El cantar de Aradia Follow story

cora_escribe Cora Escribe

En las distintas regiones de Kaia existen unos seres de grandes poderes llamados guardianes. Solo personas excepcionales de cada región son capaces de comunicarse con ellos y de transmitir los mensajes a los mortales, haciendo que la convivencia entre seres y elementales esté equilibrada. Pero… ¿Qué ocurre cuando este equilibrio se ve roto? Este relato, junto a otros, forman parte de las historias y fábulas de Kaia.


Short Story All public. © Attribution-Noncommercial-No Derivative Works 2.5 Spain

#fábula #cuento #Sabias #agua #ondinas #mitología #Kaia #fantasía #fantasy
Short tale
14
1595 VIEWS
Completed
reading time
AA Share

EL CANTAR DE ARADIA

Dicen que en la región de Gurges, si paras a escuchar el sonido del viento que proviene de las cumbres tormentosas, puedes llegar a escuchar la voz de Aradia cantar. No todo el mundo es capaz de oírla. Sólo aquellas personas que son de corazón noble pueden. También la sabia de la región, Uiara, quien no solo la oye, sino que se comunica con ella. Gurges se sitúa al extremo norte de Kaia. Es una zona muy fría y húmeda, por lo que los inviernos son aterradores si no tienes un techo y un fuego con el que resguardarte.

Uiara se había levantado esa mañana con ánimos de darse un paseo invernal matutino. A pesar de que el ambiente era gélido y de que caían copos de nieve enormes, quería disfrutar de la sensación de frío en sus manos. Siempre le había gustado notar esa frescura en la piel, incluso antes de llamarse Uiara, cuando aún era una niña como cualquier otra. Antes de que el destino quisiera que fuera la sucesora de la sabia de la región.

Al salir del caserío, al lado del río Benevent, vio que el agua se movía de forma extraña. Como molesta. No era muy normal que se moviese así. Como si quisiera quitarse algo de encima. Así que, dentro de su plan de paseo, añadió la tarea de seguir investigando. Los árboles, sin hojas, parecían bronquios que se extendían hasta el cielo, como queriendo tocar las nubes grises que amenazaban con ventisca. El camino había sido despejado gracias a los vecinos, que siempre se encargaban de retirar los metros de nieve que podían llegar a caer en esa región. Pero aún así, pese a la limpieza y la sal, uno debía tener especial cuidado de no caerse, pues las piedras heladas del camino habían roto más de una pierna.

Siguiendo el inquieto Benevent, Uiara no tardaría en saber qué era aquello que ocasionaba tal malestar a los elementales de agua, las Ondinas. En el cruce de caminos, junto al río, se encontraban tres muchaches, dos niñas y un niño dos años mayor que ellas. Estaban lanzando guijarros contra el agua, por pura chiquillada.

–¡Ahora tú, Helga!  –chillaba con fascinación la más pequeña.

Helga, que tenía una trenza de color azabache larga como un día sin pan, cogió otro guijarro y lo lanzó, pero éste se hundió.

–¡No sabes lanzarlos! –dijo con tono burlón la pequeña, quien parecía su hermana.

–¡Cállate Noah! ¡O le diré a mamá que te comiste las galletas!  –se quejó.

Noah le sacó la lengua, como si no le importase que se chivara. La sabia se acercó a ellos, pues no era buena idea que les niñes lanzaran cosas al río, ni era buena señal que el agua se quejara tanto. Una de las cosas más importantes que se debe aprender desde bien pequeños es a respetar la naturaleza y sus elementales. De lo contrario, su ira podría llevarles a la destrucción más absoluta. Uiara lo sabía muy bien.

–¿Nadie os ha enseñado que lanzar cosas al río está mal?

Les tres muchaches se sobresaltaron al oír la voz de la sabia. Se giraron y dejaron caer de golpe y porrazo todos los guijarros al suelo. Un silencio y una tensión que podían cortarse con un cuchillo hicieron acto de presencia.

–Pero solo son guijarros, maestra…  –Intentó excusarse el niño mayor, Dex–.

–No importa, estáis molestando a los elementales del agua. Se están quejando –y señaló al río.

Les tres muchaches miraron al unísono, pero no vieron nada más que agua correr. Helga, quién miró a la sabia de forma escéptica, se atrevió a coger otro guijarro. Uiara, lanzó una mirada severa sobre ella. La niña se puso en posición para lanzarlo, tanteando los límites y mirando si podía sobrepasarlos o no.

–¿Y qué va a ocurrirnos? ¿Nos van a castigar?  –dijo riendo, mientras tiraba el guijarro con ira en el agua.

Para sorpresa de elles, allá donde el guijarro se había hundido, se formó un violento remolino que hizo que el agua de ese tramo del río salpicara por todas partes, dándole una bofetada en la cara a Helga y lanzándola contra el suelo, como señal de advertencia. La niña se puso en pie corriendo y empezó a llorar muy asustada. Noah y Dex se apartaron muy deprisa del borde del río, que parecía enfurecido.

–¡Ay, pequeña! ¡Nunca subestimes el poder de las Ondinas! Quizá no las veas, pero ellas a ti sí. Ya os he dicho que no debéis molestar a la naturaleza, nunca  –y con la túnica enjugó la cara de Helga cuanto pudo–. Deberíais venir a casa, así podré secarte esa ropa y ese pelo y podréis almorzar algo. Tengo algo que explicaros.

Les cuatro se encaminaron hacia el caserío de Uiara, el más alejado de todo el pequeño pueblo desperdigado de Wettingham. Era un casal de dos pisos, hecho de piedra de distintas tonalidades. Las puertas y las ventanas estaban hechas de madera recia, las cuales aislaban el frío implacable del invierno en Gurges. La puerta principal era muy grande y tenía los picaportes de hierro forjado. Al entrar, a les niñes les vino un fuerte olor a especias. Olía a canela, cardamomo, nuez moscada, miel… el aire era picante y dulzón.

La leña de la chimenea que había en el fondo del salón ardía con intensidad, tiñendo el salón de color naranja. El calor abrazó a los invitados nada más entrar por la puerta.

–Helga, querida, acércate a la chimenea. Los demás, sentaos cerca de ella. Os traeré bizcocho y algo de leche.

Les niñes corrieron a sentarse en aquellos cojines de tela, tejidos por la propia Uiara. Ella no tardó en volver con las provisiones. Les niñes se abalanzaron hacia la bandeja como pequeñas hienas hambrientas.

–¡Más despacio! ¡Ni que os mataran de hambre vuestros padres!  –gruñó la sabia mientras fruncía el ceño–. Hay algo que debo explicaros, para que no cometáis el mismo error y no corráis peligro con los elementales.

Helga, quien se estaba quitando el frío del cuerpo con las llamas de la chimenea volvió a burlarse.

–Los elementales pueden hacernos daño si estamos cerca del río o del pantano. ¡Fuera del agua no son nada!

Uiara se puso muy seria. Un recuerdo doloroso le punzó en el pecho.

–Te equivocas completamente. Vuelves a subestimar el poder de los elementales  –explicaba mientras se sentaba con dificultad en una silla–. Os voy a explicar la historia de cómo dos hermanas y un pueblo entero casi acaban muriendo por molestar a las Ondinas.

La sabia captó la más absoluta atención de les niñes.

–Hace muchísimos años atrás, dos hermanas se encontraban cerca del cruce donde estabais vosotres. La hermana mayor lanzó al río una camisa harapienta que llevaba en los brazos y la pequeña le insistió en que la cogiera y la lanzara donde tocaba, pues se tenía que preservar la naturaleza y la sabia de entonces les explicó que las Ondinas podrían enfadarse y buscar venganza. La mayor no hizo otra cosa que reírse y decir que eran supercherías aquello que la sabia le había contado. Así que casi arrastras, se llevo a la pequeña a casa, sin recoger aquello que había tirado.

»Aquella noche y durante las tres siguientes, la pequeña se despertaba a media noche con su manta empapada, como si alguien la hubiera mojado arrojando un cubo de agua. Ella creía que podían ser las Ondinas, que buscaban al culpable, así que decidió contárselo a su hermana mayor. Ésta, lejos de entrar en razón, le dijo que en realidad ella se había orinado en la cama y que solo lo decía para asustarla. Nada más lejos de la realidad, aquella misma noche volvió a ocurrir, pero ésta vez, vio unas huellas mojadas que la guiaban hasta fuera del caserío.

»Decidida a disculparse en nombre de su hermana, cogió la capa y, colocándose las botas, salió a la helada y húmeda calle. El farolillo que portaba iluminaba el camino nevado y un pequeño trozo de río que corría por su lado apaciblemente transportando el agua que bajaba de las cumbres borrascosas. El aire cortaba la cara de la pequeña como cuchillas de afeitar, estaban unos cuantos grados bajo cero en aquella hora. Caminaba despacio, el viento y el hielo de la calle dificultaban sobremanera la marcha de la criatura. Recorrió un par de caseríos más, con su buena distancia entre ellos, hasta vislumbrar en el río la camisa que su hermana había lanzado. Como si la estuviera esperando bajo la luz de la luna.

»La chiquilla se acercó más. De repente, se dio cuenta de que no estaba sola. Alguien más la estaba observando desde el agua. Inquieta, intentó llegar hasta la camisa con una rama, pero de alguna manera esta se alejaba cada vez que intentaba cogerla, como si huyera. Una voz le dijo: “jamás la cogerás así”. La niña dejó la rama y se quedó paralizada. De las profundidades, salieron cuatro figuras de muchachas jóvenes, algunas con pieles de color azul y otras verde, eran las Ondinas. Los dedos de las manos eran ligeramente palmeados y sus orejas puntiagudas; sus cabellos, largos y con distintos colores. La risa que ella escuchaba hacía que quisiera ir hacia dentro del río, como si la estuvieran hipnotizando. Una de ellas se acercó un poco y le dijo: “tienes que meterte en el agua si quieres recoger esto” mientras tocaba con sus dedos la camisa. La pequeña, inocente, accedió y, cuando colocó los pies en el agua, estos se le anclaron en el fondo del río. Las Ondinas, mientras reían, empezaron a subir el nivel del agua, recriminándole que habían cometido un grave error al lanzar la camisa. Iban a castigarla.

»Cada vez notaba más cómo el agua le llegaba al cuello de forma peligrosa. No pudo evitar gritar el nombre de su hermana, quien había salido a buscarla al ver su cama vacía. Al presenciar la escena, fue directa hacia ella para ayudarla a salir, pero se dio cuenta de que tenía los pies enganchados. La pequeña le dijo que las Ondinas estaban enfadadas por lanzar la camisa en el río. Su hermana empezó a sentir miedo, pues notaba que había algo más con ellas, pero no conseguía ver qué era.

»El aire empezó a soplar fuerte y la pequeña oyó la voz de una mujer susurrando. Las Ondinas se pusieron en alerta y se fueron alejando hacia el fondo del río, como si hubieran oído un toque de queda. Fue entonces cuando el nivel del agua bajó y la mayor consiguió sacarla. La muchacha comenzaba a tener la piel de color azulado y tiritaba de forma violenta, así que le colocó su capa y la llevó a cuestas sobre su espalda. “Eso te pasa por ir a buscar algo que ni siquiera es tuyo” le espetó.

»“Tienes que recoger la camisa, por favor, han sido ellas… están enfurecidas”. Su hermana se enfadó y le volvió a recriminar que las Ondinas no existían más que en la mente de la sabia, que solo se había enganchado el pie en una de las rocas y que el nivel del río subía de vez en cuando si llovía mucho en las cumbres; aunque, de camino a casa, la mayor miró hacia las cumbres y no vio rastro de nube alguna.

»Durante los días siguientes, la pequeña oía la voz de Aradia cantar cuando el viento arrecía. Sabía que había sido ella quien la había salvado de una muerte segura. Y escucharla, según la sabia, no era buen presagio, pues cuando la guardiana de Gurges canta, suele ser para apaciguar el agua de los ríos y pantanos; en definitiva, para calmar los elementales furiosos. Ella sabía que las Ondinas no les habían perdonado. Temía otro ataque por culpa de la testarudez de su hermana… y así fue.

»Una semana más tarde, las Ondinas, en su sed de venganza, subieron el nivel del río de manera catastrófica. Este se desbordó y cogió por sorpresa a todos aquellos que vivían al lado del mismo. Esta vez, las Ondinas descargaron toda su furia, asegurándose de que la causante de ensuciar el río desapareciera para siempre jamás. Los padres hicieron que las niñas subieran a la buhardilla, pues el nivel del agua estaba aumentando con mucha rapidez y no entendían qué estaba pasando con el río.

»Las chiquillas gritaban a sus padres para que subieran deprisa por la escalera de la buhardilla, pero algo invisible a los ojos de todos, excepto de la pequeña, les cogió por los tobillos y los arrastró hacia dentro del agua. Las hermanas gritaron histéricas sus nombres, pero nadie salió. La menor arrastró a su hermana hacia la buhardilla, donde podían salir por la ventana que daba al tejado. “Las he vuelto a ver, eran ellas. ¡¿Me vas a creer de una vez?!”. La hermana mayor solo pudo ponerse a llorar, acurrucándose en una esquina de la buhardilla. La pequeña, con lágrimas a los ojos imploró perdón a Aradia y a las Ondinas de parte de su hermana.

»El agua comenzaba a salir por la trampilla y la hermana mayor, presa del pánico, abrió la ventana para escapar juntas. De repente, el agua dejó de subir y la música se hizo. El canto de Aradia estaba devolviendo el agua a su cauce y reparaba el daño que había originado la ira de las Ondinas de forma innecesaria. Las hermanas se miraron con los ojos muy abiertos. Esta vez ambas oían cantar a la mujer.

»Las dos salieron por la ventana hacia el tejado y vieron una figura femenina resplandeciente que salía del agua. Tenía los brazos abiertos hacia arriba y cantaba una canción que parecía una nana. Las Ondinas aparecieron frente a ella y ésta las castigó severamente mientras iban desapareciendo por no haber acatado sus órdenes. Cuando todo volvió a la normalidad, Aradia miró hacia el tejado del caserío. Las dos hermanas se abrazaban, contemplándola con una mezcla de asombro y miedo. Era una mujer de tez morena, con una marca en forma de media luna que le recorría desde la ceja derecha hasta la mejilla. Su pelo era ondulado y de un fuerte azul eléctrico, con destellos plateados.

»La hermana mayor, que se puso a llorar, pidió perdón desde el corazón y prometió no volver a enfurecer a los elementales. Aradia asintió satisfecha. A pesar de que la mayor no había creído en su existencia, la guardiana estaba para proteger a todo el mundo de su región. Sin distinción. Cuando la mayor se marchó, la pequeña y Aradia sostuvieron la mirada. “¿Nos volveremos a ver?” le preguntó. La guardiana le susurró en algo que parecía una suave brisa de verano “Muy pronto”. Y desapareció.

Los niños estaban tan enfrascados en la leyenda que ni siquiera habían mojado más bizcocho en la leche.

–Es por ello que debemos respetar siempre la naturaleza. Los elementales no están para hacernos daño, nosotros tampoco. Debemos saber vivir en armonía –terminó de explicar.

Helga se quedó muy callada, mirando el bizcocho que tenía entre las manos. El fuego había secado por completo su ropa y su pelo. Acabaron de almorzar y se despidieron de la sabia, iniciando el camino de regreso a casa. Sin embargo, Helga se giró.

–¿Por qué debería creerte?  –preguntó con cara muy seria.

Uiara sonrió.

–¿Y por qué no, pequeña?

La chiquilla se quedó unos segundos pensativa y sonrió. Como si alguien le hubiera dado la respuesta que buscaba, siguió andando con cuidado hacia les demás. Al llegar al cruce, hizo que todes parasen y cogió campanillas de invierno.

–Antes de ir a casa… debemos pedir perdón a las Ondinas. ¿Venís?

Les dos asintieron y se pusieron une al lado de otre, frente al río. Se disculparon por herir a los elementales y prometieron no volverlo hacer nunca más. Tras un minuto de silencio, lanzaron las flores como ofrenda a las Ondinas y vieron cómo el agua, con aparente calma, las transportaba. Noah y Dex se pusieron en marcha, pero Helga se quedó mirándolas, pensativa, hasta que le pareció vislumbrar unas manos que recogían las flores y las hundían. La niña se quedó muy quieta, asimilando lo que creía haber visto. Pensó que eran imaginaciones suyas hasta que, al darse la vuelta para ir con los demás, escuchó claramente la risa de las Ondinas desde el río. Ella se giró de nuevo y se despidió, marchándose sin mirar atrás.

Con un susurro, una mujer dijo desde las montañas borrascosas: <<Hasta pronto, Helga.>>

¿Y tú, has escuchado alguna vez a Aradia cantar?

Feb. 1, 2019, 5:27 p.m. 9 Report Embed 10
The End

Meet the author

Cora Escribe Vine de sorpresa en el mundo y así me he quedado. Curo y cuido a la gente por vocación y profesión y también dibujo y escribo siempre que puedo. Agente doble 24h del día. Todas mis obras está registradas en Safe Creative.

Comment something

Post!
H Hamlett
Excelente, felicitaciones! Te invito a leer mis historias
3 weeks ago
Ángela R. Ángela R.
¡¡Quiero más!! Aradia me ha recordado a una de las típicas ilustraciones que hace una amiga, no sé porque. Está muy currado y es fácil imaginarse a los personajes. Y la portada hace juego con la ambientación gélida jeje
Feb. 1, 2019, 12:50 p.m.

  • Cora Escribe Cora Escribe
    ¡Habrá más! me alegra saber que te ha gustado a tí también Ángela ^^ Feb. 1, 2019, 12:54 p.m.
Aijin Hache Aijin Hache
Por un ratito me he teletransportado a Kaia ^^
Feb. 1, 2019, 12:27 p.m.

  • Ángela R. Ángela R.
    Me ha pasado lo mismo jajaja Feb. 1, 2019, 12:50 p.m.
  • Cora Escribe Cora Escribe
    <3 Espero transportaros a Kaia las veces que queráis ¡Siempre seréis bienvenides! Feb. 1, 2019, 12:53 p.m.
Vic Del Castillo Vic Del Castillo
Me ha gustado muchísimo el relato, en serio. Me ha parecido súper intrigante la historia del canto de Aradia. Es un buen relato para acercarte al mundo que estás creando ♥.
Feb. 1, 2019, 11:48 a.m.

  • Cora Escribe Cora Escribe
    ¡Muchas gracias Vic! <3 me hace mucha ilusión que te haya gustado, la verdad. Feb. 1, 2019, 11:50 a.m.
~