La caída de Alejandría Follow story

eqsaenz E. Q. Saenz

Volvió a observar aquella sonrisa sobre la hoja y se preguntó si estaría burlándose de ella. No tenía ojos para mirarla pero aún así podía percibir aquella presencia con todos los sentidos puestos en ella, era una sensación opresiva, aquellas manos pesadas sobre sus hombros y el aliento de aquella sonrisa sobre su nuca, un aliento frío y húmedo.


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Tienes que devolverlo

El teléfono en su bolsillo vibró. Estaba tan concentrada en su lectura que casi saltó de la silla por sorpresa. Observó al frente de la clase, buscaba la mirada de la profesora para asegurarse de que no estuviera puesta en su dirección. Desbloqueó la pantalla y se fijó en el nombre del remitente: era Kai, otra vez.


Tienes que devolverlo.


Katrina puso los ojos en blanco, llevaba toda la mañana diciéndole lo mismo y ya se estaba cansando. Volteó la mirada hacia la otra esquina del salón hasta encontrarse con la mirada de su hermano, igual de insistente que su mensaje. Le hizo una mueca frunciendo el ceño y la nariz con un «Ya lo sé» entre labios. No obstante, ambos sabían muy bien que aquello no significaba mucho viniendo de su parte o su hermano ya hubiera podido estar más tranquilo con aquel dilema que tenían entre manos.


Regresó la mirada al libro que tenía sobre su regazo, el volumen por el que tanto habían discutido. Volteó la segunda página, esta vez con cuidado y sin cortarse con el papel que era tan fino como resistente a pesar de lo viejo que parecía ser. No entendía nada de lo que tenía escrito pero de todos modos pasaba la mirada por cada una de las palabras para intentar descifrarlas. En cualquier caso, siempre terminaba más interesada en los dibujos: Hombres altos, delgados y de color negro por la tinta con la que habían sido dibujados, uno en cada página, en diferentes posiciones. Quizá si pasaba todas las páginas rápidamente lo vería bailar como en un folioscopio. Le parecía muy bonito en un principio, pero cada vez lo notaba más alto y esquelético y menos humano, con unos dedos más largos que sus propias manos. Podía imaginar esas manos rodeando su cuello, frías y pesadas.


El sonido de una hoja siendo arrancada irrumpió en el silencio de la clase. Levantó la mirada y buscó de qué mesa había provenido, al igual que los demás, pero se encontró con que ellos miraban la suya. Todos los ojos de la clase estaban sobre ella. Intentó tragar saliva con dificultad, pero al final no pudo, se le quedó atrapada hasta el fondo de la boca, como si su garganta ya estuviera bloqueada por algo más. La profesora venía en su dirección y no tenía idea de lo que había hecho para merecer tanta atención. Enderezó la espalda y se acomodó hacia adelante para mantener su libro oculto bajo la mesa.


La mujer, de unos cuarenta años y con el cabello recogido, se detuvo frente a su pupitre con ambas manos sobre la cintura esperando una explicación. Pasaba la mirada del rostro de Katrina al libro sobre la mesa, el de historia, el que sí debía haber estado leyendo junto al resto de la clase. Cuando se fijó en ese ejemplar notó que le faltaba una página, la cual, por el borde roto que quedaba, tuvo que haber sido arrancada. Pero ella no había sido. Y en ningún momento vio a alguien más acercarse para hacerlo. Mantuvo la mirada fija en la profesora, luego en sus compañeros, en su hermano, y en la mujer otra vez, con los labios entreabiertos intentando buscar una explicación y ahogándose en el pánico al no encontrar ninguna.


Ese ahogo se fue convirtiendo en un golpe de náuseas. Sintió las arcadas que sacudían su cabeza en espasmos, se sostuvo del borde de la mesa con ambas manos y lo dejó salir. Hubo un eco de sonidos y miradas de asombro y de asco por parte de todos, pero no por haber visto a una compañera vomitar en público, aquello no era restos de comida ni líquido, a excepción de un poco de baba, era una bola de papel. Por el color y las ilustraciones que llegaban a notarse era más que obvio: era la página arrancada.


Katrina jadeaba aún algo mareada y bastante confundida. Oía la voz de su profesora de forma distante junto a algunas risas. Algo de «volverse el payaso de la clase y comerse la tarea». Pero lo que sí comprendió fue que había quedado castigada. Eso no le importó, a quien realmente hizo enfadar esa situación fue a su hermano; sus planes de irse directo a casa a devolver el libro estaban arruinados.

Jan. 26, 2019, 5:46 p.m. 0 Report Embed 4
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