Sueño Escarlata Follow story

eri Erika Lozano

Victoria pudo haber estado muy segura de cientos de cosas en su vida, pero eso fue antes de despertar en una extraña playa con un tormentoso dolor de cabeza y la sensación de haber caído del cielo. Tras recordar el preludio de su pesadilla, que es más real de lo que desearía pensar, Victoria se ve obligada a buscar respuestas concretas de su aparición en aquel mundo de reyes, caballeros y espadas. Y también la manera de lograr salir de ahí. Quizás atravesar una dimensión fue relativamente fácil la primera vez, mas el camino de vuelta podría estar lleno de enredados obstáculos que la podrían llevar a enfrentarse cara a cara con un destino no imaginado, a desentrañar acontecimientos distorsionados de su pasado y a conocer el amor de una manera que jamás pensó. © Todos los derechos reservados.


Fantasy Not for children under 13.

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Capítulo 1. Bienvenida a la desesperanza

Sentía mi cabeza estallar; el dolor era tan intenso que no podía pensar con claridad.

PUM.

PUM.

PUM.

Punzadas iban y venían al ritmo de un tambor.

Insoportable.

La centellante luz que golpeaba mis párpados cerrados intensificó el, ya de por sí, intolerable dolor. Me hice un ovillo y contuve las ganas de llorar. Las piernas me aguijonearon y sentí la piel arder. Unos minutos después, cuando mi letargo empezó a desvanecerse, pude escuchar el sonido de olas y notar el aroma a sal que arrastraba el viento. Mi ceño ya estaba fruncido —por el dolor—, pero se arrugó más cuando fui golpeada con agua fría; tosí un par de veces, escupiendo la que me había entrado por la nariz.

Desconcertada, abrí los ojos y me senté sobre mis rodillas, no entendía que estaba ocurriendo, no podía pensar con claridad. La radiante luz del sol me cegó por unos momentos, luego manchas de colores entorpecieron mi vista, segundos después la imagen se volvió más y más nítida y más y más irreconocible. El horizonte estaba frente a mis ojos, cortando la Tierra en dos partes desiguales. El cielo estaba tan celeste y brillante que lastimaba mis ojos y el mar tenía un tono de verde que nunca antes había visto y que jamás hubiera pensado que podría tener, suave como el jade y al mismo tiempo oscuro como una esmeralda, creando espuma blanca cuando las olas se estrellaban contra la orilla de la playa.

Sostuve mi cabeza con ambas manos, por las punzadas, cada vez más frecuentes, y porque necesitaba estar segura de que no la había perdido esa mañana; esto simplemente no podía ser real, era imposible que yo estuviera ahí. 

Mientras más intentaba razonar, más se acrecentaba el dolor, se me pusieron llorosos los ojos, me mordí la lengua y arañé mi pierna, intentando distraer el dolor con más dolor, irónico, pero útil. Ni siquiera cuando me quebré la muela, en primer semestre, había sufrido tanto. Mi boca tembló como la de un bebé cuando solté el aire que estaba reteniendo, al escuchar como contenía mi propio lamento, mis lágrimas por fin fluyeron. 

Dolía tanto y no sabía por qué. Ni qué estaba pasando porque mi casa jamás había tenido vista a la playa sino a la plantación de cañas. ¡Ni siquiera había playas cercanas a Valles! Habría que salir del estado para poder ver el mar.

Las olas de nuevo me alcanzaron, el agua estaba fría, muy fría. El dolor no se iba. Y, para empeorar algo que no debería ser empeorable, la gravedad me comenzó a empujar hacia el suelo, el cuerpo me tembló y hormigueó como si miles de insectos caminaran directo bajo mi piel en cien direcciones diferentes.

   —Si esto es un sueño, por favor déjame despertar ya —lloriqueé, forzando a mi cuerpo a no caer.

Algo se deslizó detrás de mí. Escuché pasos apresurados hundiéndose en la arena y chapoteando en el agua, el ruido fue tan fuerte, como si hubiera amplificadores en mi cabeza, que todo dio vueltas. Mareada y apenas pudiendo enfocar, vi hombres aparecer frente a mí, estaban vestidos con trajes que podrías imaginar para una película de época, donde las princesas esperan por su primer y único amor. Guinda y blanco y oro cubrieron mi visión. Apreté los ojos, más segura de que estaba soñando y más molesta conmigo por permitirme sentir dolor incluso en estos momentos en los que todo debería ser dulce confort.

   —En el nombre del rey Abdo de Fredisia te ordeno implorar por piedad y revelar tus intensiones hacia este reino.

Fruncí el ceño. Eso no había sido español, ¿verdad? Y lo había entendido, ¿verdad? Apreté los ojos con más fuerza, queriendo que todo desapareciera ya. Nunca había odiado tanto dormir como en esos momentos. ¿Cómo es que antes apenas y podía recordar un poco de mis sueños y ahora estaba lúcida dentro de uno? ¿Qué tenía que hacer para despertarme? Pensar en querer hacerlo no estaba ayudando en nada.

   —Tu resistencia no servirá de nada. Las manos en la espalda. Ahora.

Quise girar un poco la cabeza, encontrar a quien con monotonía intentaba amenazarme por… No sé por qué. ¿Intensiones hacia el reino? ¿Qué intenciones? ¿Resistencia? ¿Cuál resistencia? ¿De qué iba todo? El dolor no me dejaba concentrar.

Apenas pude mover un centímetro la cabeza, violentamente alguien estiró mis brazos hacia mi espalda. Metal caliente mordió mi piel, aferrándose a ella. También por la fuerza fui puesta en pie, incluso aunque me tambaleé pusieron grilletes alrededor de mis tobillos. Con brusquedad innecesaria —de verdad innecesaria— me giraron apartando mi vista del horizonte, estuve a punto de caer de cara al suelo, pero alguien me detuvo con un brazo.

Alce la vista.

Tragué saliva.

¿Quién eres?

Mi cabeza dolió más, las ganas de llorar golpearon mi corazón y lo observé alejarse sabiendo que no era la primera vez que lo veía.

¿Quién eres?, volví a repetir en mi mente. Ni siquiera era necesario verle el rostro, su cabello escarlata, su espalda ancha… Yo lo conocía, ¿de algún otro sueño?

 

   Tropecé más de una vez en el camino hacia un enorme castillo de torres como prismas, estaba tan cansada y dolorida. No caí ni una sola vez gracias al musculoso que caminaba junto a mí, sosteniéndome desde que me pusieron en pie por primera vez y cada que las piernas me fallaron. Seguía repitiéndome que debía despertar al mismo tiempo que me mantenía siguiendo ese brillante punto escarlata que andaba muchos metros por delante.

Un par de pasos antes de llegar a una amplia y, aparentemente, infinita escalinata, las imágenes borrosas que tenía del paisaje comenzaron a ser golpeadas por oscuridad hasta que todo desapareció por completo.



   Era sábado. El día anterior habíamos salido de vacaciones por Semana Santa y ese día celebrábamos, Valeria y yo, nuestro aniversario de amistad.  Por supuesto que teníamos un aniversario, cualquier amistad normal debería de tenerlo. Más bien cualquier amistad verdaderamente especial, como la nuestra.

Arturo pasó por mí en la mañana y me llevó a la joyería para recoger el regalo para Valeria. Nos compró un pastel de chocolate y cerezas. Yo amo las cerezas, Vale el chocolate. ¿El mejor novio del mundo? Por supuesto, Arturo lo era.  

Comimos pizza casera que mamá nos preparó y jugamos póker y domino cuando Valeria llegó. Tuvimos que incluir a Valentín, porque se quejó con mi mamá de que no lo dejaba jugar; tan consentido como si tuviera cinco. Después de soplar las velitas del pastel y pedir nuestros incumplibles deseos, abrimos nuestros regalos.

Valeria quiso medir el tamaño de su sonrisa. No pudo.

   —Perfecto como para nunca quitármelo —dijo.

Inmediatamente se puso el guardapelo nuevo y de su bolsa sacó el viejo; lo quebró cuando por accidente se cayó por las escaleras en la escuela, afortunadamente no se fracturó nada, esa vez.

   —¿No les da asco tener cabello viejo de la otra? —preguntó Valentín con todo el gesto de que a él sí.

Puse los ojos en blanco, ¿por qué los hermanos menores siempre tenían que ser tan fastidiosos? A veces no entendía por qué estaba obligada a tolerarlo. Compartir sangre no parecía suficiente.

    Quise llorar cuando vi el regalo que Valeria me hizo, porque era tan especial que el mío pasó a ser completamente insignificante en comparación.

Era un espejo de mano. Pero no cualquier espejo; este parecía idéntico al que mi papá prometió regalarme cuando fuera mayor; sin embargo, no tuvo oportunidad de verme crecer y el espejo desapareció como si jamás hubiese existido. Sonreí en lugar de llorar, el tiempo inevitablemente cura las heridas y mi papá siempre prefirió mis sonrisas a mis lágrimas. Pasé las manos por el contorno anguloso y liso del espejo y después por los bordes del mango y la parte posterior al vidrio. Me sentí cálida por algún motivo e incluso pude escuchar la nana que tocaba la cajita de música que mi padre hizo habilidosamente para mí en compensación por todavía no poder darme el espejo que tanto deseaba. ¿Por qué no podía dármelo? No lo recordaba, pero estaba segura de que había una buena razón para eso. Él siempre tenía buenas razones para hacer las cosas. Ahh, mis ojos picaron un poco; herida curada o no, la añoranza de un recuerdo permanece.

Di la vuelta al espejo, prestando atención en cada detalle. Los símbolos que parecían una escritura alargada e inentendible; la luna geométrica atravesada por dos flechas, ambas en dirección opuesta; las pequeñas estrellas apenas visibles. No me acordaba si el espejo de papá tenía tantos detalles tan bonitos, pero me hacía feliz pensar que sí.

   —Gracias —murmuré conmovida. A cambio, recibí mi nombre en un susurro.

Entonces caí en la cuenta de que todo eso ya había sucedido. Abrí más mis ojos. Sabía cuál era el final y que no podía hacer nada para detener el transcurso de los eventos. Este sí era un sueño; uno inalterable que, si ya me estaba haciendo sufrir, cuando despertará con plena consciencia, lo haría más.

Lloré. Lloré como nunca lo había hecho. Era tiempo de ese trágico momento, de que el mundo cayera.

Quise moverme, pero mis pies estaban plantados con más determinación de la que había tenido en toda mi vida. Ni Valeria ni Arturo veían mis lágrimas, porque aquella vez no lloré como hacía ahora. Valentín ni siquiera nos prestaba atención, su concentración estaba en la pizza de extra queso y extra pepperoni. Tonto, no sabía lo que nos esperaba. Ninguno, en realidad, ¿quién podría si quiera imaginar que algo así podría ocurrir?

Me estremecí incluso antes de que pasara. La voz volvió a llamarme. Las palmas de las manos me ardieron como si las tuviera sobre una fogata y una gruesa capa de polvo oscuro, como tinta seca, se desprendió del ébano. Los símbolos se mostraron a mis ojos, en aquel entonces curiosos, con la nitidez necesaria para saber que jamás había visto algo igual. Aun así supe lo que decían.

Apreté la boca. No debía decirlo. No quería hacerlo. No quería que todo fuera real.

   —Este es el camino —murmuré en un idioma que no debería conocer.

Me mordí la lengua de inmediato, pero ya no había nada qué hacer.

Escuché por última vez el lejano llamado realizado por una voz irreconocible y, aun así, inolvidable. En cuestión de una centésima de segundo una luz escarlata estalló desde el espejo, cegándome. Mi madre gritó desde la cocina y sentí el cuerpo caer y flotar, siendo arrastrada hacia algún lugar. Apreté el espejo por instinto, aferrándome a él, y miré hacia abajo.

Abajo realmente era abajo y la lógica había desaparecido del mundo porque yo estaba siendo arrastrada por el césped, medio flotando medio restregándome en el suelo, hacia un torbellino gigante que se encontraba en medio de mi patio, la tierra se había abierto solo para él.

Alcé la vista al frente y vi a Arturo tirado en el suelo, sostenía con fuerza a Vale por las piernas, intentando no caer en el mismo destino que yo. Movió la boca mas no lo pude escuchar. Valentín estaba con la cara roja, sujetado a uno de los pilares del pórtico con toda la fuerza que sus flacuchos brazos le permitían. No parecía que fuese a resistir más.

Fui tragada y engullida.

Y en todo lo que pude pensar fue en que el torbellino me tomara como sacrificio y no devorara a nadie más.

Pero ya sabía de sobra que esto era como una demasiado evidente película estadunidense de verano. Por supuesto que yo no fui suficiente.

Valeria apareció frente a mis ojos en un parpadeo y sujetó mi mano. A ella la sostenía Arturo del tobillo, flotando un poco más arriba. Intentó seguir apretándome, pero sus dedos cedieron ante la presión del viento y la fuerza de gravedad. Estábamos descendiendo, como en el Kilauea, pero sin asientos ni arneses diseñados para asegurar que viviríamos.

Ahora estaba segura de que grité. Y lo hice con toda mi fuerza porque en ese momento sentí que, si no lo hacía, moriría. Esta vez intenté cerrar los ojos antes del fin y al mismo tiempo intenté retrasar ese momento; no había nada qué hacer.

Un violento golpe me mandó de regreso a la oscuridad.


   Nada mejoró cuando desperté. Había tanta oscuridad como si siguiera en la inconsciencia, a donde no sabía si deseaba regresar por el temor de repetir nuevamente ese absurdo sueño que, para mi pesar, sabía que había ocurrido realmente. Aunque deseara engañarme, conocía bien el sabor de la realidad. El dolor de mi cuerpo mitigó únicamente porque, peor que un dolor físico, era uno mental.

Mi mente estaba partida en dos.

De un segundo a otro pasé de estar preocupada por lo que ahora sabía a gritar tan fuerte que me lastimé la garganta. Desde niña odiaba los lugares pequeños y cerrados; me encogía del miedo y sentía náuseas. Justo eso me estaba pasando, dejé de distinguir mi llanto de mi sudor. Las paredes se me venían encima. El mundo intentaba matarme otra vez.

¿Por qué?

¿Por qué a mí?

¿Por qué a nosotros?

El pecho me dolió. Sabía que iba a desmayarme de nuevo y no lo quería. Tampoco deseaba estar ahí. Quería irme a casa, regresar en el tiempo, no sufrir.

¿Por qué está pasando esto? ¿Qué hice mal?

 

Jan. 21, 2019, 7:50 p.m. 3 Report Embed 6
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R. Crespo R. Crespo
Me ha llamado mucho la atención esta novela y por alguna razón he querido empezarlo. El principio es increíble, he podido sentir la misma confusión que la protagonista. Me has dejado con ganas de saber más sobre Victoria y lo que le pasará a partir de ahora.
3 weeks ago

  • Erika Lozano Erika Lozano
    ¡Holi, poli! Gracias por tomarte el tiempo y leer mi historia. Qué feliz me hace saber que te pareció increíble el inicio; fue de lo que más dolores de cabeza me causó, ¡los inicios son tan complicados para mí! Espero que sigas leyendo y que el desenlace te guste, ¡chokokissus! 3 weeks ago
  • R. Crespo R. Crespo
    Los inicios son un dolor de cabeza también para mí porque es lo que determina el enganche de los futuros lectores jaja. Te iré comentando cada vez que vaya leyendo ;) 3 weeks ago
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