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Mateo 5:28 Follow story

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Daniel Gelvez


Al llegar a su nueva residencia, Daniel descrubre que su tío, el inmaculado sacerdote Robert Stanchfield, no es el hombre que todos piensan. ¿Al descubrir los secretos del clérigo, el muchacho será lo suficientemente fuerte para conservar su alma?


Erotica For over 18 only.

#sexo #erótico #pecado #infierno #sacerdote
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Infierno

El día en el que llegué a la residencia de mi tío Robert, el cielo estaba cubierto por un lúgubre manto grisáceo; una gélida brisa recorría las desiertas calles, presagiando una devastadora tormenta. Yo me encontraba frente a la enorme construcción, una antigua edificación de tres pisos, conectada a una pequeña parroquia. La casa cural estaba pintada con matices verdes, el tono desteñido de los muros indicaba el inmisericorde paso del tiempo.

La atmósfera sepulcral de aquel sitio despertaba en mí una extraña sensación, como si una familia de fantasmas pertenecientes a siglos pasados me estuviera fulminando con la mirada. Traté de eliminar todo pensamiento que pudiera aterrarme, después de todo, se suponía que viviría con el hermano de mi padre por un par de semanas mientras decidía qué hacer con mi vida.

—¡Hola! —Saludó abrazándome. —¿Qué tal estuvo el viaje?
—Hola… —Respondí estrechándolo. —Bien, gracias… bastante largo.

Mi tío Robert era un hombre de cincuenta años, aunque su alegre personalidad lo hacía lucir un poco más joven; tenía corto cabello castaño, tez trigueña, expresivas pupilas café, una abultada nariz, labios delgados y rostro regordete; su cuerpo resaltaba por una prominente panza, resultado de una desequilibrada alimentación. Él era párroco de aquella zona, un presbítero adorado por sus feligreses según me había contado mi progenitor.

—Te ayudaré con eso. —Agregó sosteniendo una de mis valijas. —Sígueme.

Yo tomé el resto del equipaje e ingresé al domicilio. El interior era oscuro, un tanto tétrico, los desgastados muros estaban decorados por imágenes y retratos de todos los santos posibles; a mi lado derecho, una entrada en forma de arco conducía a la estancia principal, en ella, los ojos de Cristo colgado en la cruz vigilaban todo el salón, como un guardia ausente e implacable.

Subí a mi recámara en el segundo piso; en esa etapa del edificio, el suelo estaba construido por tablones de madera, más fotos de mártires y apóstoles adornaban el amplio pasillo.

Mi alcoba era insignificante, comprendía una cama individual, una mesita de noche, un viejo televisor, un guardarropa postrado a la pared y un enorme ventanal que daba a la avenida.

—No es mucho, pero espero que estés cómodo. —Comentó al notar mi gesto de decepción.
—No te preocupes… está bien. —Respondí lacónico.

En verdad no era mucho, pero no me podía quejar.

—¿Tienes hambre? —Agregó después de unos instantes. —¿O prefieres descansar?

Luego de un interminable viaje de doce horas, las dos alternativas se me antojaban atractivas, no obstante, elegí la primera.


—¿Cómo están todos en Lakewood? —Indagó al comer una pieza de pollo frito.

Optamos por un KFC a unos kilómetros de nuestra residencia; el restaurante parecía una morgue, a penas si había algunos clientes en las mesas.

—Bien, nada nuevo qué reportar.
—¿Tu madre? —Añadió para llenar el silencio.

Los sacerdotes son seres parlanchines por naturaleza.

—Bien, creo… no hemos hablado mucho. —Señalé con la boca llena de carne.
—Tu padre dice que tiene un nuevo novio…
—¿Ah sí?

Mi madre sí tenía una nueva pareja, pero eso no le concernía al lado paterno de mi familia.

—¿Y tus hermanas Daniel?
—Bien. —Reiteré impaciente. —Nada nuevo qué reportar.

Después de otros fallidos intentos por extraer una conversación de mi parte, mi tío optó por callar y terminar su comida. Al concluir el platillo, se chupó los dedos con glotonería, miró en varias direcciones como para asegurarse de que nadie lo escuchaba y se acercó a mí por sobre la mesa.

—Tengo que decirte algo… —Enunció con seriedad. —Te lo hubiese dicho antes, pero pensé que era mejor hacerlo personalmente.

Yo asentí.

—No me malentiendas, estoy feliz de que estés aquí, pero… hay ciertas reglas que debes acatar si quieres vivir conmigo.
—De acuerdo.
—Número uno. —Declaró levantando su índice izquierdo. —Como sabes, mi vocación me demanda interactuar con muchas personas. Algunos de los asuntos que trato con ellas son… algo delicados. Entiendes ¿verdad? Cuando vengan a mi despacho, quiero que te encierres en tu recámara y no salgas hasta que yo te diga.

Se me antojaba un poco exagerado, pero accedí a su condición.

—Y número dos. —Añadió el dedo medio a la cuenta. —Toda la casa está a tu disposición, salvo mi cuarto, no tienes permitido, en ninguna circunstancia, entrar ahí ¿está bien?

Cuando mencionó la segunda clausula, sus pupilas titilaron; en ese momento no lo sabía, pero, él pretendía despertar mi curiosidad, deseaba que interrumpiera sus “sesiones con los feligreses” y con más ganas, anhelaba que yo violara su espacio personal. Al fin y al cabo, no podía imaginarme la clase de vida que mi tío, el inmaculado párroco Bobby Stanchfield llevaba por esas fechas.


Tarde esa noche, me encontraba recostado sobre mi cama; en el exterior, un aguacero se había desatado, las gotas golpeaban en el cristal de mi ventana produciendo un ruido ensordecedor; a pesar del alumbrado público, a penas si podía ver algo en el recinto. El aura fantasmagórica persistía en el lugar como cientos de miradas espectrales que perforaban mi cordura.

Quería comer algo, pero me aterraba salir de mi refugio; para calmar mis nervios, comencé a masturbarme. Mientras era consumido por la lujuria, pensaba en mis compañeras de la universidad, mujeres atractivas con quienes nunca tuve una interacción significativa. Al eyacular, una capa de sudor cubría mi frente, mi corazón martilleaba frenético y jadeaba exhausto. Percibí el delicioso placer expandiéndose desde mi pelvis, contrarrestando mis temores.

Luego de limpiarme, me levanté y me apresuré a encender la luz; aún tenía miedo, pero me sentía más en control de mi entorno. Abrí la puerta con cautela; la lluvia todavía producía un espantoso rugido. Caminé descalzo por el pasillo; en la escasa iluminación, los retratos de los santos lucían como criaturas de pesadilla cuyos semblantes congelaban la sangre.

El terror retornaba a mi cuerpo, pero continué mi trayecto por las escaleras; el estrépito de la tormenta no me permitió escucharlos en un principio. Antes de cruzar frente a la entrada en forma de arco para llegar a la cocina, vi a mi tío en uno de los sillones; la luz que atravesaba el ventanal provenía de los postes eléctricos en la calle, por lo tanto, era difícil notar detalles con claridad.

Él estaba desnudo; frente a él, una mujer más joven, también sin ropa, agitaba sus nalgas sobre su pelvis. Ella tenía largo cabello negro, tez olivácea, nariz recta y labios gruesos; era algo rolliza, posiblemente debido a la maternidad, tenía pechos caídos, aunque enormes, con pezones protuberantes, su sexo se ocultaba tras una considerable cantidad de vello.

El sacerdote Stanchfield estrujaba uno de los senos con una mano y con la otra frotaba la vagina, estimulando el clítoris de la desconocida. Sus gemidos eran atenuados por el estruendo del chubasco, pero podía entender algunas de sus expresiones cargadas de placer, “más duro” “oh, padre”, “métemela más”, “he sido tan mala…”. Mi tío la insultaba pronunciando obscenidades, “eres una puta”, “¿a cuántos te has cogido puta?” …

En todo ese tiempo, mi mente parecía no funcionar, yo estaba aterrado, perplejo y peligrosamente excitado. Sabía que tenía que devolverme a mi habitación, pero el hipnótico bamboleo de las tetas de aquella señora me habían paralizado.

Con cautela, deslicé mi mano bajo mi ropa interior, sujeté mi erecto miembro y empecé a jalarlo viendo cómo mi tío follaba a esa mujer.

A continuación, el religioso se incorporó e inclinó a su amante sobre la mesa de café; en aquella posición, azotó sus nalgas mientras la penetraba de manera salvaje; ella suplicaba que la golpeara más duro, como la “puta” que era. Durante ese periodo, yo eyaculé tantas veces como mi tío propinó nalgadas.

Unos segundos después, él descargó dentro de ella; ambos se arrojaron sobre la alfombra del suelo, jadeantes y sudorosos.

En la parte superior del muro, Jesucristo nos contemplaba a todos, su severa expresión se asemejaba al semblante de un juez que sentencia a los peores pecadores a una eternidad en el infierno.

Jan. 9, 2019, 11:01 p.m. 0 Report Embed 0
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