Magarath Follow story

eqsaenz E. Q. Saenz

Biel se embarca en el misterioso Magarath, un barco fantasma que lo llevará hasta el Nuevo Mundo... Si sobrevive a las criaturas que también viajan en él.


Horror Not for children under 13. © Safe Creative: 1811078971500

#cuento #relato #lgbt #vampiros #misterio #horror #terror
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Magarath

Habían pasado dos noches a bordo, y la tercera ya no dejaba dormir más a Biel. Se encontraba inmóvil en una esquina, con la espalda pegaba a la pared y entre sus manos un pedazo de hierro que había encontrado, a la espera de la amenaza, del espectro que ya se había cobrado sus dos primeras víctimas, y no quería ser el siguiente.


Biel nunca fue un muchacho supersticioso, aunque conocía de primera mano el peligro de las calles donde vivía. Incluso cuando empezó a correr el rumor de un barco fantasma, uno que aparecía y anclaba sin avisar y desaparecía con el mismo misterio, no se dejó llevar por las historias de fantasmas, se centró en esa oportunidad de escapar. Nadie sabía qué transportaba o a quiénes, pero se decía que era un pase libre para quien más lo necesitara y se arriesgase.


Con el incentivo de su madre en el lecho de muerte decidió que no iba a soportar más de la pobreza de los barrios y los malos tratos que recibía su padre de los señores. Biel no lo dudó, tomó un abrigo de su padre y guardó las pocas pertenencias que poseía en sus bolsillos: el reloj que le dejó el anciano para venderlo al llegar al nuevo mundo y una diminuta imagen de su madre para acompañarlo en su travesía.


Un pequeño tumulto de personas se acumulaba en un callejón frente al muelle, familias nerviosas y algunos solitarios impacientes. Entre susurros se comentaba el desconocimiento de cómo lucía el supuesto barco fantasma, algunas voces alegaron su falsedad, pero se callaron al oír una voz que sobresalió con una palabra que rompió el misterio: Magarath. Era el nombre del barco a vapor que se hallaba en la zona más alejada del muelle con escasas luces que señalaban su existencia.


Silenciosos y vacilantes empezaron a andar, cada vez más temerosos de lo que se encontrarían, o peor, de que no se les permitiera la entrada. Ese temor solo los hundió al encontrarse con una figura de atuendo oscuro que cuidaba el abordaje. Bajo la sombra de su sombrero de marino se cernía la severa mirada de un capitán que daba la sensación de estar a punto de echarlos a todos del puerto. Pero no dijo nada. Solo observó al grupo con una frialdad que les helaba los huesos y, luego de un minuto que no parecía avanzar, dio un paso al costado, permitiendo el paso a la pobre gente esperanzada en un viaje que debía salvar sus vidas del infierno urbano.


Biel avanzó, sin dejar de observar, precavido, al silencioso capitán.


La entrecubierta era un lugar aún más húmedo y sombrío que las viejas calles, pero sin la menor brisa que los dejara respirar algo más que los olores humanos acumulados. Se encontró a otras personas que ya habían empezado el viaje poco antes que ellos, con la misma intención. Los nuevos pasajeros de contrabando se acomodaron en lo que sería su pequeño nuevo hogar durante varios días. Las condiciones eran pésimas, la comida era insípida y escasa, los desechos debían esperar a ser lanzados fuera; no muy diferente a la vida en las calles, pero allí no había escape más que a las profundidades del océano.


Uno de los pasajeros anteriores les había advertido que no deambularan por la cubierta, debido a los pasajeros de arriba, pero les daban algunas horas durante el día cuando la mayoría decidía descansar. Una vez se ocultaba el sol era obligatoria la estadía en la oscuridad, pues las noches en ultramar podían ser más peligrosas que en tierra. Sin embargo, algunos no quisieron escucharlo.


Una tormenta ensombreció la segunda noche de viaje, el barco se agitaba en todas direcciones y los pasajeros ocultos temían el choque de cada ola. Algunos enfermaron, otros solo empeoraron. Los ancianos no llegarían a tierra y esa noche se cobró su primera víctima: en un alejado rincón se extendía inerte una anciana, tan pálida como al momento de abordar pero más escuálida, como si le hubiesen robado la vida. Los pasajeros la habrían ignorado si no fuera por las heridas en su cuello, las que habían permitido que se desangrara con el poco líquido que quedaba en su cuerpo.


El temor solo aumentó al apagarse el tercer día y Biel decidió que no dormiría la noche siguiente. Si había algo en ese barco se iba a defender antes de ser su próxima víctima.


Habían llegado al ojo de la tormenta y todo era calmo. Las horas pasaron y el miedo terminaba de silenciar las voces, dormía a los niños en los brazos de sus madres y nadie se atrevía a abrir los ojos ante la pesadilla fuera de sus sueños.


Estuvo a punto de considerarse a salvo al llegar la madrugada, sus párpados ya le pesaban en la semivigilia, pero una sombra veloz lo despertó con sus pasos. Se apresuró y buscó a la figura entre los pasajeros. Lo único que encontró fue a un anciano con el semblante tranquilo a las puertas de la muerte.


Biel levantó el pedazo de hierro con el filo hacia adelante dispuesto a enfrentar a su pesadilla; las piernas flexionadas y los brazos tensos, esperando algún movimiento en la penumbra. Cuando lo vio corrió en su dirección hasta que escapó entre angostos pasillos hacia la cubierta. Estaba decidido a no perderlo y, cuando se fue acercando, lanzó con fuerza la barra de hierro.


La figura chocó contra una pared y cayó al suelo. En ese momento, débil, se volteó hacia Biel y lo que vio ante él lo estremeció. Unos ojos tan aterrados como los suyos y unos labios entreabiertos, jadeantes y cubiertos de sangre, sobre un rostro que jamás podría olvidar: El capitán.


Al más ligero movimiento Biel volvió a amenazar con el hierro, produciendo la inmediata respuesta defensiva del capitán al levantar las manos en señal de rendición.


—¿Qué ha sido eso? —exigió el muchacho sin soltar el arma sobre su cabeza—. ¡Los ha matado!


De inmediato el miedo del capitán se volvió pánico, llevó un dedo a sus labios pidiendo efusivamente que hiciera silencio y mirando a los lados en busca de otros. Hizo señas con sus manos para que se calmara en lo que se levantaba recostado contra la pared. Insistía en que guardara silencio mientras le pedía que lo siguiera.


Al encontrar el miedo en los ojos del monstruo, miedo por algo más que pudiese encontrarse en la cubierta, dudó por un momento si ese era el único espectro que habitaba el barco y si los rumores eran ciertos. Decidió seguirlo, oculto entre las sombras y los pasillos, sin soltar su única defensa, hasta llegar a lo que parecía ser su camarote.


Lo poco que se veía era iluminado por un par de velas, pero lentamente se fueron encendiendo otras en manos del capitán hasta dejar en mayor claridad los muebles cubiertos de papel, plumas, restos de cera y libros.


El capitán quitó algunos libros del diván e hizo un gesto para que se sentara mientras se acomodaba en una silla frente a la mesa y tomaba pluma y papel. Biel no se atrevió a sentarse, temía estar demasiado sucio para ese lugar, ser inapropiado para su posición. La habitación era brillante y bañada en colores de caoba, cuero y pergamino, con un olor limpio a cera y papel viejo. Temía incluso moverse un paso más hacia adelante cuando el capitán trató de entregarle un pedazo de papel. Aquel pudo notar su incomodidad y se lo acercó a las manos. Biel estaba confundido por ese gesto, pero tomó el papel y empezó a leer unas líneas rápidas pero marcadas con algunas manchas de tinta aquí y allá.


No debes estar en la cubierta de noche. Es peligroso.


Biel arrugó su rostro así como el papel en sus manos.


—¿Peligroso? —exclamó, mientras el capitán trataba de callarlo o al menos hacerlo bajar la voz con sus gestos—. ¡Usted es el único que ha asesinado a dos personas!


El mayor se retorcía las manos manteniendo la difícil mirada hacia el suelo, sacudía la cabeza en negación. Le arrebató el papel de las manos y se puso a escribir nuevamente, trazos ansiosos e impacientes que salpicaban la tinta hasta sus dedos.


No los maté. Ya estaban muriendo.


Fue lo que decía cuando se lo volvió a levantar frente a sus ojos, antes de volver a bajarlo y seguir garabateando.


Solo quise ayudarlos para que fuera rápido.


Biel tragó con dificultad al leer la última línea. No había manera de que se sintiera seguro ni dentro ni fuera de ese lugar. El barco estaba maldito como habían dicho y estaban atrapados en medio del océano. Empezó a sentir náuseas con el movimiento del barco y perdía el equilibro sin poder sujetarse de ningún lado. Unas manos firmes lo atraparon de los brazos antes de caer y lo ayudaron a dar unos pasos hasta dejarse caer en el sillón.


Lo próximo que sintió fue una mano fría sobre su frente. Con unos ojos febriles arrastró la mirada hacia ese rostro frente a él. Por un momento creyó ver un atisbo de preocupación por él en esos ojos grises, pero luego lo vio alejarse.


Trató de erguirse, pero ese movimiento solo logró empeorar sus náuseas. Antes de ensuciar el suelo se encontró con esas manos que le dejaron una cubeta a la que se aferró con fuerza hasta dejarlo salir todo. Cuando empezó a recuperar el aliento lo dejó en el suelo y levantó la cabeza lentamente para encontrarlo, pero no lo veía cerca.


Oyó la puerta del camarote y temió que lo dejara allí solo. Se encontró con una mujer alta y uniformada que entró y se inclinó sobre el escritorio. Ella notó su presencia pero, sin tomarle importancia, se volvió a dirigir al capitán para mostrarle sus indicaciones en las cartas de navegación.


—He reajustado el curso, pero me temo que no podremos evitar la tormenta.


El capitán hizo una serie de gestos con sus manos y luego señaló las cartas haciendo pequeñas anotaciones.


—Bien. Lo esperan en el puente. Amanecerá en una hora —agregó la primera oficial, recogió los papeles y se retiró del camarote.


Desde el otro lado de la habitación el capitán se volvió hacia él, lucía más en calma, completamente diferente al espectro que descubrió al principio. Biel se sentía confundido ante la situación, temía haber imaginado cosas esa noche, pero no podía convencerse de eso.


—¿La tripulación sabe que... o todos ustedes son así? —preguntó el joven sin saber qué palabras describirían exactamente lo que había visto.


El hombre negó con la cabeza, buscó el reloj de su bolsillo y, una vez verificada la hora, tomó la pluma y escribió una última nota con trazos que se veían más firmes y con elegantes curvas que se afinaban al final:


Debo irme, pero si me esperas responderé a tus preguntas.


Biel asintió sin levantar la mirada. El capitán salió y lo dejó solo en el cuarto. Se frotó los brazos, observaba las pertenencias en sus estantes, algunas fuera de lugar pero impecables de polvo. En los cuadros y libros se notaba el tiempo que había corroído los bordes y el color.

Jan. 19, 2019, 3:03 p.m. 3 Report Embed 6
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Julissa Sánchez Arias Julissa Sánchez Arias
Me encanta! Vine por la reseña de Café Adicta y debo decir que concuerdo con ella pues el relato es espectacular.
3 weeks ago
Vic Del Castillo Vic Del Castillo
Madre mía, quiero saber más sobre qué mató exactamente el capitán. Me gusta muchísimo cómo escribes y describes ♥.
3 weeks ago
Marcela Valderrama Marcela Valderrama
Hola, E. Q. Saenz. Primero que todo, paso por aquí para felicitarte por tu cuento, realmente lo encontré estupendo y con una ortografía envidiable. Dejé la reseña solicitada en mi libro de reseñas propiamente tal, además de publicarla también en Wattpad y por último en mi facebook de escritora. Espero realmente que sea de tu agrado y agradezco en demasía el aporte que haces con tus letras. ¡Un abrazo!
3 weeks ago
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