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Estrechados en un fuerte abrazo, él alzó la mirada para tratar de verse a sí mismo en las negras y dilatadas pupilas de ella. Cerró los ojos un instante que se extendió por toda una vida.

-          ¿Que pasa?, dijo ella.

-          Absolutamente nada, Laurie –respondió-  Tenías que abrir la boca.

Ofuscada por lo seco de la respuesta, Laurie se puso de pie súbitamente y el frío atenazador de la noche citadina la golpeó con un intenso temblor que sacudió todo su cuerpo.

-          Esas maricadas tuyas.

La escena fue presenciada por 3 árboles y un gato que se paseaba en ese momento por el tejado de una casa aledaña. A lo lejos se escuchaba el leve sonido de los carros transitando por una calle sin trascendencia. La ciudad, otrora escandalosa y brillante, ofrecía un aspecto mustio y casi escabroso. ¿De que otra manera podría vestirse la cruel meretriz en la noche?

Sin decir palabra alguna, como si una especie de rito secreto hubiera dado inicio, se pusieron de pie y examinaron poco a poco, detalle a detalle  el lugar en que se encontraban. Él se inclinó por un instante y levanto una botella de licor medio vacía. El calor del licor se extendió rápidamente por su garganta, tonificando su voz. Aprovecho el momento de comodidad para bostezar y agarrar el último cigarrillo de la cajetilla que había hurtado horas antes. Laurie le miró por un segundo antes de preguntar.

-          ¿Es el último?

-          Ojalá. Ya no quiero sentir nada más.

-          No empieces con eso- le replicó ella. -Sabes el daño que nos hace. La última vez no fue nada placentero.

Con el recuerdo fresco de su última discusión, empezaron a caminar en búsqueda de un lugar que les resguardara del frío y los peligros de la noche. Caminaron en silencio un largo tiempo. No pudo dejar de sentirse culpable y la voz de su familia, los sabios consejos, la falsa piedad y demás payasadas retumbaron en su cabeza al son del eco de los tacones de Laurie resonando en las calles vacías. Sólo fue cuestión de tiempo para que Laurie se detuviera y dijera:

-          Lo siento. Me voy para mi casa

Meditabundo, como si nada hubiera pasado, él se detuvo también. Busco a tientas la mano de Laurie y mientras acariciaba suavemente el antebrazo exclamó:

-          ¡Puedes hacer lo que se te dé la gana!

Consciente de la visceral reacción de ella, estiró el cuello, ladeó la cara y se preparó para sentir el ardiente golpe que, presentía, se acercaba. Cerró los ojos y escuchó, casi con placer, el chasqueante sonido de la palma abierta estrellándose contra su enrojecida y fría mejilla. Disfrutó cada milésima de segundo de la experiencia y, con la sensación de quemazón aún presente, remató:

-          Es lo primero que me haces sentir h

Jan. 17, 2019, 11:41 a.m. 0 Report Embed 0
The End

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