Cicatrices en el alma Follow story

A
Aikuizz


La ropa lo oculta, pero se nota todo lo que tiene mi piel, nadie más que yo sabe lo que se siente traer dolor contigo. Resulta difícil. Pero es más difícil vivir la vida como si nada pasa cuando te pasa todo. Y es que nadie merece que ellos paguen todo tu dolor. No hay, ni combatiré la felicidad con dolor. Todo pasa por algo, y si te toca algo es porque puedes superarlo. En mi caso, llevo los maltratos de mi padre conmigo, cuando sueño, cuando se supone que debería descansar, es cuando todo se pone tenso. ¿Por qué algunas personas les tocan cosas duras siendo tan buenas personas?, siempre me hago esa pregunta, pero no me importa, lo malo siempre se va posiblemente por algunas razones. Puede ser porque lo superas, porque lo olvidas, porque luchas contra ello para que ya no esté, o simplemente porque llega el rayo de luz que necesitabas para estar completa, ese rayito que causa fuego en ti. Y lo más importante, es el que hace que todos tus miedos y traumas se vayan, ese que hace que mis pesadillas desaparezcan, ese que por fin me hace dormir en paz solo por ser él ilumina mi vida, y esa luz es la que me hace ser la persona que vive la vida mejor que como está.


Romance Young Adult Romance Not for children under 13.
0
511 VIEWS
In progress - New chapter Every Monday
reading time
AA Share

•Capitulo 1. La reconciliación.


JAMES STANTON.


Lunes.


Las vacaciones de invierno habían terminado, y la prueba de ello era el embotellamiento de la entrada para el estacionamiento de la Universidad de Boston, daba las gracias al cielo que se le había ocurrido pararse quince minutos antes; no era muy fan de pararse temprano y mucho menos aun más temprano que lo usual, pero había valido la pena, si no en este momento estaría apretujando a su amada dama en un puesto en donde podría salir dañada; los puestos que siempre quedaban para aquellos perezosos como él, que siempre esperaban hasta el último momento para despertarse, siempre eran los peores, los más alejados, y no me pregunten por qué, pero parecían siempre más pequeños y apretujados. Se imagino por un momento tratando de conseguir un puesto decente y de llegar al mismo tiempo puntual a la clase, en una carrera por el campus, se estremeció.


¡Dios bendiga los quince minutos!


El clima estaba fresco, casi frió, después de todo era enero, y en la ciudad de Boston, el cumulo de nubes que en este momento ocultaban el sol se veían grises y pesadas, las cuales seguramente no presagiaban nada bueno, seguro una lluvia torrencial.


Los estudiantes se arremolinaban en los pasillos, las paredes blancas de los corredores estaban cubiertas con información acerca de los nuevos ingresos, el pasillo era un lugar de reencuentro, los estudiantes se saludaban y preguntaban cosas acerca de las vacaciones; entró con facilidad y se dirigió a la parte central del edificio, era la única parte del edificio que tenia sobre el techo una cúpula de vidrio; se dirigió hacia las escalera con un acceso que le dejaría directamente en frente del aula de física 2, su clase favorita.


No fue difícil caminar entre la multitud de gente, con su altura, venia el poder de diluir las masas, a sus casi 19 años contaba con una estatura otorgada por la maravillosa madre naturaleza de un metro y unos formidables ochenta y siete centímetros, era una bendición, y una maldición al mismo tiempo. Lo malo era que no te podías esconder, con su tamaño, nunca pasaría desapercibido, especialmente en momentos como este cuando deseaba desaparecer.


El motivo de su deseo de ser invisible, pues era por cierto personaje que se acercaba enfundada en un cuerpo pequeño y femenino, de cabello dorado y castaño; y ropa tan ajustada como el látex. Laurel, una de las tantas chicas con las que se había enrollado, maldecía el día en el que se le había ocurrido pasar un fin de semana entero follando como locos. Bastó que pasaran un fin de semana juntos para que Laurel se convirtiera en su pesadilla. Estaba sentenciado, no podía evitarla, demasiado tarde.


Ella se colgó de su brazo derecho y sonrió.


―Hola James. ―dijo en tono dulzón. Tan dulzón como la ponzoña de víbora tibetana.


―Laurel. ―exclamo secamente, no importaba que tono, postura o cara pusiera, ella no entendía el claro mensaje de que no quería tener nada que ver con ella, esta chica nunca parecía darse cuenta de los timbres de voz y las expresiones faciales, echando por tierra el lenguaje corporal.


Estaba caminando y tratando de soltar su agarre mortal sobre su brazo. No quería ser grosero, no quería violentar el estricto código que le habían inculcado desde muy pequeño; le habían enseñado a hablar con educación ―lo cual no había servido ya que siempre maldecía― como también había aprendido a ser cortés con las mujeres, y a tratarlas como una delicada porcelana, nunca le había hecho daño a una mujer, eso era cierto, ―pero tampoco es que con respecto a las relaciones él fuera muy correcto que digamos― Si las normas que le habían inculcado estuvieran contenidas en un libro, entonces el definitivamente se había saltado algunos capítulos, saben, seguramente ese capítulo que se titulaba: NO DORMIR CON TANTAS MUJERES. Así que, básicamente, prácticamente nada de lo que le habían inculcado con respecto a las mujeres lo había empleado en su vida diaria.


Laurel hablo distrayendo sus pensamientos acerca de si existiría o no un libro así, replanteándose si arrancar su brazo sería otra muesca en contra del famoso e hipotético manual.


― ¿Quieres almorzar conmigo en la cafetería?


Se percato aliviado de que la luz se encontraba al final del pasillo, el aula de física, tendría que vejar el código si quería deshacerse de ella algún día.


―Gracias, me halagas. ―dijo, mientras veía como se ensanchaba su sonrisa y luego con satisfacción la vio caer cuando agregó bruscamente:― ¡Pero NO, énfasis en el "no" Laurel! Hasta luego. ―se despidió zafándose rápidamente, sin sentir siquiera un poco de culpa por haber sido maleducado.


El profesor no había llegado, por lo que el pizarrón se encontraba pulcro e inmaculado, era su salón favorito, las ventanas daban al jardín central y eran de un metro cincuenta, siendo el piso de 2,20 m, casi tocaba el techo, las panorámicas iluminaban la estancia y de alguna forma le hacían sentir como si el aire estuviera limpio y fresco, los estantes que contenían los materiales eran ya casi tan familiares para él como el mobiliario de su habitación. Las mesas eran para parejas, hechas de una madera que le recordaba al color de la miel y se encontraban distribuidas en tres columnas y seis filas, con dos bancos sin espaldar, taburetes en realidad, en cada una de las mesas, tan incómodos como el infierno, lo único que odiaba de ese salón eran esos bancos.


Dirigió la mirada hacia su lugar habitual al lado de las ventanas en la segunda fila y vio a su compañero, primo y mejor amigo, mejor conocido como Sam; se encontraba recostado de la ventana y con bolsas en los ojos.


―Apostaría mi mediocre sueldo a que tu cara de miseria es debido a Laurel, alias, silicona andante con obsesión compulsiva por James Stanton. ―dijo su primo con una sonrisa.


―Cállate. ― dijo con amargura. Siempre se burlaban de ellos entre sí, pero tan solo su nombre lo alteraba, y su primo al darse cuenta de ello, de su debilidad, lo utilizaba para torturarlo.


―Tomare eso como un sí.


―Solo digamos que la próxima vez que se cuelgue de mi brazo, voy a tener que amputármelo para poder ser libre.


El empezó a reír de forma histérica, y cuando digo histérica, me refiero a que el seguramente hizo la voz de las hienas en la película del Rey León.


―Te estás riendo como hiena de nuevo. ―apunto.


―Es que tu expresión lo dice todo James, tu cara subconscientemente se arruga cuando escuchas de ella en un radio de dos kilómetros.


―Pues hablando de expresiones faciales, por la tuya apostaría a que hay problemas en el paraíso. ―en el momento en que lo dijo, se arrepintió, su ceño se frunció y su cara se ensombreció. El había estado saliendo con una chica llamada April a la que había conocido de una forma asquerosa debo decir, pero eran el uno para el otro, les daba como mucho seis meses para ver un anillo. Sam no se veía bien, demonios, había tocado una fibra sensible, a veces apestaba acertar.


―¿Qué paso?


―No lo sé. Honestamente que no, la vi por última vez el jueves y todo estaba perfecto, desde entonces no ha querido hablar conmigo, la he llamado y nada, al principio me ignoraba, ahora solo va al buzón de voz. ―su voz destilaba tristeza y desesperanza.


― ¿Has ido a su casa?


―He tratado de entrar al edificio, pero no ha funcionado.


―Tengo un plan, tengo una forma de entrar al edificio.


Ni bien lo había terminado de decir y él ya estaba de pie. Lo siento mientras le decía: Escucha tengo dos clases después de esta, pero no son importantes, así que no me importa perderlas para hacer un viaje a las residencia, pero bajo ninguna circunstancia voy a perderme la introducción a física 2, así que al terminar esta clase iremos.


―Nerd, si pudieras casarte con la física, lo harías.


―No lo digas como si no estuviéramos estudiando lo mismo.


―Detalles, detalles... ―murmuró restándole importancia al hecho de que ambos estudiaban la misma carrera y tenían excelentes notas, por lo que automáticamente la mención nerd los incluía a ambos.


*****


Al salir del salón se dirigieron hacia afuera, en donde se encontraba un sencillo y minimalista bloque de ladrillo conocido por todos como la biblioteca, al llegar recorrieron las secciones, hasta llegar a la parte de poesía, donde encontraron a la persona que habían estado buscando. La biblioteca tenía un aire frio y antiguo, el cual te daba la sensación de que el edificio era una especie de lugar consagrado y secreto, de alguna forma sentías que estabas bajo tierra, en busca de un tesoro o explorando un laberinto. Entre dos estantes había una mujer, Sara, vestía toda de negro, sus pies enfundados en botas militares reposaban sobre la mesa, en su regazo uno de los tantos libros de poesía que albergaban esta sección; su piel ligeramente bronceada, ojos oscuros, una extraña perforación de color rosa en la ceja, labios rojos como la sangre, y cabello rubio con mechones negros no más largo que la altura del mentón, le daban un aire gótico-punk-rockero. Sin embargo, él no la juzgaba por su aspecto, era una de las personas más simpáticas que conocía.


―Hola Sara, se que estas ocupada, pero necesito un favor.


―Has osado interrumpir mi descanso, imbécil. ―dijo con voz sombría, levantando la mirada del libro que llevaba en el regazo, pero de la nada sonrió y hablo en tono jovial―Hola J, ¿Qué necesitas?


―¿Ves a este idiota detrás de mí?  ―señalando a Sam― Verás, algo pasa con su novia y pienso que la mejor forma de arreglarlo es que hable con ella, pero lo está ignorando así que necesito tus llaves del edificio para entrar.


― ¿La engañaste?―gruñó. Sam negó.


―No lo sé, es como si fuera bipolar o algo, de la noche a la mañana dejo de hablarme.


― ¿Hiciste algo indebido?


Sam negó con un gesto.


― ¿Hiciste algo que podría parecer indebido?


―No, fue de un día para otro.


―Hmmm, el jurado esta deliberando.


Después de unos 15 segundos en silencio absoluto, al parecer el jurado había terminado de deliberar.


―Está bien.


―Ese ha sido el juicio más corto de la historia. ―señaló él.


―Perooo, me debes un trago en Vesubio y no quiero problemas, no se permiten hombres en el edificio así que deben ser sigilosos y debes traérmela sin falta antes de que me vaya, ¿Trato?


― ¿A qué hora sales hoy?


―A las dos de la tarde ¿Vesubio por la noche?


―Es un trato. ―él le estrecho la mano y le dio un beso en la mejilla― Eres la mejor Sara.


― ¿Y la novedad?―preguntó, mientras le lanzaba las llaves, agregando―: Suerte, enamorado.


Salieron al estacionamiento en silencio y nos dirigimos hacia nuestros respectivos autos, el de Sam era plateado y alargado, un chevrolet en perfecto estado, mientras que su amada dama, era un hueso viejo y duro, pero bien cuidado.


El trayecto hacia las residencias era corto, y bastante conocido para él, ya que siempre dormía con las chicas en sus camas, nadie entraba a su departamento. Y el 80% de esas chicas vivían en esos edificios.


Se sorprendió un poco por las diferencia que había entre su primo y él, antes habían sido igual de mujeriegos, pero de alguna forma inexplicable, Sam era decente, al contrario de él. El chico había tenido conquistas lloviéndole, pero desde April, había cambiado su conducta, para mejor debía agregar, eso por supuesto nunca lo diría en voz alta, pero él sabía que había sido para mejor, pese a que siempre se burlaba de él sobre eso, diciéndole que había perdido su tarjeta de macho, o alguna otra tontería como esa.


 Pero la verdad era que de alguna forma se sentía feliz por él, pero al mismo tiempo lo envidiaba, no porque hubiera encontrado a su media naranja, él creía que no todos habían nacido para eso, el mundo se dividía entre aquellos que en alguna parte del mundo tenían la otra mitad de su alma, y aquellos que no, así que sí, envidiaba a su primo por ser parte del grupo que si tenían una media naranja, ya que él no era ese tipo de hombre, él pertenecía al otro grupo, seguramente estaría solo para toda la eternidad o algo parecido.


 No había otra forma en la que pudiera terminar, ni siquiera entendía a las mujeres, o por lo menos no las entendía fuera del dormitorio, recordó a su padre una vez diciéndole que las mujeres eran tan complicadas que pertenecían a otra especie completamente diferente, cuyos secretos el hombre jamás había descifrado; sonrió ante el recuerdo, no había tomado en cuenta su opinión ya que el amaba a su madre y viceversa, por lo que su opinión era poco objetiva, por lo tanto se encontraba comprometida.


Pero él sabía que Sam y April se amaban, parecía un poco apresurado decir eso, ya que no llevaban tanto tiempo conociéndose, lo había estado discutiendo hace 15 días en un bar con Sara, y ella le había preguntado porque estaba tan seguro; rememoro con exactitud la conversación.


―No puedes estar completamente seguro―objeto Sara, mientras sostenía su trago en frente de su boca.


―Claro que sí. ―le había asegurado él.


―Pruébalo. ―le retó ella.


―Hace como un mes, fuimos los tres al cine, era una película de ciencia ficción, voltee para pedirle cotufas a Sam, ya que el desgraciado siempre se las come él solo, me ignoraba y vi que sus ojos brillaban, pensé que era por la luz de la pantalla, pero cuando me fije, la película ya estaba terminando. ¿Sabes que miraba? A April, me di cuenta de que su mirada me parecía conocida y me percate unos días después cuando fui a visitar a mis padres de que era la misma mirada que tiene mi padre cuando ve a mi mama, era la copia exacta, Sara, lo juro, supongo que ahí los supe.


Ella lo había estado escuchando en silencio, frunció los labios, tomo un trago de cerveza.


―La juez acepta su argumento, pero la juez está bastante borracha, así que lo que hoy es azul, mañana puede ser rojo.


Habían reído bastante borrachos después de eso.


Después de 15 minutos se encontraban en frente de la puerta del bloque 5, abrió la puerta y le indico con un gesto que entrara.


―Déjame las llaves para poder salir.


―Lo siento, pero no, arréglate con tu chica, así será ella quien te abra la puerta después de que pasen horas "reconciliándose"―índico con un gesto de comillas en el aire y un tono burlón.


―Deséame suerte.


Se giro y se encamino hacia su auto después de ver entrar por las puertas del infierno, digo, del edificio, a su primo.


Había empezado a llover justo como temía, odiaba la lluvia, pero no importa, la familia y amigos son primero, Sam entraba en ambas categorías, así que bien por él, e incluso estaba considerando a April una amiga, era fiel, dulce, responsable y perfecta para el idiota de mi primo.


El auto seguramente estaría empapado y embarrado, lo había lavado hace dos días, se lamento, si no hubiera salido del recinto estaría impecable, no importaba, eran el uno para el otro, además en algún momento tenía que ensuciarse de nuevo ¿Cierto?


Su ropa estaba empapada y sus zapatos eran ya más lanchas que zapatos, pero no importa se repitió, estaba calado de frío, pero todo sea por un final feliz.


Reviso el bolsillo derecho de su chaqueta y se percato de que se había deshecho el papel donde había anotado el número de una chica espectacular que había conocido en un bar cercano a la universidad; llevaba pantalones pecaminosamente ajustados y una blusa translucida, que bueno, no dejaba nada, absolutamente nada a la imaginación. No import....¡Demonios! Todo por hacer de buen samaritano y ayudar al idiota de su primo.


Ya mañana los vería acaramelados de nuevo, y encontraría la forma de cobrarle el favor a Sam.




➡⬅



Jan. 14, 2019, 7:21 p.m. 0 Report Embed 0
Read next chapter •Capitulo 2. Hora de un cambio.

Comment something

Post!
No comments yet. Be the first to say something!
~

Are you enjoying the reading?

Hey! There are still 10 chapters left on this story.
To continue reading, please sign up or log in. For free!