falleció años atrás, nos había negado todo su apoyo. En la última conversación que tuvimos lo dejó bastante claro.

Se acercó a la puerta con el pelo enmarañado y fumando como un carretero. Una simple bata casi transparente, intentaba ocultar su ropa interior:

  • Vaya, ya habéis llegado. - dijo dejando ver sus dientes amarillos. - ¿Qué queréis?.

No era persona de muchos amigos. No tenía nada que ver con su pasado. Ahora era viuda y su hijo Isaac ya se había independizado hace tiempo. Sólo el tiempo corría en su contra o a su favor.

  • La verdad es que no esperaba esa respuesta. Pero me alegro de que aún estés aquí, a pesar de no contestar llamadas ni dar siquiera ningún tipo de noticias. Gracias. - contestó Isa.
  • Todavía no me has contestado a la pregunta… ¿Qué queréis?.

Yo me limitaba a escuchar, ver y callar. No es bueno llevarse mal con los suegros. Y menos con la madre:

  • Venimos a darte una gran noticia. Vas a ser abuela.

Mi suegra no tomó aire para respirar. No abrió la boca. No pronunció palabra. Simplemente preguntó:

  • ¿Tengo yo algo que ver?. - replicó curiosa.
  • No. Simplemente creemos que debías saberlo. ¿No te hace ilusión?.
  • ¿Ilusión?. ¿Debe hacerme ilusión que des a luz?. Es tu problema. Yo ya he criado un hijo y hace mucho tiempo que no sé nada de él. No quiero saber nada más de nadie y menos de ti. O es que a lo mejor creías que te iba a felicitar y no ha sido así.
  • ¿Podemos pasar?. - pregunté

Como siempre me observó de arriba a abajo. Desconfiada se apartó de la puerta para dejarnos entrar. Se sirvió whiskey y nos hizo la pregunta:

  • ¿Cómo se llamará?.
  • No lo hemos decidido aún. La verdad es que barajamos varias opciones pero no lo tenemos muy claro.

Se dio la vuelta, se quedó mirándonos con el cigarro en la boca. Se lo retiró con los dos dedos de la mano izquierda y entonces atacó de nuevo:

  • ¿Cómo se os ocurre traer a alguien a la vida si ni siquiera podéis manteneros vosotros mismos?.
  • Hemos decidido, después de muchísimas crispaciones, decisiones e incertidumbres, dar el paso. Recién cumplimos los treinta y no queremos dejarlo pasar.
  • ¿Dejarlo pasar?. Tan sólo tenéis treinta años. - explicó acercándose al sillón - ya tendréis tiempo de que la persona con la que compartes tu vida fallezca o que el hijo que llevas en tu vientre ni siquiera te hable. O decida hablarte sólo porque llega alguien.

Tomó asiento.

  • No sabéis lo duro que es levantarse cada día y no tener ni una visita, ni un abrazo, ni un te quiero de la persona que más amas en esta vida. Para que luego te la arrebaten.

Miré a Isa, no me lo podía creer. ¿Me estaba culpando directamente de algo?. Espero que no sea así. Pero tampoco quería poner en un compromiso a Isa.

  • ¿Deseáis algo más, queridos?. - inquirió expulsando humo.
  • La verdad es que sí. Queríamos decirte que el parto no será convencional. No será un parto como los de toda la vida. Cómo los tuyos.
  • ¿Qué quieres decir con convencional?.
  • Bueno… queremos realmente experimentar un parto naturalmente auténtico. Uno en el que intervengan las personas necesarias. Sin operaciones, sin medicina química…
  • ¿Qué? ¿Qué os pasa?. - se alteró levantándose.

La mitad del whiskey se derramó al suelo y el cigarro cayó.

  • Bueno… pensábamos que estarías de acuerdo y no te importaría. - intentamos calmarla.
  • ¿Qué no me importaría?. Vale, cierto, no me importa absolutamente  nada. - acató. - Pero ¿sabéis lo que hacéis?. Es muy arriesgado. Además… ¿Cómo lo vais a organizar? ¿Quién os va ayudar?.
  • De hecho, ya lo tenemos todo pensado. Sólo nos falta esperar y mover contactos. - dijo Isa acariciando su tripa.
  • Una doula. - pronuncié suavemente. - Una doula es una mujer que se dedi…
  • ¡Ya sé qué cojones es una doula!. - me cortó gritando. - Y no penséis que llevo toda la vida aquí para que ahora decidáis saltaros las normas a la torera. ¿Acaso no te he enseñado absolutamente nada?.
  • Pero…
  • ¡Nada!. - Interrumpió gritando. - Has traicionado los valores de una familia. Te hemos criado como una familia de bien a la que nunca le ha faltado de nada. Y ahora quieres dar a luz en casa como una vulgar ramera. No vivimos en el antiguo régimen. La sociedad ha evolucionado y gracias a este nuevo sistema tú estás hoy aquí. Y ahora decides romper con todo. - explicó alterada.
  • Sería muy importante para mí que me apoyaras. Que al menos dijeras que si algo pasara podría contar contigo.
  • Pues siento decepcionarte, pero si dejáis que mi futuro nieto llegue al mundo como si fueras yegua en un establo, ni se te ocurra buscarme.

Se hizo un silencio sepulcral. Desapareció ante nuestra perplejidad y, cuando cruzamos el umbral de la entrada principal, supimos que nunca más volveríamos a cruzarlo.




No salió como esperábamos ni obtuvimos una sonrisa. Ni siquiera un agradecimiento. Pero espero que algún día Isa la pueda perdonar. Significaría mucho volver a fundirse en un abrazo después de todo lo sucedido. Entendería una aceptación completa y total, incluso por la sociedad. Pero de momento todos los ciudadanos nos obligaban a esperar. Ahora debíamos centrarnos en el futuro alumbramiento. Nos correspondía asegurarnos la vida que venía y sopesar lo que más se adecúa a nuestra forma de vida. Por ello decidimos realizar una entrevista a la doula que nos ayudaría.

Habíamos contactado con ella por medio de otras personas que habían dado a luz previamente. Que permitieron que su presencia apaciguara el dolor y acunara el nerviosismo de las engendradoras. Un lujo que quisimos ofrecerle a nuestra doula. Aurora, así se llama.

Quisimos darle, al menos, la oportunidad de explicarse y explicarnos cómo ejercía su trabajo, condiciones… la invitamos a casa para hacerle una pequeña entrevista y conocerla en persona. Llamaron a la puerta:

  • ¡Buenas tardes! Soy Aurora. He venido a una entrevista.

Era una mujer aparentemente mayor, aunque intentaba pasar desapercibida gesticulizando juvenilmente y sonriendo constantemente. Parecía tenerlo todo bajo control. Palabras comedidas y expresiones preparadas por lo que pudiera suceder. Vestía una chaqueta tweed que escondía una blusa de seda blanca, le acompañaba una falda de color marrón con medias a juego y unos zapatos que la incomodaban seguramente, pero que lucía sin queja aparente. El bolso ni siquiera se movía, intacto cómo pegado a su brazo. Sin maquillar y me parecía la inversión mejor gestionada del mundo de la estética. Lucía unas gafas finas, finas. Pronunció estas palabras:

  • Perdone, ¿es usted quién se ha puesto en contacto conmigo?.
  • S… sí, perdone. - sonreí. Le di la mano y la saludé. - Entre por favor.
  • Gracias. - dijo.

Una vez dentro, se acomodó en el sillón. Y su bolso a su lado.

  • Bueno, pues… ustedes dirán.
  • Primero agradecerle la aceptación a esta entrevista. Es la primera vez que tenemos una conversación de este tipo con una doula y no sabemos muy bien qué preguntar. - explicó tímidamente Isa.
  • Gracias a ustedes. No pasa nada, es normal. El desconocimiento sobre algo nos produce siempre miedo, pero todas las personas que he atendido y mi propia experiencia que aporto en todo este tiempo, es la manera que tengo de asegurarles una bienvenida adecuada para su futura criatura. Nunca he tenido problema alguno con ninguna de mis clientas. De hecho, algunas de esas vidas que ayudé a traer al mundo, hoy me solicitan para ayudarles en su futuro parto. Imagino, por tu estado, que eres tú a quién voy a ayudar, ¿cierto?. - sonrió.
  • Sí, soy yo. - acató Isa.
  • Bien, imagino que querréis saber cómo trabajo o conocer las condiciones en las que desarrollo mi trabajo. - nos informó Aurora.
  • Estaría bien, sí. - prestamos atención.
  • Conmigo siempre trabaja una comadrona, que es quien te ayudará a coger a la criatura en brazos, una vez expulsada, y quién te suministrará algún tipo de medicamento en el caso de que fuera necesario. Yo me dedicaré más bien a la ambientación del lugar, a realizarte masajes, a satisfacer todas tus necesidades. Tengo el título de masajista especializada en masajes para embarazadas. No cobramos absolutamente nada. Ni la comadrona ni yo. Pero si pedimos algo a cambio…
  • ¿Algo a cambio? - pregunté. Isa me miró.
  • Nosotras creemos que para asegurarnos del historial y todo el camino hasta llegar al día del alumbramiento, debemos convivir todos juntos. Para acerciorarnos del historial y todo el proceso y evolución del embrión.
  • ¿Convivir todos juntos?. ¿Se refiere a, a… aquí?. Quiero decir… vivir con, con… - tartamudeé.
  • Sí, con ustedes. Quiero decir vivir con ustedes bajo el mismo techo. Es la manera más segura de tener un control absoluto del embarazo. De asegurarnos que las dos personas que participan directamente en el parto, en este caso usted y el bebé, - explicó mirando a Isa - sigan sanos en esta vida.
  • Perdone que me extrañe, pero es la primera vez que alguien me ayuda sin ningún tipo de interés económico. - se extrañó Isa.
  • Todas las personas a las que he asistido me han dicho exactamente lo mismo, pero todas a día de hoy coinciden en una de las mejores experiencias de su vida.
  • Siendo así, no veo por qué no deberíamos contar con usted para nuestra maternidad.
  • ¡Espera un momento! - exclamé. - ¿Y ya está?.
  • ¿Qué quieres decir con ya está?. Creo que es suficiente y que no sería problema alguno convivir todos aquí. Cuando celebramos el cumpleaños de Isaac nos reunimos quince personas aquí y te recuerdo que no hubo ningún problema. Supimos organizarnos. Y la verdad es que lo pasamos genial.
  • Pero era diferente, la situación era distinta. No era un parto, era un cumpleaños. No tenías que expulsar aire para calmarte, sinó para apagar velas. - detallé.
  • Creo que es mejor que me marche. Si llegan a un acuerdo no duden en volver a ponerse en contacto conmigo.
  • Es todo por el momento. Gracias por haber venido. Pronto volveremos a contactar y le comunicaremos nuestra elección.
  • Gracias a ustedes y enhorabuena por el embarazo.

Se fue e Isa me preguntó:

  • ¿En qué piensas?. No has dicho nada.
  • Pienso en todo y en nada. En la necesidad de tener a una criatura bajo estas condiciones, si nos negamos, le daríamos la razón a tu madre. Entonces tendría motivos para insistir en que desveláramos el sexo de la criatura. Nunca le han gustado los secretos. Y si aceptamos corremos el riesgo…
  • ¿El riesgo?.
  • Sí, ya sabes. El riesgo de que tú puedas fallecer, de que la criatura pueda fallecer o venir con malformaciones, la pérdida de sangre, la inexperiencia de ella…
  • Cariño, ha ayudado a muchas personas a dar a luz. Le avalan quince años de experiencia ejerciendo esta profesión. ¿Qué podría salir mal?.
  • Pues… no estoy muy seguro de si mantenerlo todo tan en secreto como hasta ahora. ¿No crees que deberíamos decírselo?.
  • Ya hemos discutido ésto muchas veces. Y fue una decisión muy dura que ya tomé en su momento. Ahora sólo pienso en poder darme el placer de sentir lo que realmente siente una mujer. Creía que estabas conmigo en ésto al 100%. Ahora me haces dudar.
  • Es que no sé si eres consciente de lo arriesgado que puede llegar a ser. Sé que no te va a gustar, pero… ¿podríamos tener una cita con el doctor?.



Todavía recuerda con nostalgia la alegría de su hijo. El tiempo que invierte ahora pasando las páginas del álbum de fotos de su niñez y adolescencia, es la mejor inversión invertida. Entra en su habitación y todavía puede percibir el olor de su piel en sus sábanas. Las fragancias que usaba dispuestas en el tocador adquiriendo polvo. La ropa que espera colgada en el armario desprende el aroma de su pequeño. Aquél que una vez se fue y nunca más volvió.

Vive en su mente, en su recuerdo. Son sólo las imágenes que recuerda las que le hacen llorar. Dijo que nunca lloraría pero no lo puede evitar. Sale de la habitación y cierra la puerta cuidadosamente. Con mimo, como si lo estuviera arropando con ternura como hacía cada noche. Camina lentamente por el pasillo, whiskey en mano, y comienza a tropezar sin poder mantenerse en pie. Llora desconsoladamente.

  • ¿Por qué yo?, ¿por qué a mí?. - grita preguntándose.

No existe nada en este mundo que la pueda calmar. Deja caerse sobre el frío suelo. El whiskey se derrama.

Pasan unos instantes hasta que cobra el sentido, un poco mareada y vuelve a abrir los ojos. Intenta incorporarse poco a poco. Pero lo máximo que consigue es acurrucarse sobre sí misma contra una esquina, como si de un feto se tratara. Deja pasar tiempo, el minutero del reloj de pared de la cocina no se detiene.

Ahora sí, siente que puede y vuelve a intentar ponerse de pie, lo consigue. Y llega hasta el sillón mareada. Se sienta y se relaja. Sabe que se ha caído, es consciente del dolor de cabeza, es consciente de todo. De momento no piensa volver a entrar en la habitación de su hijo. Vuelve a llenar otro vaso de whiskey que apenas toca y el nuevo cigarrillo se introduce en su boca. Aspira aire, suelta el humo y un momento de paz recorre todo su cuerpo. Todavía se pregunta qué será de Isaac. De su hijo. Su único hijo que un día desapareció y nunca jamás decidió volver. No se dejó asomar como de costumbre. Con su gorro que siempre llevaba. Un niño soñoliento, risueño… pero que un día aquella sonrisa se desvaneció de su cara y su madre la eliminó para siempre. Era duro convivir con un recuerdo que odiaba profundamente. No le tenía aprecio alguno. Sólo quería que le devolvieran a su hijo. A su pequeño.

Miraba tras la ventana del comedor y observaba como en el pequeño jardín que rodeaba la casa el columpio se balanceaba con la fuerza del viento. Vacío. Era diferente cuando Isaac se subía en él. Lo llenaba de alegría e ilusión. Ilusión por la vida. Aquella ilusión que ahora estaba perdida. El columpio se mecía solo. Nadie lo montaba desde hacía años. Ahora comenzaba a oxidarse y había pensado tiempo atrás en deshacerse de él. Cómo Isaac se deshizo de su madre. Pero no. Ella no era así. Pegó un trago al whiskey y volvió al sillón. El teléfono volvió a sonar. Ni siquiera miró. Dejó que sonara sin parar:

  • Ya se cansarán. - dijo para sí misma.

El ruido cesó. Pero saltó el contestador y lo oyó, con una voz de hombre que decía:

  • Sé que estás ahí, y soy consciente que no me quieres ver ni escuchar, ni darme la oportunidad siquiera de preocuparme por ti. Siento haberte fallado, si así lo crees. No puedo mentirme a mí mismo. Creo que deberías respetarme. Creo que aceptarme tal y como soy sería suficiente, pero te has negado en banda. Siento negarte mi ayuda, igual que has hecho tú conmigo.

Se hizo el silencio en el salón. Volvió a pegar un trago. Y reflexionó:

  • “Sólo si volvieras a ser quien eras, volvería a ser tan feliz como lo era. Ni trabajo, ni descendientes, ni marido… tranquilidad total. Y aún así, me siento completamente abandonada. Una situación en la que nunca pensé de joven. Jamás imaginé ser víctima del abandono familiar. Es muy duro cuando las personas a las que amas desaparecen, ellas y su contacto. Imposible hablar con alguien con quien tener algo en común. Sólo somos los desperdicios que alguien recogerá algún día si tienen un poquito de corazón y mucho tiempo libre. Nadie quiere ningún tipo de desperdicios. Gestionarlos es difícil por ello es más fácil destruirlos lentamente que reciclarlos”.

El alcohol iba haciendo su presencia y lo que seguía a continuación carecía de sentido.

Posó el vaso sobre la mesa y dejó el cigarro apagado en el cenicero. Volvió a servirse una copa. Alguien llamó a la puerta:

  • ¿Quién es?. - berreó.
  • Soy yo.

Conocía la voz:

  • ¿Qué quieres?, ¿Qué haces aquí?.
  • Sólo quiero hablar contigo.

Se creó una pausa de silencio.

  • Por favor. - rogué.

Los pasos se acercaban tímidamente a la puerta. El pestillo giró y dejó abrir la puerta para visualizar el rostro. Ni se inmutó. Quizás esperaba aquella situación, quizás la maquinó en su cabeza. Aún y así no movió ni un músculo. Era como ver una estatua desprendiendo alcohol. Es fácil acostumbrarse a la policromía de los dientes: blancos, amarillos, negros… pero el alcohol es insoportable:

  • Quería que habláramos, sin que Isa estuviera delante. Quizás te encuentres más cómoda y menos borracha. Pero de momento creo que me he equivocado en lo segundo.
  • ¿Qué quieres?. - inquirió.
  • ¿Puedo pasar?.
  • No. - atajó.

Comenzó a llover.

  • Bien… he venido a verte a pesar de tu rechazo.
  • ¿Mi rechazo?. ¿de verdad crees que os he rechazado?. Tonterías. Yo he sido la rechazada. Ni siquiera tengo el valor de entrar a su habitación. Lo acabo de hacer y lo único que me consuela es el tabaco y este estúpido whiskey barato. No puedo contar con nadie. Nunca desprecies a nadie, nunca sabes cuándo te pueden despreciar a ti. Así que ni se te ocurra decirme que yo no soy la rechazada. Por mucho amor que sientas, a veces hay otro amor que también hay que cuidar. Y ese amor no se compra con nada.
  • ¿Y qué narices se supone que tenemos que hacer?. - exclamé gritando. - ¿sentir lástima por ti?. Venir y decir: ¡Oh sí, tú tienes razón!. Nos hemos equivocado. No nos gusta comer de la mano de nadie ni mendigar, ¿Sabes?. - me alteré.
  • Intenta evitar la opresión de tus palabras. Algún día te arrepentirás de no haber amado ni dar oportunidad. - contestó calmada.

Cerró la puerta de un portazo y volvió a sentarse en el sillón. Una nueva tormenta se sumaba a la lluvia y los litros de agua no cesaban.

Feb. 13, 2019, 3:56 a.m. 0 Report Embed 0
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