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LA SEÑORA BLANCA

La canción sonaba con reiterado frenesí hasta convertirse en un ruido frenético, que me obligaba a tomar mi celular y verificar quien se había atrevido a despertarme poco antes que dieran las seis de la mañana. 

 

-¡No, no puede ser! La señora Blanca me ha dejado un mensaje de voz, recuerdo el día en que su hijo me condujo a su casa para que le realizara unos trabajitos sencillos de plomería, poco antes que  el sufriera el vuelco de su automóvil, una mañana brumosa de invierno, en la ruta once, en el partido de la costa bonaerense, que le costara su vida. El y su perro quedaron atrapados en el interior del auto, antes de estallar en llamas. Nada pudieron hacer para rescatarlos con vida de ese infierno.

 

No creo que nadie se hubiera ocupado de darle semejante noticia a una mujer de tan avanzada edad, que de hecho quedo viviendo en soledad a la vera del mar.

Tendré que pasar temprano por su casa, para ver si necesita mis servicios, que no solo eran de plomería, que era mi especialidad, sino que se extendían a trabajitos elementales en todo hogar como podría ser el hecho de cambiar una lamparita. La mayoría de las veces, no le cobraba ni un centavo, considerando su condición y sus escasos recursos.

 

-Señora Blanca. A que debo su llamado a tan tempranas horas.- Le preguntaba a la anciana, devolviéndole su llamada.

 

-Mire señor, lo de siempre, ya estoy cansada de tener problemas con el agua caliente, no puede ser que no me pueda dar un baño. Usted  viene y a las semanas vuelvo a tener el mismo problema. Pareciera que me está tomando el pelo.- Me rezongaba la mujer como si yo no estuviera ayudándola gratuitamente.

 

-Quédese tranquila, que ya voy a su encuentro y veo que puedo hacer, con ese temita. – Corte la comunicación antes que me lanzara una nueva oleada de advertencias y epítetos, habituales en ella, y me dispuse a dirigirme a su departamento.

En realidad, el trabajo que debía hacerse en su hogar era de envergadura ya que debía cambiar toda la cañería de la casa, reponer el calefón y la mayor parte de las canillas ya que estaban casi totalmente obstruidas por el alto contenido de salitre que las napas freáticas de la costa arrastran hacia el interior de las mismas, adhiriéndose y formando una amalgama de sales carbonatadas ferrosas que van con el correr del tiempo tapando absolutamente todo lo que pretenda contenerla o dirigirla.

El elevado costo de la obra en cuestión hacia imposible el hecho que la pobre mujer, con su escasa pensión, pudiera abonarlo y yo tampoco disponía de divisas para andar haciendo caridades.

 

Estacioné mi auto frente a la casa de Blanca sabiendo que ejecutaría una labor casi rutinaria.

Es decir, le bajaba el calefón, le introducía acido decapante en la serpentina, lo dejaba un día actuar y por la noche se lo instalaba nuevamente, aparte me encargaba de destapar la cañería de su baño y cocina, con aire comprimido, para aliviar un tanto la arteriosclerosis de los caños, sacándole algunos pedacitos de incrustaciones salitrosas que obstruían la misma. No era solución obviamente, las napas cada día empeoraban  en la zona y la pobre anciana me llamaba más seguido para que le efectuara el ritual.

 Me volvió a llamar a la semana, más enérgicamente, en esta oportunidad a las cuatro de la madrugada y así sucesivamente a lo largo de estos últimos meses, cada vez más asiduamente y últimamente insultante.

Si bien  Blanca no hallaba la solución en mi, era la única persona que al menos acudía a sus llamados, comprendía su situación y hacia caso omiso a sus berrinches y ella agradecía  eso, a su manera, tratando de no cortar la relación “laboral”, que nos unía.

 

-¿Sabe que? ¿Voy a entablarle una demanda, escucha?  Hablé con mi abogado, no puede ser que en tanto tiempo usted no allá podido resolver mi problema.- Me increpaba la señora Blanca en un tono más subido que otras veces.

 

- Quédese tranquila señora ya voy para su departamento, no se haga mala sangre, por favor.- Le decía mientras me disponía nuevamente a llegarme hasta su morada.

Después de escuchar los reproches habituales, me dispuse una vez más a desconectar el calefón para iniciar el ritual casi semanal que la situación imponía. En verdad no sabia como negarme, no podía humanitariamente negarme a prestarle la mínima asistencia a la anciana por más que tuviera que soportar sus malos tratos y sus llamadas a deshoras.

Hasta que un hecho fortuito totalmente inesperado dio un vuelco a esta tediosa situación.

Resultó que cada vez que insuflaba aire en la cañería, un perro, seguramente habitante en otro piso del edificio, ladraba desesperadamente. El ruido ocasionado en un edificio prácticamente vacío al parecer era percibido por el animal, ocasionando sus persistentes ladridos.

A modo de broma, se me ocurrió la idea de decirle a la anciana, algo que no esperaba, ni deseaba que hubiera tenido la consecuencia que les paso a narrar.

 

-Señora, venga escuche…Esto no tiene arreglo pues usted tiene un perro en la cañería.-Con lo cual, la anciana empalideció y se acercó a escuchar con atención.

 

-Lo escucho, si que lo escucho, tiene razón es Terry, el perro de mi hijo, deben estar por llegar muy pronto. Gracias, por avisarme, no sabe usted los años que esperaba este momento, por favor deje todo así como está no quiero que mi Terry se asuste o se lastime.- Me pedía la anciana, apartándome del sitio con su mano temblorosa.

 

-No, señora espere…-Tratando de explicarle mi humorada.

 

-No señor, por favor instale el calefón, ponga la cañilla con cuidado para que Terry no se asuste, si ve gente extraña, no querrá acercarse y váyase, le estaré agradecida por siempre.-Me replico la señora mitad enérgica, mitad suplicante.

 

-Pero…-Solo atine a balbucear, pues sabia que lo dicho, dicho estaba y no existían formas de explicárselo.

 

-Vaya buen hombre, Usted ha hecho mucho por mi y yo he sido muy injusta con usted, vaya amigo en paz, cualquier cosita lo llamo.- Me pedía encarecidamente la añeja mujer.

 

-Bueno discúlpeme.-Atiné a decir mientras me retiraba de su domicilio.

 

El tiempo pasaba y no volví a recibir ningún mensaje más de la anciana, cosa que me extrañó. Una tarde decidí pasar por  su domicilio, dado que su silencio me inquietaba más que sus llamados. Golpeé la puerta de su departamento y nadie me respondía, la mujer me había dejado las llaves de su vivienda, por cualquier emergencia ya que a pesar de los enojos que le ocasionaba me tenía confianza.

Procedo a abrir la puerta, mientras la llamaba por su nombre, pero nadie respondía, recorro el departamento hasta que me topo con la puerta del baño, al abrirla veo en la bañera a Blanca semi sumergida en la misma yaciendo sin vida, con una sonrisa en su rostro. Por el piso del baño, se podían ver las huellas aún mojadas de dos personas que se dirigían a la salida del departamento, rodeadas por huellitas de patitas de perro, que los acompañaba hasta la salida del edificio.

 

La causa fue caratulada como muerte dudosa, pasaron dos años de ese luctuoso suceso en el cual quedé seriamente involucrado por tener las llaves de su departamento, quizás por poseer un perro cuyas huellas dijeron, los letrados, ser semejantes a las encontradas. O quizás porque la humanidad tiende a descreer en ciertas manifestaciones de corte netamente espiritual al igual que descree de la buena voluntad de las personas.

Jan. 29, 2019, 11:10 p.m. 0 Report Embed 2
The End

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