La Palabra Follow story

faustoc Fausto Contero

Una falsa acusación. Un suicidio. Una venganza que atraviesa las dimensiones. Una palabra que desata un horror inimaginable desde las profundidades del tiempo.


Horror Gothic horror All public.

#extradimensional #mitos #lovecraft #palabra
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LA PALABRA

Mis vacilantes pasos me dirigieron hasta este lugar de forma casi automática, incluso superando las órdenes de mi débil voluntad, que parece haber sido anulada por algo externo a mí, o quizás, que proviene desde regiones tan profundas de mi propia consciencia que ni siquiera yo podría alcanzar.


La húmeda calle está vacía, solamente es perceptible la presencia de la luz que se derrama desde los focos de los postes, tomando algo de solidez por acción del insoportable zumbido que emiten. Al caer, se rompe en incontables reflejos que se esparcen por el suelo mojado, agitándose tímidamente mientras su resplandor es absorbido por las sombras que se ocultan en los rincones.


Frente a mí, se encuentra un edificio de apartamentos. Solo son cuatro pisos los que separan a su cima del suelo, espacio ocupado por gruesas paredes en las que la vieja pintura que los cubre se desintegra con la lentitud de las horas en la forma de un fino polvo casi invisible, pero que parece cubrirlo todo.


Por instinto, mis ojos se posan en una de las ventanas, de las que emana una exigua luz rojiza, amortiguada por una gruesa cortina granate. Allí se encuentra ella: la razón de la desgracia que, como un infatigable virus sediento de caos, contagia a todo aquel que toca.


Escucho el murmullo apagado de la televisión en la forma de palabras que se vuelven incomprensibles mientras son deformadas por el aire que las conduce hasta mis oídos. Luego, un par de risas femeninas escandalosas, que suenan como una afrenta a mi estado actual. Aquellos detestables sonidos primales, desprovistos de armonía, más acordes con las gargantas de bestias sin raciocinio que se llaman unas a otras mientras se arrastran en las estepas, inflaman el odio que arde en mi interior, como una dolorosa llama que va consumiendo mis entrañas despacio.


Es por aquella mujer que mi entrañable amigo no pertenece ya a este mundo, por sus insanos deseos y pútrida conciencia, con la que es capaz de destruir incluso lo más sagrado con el único fin de llenar un poco el pozo infecto que posee por emociones. Sus oscuras pasiones la llevaron a encapricharse con Leonardo, quien, mostrando una moral que escasea en este corrompido mundo, fue inmune a sus osadas insinuaciones por respeto hacia su propia pareja sentimental. Pero aquella arpía no pudo conformarse con el rechazo. Blandió como una profana arma las cualidades propias de su género, pervirtiéndolas para lanzar una falsa acusación sobre su persona.


Y a nadie le importó si el crimen fue falso o verdadero. Las frases aprendidas, las lágrimas ficticias, los gestos de indignación cuidadosamente preparados para dar forma a una absurda comedia, calaron en las débiles mentes que el engaño infestó como un parásito, despertando el primitivo deseo de despedazar, de pisotear, de herir de la forma más vil, quizás guiados por el estúpido anhelo de ascender en una imaginaria escala social.


De nada valió que después de un vergonzoso proceso en el que su reputación fue dañada por palabras afiladas y ponzoñosas, las autoridades desestimaran el caso. El terrible perjuicio ya había sido hecho, y nada de lo que se hiciese podría resarcirlo. Y así fue que una noche, superado por el injusto escarnio, ahogado por la sensación de impotencia para vencer con la verdad al monstruo de falsedad y mentira que se abalanzaba hacia su nombre, decidió acabar con su propia vida.


No pude hacer nada por evitarlo. Al menos tengo la conciencia limpia para decir que luché a su lado cuanto pude, llegando incluso a romper una que otra mandíbula en el desespero que me provocaba no poder detener aquellas sierpes venenosas que algunas personas tenían por lenguas. Pero, ninguna palabra que salió de mi boca pudo ayudar a sostener su voluntad frente a la adversidad. Era como si tratase de asir algo que ya no estaba allí, que se había sublimado entre mis dedos en un descuido.


Cierro mis puños con fuerza. Seguramente a ese súcubo no le importó el final de su víctima. Y así lo parece, puesto que su inexistente conciencia no le impide reír como una loca ante cualquier sinsentido que observa en la televisión.


Quisiera poder tomarla con fuerza entre mis dedos, y que mis uñas penetren su carne delicada, mientras escupo todo lo que siento entre sus espasmos de dolor. Deseo desollarla de aquel disfraz que muestra al mundo, y que todos vean la inmunda criatura que en verdad es. Mientras esta fiebre de sangre dilata las venas de mis sienes, incrementada por la dolorosa presión que me provocan mis dientes apretados, aquella presencia extraña empieza a empujar desde el interior de mi cabeza. La siento revolotear, golpearse contra las paredes internas de mi cráneo como una polilla enloquecida, deslizarse entre mis neuronas tratando de encontrar una salida al exterior… Presa del pánico, intento contenerla, sofocándola con mis propios pensamientos, creando ataduras mentales que la mantengan prisionera hasta el momento adecuado, aunque cada vez es más extenuante y el esfuerzo va consumiendo, me parece, incluso mi propia cordura, desde el día en que todo empezó.

 

Y ese día corresponde a la fatídica noche del suicidio de Leonardo. Ajeno a los últimos momentos de mi amigo, me hallaba dormido con una extrema pesadez, que fue afianzándose con cada segundo que pasaba. Sumido en una inconsciencia antinatural, experimenté una rara ensoñación en la que sentí que mi mente se disolvía en un inmenso océano de vibraciones que chocaban unas contra otras en espacios ajenos a nuestra realidad, mientras me fragmentaba y recombinaba mis pedazos en miles de formas diferentes. Aún puedo recordar la desesperación de estar a la deriva en un abismo para el cual el ser humano no estaba hecho, sintiendo cómo el vacío se adhería a cada una de mis fibras, cómo la propia oscuridad de una dimensión donde la luz nunca existió, se arremolinaba sobre mi disperso ser, licuando mi esencia en una caótica espiral de entropía que amenazaba con aniquilar hasta el último de mis átomos.


Sin embargo, en un momento tomé conciencia de que me hallaba en otro sitio. Sentía el duro y frío suelo bajo mis pies desnudos, trasmitiendo a través de mis plantas la textura rugosa propia de la piedra. Una peculiar luminosidad brotaba desde el interior de las paredes de lo que parecía ser una cueva o gruta. La roca a mi alrededor tenía una extraña apariencia cristalina, aunque muy opaca, de tal manera que la débil luz azulada que emanaba apenas permitía dar un atisbo de lo que se encontraba ante mí.


A unos pasos, distinguí a Leonardo. Me miraba desde un rostro extremadamente pálido, aunque pudo ser un efecto del resplandor presente, con los ojos muy abiertos sin parpadear ni una sola vez. La visión de sus pupilas dilatadas y en las que se agitaba algo como una temblorosa chispa, me amedrentó, aunque me dispuse a seguirlo cuando me hizo una señal con su mano. Quise hablarle, pero me era imposible producir sonido alguno.


No puedo decir por cuánto tiempo estuvimos deambulando por aquel interminable pasillo pétreo, solo soy consciente que, a medida que avanzaba, un conocimiento fue asentándose en mi mente, como si de algún modo que superaba mi entendimiento humano, lo fuese absorbiendo desde una intangible fuente. Aquella cavidad en el interior de la cual posaba mis pies, se encontraba a miles de kilómetros por debajo de la superficie de la tierra, habiendo sido formada hace millones de años, época desde la cual se encontraba tan aislada que ni el aire ni el agua nunca habían tocado sus rocas cristalinas. El sentimiento de hallarme en un lugar jamás hollado por ser vivo alguno, además de su inconmensurable antigüedad e inimaginable profundidad, me provocaban una angustiosa opresión en el pecho que incrementaba con cada segundo, y, sin embargo, mis piernas no detuvieron su andar detrás de mi amigo.


Llegamos a un punto en el cual la gruta se hacía mal alta, dando lugar a varios conductos que se perdían en la oscuridad. Leonardo se detuvo frente a la pared que nos cortaba el camino, e invadido por un asombro difícil de cuantificar, pude ver que sobre esta se encontraba una enorme plancha de piedra verduzca en la cual habían sido tallados una multitud de caracteres para mí desconocidos. El horror se apoderó de mi cuerpo entero, pues me quedé inmovilizado ante la visión de esa antediluviana estela, mientras cientos de preguntas se arremolinaban en mi mente. ¿En qué era perdida de la historia del planeta pudo haber sido tallada aquella escritura? ¿Y qué clase de criaturas lo hizo, eones antes de la aparición del primer ser consciente?


Cada músculo de mi cuerpo empezó a temblar con desesperación ante aquellos pensamientos que amenazaban con destrozar mi capacidad mental, al mostrarme un mundo que estaba fuera de todo cuanto consideraba lógico y natural. Los perfiles de aquellos caracteres se presentaban ante mis ojos contradiciendo todo cuanto tenía por cierto, hasta el punto que mi memoria se negó a guardarlos, por cuanto me es imposible describirlos, y quizás, eso sea lo mejor para mí, y el mundo.


Con pasmosa apatía, mi amigo levantó su brazo derecho y posó su mano sobre un conjunto de aquellos jeroglíficos. De inmediato, sus formas tuvieron un muy leve sentido para mí, y sentí que una voz que no era del todo audible leía aquellos símbolos formando una palabra. Me es demasiado difícil explicar las sensaciones que aquello me produjo, pues fue como si mi propia mente, guiada por un atávico instinto de supervivencia, ahogara el sonido impidiendo que sea reproducido en mi cabeza. Sin embargo, tenía la sensación de que aquello había sido introducido profundamente en mi cerebro, como si me hubiese sido implantado a través de alguna perversa cirugía.


La voz sin sonido quemaba entre mis pensamientos, extendiendo su corrosión a través de mis nervios, poseyendo mi ser, apoderándose de mi conciencia que luchaba con ferocidad por no verse dominada. Sentía que de un momento a otro explotaría, y sin fuerzas, caí desvanecido mientras lanzaba una última mirada hacia la expresión impasible de Leonardo.


Desperté en mi cama, bañado en sudor helado y con un dolor de cabeza de tal potencia que tuve que ser atendido en un hospital a través de fuertes medicamentos que no lograban calmarme del todo. Fue durante aquella estancia que me enteré de la muerte de mi amigo.


Tardé mucho en asimilar este trágico hecho del todo, entre la acción de los sedantes que me administraban y el sentimiento de caer en la locura en cualquier momento, agravado por la sensación física de tener algo extraño al mundo dentro de mi cabeza. Fue durante los días posteriores a mi salida del hospital cuando noté que conocía el plan de Leonardo tal como si lo hubiese creado yo mismo, al menos la parte que a mí me correspondía. También, me invadían sentimientos de impotencia, rabia, hastío y tristeza que no provenían de mi propio ser… de alguna manera mi amigo, con su muerte, me había trasmitido algo de su tormento, que aún vivía en mí.


Respiro profundo. Sé que el momento está llegando. Pronto, aquella criatura mental que he estado gestando desde hace días saldrá de mi interior, lo quiera o no, y mientras menos me resista, menos daño me hará.


Cuando los latidos de mi corazón aumentan en potencia y velocidad, los contornos de aquella palabra impía, que ninguna lengua humana podría imitar, se vuelven cada vez más nítidos, y los arcaicos símbolos se van dibujando en el límite de mi subconsciente. La presión en mi cabeza crece de forma desmedida, provocándome sufrimiento, así que fijo mis ojos en la ventana de la cortina roja.


Separo mis labios temblorosos, como para permitir que modulen lo que sea que daba salir de ellos, y me abandono a aquello que pulsa en mi encéfalo, soltando cualquier resistencia, entregándome sin reserva a la aniquilación, si esta debe darse. La palabra emerge ferozmente lastimando mis neuronas y como un ente incorpóreo, atraviesa los huesos de mi bóveda craneana. La siento vibrar a mi alrededor, al chocar sobre los objetos que me están más cercanos, a pesar de que ni en mis cuerdas vocales ni en mi boca hubo el más mínimo movimiento.


Mis piernas pierden su fuerza, y caigo de rodillas aún aturdido por la angustiosa experiencia. La vista se me torna borrosa, y veo titilar las luces de la calle y del edificio. Un par de gritos emitidos por gargantas femeninas, desgarran el silencio con tal tono de pánico que provocan en mí una descarga de adrenalina. Los chillidos callan súbitamente cuando el vidrio de la ventana estalla en mil pedazos.

No me quedo para mirar qué es lo que sale de allí, apenas logro percibir un movimiento por el rabillo del ojo que dispara una corriente eléctrica en mi cuerpo, obligándolo a incorporarse y correr a toda prisa.


Atravieso como un loco las calles vacías, conteniéndome para no gritar, maldiciendo a Leonardo por haberme utilizado de esta manera, como el portador de una criatura proveniente de dimensiones prohibidas que quiso usar para su venganza. Sé que no estoy pensando bien, pues mi actividad mental se ha convertido en una profusión desordenada de recuerdos, voces, fantasías y miedos que ascienden y descienden impulsados por un remolino de demencia.


Cuando mis piernas arden por el esfuerzo realizado, me meto en un callejón, desplomándome detrás de un contenedor de basura, sintiendo como mi respiración y frecuencia cardiaca se han salido de control casi por completo. Me atrevo a mirar a la calle, con la convicción de que lo que sea que haya liberado no necesita mirarme para saber que estoy allí, pues ha estado en mi cabeza y me conoce demasiado bien.


Las luces de los postes cercanos se oscurecen. Una enorme sombra se proyecta sobre el asfalto, mostrando perfiles cambiantes cuyas formas son imposibles de reconocer por la mente humana. Al fin, el delgado hilo que sostenía mi cordura se rompe, y antes de hundirme en un estado de catatonia general, un último pensamiento aflora con ironía, como una postrera burla a mi frágil naturaleza mortal. Ahora sé lo que significa la sentencia bíblica: Y la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros…

Feb. 7, 2019, 7:14 p.m. 12 Report Embed 13
The End

Meet the author

Fausto Contero Ecuatoriano, bioquímico farmacéutico y terapeuta alternativo. Aficionado a la lectura y la escritura, especialmente del género narrativo de fantasía, ciencia ficción y terror, especialmente el cósmico, como el de H. P. Lovecraft.

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Omar Castro Omar Castro
Un relato envolvente en trama y atmósfera. Se nota que estudias a los clásicos.
April 2, 2019, 12:07 p.m.

Marcela Valderrama Marcela Valderrama
Siempre me gustan tus finales. Además los textos tan inmersivos y escalofriantes. ¡Sublime!
Feb. 21, 2019, 11:27 a.m.

  • Fausto Contero Fausto Contero
    ¡Muchas gracias Marcela por tu comentario y tu reseña! Me alegra que percibas aquello que quise transmitir Feb. 21, 2019, 8:36 p.m.
Ivan A. Ivan A.
Interesante. Me gustó
Feb. 14, 2019, 8:16 p.m.

Frank Boz Frank Boz
Creo que ya es una costumbre que tus relatos me terminen gustando, puesto que tienes una... paciencia para sembrar la duda en el lector. Sos muy bueno para transmitir esa sugestión hacia el terror, lo he notado en otro de tus relatos, creo que te lo dije. Además de la inspiración de los padres del género como Poe, Machen, London o Dunsany, se nota. Deberías enviar tus cuentos a alguna revista o editorial Fausto. Te felicito por el tremendo relato hermanzo!!
Feb. 7, 2019, 5:58 p.m.

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Frank, me siento muy honrado por tus palabras, gracias por ese ánimo que me trasmites. No se me ha presentado la oportunidad de publicar, pero quizás algún día. Feb. 12, 2019, 4:28 p.m.
Luis Rafael Luis Rafael
Compañero, tienes mucha, pero mucha calidad literaria. Tu forma de escribir, de narrar, de contar al detalle cada cosa y cada suceso, brutal! Bravo, Fausto.
Feb. 7, 2019, 2:55 p.m.

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Gracias Luis, es un gusto recibir tus palabras de ánimo. Feb. 12, 2019, 4:26 p.m.
Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Como te dije en privado, un excelente relato, imperdible para los amantes del terror y la locura!
Feb. 7, 2019, 1:53 p.m.

  • Fausto Contero Fausto Contero
    Muchas gracias amigo, me alegra que te haya gustado Feb. 12, 2019, 4:25 p.m.
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