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Junta general

La última venta se realiza y el empleado del mostrador cierra la farmacia.

Otro día más para sumar a la semana rutinaria.

Un habitante de la ciudad regresa a su casa; en medio de la noche y de las cuatro calles que separan el trabajo del hogar. Algunas veces concurridas y otras veces casi solitarias.

Primero, hay que pasar por la entrada principal de la unidad habitacional, compuesta por edificios color rojo con franjas grises; veinte en total, acomodados en números iguales a ambos lados: a diestra y siniestra.

Al llegar a su edificio, tiene que subir las escaleras de cemento hasta llegar al cuarto y último piso.

Llega a la puerta principal del departamento donde vive, introduciendo la llave en la perilla.

Es la época de invierno, provocando que el frío se apropie de ese pequeño espacio llamado vivienda: una pequeña sala, dos recámaras y un baño.

«Otro día más», piensa el tipo.

La silla metálica de asiento forrado con hule cristal, sigue igual de incómoda y en buen estado. Al lado hay un restirador; una mesa para dibujantes que tiene algunos años de antigüedad.

El botón de inicio se oprime y la computadora se enciende.

Hay que seguir con el segundo trabajo.

Antes de abrir el programa Word, el puntero se mueve hasta abrir la carpeta de música, seleccionando unas cien melodías de géneros diferentes.

Al escribir durante dos canciones consecutivas, los dedos dejan de teclear y la mirada se queda fija a la ventana de al lado, observando el cielo oscuro.

No pasa nada…

Al menos, alrededor.


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—¡Junta general! —ordena el yo-interior, entrando a un cuarto amplio de paredes blancas.

El hombre tiene treinta y cuatro años; de pelo corto negro, lentes de media montura y barba de varios días.

No hay nada de adornos o muebles, a excepción de una mesa larga de plástico, plegable, que se encuentra cerca de una esquina; donde ambas paredes tienen ventanas grandes que permiten ver las arenas cafés del panorama exterior. Un simple foco ahorrador en espiral, en el centro del techo, se encuentra apagado por el momento. La luz del exterior alumbra perfectamente todo el cuarto.

Tal parece que el lugar se haya en el piso cuatro de un edificio alto, en medio de algún desierto.

Al tanto que el yo-interior mantiene la puerta abierta, el grupo de seis integrantes se sienta en sus lugares correspondientes.

Una vez que todos han entrado, la puerta sencilla de madera y pintada de blanco se cierra.

—¿Ahora qué? —pregunta la anti-conciencia un poco malhumorado, casi en el centro de la mesa.

―Siara ya va a rescatar a sus compañeros y vamos a incluir a los cachorros de hienas; ¿sí o no? ―inquiere el yo-interior, sentándose a la izquierda del hombre que acaba de hablar. Se dirige con otro integrante de la pandilla reunida.

―Si los incluimos, todos pensarán que aparecerán más adelante en la historia. Su participación es muy corta; y cuando los adopten los chacales antropomorfos, daremos a entender que su historia está incompleta ―responde el cerebelo, mirando la pantalla de una laptop a través de sus lentes de pasta gruesa.

Está sentado en la esquina contraria del asiento del líder. Las sillas también son plegables y de metal.

―Tal vez, pero también podemos solo mencionarlos en esta ocasión ―opina la conciencia, sentado del lado derecho de la anti-conciencia―. Así los lectores podrán crear sus propias conclusiones de lo que les pasó después.

―¿Y sus nuevas mamás van a ser más amables? Los cachorros de hiena querían irse de la aldea porque decían que sus mamás eran muy malas ―dice el niño interior.

Él es un niño de ocho años, mas puede cambiar de edad a voluntad; desde los siete hasta los dieciséis años. No se distrae mientras juega en su Nintendo Switch portatil. Está acomodado a la izquierda del yo-interior.

Su pelo es chino abundante (le llega a la nuca) color negro, sus ojos son castaños. No usa lentes. Viste camiseta color blanco, pantalones Jeans color azul claro y tenis Converse negros; sobre la camiseta, lleva una camisa desabrochada de manga corta, estampada con un diseño cuadriculado, mostrando diferentes tonos de azul.

Todos le llaman niño Carlos.

―Oigan. Tengo una sensación de Déjà vu ―interrumpe la anti-conciencia.

Los seis compañeros y el jefe voltean a verlo.

—¿Ustedes no tienen esa sensación? —inquiere el sujeto, parándose y volteando a las caras de los presentes.

Su gabardina estilo gótico de mangas largas se mueve junto con él, al igual que un gran medallón en su cuello. No usa camiseta, dejando su pecho al descubierto. Complementando la gabardina, están unos pantalones negros de cuero y botas negras con suelas altas. Como siempre, su pelo corto, negro y lacio lo tiene alborotado.

Su ojo izquierdo tiene la esclerótica y pupila negra, mas su iris es de color naranja; en cambio, su ojo derecho es completamente blanco, sin pupila ni iris. Alrededor del ojo derecho, parece que tiene varias rayas finas color celeste claro tatuadas en la piel.

—”Comandante”, ¿tiene alguna explicación? ―Le pregunta la anti-conciencia al hombre sentado en el extremo de la mesa, junto al cerebelo.

Aquel camarada es un militar de cuarenta años; vestido con su uniforme de camuflaje verde y boina roja, con toda la cara pintada de diferentes tonos de verde. Añadiendo un elemento extra, usa unas gafas oscuras metálicas.

―Lo que pasa, es que usamos este cuarto la mayoría de las veces para arreglar asuntos de los proyectos de las novelas ―responde la memoria, mientras juega con su cuchillo Bowie de cacería, girando la punta sobre la mesa―. La vez pasada estuvimos discutiendo la celebración de Siara, por haber sido reconocida como mensajera de los dioses.

―¿Podemos proseguir? Tenemos el tiempo contado ―pide seriamente el yo-interior.

―Tenemos todo un año y tiempo de sobra ―protesta la anti-conciencia mientras se sienta.

―Trabajando el tiempo se va volando. En un segundo estamos decidiendo quien muere y quien vive de la pandilla Kipekee, y al segundo siguiente ya habrá llegado el mes de Abril ―hace la observación una mujer que se encuentra en el extremo opuesto de la mesa, junto al niño interior y en frente de la memoria.

Se llama Ariadna; tiene treinta y tres años. Su cabello largo (el cual le llega a la espalda alta), lacio y de color castaño claro, siempre se lo arregla con una media cola de caballo, usando una liga para sujetarlo. Sus ojos son color rojo cereza.

Mantiene su peso ideal, luciendo un cuerpo esbelto. Viste con una blusa rosa de mangas cortas con escote de hombros caídos, junto con una falda (que le llega debajo de las rodillas) color rojo vino. En los pies lleva unas zapatillas de tacón bajo que hacen juego con la blusa.

—En lo que tendríamos que estar pensando es en cómo darnos a conocer. Si hacemos lo mismo que el año anterior, ¡vamos a desperdiciar otro año de nuestras vidas! ―exclama la anti-conciencia, llevándose las manos a la cabeza, cabreado por el comentario del lado femenino.

Calmándose un poco, comenta al final mientras señala al yo-interior.

—Mejor dicho, ÉL desperdiciará otro año de SU vida.

―Eso ya lo veremos en las siguientes semanas, primero hay que arreglar nuestras vidas… si es que podemos ―asegura el dirigente del grupo.

―El punto positivo, es que todavía tenemos trabajo y sueldo seguro por otro año ―interrumpe el cerebelo al yo-interior, volteando hacia él―; aunque ya sabes las malas jugadas del destino.

―La mayoría del año pasado tuvimos suerte y bendiciones, inclusive tenemos dinero ahorrado ―complementa la conciencia.

―¿Entonces podemos gastar a nuestro antojo? Qué bueno, porque ya quería comprarme una motocicleta ―festeja la anti-conciencia con una sonrisa de oreja a oreja.

―¡No seas torpe! Apenas si nos alcanza para algo de ropa. Si queremos una motocicleta necesitamos más dinero, y saber conducir una ―regaña la conciencia a su compañero de junto, mirándolo seriamente.

―Siempre tienes que ser el aguafiestas ―responde la anti-conciencia, regresando su cara molesta.

―Regresemos al asunto que nos trajo. ¿Incluiremos a los cachorros de hienas en la historia? Vamos a votar —organiza el yo interior.

Con dos votos en contra y cuatro a favor, las pequeñas hienas se ganan su lugar en la historia.

Toma la palabra la memoria.

—Acordado. Los dos cachorros se encuentran con Siara mientras busca a sus amigos. Aquí empieza mi parte tediosa del trabajo. ―Se queja la memoria para luego retomar el tema―. Entonces… los tres niños pueden empezar a buscar choza por choza, o las crías de hienas pueden saber en dónde están los prisioneros; otra opción es que más de dos cachorros se encuentran a Siara, pero solo dos sobreviven al final. No pueden descubrirla, maniatarla y llevarla con el resto de la pandilla; Siara es fuerte, pero no puede ganarle a toda la tribu. ¿Cuál es la mejor opción? —inquiere él.

―En mi opinión, es mejor que las pequeñas hienas le digan a Siara en cuales chozas están sus compañeros, y al final vayan todos a la choza de la reina, donde se encuentran con los cinco leones restantes. La reina los descubre y Siara la enfrenta ―dice el cerebelo.

—Me parece bien. —Es la frase que repite la mayoría.

―Entonces, ¿la junta ya acabó? ―inquiere el niño interior, pausando su consola portátil y estirando su cuerpo.

―No sé. Depende del líder ―responde la mujer, mirando hacia el hombre en cuestión.

Todos voltean hacia el yo-interior, quien no quita la vista de la mesa blanca.

Así se queda por otros segundos.

―Recuérdenme porque hago esto ―pide seriamente el yo-interior, manteniendo la mirada abajo.

―Pues… para… saber que vamos a escribir ―dice el niño interior, un poco confundido.

El yo-interior da una respiración profunda.

Levanta la mirada y da un fugaz vistazo alrededor.

―Quiero que me recuerden, el porqué hago ésta rutina de todos los días ―dice el yo-interior mientras mira al frente; hacia una de las ventanas y hacia el día caluroso del exterior.

―¿El ir a trabajar? ¿El sentarte en la misma silla? ¿En abrir la misma puerta? Sé más específico, por favor ―contesta la conciencia serenamente.

Con cara seria, el yo-interior voltea lentamente hasta intercambiar miradas con la conciencia.

No le responde, desviando su mirada hacia el cerebelo; un hombre entrado en años, de barba y cabello canoso color castaño oscuro del tipo chino. Viste una bata de médico, camisa de manga larga color purpura claro, pantalón de vestir ocre claro y zapatos simples color negro.

―Doctor, ¿cuántos artistas furrys hay en el mundo? Solo enfóquese en los dibujantes y los escritores —pide el yo-interior.

Usando el internet local, el cerebelo navega por diferentes buscadores en línea. En poco tiempo tiene la respuesta.

—Son miles. Hay varios muy talentosos que trabajan para grandes compañías de cine y televisión; claro, que también estoy contando a los artistas menos reconocidos y los que apenas están empezando a practicar —informa el doctor Frederich, mientras navega por la red—… y creo que me estoy quedando corto. No toda la información se puede encontrar en internet.

—Y recuerde que no toda es confiable —dice la memoria.

—¿Qué importa un artista más? ¿Eh? ¿Qué importa si se suma un escritor más a toda la lista mundial? —inquiere el yo-interior con voz desanimada.

—¿Un escritor furry? —pregunta el lado femenino, que tiene por nombre Ariadna.

—Cualquier clase de escritor, y ya sé que de esos hay millones más —responde el yo-interior—. Uno más, no hace ninguna diferencia.

—Aquí vamos de nuevo —dice la anti-conciencia, mirando hastiado el techo del cuarto—; y sigo teniendo esa sensación de Déjà vu.

—Día tras día, tratamos de escribir y completar las novelas que tenemos bosquejadas; ¿para qué? Seguimos escribiendo, y lo único que ocurre es que cada día me hago más viejo —asegura el yo-interior.

Todos se quedan mudos, intercambiando miradas sin parar.

—¿Cuál es el asunto del meollo? —indaga la conciencia.

—¿Por qué sigo escribiendo historias? —pregunta el yo-interior—. Nadie las lee.

—Varios te han respondido y dado ánimos en las comunidades virtuales. Estas equivocado y algunos sí las leen —debate la memoria, dejando el cuchillo Bowie sobre la mesa y cruzando los brazos.

—Nosotros también las leemos. Después de escribir un tanto, tenemos que leer y revisar —dice el niño interior, acomodándose de lado sobre la silla.

—¿Por qué tendría que contarlos a ustedes? Los inventé a los doce años. Son amigos imaginarios que no existen. En especial la conciencia. Lo inventé después de ver una película viejísima de caricatura en la televisión, acerca de una marioneta de madera que cobraba vida y un grillo tenía que guiarlo por el buen camino. ¡Diablos! Ya tenían que haber desaparecido de mi vida hace varios años atrás.

El yo-interior se lleva las manos a la cabeza, acomodándose las ideas.

—¿Por qué siguen aquí? Más importante, ¿por qué sigo hablándoles? —pregunta el yo-interior mirando hacia la mesa, triste y manteniendo las manos sobre la cabeza.

Al escuchar la inquietud, “el comandante” se recarga en la mesa; hace a un lado su cuchillo para luego quitarse los lentes de sol, acomodándolos junto a su Bowie.

La memoria comienza a hablar, dirigiéndose con el jefe del grupo.

—Hace varios años, vimos una famosa película animada; y de hecho tenemos esa misma película en DVD, aquí en la casa. En el inicio de la película, el protagonista principal, toda su familia y todos sus amigos tienen que huir de su hogar para salvar su pellejo. Llegan a las alcantarillas, pero el protagonista principal se queda muy rezagado. Se pierde en el laberinto de las cloacas hasta que llega a una zona segura. Se queda completamente solo, y lo único… lo único que tiene a la mano, es un libro. Empieza a hojearlo, hasta que una ilustración de un señor le empieza a hablar. Luego de conversar unos segundos, el protagonista principal le hace la misma pregunta. “¿Por qué estoy hablando contigo, sí eres la ilustración de un libro?”. Prácticamente, tendría que darte la misma respuesta que la ilustración le da al protagonista principal. "Perdiste a tu familia, a tus amigos; estás solo".

—Yo no he perdido a mi familia… todavía —dice el yo-interior, bajando los brazos y apoyándose en la mesa.

—No hemos conversado para nada con los familiares paternos en muchos años —interrumpe el lado femenino—. Recientemente solo has hablado con tu primo Felipe, y solo porque se ha unido a las comunidades webs de escritores. Ya subió el segundo tomo de su novela. Los únicos con quienes convivimos un poco son con la familia materna; y eso porque viven cerca y principalmente porque tus padres se mudaron cerca de ellos. Lamentablemente, no les platicamos mucho. Con tus hermanas tampoco platicas, y eso que una vive con nosotros y la otra se mudó a otra colonia. Nuestra relación con mamá es buena, pero… tampoco hablamos mucho con ella.

—A mis padres solo les interesa como me va en mi trabajo diario de empleado de mostrador. No tienen el más mínimo interés acerca de lo que escribo; especialmente ya sabes quién —contesta el yo-interior, poniéndose más molesto.

—Deberías de olvidar esos malos pensamientos que tienes de tu padre. Es el que más consejos te da —dice el lado femenino, un poco melancólica.

—¡Sí claro! Y siempre termina diciendo que soy un fracasado y que todo lo hago mal. Cada vez que creo que hice algo bien, me echa en cara lo pendejo que soy y que debería dedicarme a otra cosa.

—Si lo piensas fríamente… tiene mucha razón. Hemos escrito varias historias, y no son novelas cortas. Hace tiempo que publicamos nuestro primer libro, y… y… y… —La anti-conciencia mira por todos lados, diciendo sin parar esa penúltima letra del alfabeto.

Se levanta de la silla.

Da una vuelta en su lugar.

Vuelve a sentarse para terminar con el enunciado.

—Y no ha pasado nada de nada. Que sorpresa, ¿verdad? —dice la anti-conciencia, muy sarcásticamente—. A estas alturas, ya deberías de haberte dado cuenta de que algo estás haciendo mal. Si crees que estás ejerciendo bien la profesión de ser escritor, perdóname, pero tu papá tiene toda la razón del mundo. Con permiso, pero ya me dio sed ―dice la anti-conciencia, tomando agua de un vaso que ha salido de la nada.

Nadie dice una sola palabra, desviando la mirada hacia abajo.

—No tengo familia —murmura el yo-interior.

—Y casi no tenemos amigos —dice el niño interior.

La anti-conciencia escupe toda el agua que tenía en la boca, escapando una buena cantidad de líquido por la nariz.

—¡Jajajajajaja! ―empieza a carcajearse la anti-conciencia―. ¡Jajajajaja! ¡¿Casi?! ¡¿CASI?! ¡Jajajajaja! ¡¿Escucharon lo que dijo?! ¡¿Escucharon?! ¡Jajajajaja!. ―Les pregunta a sus compañeros con la risa encima.

—Compadre ―llama tranquilamente la conciencia a su amigo.

—¡Estás exagerando bastante, niño Carlos! ¡Jajajaja!

—Compadre ―insiste la conciencia.

―¡No tenemos a ningún amigo! ¡Jajajaja! ¡NINGUNO! ¡Jajajaja!

―Fiorello ―llama una tercera vez la conciencia, un poco exasperado.

—“Casi no tenemos”. ¡Jajajaja! “Casi no tenemos”. ¡Ay dios! ¡Jajaja! Si somos el claro ejemplo de ese famoso meme: Fore…

‘¡POW!’

Ya harto, la conciencia le propina un buen golpe en plena cara a la anti-conciencia, usando el dorso de su puño izquierdo.

La silla cae hacia atrás, junto con el cuerpo del sujeto que mide dos metros y cinco centímetros de alto. Las risas se apagan y el cuerpo de la anti-conciencia (mejor conocido como Fiorello Evangelos, de veintiocho años) rueda varios metros en el suelo.

Se incorpora en un segundo, llevándose una mano a la cara.

—¡Aahh! —grita el sujeto, sintiendo mucho dolor—. ¡Mi nariz! ¡Aahh! ¡Mi nariz!

Fiorello sale rápidamente del cuarto.

—Muchas gracias —le dice el yo-interior a la conciencia.

—De nada. De nada —responde la conciencia, dejando su cabeza al descubierto.

Desde que entró al cuarto, la conciencia (que tiene por nombre Abihu Edznah) tenía puesta una capucha que es parte de una túnica de mangas largas, totalmente de color blanco. La prenda de vestir le llega a los tobillos. Una soga gruesa se ajusta en la cintura. De calzado usa sandalias altas doradas.

Mide dos metros y diez centímetros. Su edad aparente, es de veintiséis años.

—Detesto cuando se comporta así —dice Abihu, arreglándose su largo cabello lacio, color gris bastante claro, casi blanco.

Sus ojos están en blanco; sin pupilas ni iris.

Se queda recargado en la mesa, manteniendo la vista al frente.

Los cuerpos de la conciencia y anti-conciencia están en su peso ideal, llenos de músculos marcados.

Segundos después, vuelve a entrar Fiorello. Se ha cubierto la nariz con un pañuelo de papel; antes era blanco pero ya comenzó a teñirse de rojo.

Enojado, la anti-conciencia vuelve a sentarse en su lugar.

—Para la próxima, aunque sea grita: ¡AHÍ VA EL GOLPE! —grita Fiorello directamente a la oreja de la conciencia—. ¡Carajo! ¡Me rompiste la nariz! ¡Aahh! ¡Igual que las otras veces! ¡Aahh! —Se queja la anti-conciencia, cerrando los ojos e inclinándose levemente hacia atrás.

—No hagas eso. Tienes que inclinarte hacia adelante. —Le indica el cerebelo al herido.

Después de mirar de reojo al “Dr. Sabelotodo”, Fiorello se aleja un poco de la mesa, e inclina su cabeza un poco hacia delante.

—Mira —dice la conciencia.

Hace una respiración profunda y voltea hacia el yo-interior.

—Es nuestro deber seguir escribiendo. Hemos vivido por más de treinta y tres años. De que hemos desperdiciado nuestra vida o hemos tenido experiencias que nos fortalecieron, es un tema completamente aparte; y la verdad, a mi parecer, es una conversación banal y sin sentido.

—Son situaciones que ocurrieron y no puedes hacer nada para cambiarlas… bueno, estoy hablando de los errores —complementa el cerebelo.

—Las experiencias positivas son las que más guardo ―interrumpe la memoria―, para saber que hicimos bien.

―¿No guardas las experiencias negativas? ―indaga el yo-interior.

―¿Para qué quiero yo las experiencias negativas? ―inquiere “el comandante”, con cara de extrañeza―. Lo que guardo, son las lecciones de esas experiencias. Es más importante recordar lo que se aprende, que los sentimientos negativos que sufrimos. Además, el que se encarga del feo trabajo de guardar sentimientos negativos, es el chillón de allí.

Asegura la memoria, señalando a Fiorello.

―Tiempo atrás, te diste cuenta de algo muy importante. ―Le dice la conciencia al yo-interior, volteando al segundo siguiente con otro compañero―. ¿No es así “comandante”?

La memoria mueve la cabeza, afirmando la interrogante.

—Por favor, explíquenos ese detalle.

―Después del terrible error de abandonar los estudios, estuviste vagando de trabajo en trabajo ―empieza a hablar “el comandante”, dirigiéndose con el yo-interior. Para mala suerte y en varias ocasiones, adoptamos la forma de vivir de los llamados “Ninis”. Gracias a la benevolencia de tus padres…

―Y mayormente a la bondad del padre de los cielos ―interrumpe la conciencia, señalando hacia arriba.

―Pudiste salir de esa forma de vida, lo que nos permitió enfocarnos en el “a que nos vamos a dedicar” ―retoma la palabra “el comandante”.

―Aún no tomamos esa decisión. Solo creo que soy escritor ―habla el yo-interior―. Mi padre dice que soy un buen pizzero.

―Eso es lo que tú crees, y ese es el punto fundamental de encontrar la vocación correcta ―asevera la conciencia con una sonrisa.

―Las experiencias laborales o talentos adquiridos, son muy diferentes a los talentos innatos de cada quien. Eres un buen pizzero, porque trabajaste durante varios años en una pizzería. También sabes lo básico de la música, y ahora estamos aprendiendo sobre la atención al cliente ―toma la palabra el cerebelo, mejor conocido como el doctor Frederich.

―Lo que difiere los talentos adquiridos de la verdadera vocación, es el sentimiento de felicidad y gozo que sientes al realizar esa labor en específico ―comenta Ariadna—. Tendrás días buenos, malos, maravillosos y terribles; pero… reitero nuevamente, PERO NUNCA te cansarás de realizar esa actividad o ese trabajo. Siempre querrás hacerlo, a pesar de que estés enojado o deprimido.

—Apenas estás empezando con esta nueva vida; eres lo que se conoce como “un artista en ciernes” —explica la conciencia.

―Son buenos consejos y palabras de aliento, más no me han respondido la pregunta que hice desde el principio ―comenta el yo-interior, todavía desanimado.

―Tienes que seguir escribiendo, porque es tu vocación. Lo sabes muy bien, al igual que todos nosotros. En mi opinión personal, es el llamamiento que el Señor estaba guardando para ti, desde el día de tu nacimiento ―comenta muy feliz la conciencia.

―¿Siempre tienen que ser tan melosos? Voy a terminar vomitando… ahora que lo pienso… fue bueno que rompieras mi nariz, así vomitaré todo por la boca ―dice Fiorello, volteando levemente con Abihu.

El yo-interior se queda callado, meditando en la respuesta.

―La verdad, es que me estoy cansando de que todo siga igual. No quiero decir que ambiciono fama o riquezas; pero un poco no caería mal… o… no sé si es porque todo va muy lento. Hay tantos proyectos almacenados, que quiero escribirlos todos al mismo tiempo —supone el yo-interior.

—Con respecto a lo primero, hay una frase que aprendimos de una caricatura, hace años —comenta la conciencia.

El yo-interior voltea con la memoria, esperando escuchar esa frase.

—Él no la sabe —asegura la conciencia, para luego dirigirse con Fiorello—. Compadre, dile la frase a la que me refiero. Y no me refiero a las decepciones ni a las expectativas; que de eso ya sabe él perfectamente.

—“Regla número uno: nunca… eehh… compres tiempos compartidos” —dice la anti-conciencia, dirigiéndose con el jefe.

Abihu se lleva una mano a la cara, deslizándola lentamente para abajo, mostrando una cara molesta.

—¡Esa es la frase del abominable hombre de las nieves! ¡La otra! —exclama Abihu.

“No es lo mismo, te repito el trato a te retrato el…”.

‘¡POW!’

Veloz como un relámpago, Abihu le conecta un uppercut a Fiorello, mandándolo a volar directamente hacia arriba, enterrando su cabeza en el techo.

—Y se supone que este es el gilipollas que tiene la sensación del Déjà vu —masculla la conciencia, todavía enojado.

—¡Aaaahhh! ¡Ya me acordé!

Se escucha la voz lejana de la anti-conciencia.

Segundos después, el cuerpo de Fiorello cae duramente al piso, seguido de un montón de escombros.

El tipo se sienta en su silla, quitándose tranquilamente el polvo y unas cuantas piedras pequeñas de sus hombros y cabello. Tal parece que se ha recuperado de la nariz, ya que el sangrado se ha detenido. El papel ensangrentado que tenía en una mano, se ha caído durante su corto viaje de ida y regreso.

Voltea con el yo-interior, diciéndole seriamente.

“No tienes que hacer tus deberes, esperando recibir halagos o recompensas; tienes que hacer tus deberes, simplemente porque tienes que hacerlos”.

—Y nuestro deber es escribir —dice la conciencia.

El yo interior se queda callado, meditando en la lección aprendida.

—Luego dicen que las caricaturas no enseñan nada —comenta el cerebelo, mirando la pantalla de su laptop.

—Algunas más que otras; en especial las que solo encuentras en internet. Esas sí que enseñan bastante —comenta la anti-conciencia muy feliz.

—¿Te refieres a las que luego veo a escondidas… quiero decir, quiero decir; ¿las que VES en las noches? ¿Por qué yo no puedo verlas? —inquiere el niño interior, aparentemente muy nervioso.

—Porque no son para… ¡¿QUÉEEE?! —exclama la conciencia, muy sorprendido.

—Continuemos, continuemos —habla serenamente Fiorello, tomando la palabra—. Con respecto a lo segundo, debemos de tomar con calma la situación. Lo mejor es concentrarnos en un proyecto a la vez. Así avanzaremos más rápido y podremos revisar mejor la trama para hacerla más interesante.

El silencio que emerge, permite que la serenidad llene el cuarto.

―Entonces… creo que es todo por el momento. La junta ha terminado ―dice el yo-interior.

―Debemos de distraernos por unos momentos. Tanto trabajo puede estresarnos de más ―opina el cerebelo.

―¿Podemos ver una película? Tenemos varias que quiero volver a ver ―dice el niño interior, para cambiar de idea a último momento. Su nerviosismo se ha esfumado―. O podríamos jugar un videojuego.

―Lo mejor es leer uno de los libros que tenemos ―comenta el cerebelo.

―Luego veremos; antes, tenemos que darle un consejo importante al yo-interior… y luego voy hablar seriamente con el niño Carlos ―asegura Abihu.

―¿Qué pasó? ―inquiere el líder del grupo.

―Sí tienes familiares. Ya hablamos más seguido con el primo Felipe, y debemos ayudarle para que mejore su novela de los Belkas. Solo hay que hablar más con los demás primos/as y tíos/as. En especial, tienes que mejorar la relación con tu padre; no tenemos mucho tiempo del que creemos ―asegura la conciencia.

―¿Cómo quieres que lo haga? No puedo hablar de nada con él. Lo que le interesa es el trabajo de medio tiempo que tengo o los videojuegos. Nada más. Quisiera platicar con él de mis proyectos de escritor, pero no va a escuchar ―asegura el yo-interior―. Solo habla de cosas malas. Ese es el problema.

―Ese es otro punto importante, y es lo que tienes que aceptar ―dice el lado femenino—. Tu padre es pesimista, amargado, enojón, desconfiado, quejumbroso y sus palabras son hirientes… pero no es una mala persona. Nunca ha sido una mala persona. Desde la primaria, no ha dicho una sola palabra para subirnos el ánimo; en cambio, nos ha dado consejos para enfrentar la vida. Debemos de empezar a escucharlo.

―¿No querrás decir que DEBIMOS haberlo escuchado? ―interrumpe la anti-conciencia―. Además, fue nuestra culpa de que acabara así. No quiero sacar todos los recuerdos de los errores que cometimos en la vida. Esos errores, son la causa de que su papá ya no tenga fe en él. Hasta el momento, no se ha tocado el tema en ninguna conversación, pero nosotros sabemos perfectamente que él es la oveja negra de su familia.

Asevera la anti-conciencia, señalando al yo-interior.

―Si quieres encontrar a más amigos, y saber mantener las verdaderas amistades, comienza con tu padre ―dice la conciencia, sin prestarle atención a las palabras de Fiorello. No va ser para nada fácil, y necesitarás de varios intentos. Necesitamos hacer las paces con el viejo.

―Lo intentaré ―dice el yo-interior―. Lo intentaré.

―Es mejor intentarlo que no hacer nada ―dice la conciencia. No puede ser tan malo en comparación de la vida que tengo yo. A diario tengo que soportar las estupideces que dice y hace este imbruto ―dice la conciencia, señalando con el pulgar a la anti-conciencia.

―¿Quién? ¿El niño interior? ¡Pues que quieres hacer! ¡Es un niño! ―comenta Fiorello, sin entender nada de nada. ¿O te refieres a la memoria? Porque en las últimas semanas se ha vuelto más despistado. Obvio no te refieres al lado femenino. ¿O sí? No ha dicho ninguna tontería últimamente. Solo cuando la visita el tal Andrés, dice inco… ¡Un momento!

Exclama la anti-conciencia, volteando enojado con la conciencia.

—Aquí es cuando digo que el lado femenino es una tarada cuando la visita el tal Andrés y tú me pegas.

—¿En serio? Porque lo acabas de decir y no te he tocado —dice Abihu con pasividad, jugando inocentemente con los dedos de sus manos.

—Bueno —dice Fiorello, volteando hacia el frente, hacia una de las ventanas—. Es bueno no recibir gol…

‘¡POW!’

Interrumpiendo al grosero, Ariadna le da una fuerte patada con sus zapatillas rosas a Fiorello, en plena cara, desde la izquierda. Ella se apoya en la mesa para no caer.

El yo-interior y el niño interior se han levantado de sus sillas, dejándole libre el paso al lado femenino.

La patada tumba a Fiorello de su asiento, justo detrás de la silla de la conciencia.

―¡Ahí va el golpe! ―grita la conciencia, manteniendo su vista en sus manos, que están sobre la mesa.

―Baboso ―dice enojada el lado femenino, regresando a su lugar.

Lentamente, la anti-conciencia vuelve a sentarse en su silla, apoyándose en el mueble plegable todo el tiempo.

―Compadre. Te recuerdo… que tienes que gritar… antes de que llegue el golpe... prego ―comenta Fiorello, enojado.

―Ahora, ¿qué vamos a hacer? ―inquiere el niño interior mientras bosteza.

―Ya es tarde. Hay que dormir ―dice el cerebelo.

― Estaba pensando esperar otro mes o dos meses, para juntar más dinero y publicar el primer libro de “Hallando a la familia adecuada”; aunque sea solo en formato digital ―dice el yo-interior―. Hay que buscar donde es una mejor opción. Bueno, hasta mañana.


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Con sueño, un extraño guarda el archivo sin acabar y apaga la computadora.

Apaga todas las luces y asegura la puerta.

Se acuesta en su cama y se tapa con las cobijas.

Es así como termina un día más de un escritor, que espera compartir plenamente su mundo y fantasías con otras personas.

Feb. 9, 2019, 4:05 a.m. 0 Report Embed 4
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