El Símil: Días de Rebeldía y Noches Monstruosas Follow story

rebeldia Víctor Fernández García

Tras los acontecimientos narrados en El Símil (Día del lector), Rebeldía pone todo su empeño en la caza y captura de su máximo rival. El Monstruo, por su parte, parece haber encontrado en las noches de su entretenimiento preferido la herramienta para llevar a cabo una horrible tortura. De lectura independiente a la primera entrega, ‘Días de Rebeldía y Noches Monstruosas’ propone continuar por el viaje inspirado en el ámbito cinematográfico, en esta ocasión a través de la épica y el terror.


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#bipolar #identidad #cine
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CAPÍTULO 1 | Historia: Portal a la magia de las estrellas

1




Los zapatos del general, tan elegantes como embadurnados de betún, resonaban a cada paso que éste daba. Parecían mantener, más que un baile, un concierto de percusión con las botas de su acompañante.


―Escúcheme Coronel, no sabemos qué demonios espera al otro lado. Por el momento, ―Hizo una pausa, permitiéndose una inspiración profunda mientras cavilaba brevemente antes de proseguir. ―Por el momento no quiero heroicidades.

A su lado, una mujer esbelta enfundada en un traje militar, asintió mientras efectuaba una mueca que resaltaba las duras facciones de su rostro.

―Entendido, General Harris.


La pareja con más poder en aquel lugar recorrió lo que quedaba del pasillo en silencio. Cada vez más cerca, un umbral sellado con la máxima seguridad les separaba de la cámara principal, donde se encontraba la puerta.

La coronel se había empapado no solo de toda la información relativa a la misión, sino también de lo relativo al descubrimiento y puesta en marcha de aquel cacharro. Así le gustaba llamarlo, con un cierto deje despectivo dada la malicia que percibía en la creación de algo así.

Sin embargo, suponía todo un dulce para los golosos miembros del gobierno, que con el secretismo de la gula insaciable habían poco menos que corrido para alcanzar la fase 3. A parte, y lo más importante, aquello representaba una oportunidad de oro para ella misma.


Cuando el general Harris abrió las compuertas que daban acceso a la cámara donde habían montado el cacharro, la Coronel quedó tan boquiabierta que ni se percató de cómo su chicle caía por la comisura de sus labios al suelo.

Aquello era un espectáculo de proporciones mayúsculas.

Ni puerta, ni cacharro. Se trataba de un portal circular con extraños símbolos grabados en su superficie.

El secretismo con que se estaba llevando todo no le había permitido ver ni siquiera una sola foto, siendo ese el primer instante en que la magnitud de lo que veía regaba sus sentidos.


―Bienvenida, Coronel Rebeldía. ―Una mujer ataviada con una indumentaria claramente científica se acercó, carpeta en mano, a su posición. Llevándose el dedo de su mano libre a sus gafas, las acomodó saludando a su vez al general. ―General Harris. ― Dijo, mientras sacudía brevemente la cabeza a modo de saludo.

Como instigada por un latigazo, respondió a la inquisitiva mirada del general poniéndolo al día.

―Los preparativos para la fase 3 están terminados. Nos disponíamos a iniciar el proceso de rotación.

―Adelante, no pierdan tiempo.


La joven hizo una señal a sus compañeros ubicados en el piso inferior. Arriba, desde una posición privilegiada, científica, coronel y general quedaron sumidos en un silencio sepulcral.

Los ojos del general estaban fijos en la circunferencia de piedra y metal. Sus oídos, concentrados en la aparición del más leve sonido que indicase el inicio de lo que podía ser el evento más glorioso de la historia de la humanidad.

La coronel Rebeldía, sin embargo, prestaba atención a quehaceres que consideraba de mayor interés. Cuando la joven científica se dio cuenta del repaso que le estaban metiendo, giró su rostro con incredulidad para toparse con la sonrisa en la boca de la coronel, que mascaba un nuevo chicle mientras le guiñaba el ojo fugazmente.

La joven se proponía devolverle una sonrisa cómplice, aunque lo que finalmente le salió fue una mueca de estupefacción.


Los rotores se habían activado.

Un ruido ensordecedor conquistó la estancia, mientras las voces apresuradas de los científicos se sucedían unas a otras, sumiéndolos en una carrera por analizar si lo que estaba ocurriendo era normal.

La joven científica se dispuso a alzar su mano para interrumpir el arranque, pero el general sujetó su brazo sin siquiera apartar la vista del portal.

―No hemos llegado hasta aquí para nada.

―Pero, general… ― La firmeza con la que la mano del general sujetaba su muñeca la hizo comprender que iban a seguir adelante.


La estructura comenzó a rotar sobre sí misma.

La primera vuelta fue tan costosa como chirriante, pero cuando encaró la segunda pareció ganar en fluidez.

Tres, cuatro, cinco… La rotación conquistaba cada vez una velocidad mayor.

Cuando era ya imposible contabilizar una vuelta de lo rápido que ésta acontecía, Rebeldía sintió como su vello se erizaba.

Relampagueantes chorros de electricidad comenzaron a serpentear por la estructura. En un principio surcaban sus bordes, pero pronto cruzaban el interior de la gran circunferencia dibujando formas abstractas.

Ahí fue donde la coronel se concentró al fin.

Por un momento, en esas formas le pareció distinguir un inconfundible rostro, si es que a aquello se le podían llamar facciones. Su objetivo personal, aquello que no podía confiar a nadie, dibujado en un lienzo etéreo por una fuente de energía eléctrica.


Mordió con fuerza el chicle.

Algo parecido a un silbido fue creciendo en intensidad, como si una olla exprés del tamaño de un crucero estuviese a punto de estallar.

Entonces, todos los presentes tuvieron que llevarse los brazos al rostro para protegerlo del brillo que generó el final de la fase 3.

La fase de puesta en marcha del portal.

Cuando el general bajó su brazo trajeado y acostumbró la vista al portal, no pudo ocultar no tanto una sonrisa sino más bien su profunda satisfacción.

―Ahí lo tiene. ―Dijo, apoyando su mano sobre el hombro de Rebeldía. ―Todo suyo, Coronel.





2




Frente al puente de mando, Rebeldía alzó su mano derecha para efectuar un gesto que movilizó a su equipo. Seis hombres que el general Harris había escogido a dedo, pensando más en la faceta política que en el rendimiento de la misión.


Resolución sorprendió a la coronel mirando despectivamente a aquellos hombres.

―Cualquiera diría que eres racista. ―Mostraba sus colmillos en una risa agresiva. Entre sus brazos sostenía un rifle de enormes proporciones.

Tenía razón.

Desde el primer momento en que vio las fotos de aquella panda de desgraciados, su reacción ante ellos no había hecho más que degradarse.

Seis varones de diferentes nacionalidades, precisamente de aquellas que más fondos habían aportado al proyecto.

―¿Por qué no le dices al general lo machista de esta selección? ―En voz baja, pero acompañando su pregunta de una mirada encendida, Rebeldía calló a su leal compañero.


Por el lado izquierdo la flanqueaba Rectitud, que pese a mostrar una actitud aparentemente más relajada que Resolución, no mostraba ápice de duda o nerviosismo. No como esos seis iluminados que, un par de metros atrás, prácticamente se lo hacían encima mientras miraban embobados el espectáculo del portal.


Así era, se encontraban cubriendo la distancia final que les separaba de lo desconocido.

La luz azulada del portal, fosforita y moribunda al mismo tiempo, fluctuaba en formas cuya textura recordaba vagamente a algo viscoso.

Cuando Rebeldía detuvo su marcha, desde el puente pudieron ver como la silueta de la coronel se iluminaba con el reflejo de aquella extraña luz.

Como usualmente ocurría, había decidido mucho antes dar ella el primer paso.

De modo que condujo su mano enguantada en dirección a la textura que rellenaba el aquel cacharro circular, permitiéndose por un segundo una actitud contemplativa.

En cierto modo, aquella misión provocaba que sus latidos fuesen un punto más fuertes y acelerados. Sabía que no tenía por qué suponer ningún acercamiento a sus objetivos, aunque por otro lado una intensa intuición la hacía entrar en contradicción.

En ello meditaba cuando su dedo, impulsado por una mano que no había cesado en un paulatino avance, conectó con aquel tejido del que nadie sabía nada.


Un frío absoluto recorrió la punta de su índice.

Sin embargo, exhalando una nube de vapor, fijó la vista en las ondas que nacían allí donde se había producido la conexión.

Introdujo el resto de dedos, sintiendo como sus nudillos se tensaban ante la sensación de alcanzar una temperatura gélida. Cuando el resto del equipo contuvo la respiración, los movió para provocar un espectáculo de fluctuaciones en aquél tejido que debían atravesar.

Aquello le arrancó una sonrisa, en el mismo instante en que Resolución también optó por bufar alegremente.

―¿Estamos preparados? ― La pregunta que lanzó Rectitud, resoplando para colocar a un lado su rubio flequillo que había caído a sus ojos, implicaba las habituales capas de profundidad que Rebeldía había aprendido a sopesar con celeridad.

Tanto daba si estaban preparados o no, la seguridad ante lo desconocido es simplemente una cuestión de actitud. Y con ese pensamiento por bandera, Rebeldía introdujo hasta el antebrazo en el portal.


Una toga.

Lo que parecía la manga de una maldita toga apareció ante ella, que estupefacta, tardó en comprender que aquella menuda mano que veía seguía siendo la suya propia.

Mientras comenzaba a adivinar elementos al otro lado del portal, sintió como una especie de gravedad la atraía en esa dirección.

Cuando la sensación de helor golpeó su frente, una lluvia torrencial de nueva información aterrizó al unísono en la mente de la coronel.

Sentimientos y recuerdos, que para su asombro encajaban en el puzle de su personalidad rellenando huecos y conquistando hechos.

En un acto desesperado, giró su cabeza para dirigir una mirada al general, solo que ya no era simplemente su superior, sino también su padre.


¿Qué demonios?

Cuanto más pensaba en ello Rebeldía, más familiar le resultaba el término papá al referirse a la figura de…

―Harris, ¿Me pasas el agua? ― El tintineo de la cubertería del hogar de los Valder era un todo un clásico entrado el mediodía.

―Claro, cariño. ¡Ahí va! ― Harris hizo un amago de lanzar la jarra que arrancó sonrisas en todos los presentes, excepto por supuesto a Rebeldía. Sabía quién era esa mujer de mediana edad que sonreía. Se trataba de su madre. Y aquél renacuajo que tenía enfrente era su hermano Joel.

Totalmente desubicada, sospechaba de antemano lo que vería al mirar a su regazo. No se refería a Miauy, el gato negro que ronroneaba mientras dirigía una mirada hambrienta a su dueña más querida. Se refería a esas piernecitas que apenas lograban tocar de pies al suelo sentada en la alta silla.

Y la silla no era alta.

Se levantó haciendo saltar a Miauy por los aires, que dejó escapar un maullido ahogado ante lo sorpresivo del movimiento. Subió las escaleras de dos en dos y entró rauda en la segunda puerta del pasillo a la derecha.

¿Cómo sabía todo aquello? Se preguntaba una y otra vez. Parecía conocer de palmo a palmo la casa. Cuando alcanzó a mirarse en el espejo, el chillido agudo de lo que tenía por voz resonó por todos los rincones.


―Rebeldía ya está otra vez con el histerismo… ― Harris se llevó su copa de vino a la comisura de los labios, pegando un largo sorbo mientras negaba con la cabeza.

―Iré a ver qué le ocurre. ― Priscila hizo ademán de levantarse mientras se limpiaba con la servilleta.

―No, Pris. Que vaya Joel. ― Harris arqueó las cejas en dirección a su hijo pequeño. ―Él ya ha terminado.

Era cierto. Mientras el niño ascendía pesadamente las escaleras en dirección al piso superior, no dejaba de pensar en lo rara que era aquella chica. Y eso, viniendo de alguien como él, era mucho decir.

Cuando alcanzó el cuarto de baño, la visión de su hermana, pálida e inmóvil apoyada contra una de las paredes, lo dejó igualmente petrificado.

Rebeldía respiraba dificultosamente. Cuando abrió los ojos y vio a su hermano frente a ella, la joven suspiró holgadamente y, dedicándole una sonrisa, se puso en pie.





3



Se trataba del primer día de escuela tras las vacaciones navideñas. De modo que, en el hogar de los Valder, tanto el gran árbol aún rodeado de papel de regalo como los diferentes adornos seguían en su sitio.

Joel, que apenas contaba con siete años, había fingido un resfriado por enésima vez, incrementando con tretas su gravedad para poder quedarse un día más en casa disfrutando de sus regalos.


Rebeldía lo observaba jugando con su nueva consola, con la boca entreabierta y un rostro entre simpático, concentrado y ridículo al mismo tiempo.

Sus padres se movían atareados por toda la casa, ultimando en ese mediodía los preparativos para llevar a su hija al colegio y disponerse a ir a trabajar.

Su tía Margareth llegaría en breve para cuidar de Joel.


La chimenea ardía con intensidad, con la hoguera pujando contra el intenso frío por conquistar el clima del ambiente.

De pronto, una llamarada azul emergió de la base de brasas.

Rebeldía se quedó quieta, en medio del comedor, y ladeó la cabeza ante aquello.

Para su sorpresa, una segunda llama, de tonalidad púrpura esta vez, peinó nuevamente el mismo recorrido que la anterior.

En un santiamén, un espectáculo de colores se había apoderado del conjunto de la hoguera. Las llamas parecían rotar en círculos perfectos, con la clara intención de confluir en su centro. Fue allí donde súbitamente apareció una carta.

Cayó sobre las brasas, y en lugar de consumirse pareció refulgir con el calor.


Cuando sonó el timbre, Rebeldía dio un gran respingo al verse extraída de su concentrada observación.

―Rebel, cariño, ¿Puedes abrir a tu tía? ― La voz de su madre llegó desde el otro extremo del pasillo principal.

En un rápido movimiento extrajo la carta del fuego, sacudiéndola varias veces para esparcir los restos de las brasas.

No había nada escrito en el sobre, tan solo un precinto naranja, extraño y elegante al mismo tiempo, y con dejes de antigüedad.


El timbre sonó otra vez, y Rebeldía sintió en su fuero interno como se le aceleraba el corazón.

Aquello sonaba a aventura y albergaba el sabor de lo desconocido.

Cuando se giró hacia la puerta, pudo distinguir perfectamente tras el vidrio superior el sombrero de Margareth.

Suspirando, se dirigió hacia la puerta mientras asía la carta introduciéndola en uno de los bolsillos de su toga.


Silencio.

Un súbito silencio se apoderó del interior del hogar de los Valder.

No solo eso, sino que el sombrero de la tía Margareth fue sustituido por una negra capucha ostensiblemente más alta. Las llamadas al timbre, además, pasaron a ser golpes secos y constantes en la madera de la puerta.

Precavida, Rebeldía se acercó lentamente a ella para preguntar con la voz más decidida que pudo armar por la identidad de aquel visitante.

―¿Quién eres?

La respuesta no se hizo esperar. Emergió mediante una grave voz, que no era desconocida para ella.

―Primero de todo, abre la carta, pequeña.


Al extraer la carta, dedicó tan solo un segundo a contemplar su sello antes de abrirlo con unos dedos cargados de impaciencia.

Extrajo el único papel que contenía y, asombrada, lo leyó.



Estimada Señorita Rebeldía Valder,


El tiempo es el acordeón que un niño, pese a no entender, puede hacer sonar.

La eternidad puede comprimirse.

Un segundo puede expandirse.

Todo, absolutamente todo es posible dentro de esos márgenes.

Como por arte de magia.


Le rogamos nos dedique un segundo de su tiempo, aceptando la invitación que la escuela de artes mágicas Lyliath le ofrece.

Eso nos deportaría una bonita porción del infinito a ambas partes.


De aceptar, tan solo siga a su Conciencia.


Atentamente,

Marius Ruttherford



Al terminar de leer, la carta se deshizo en ceniza.

Las manos temblorosas de Rebeldía trataron en vano de retener aquél tesoro entre ellas.

Pero el resultado fue un empujón por parte de su padre, que la regañó mientras abría la puerta él mismo.

―¡¿Se puede saber por qué habéis tardado tanto en abrir?! ― La voz estridente de tía Margareth dejó a Rebeldía, aún más si cabe, con la boca abierta.

―Esta niña… ― Harris Valder negaba con la cabeza mientras dedicaba una mirada a su hija invitándola a reaccionar y ponerse en marcha.

Unos minutos después Rebeldía se encontraba en el coche junto a sus padres, de camino a la escuela. Miraba en todas direcciones, buscando desesperadamente a Conciencia.





4




Cuando llegaron a las instalaciones del colegio, Rebeldía estallaba de impaciencia.

Apenas un par de manzanas antes, apoyada en una boca de metro, la encapuchada figura de Conciencia parecía haberle sonreído desde la distancia que les separaba.


De modo que no le resultó difícil despedirse de sus padres y hacer ver que se introducía en el colegio.

―Pasa buen día, Rebel. ― Habían sido las palabras de su madre.

Había muchos niños y adultos en la escena, con lo cual bastaron algunos movimientos zigzagueantes para dejar atrás a la multitud y, ya libre de todo control, tomar rumbo al metro.


Cuando divisó la entrada a una distancia cercana, pudo distinguir como Conciencia descendía las escaleras introduciéndose en la red subterránea.

Sin pensarlo dos veces, fue tras él.


Ya en la sección de acceso a vías, se encontró con la estricta mirada de un guarda de seguridad que parecía no quitarle ojo de encima.

No disponía de dinero ni bono, de modo que debía averiguar una forma de seguir a Conciencia, quien ahora aguardaba pacientemente al final de un largo pasillo.


Un hombre de aspecto zarrapastroso se acercó a la niña, quién dio un respingo cuando una, extrañamente, dulce voz emergió de aquella boca que apestaba a tabaco rancio.

―Se a qué vía te diriges. ¿Invitación? ― Extendió su mano, ante una Rebeldía que se mostró impasible ante aquello. Sabía que se refería a la carta, pero decidió fingir confusión y perplejidad.

―Debes pensar que no queda rastro de ella tras reducirse a cenizas. Bastará con el sello. ― Cuando le guiñó el ojo, Rebeldía se llevó casi inconscientemente una mano al bolsillo derecho de su toga. Al palpar lo que había dentro, abrió los ojos de un modo que despertó una risa cómplice en el desconocido.

Extrajo su menuda mano para mostrar el sello a aquel hombre que, con la mejor de sus sonrisas, hizo pasar su ticket por la máquina de control para darle acceso.


Rebeldía caminó resuelta hacia Conciencia, quién ahora sí parecía esperarla.

La joven no se percató hasta pasado medio pasillo de que la multitud no lucía precisamente como recordaba al entrar al metro.

Extrañas y coloridas vestimentas se alternaban con togas oscuras como la suya.

Muchos portaban pequeñas jaulas o transportines desde los cuales manaban sonidos provenientes de una fauna del todo pintoresca.

Y había tal prisa que se mascaba en el ambiente.

Cuando alcanzó a Conciencia éste no tardó ni un segundo en pronunciarse.

―Vamos, Rebel, tu vagón está a punto de llegar.

―¿Mi vagón?

Una mano blanquecina emergió de la toga de Conciencia, señalando con el índice la mano en la que Rebeldía sujetaba con fuerza el sello.

Al mirarlo, se percató por vez primera de la inscripción que había en él: 05:3.

Cuando alzó la mirada a Conciencia, pudo al mismo tiempo ver el cartel que presidía un poco más arriba de su capucha. Vía cinco.


Descendieron las escaleras mecánicas alcanzando el andén.

En el mismo instante en que se detuvieron a esperar, el característico sonido del metro que llegaba inundó el ambiente en las vías.

Para sorpresa de Rebeldía, lo que asomó de entre las entrañas del túnel a su izquierda no fue el vagón de tinte futurista que la sociedad se había empeñado en perfeccionar, sino un cruce entre un vagón de los antiguos y una locomotora.

Precedida por la gran cantidad de humo que manaba de una gran chimenea, la locomotora se abrió paso, reduciendo la velocidad, hasta que uno, dos y hasta tres vagones pasaron frente a Rebeldía.

Fue ese tercero quién se detuvo frente a ella, con su puerta de acceso coincidiendo como por arte de magia frente a los pies de la pequeña.

―¿Vienes conmigo? ― Preguntó, sin dirigir la mirada a su acompañante.

―Siempre estoy contigo, niña. ― Aquello le despertó sentimientos encontrados. Por un lado era un alivio saber que no iba a estar sola en aquella misteriosa aventura. Por el otro, la voz de ultratumba de su acompañante dotaba a sus palabras de un aura macabra.


Ya en el interior del tercer vagón, Rebeldía se permitió cerrar los ojos tras comprobar como las siguientes paradas resultaban iguales a la suya.

Iba a ser, según le había dicho Conciencia, un buen trecho de viaje.

Sin embargo, cuando caía en la ensoñación, unos gritos y, especialmente, el zarandeado de sus hombros, la sacaron del estupor en alerta máxima.

Lo que vio le arrancó una sonrisa tan grande como la incredulidad de la que iba acompañada.

Quien la zarandeaba era un niño de melena rubia sujeta en una coleta . A su lado, riendo a carcajada limpia, el pecoso rostro de otro niño con el pelo moreno engominado no dejaba ya lugar a dudas.

―¿R… Rectitud? ¿Re… Resolución? ― Pronunció sus nombres justo antes de sonreír y responder a la carcajada de sus compañeros con sendos abrazos gigantescos.

Uniformados también con sus propias togas, el grupo de tres niños más Conciencia se ocuparon una de las distribuciones de cuatro asientos.

Entonces la iluminación del túnel que les engullía en ese momento comenzó a inundarse del inconfundible haz que proporciona la luz natural.


Rebeldía esperaba encontrarse con el paisaje urbano característico de la, como mucho, media hora que llevaban de trayecto total.

Pero lo que se encontró cuando la luz de un cielo espectacularmente azul castigó sus ojos con un sol deslumbrante, le arrancó un suspiro de admiración.

Los raíles parecían sobrevolar un inmenso lago rodeado de imponentes montañas de generosos bosques.

El humo de la locomotora peinaba el lateral del ventanal por donde miraba, cuando de repente se giró para mirar incrédula a Conciencia.

Rectitud y Resolución hicieron lo propio, solo Conciencia parecía mantener la calma en cuanto a la majestuosidad de lo que les rodeaba y el destino incierto que les aguardaba.

―Disfrutad del camino a Lyliath, chicos.


Tras esas palabras, se desvaneció, como si su propia sombra lo engullese.

Una vez más, como por arte de magia.





5




El anochecer se cernía sobre las montañas donde la locomotora proseguía con su rumbo.

Rebeldía miraba por la ventana, ya con sus rejuvenecidos compañeros algo más calmados.

La efusividad había dado paso a la reflexión, a la necesidad de tejer un plan para enfrentar aquella realidad en la que habían aparecido. No obstante, ¿Cómo planear algo en un mundo donde las cosas no parecían albergar lógica alguna?


En esas cavilaban cuando el vagón comenzó a descender en velocidad.

―Mirad aquello.

Rectitud fue el primero en percatarse y advertir de la aparición en la lejanía de la inconfundible silueta de un castillo erguido sobre las aguas de la inmensidad del lago.

Iluminado de un modo tenue aunque intenso, la luz que emanaba arrancó una reacción instantánea por parte de Resolución, que se llevo las manos a la cabeza.

―¡Qué pasada! ― Gritó.

Rebeldía por su parte entrecerraba su mirada.

Si bien era cierto que la primera impresión transmitía mucha belleza, también lo era la sensación que la embargaba.

Una sensación oscura que, pudiendo significar solo una cosa, comenzó a dibujar una sonrisa pérfida en su rostro hasta que alguien les interrumpió.


Algo, más bien.

Primero con un ruido que llamó la atención del trío de niños.

Un sonido metálico, de objetos tamborileando contra una de las paredes del vagón.

Cuando Rebeldía se giró a ver de qué se trataba, quedó estupefacta.

Tres escobas reposaban apoyadas contra el metal de la pared, emitiendo ese sonido característico cada vez que chocaban el extremo de sus palos contra ésta.

Entonces, el vagón se detuvo por completo.

Las puertas automáticas se abrieron, dejando entrar un frío intenso que calaba hasta los huesos.

―¿Pero qué demonios? ― Resolución bufó aquella pregunta cargada de indignación.

Se encontraban a gran altitud, prácticamente desconectados de tierra firme sobre las vías suspendidas en el aire. A lo lejos figuraban, inalcanzables, las montañas que ya apenas se distinguían dada la creciente oscuridad.

Y abajo, como elemento más cercano, la fortificación que con su luz ejercía de único y tentador reclamo.


Rebeldía estiró los músculos de su espalda, desperezándose.

―Creo que nuestro próximo destino está claro.

Cuando se levantó del asiento y se dirigió a las puertas abiertas del vagón, una de las escobas inició al unísono una movilización que la condujo a la derecha de la pequeña.

Rebeldía se encontraba sumida en la profundidad de sus pensamientos.

De sus emociones, pues una clarísima sensación de cercanía la mantenía en guardia. La certeza de que algo de tinte sombrío andaba cerca.

Y no se trataba precisamente de Conciencia.

―¿Cómo se supone que salimos de aquí? ― Resolución desprendía de nuevo indignación por los cuatro costados.

Fue en ese momento cuando Rebeldía recordó al general Harris, al portal que los había conducido allí… Y su verdadero y único objetivo que, milagrosamente, sentía a su alcance.

Se giró con una sonrisa burlona tatuada en el rostro, y asiendo la escoba que le daba golpecitos en el brazo, alzó las cejas en señal de despedida antes de dejarse caer al abismo que la separaba del lago.


―¿Qué diabl…? ― Resolución no había concluido su pregunta cuando Rectitud pasó por su lado a toda velocidad, escoba en mano, proyectándose también al vacío.

Menuda honra que le estoy haciendo a mi nombre. Masculló Resolución para sus adentros. Resignado, algo divertido, miró a la escoba restante que, de algún modo, parecía guiñarle un ojo hipotético.

La alcanzó, fue hasta el borde del vagón suspendido y miró abajo.

La oscuridad lo ocultaba todo.

―Estupendo. ― Dijo en un suspiro de resignación mientras dejaba que su cuerpo se venciese al vacío.



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Flotaban.

Las malditas escobas flotaban.

Eso pensaba Resolución tratando de arrancar su cacharro volador.

Porque frente a él, los palos de las escobas de Rectitud y Rebeldía se habían iluminado y puesto en marcha en dirección a la fortaleza.

En un suave movimiento, su escoba también lo hizo, arrancándole una sonrisa que poco a poco rozó la carcajada.


La superficie del lago dejaba traslucir unas luces que, gradualmente, fueron intensificándose hasta emerger de él. Se trataba de farolillos, docenas o cientos de ellos, que lentamente escalaban altitud en dirección a la fortaleza.


Más escobas aparecieron a su alrededor, también con niños sobre ellas.

Rebeldía, por un momento, olvidó su misión personal, pues lo mágico del momento captaba por completo su atención.

De pronto sintió un aliento tras ella, que respiraba en su nuca.

Conciencia habló tras su puntual ausencia.

― Rebel… Bienvenida a Lyliath.





6




Marius Ruttherford resultó ser una anciano de gran barba gris, sombrero picudo y aspecto afable.

Presidiendo el comedor donde se encontraban todos los niños, realmente sumidos en un caos ruidoso de sonidos varios en ese momento, Marius llevó una cuchara a su copa, provocando un tintineo leve que, sin embargo, resonó en lo oídos de Rebeldía con gran estridencia. Algo parecido debió pasarle al resto de los presentes, pues como una cerilla engullida por un vaso de agua, el ambiente se silenció de súbito.

―Bienvenidos. Sed todos bienvenidos a la escuela de artes mágicas. ― Su voz iba a juego con su aspecto, resultando rota y amable. ―La historia de Lyliath es tan antigua que…

―Menuda charla nos va a soltar el viejo… ― Resolución dijo aquello mientras masajeaba su sien con un par de dedos, elevando la mirada al alto techo de la sala para añadir más teatro a su escena.


Antes de eso, Rebeldía y sus dos compañeros habían dado, aliviados, con el resto de la formación del general Harris. Éstos formaban un pequeño grupo, ahora marginado en la sala, y desprendían miedo e inseguridad por los cuatro costados.

Aquel paseo breve por los pasillos de Lyliath había dejado sorprendida, y para bien, a Rebeldía.

La magia parecía rebosar de cada pequeña parte de aquel lugar, y por un momento saboreó las mieles de saberse sumida en una más de sus aventuras.

Sin embargo, la sombra que peinaba su interior se había intensificado desde que cruzó las puertas de entrada a la escuela, como si algo oscuro y ancestral morase allí y hubiese estado aguardándola.


―Quizá haya alguien aquí a quién no le interese la bienvenida de Ruttherford.

Un escalofrío recorrió la espalda de la joven niña. Las manos firmes de alguien completamente desconocido se posaron sobre sus hombros sorpresivamente, mientras pronunciaban aquellas inquietantes palabras con una voz mucho más grave que la de Marius. Tétrica, incluso.

Rebeldía se giró sobre sí misma, apoyando un brazo en el respaldo de la silla y alzando la mirada para encarar a aquél sujeto.

Una melena negra rodeaba un rostro blanquecino del que manaba un intenso descontento regado de gran desaprobación.

Su mirada casi provocó el ruborizarse de las mejillas de la chica, que no obstante, se rehízo antes de que aquello ocurriera para mostrar una desafiante sonrisa como toda respuesta.

―Interesante. Creo que tu enigmática trayectoria encajará maravillosamente en mi facción.

Se fue, caminando lentamente, peinando la larga mesa en la que se encontraban, sin hablar con nadie más.

El sonido de un objeto tamborileando en la mesa hizo que Rebeldía regresase a su posición original, para cerciorarse sorprendida de que un pin acababa sus oscilaciones tratando de posarse definitivamente sobre la madera.

En él se podía leer algo en una lengua que no comprendía:


Angis Scholae


―Parece que te han hechizado con anginas, coronel. ― Resolución se rio ante su propia ocurrencia tras inclinarse sobre Rebeldía para leer la inscripción de aquel pin.

―Estúpido. No te vendrían mal unas clases de idiomas. Eso está en latín.

Rebeldía alzó su mirada hacia Rectitud, invitándole a continuar solo con la mirada.

―Escuela serpiente, coronel.

Asintiendo, cogió la insignia y la acercó a su rostro.

Dentro de ella había, como tallada, la silueta de algo parecido a unas llamaradas.

De hecho, costaba fijarse en los detalles porque parecían estar en un constante fluir en movimiento.

Lo hipnótico de aquella hoguera de tonalidades verdes fue dejando a Rebeldía más y más absorta.

Cuando sintió que se mareaba y su cuerpo se vencía hacia delante, no pudo más que sentir como iniciaba una gran caída, en la cual la alarmada voz de Resolución se perdía en lo alto, difuminándose cada vez más.


Soñó.

Soñó que recorría los pasillos que había memorizado con su memoria fotográfica en su entrada a la Lyliath.

Solo que éstos eran más antiguos, solitarios y tenebrosos.

De pronto, mirando hacia unas estancias, sintió como un creciente temblor zarandeaba su campo de visión.

La tensión y la angustia se fueron apoderando de ella, mientras la certeza de que una sombra invisible estaba cerca se tornaba más y más real.

Finalmente, el grave auge de un rugido inhumano fue abriéndose paso a su alrededor. Dentro de ella.

De nada sirvió cerrar los ojos y gritar con todas sus fuerzas.

El rugido atravesaba todas sus capas de conciencia, alertando cada uno de su músculos hipertensos.

De repente una bofetada y una gélida sensación la hicieron reabrir los ojos.

Frente a ella, el desconocido que le hizo entrega del pin se mostraba imperturbable con un cubo en una mano y la otra preparada para una segunda bofetada.

Estaba empapada.

―Que la hipnosis del pin te haya afectado solo puede significar una cosa. Estás conectada a Él. ― Pronunció esto último con sumo mimo, como si su voz fuese un pluma y el concepto requiriese de una exquisita caligrafía.

―Mañana empezará tu entrenamiento.

Tras anunciar eso, dio media vuelta y salió de la pequeña habitación donde se encontraban.

Tal como lo hizo, entraron corriendo Resolución y Rectitud.

El primero se detuvo a media distancia, llevándose una mano a la frente.

―Eso fue… Alucinante, coronel.





7




Una mujer de edad indefinida advirtió a primera hora de la mañana a Rebeldía que Marius Ruttherford la estaba esperando en su despacho.

No recordaba nada de sus sueños de esa noche, cosa que rara vez acontecía. En su lugar, una sensación desagradable la abrazaba mientras se desperezaba analizando sus facciones frente al espejo del baño.

Al girarse para salir de él y ser acompañada por aquella profesora, tuvo la incómoda certeza de que su reflejo no solo la estaba observando, sino que le sonreía.


El trayecto hacia el despacho de Marius se desarrolló con un absoluto silencio entre la mujer que guiaba los pasos y una Rebeldía que trataba de seguirla a grandes zancadas.

Algunos niños, de hecho la mayoría, reían por lo bajo dando por sentado que alguien ya se había ganado la primera reprimenda del curso.


Cruzaron pasillos decorados con ostentosidad, mayoritariamente los que conducían a diferentes aulas. De repente la decoración fue cambiando, y cuando ésta resultaba tan sencilla como elegante, la mujer se detuvo y llamó a una gran puerta de cuidada madera.

―Que pase, querida. Gracias por acompañarla. ― La inconfundible voz de Marius Ruttherford resonó nítida al otro lado de la puerta, y con una simple seña de su cabeza, la mujer ahora sonriente indicó a Rebeldía que pasase adentro.


El despacho era un caos de pergaminos.

Eso fue lo primero que pensó la niña, al mismo tiempo que se percataba del alto nivel de limpieza de la estancia.

En unos estantes al lado de la gran mesa central, algunos libros gigantescos y ajados por el paso del tiempo permanecían impolutos aguardando ser consultados. Una hoguera ardía a su izquierda, haciendo de su crepitar el único sonido que acompañaba al escribir de la concentrada pluma de aquel anciano.

―Espero que puedas perdonar tanto desorden. Apenas hemos comenzado el curso y los hechizos ya me desbordan y se me suben a las barbas. ― Una risa contagiosa relajó la guardia de Rebeldía, que de pronto, se topó con la visión de una jaula vacía sobre la mesa de Ruttherford.

La pluma, tan naranja como el fuego de la chimenea, ocasionó una punzada en el único punto en el que Rebeldía se consideraba vulnerable al dolor.

―Rebeldía Valder. Me pregunto si usas algún mote con el que pueda dirigirme a ti de un modo más personal. A mí puedes llamarme profesor Ruford, si lo deseas. ― Acarició su barba ajustando de paso sus gafas sobre su generosa nariz. ― Es como me conocen por aquí, quizá desde hace demasiado tiempo. ― De nuevo la risa contagiosa, que esta vez despertó un eco en forma de reflejo por parte del rostro de Rebeldía.

―A mi me llaman Rebel. ― Dijo, tratando de ser cordial.

Pero sus ojos estaban fijos en la jaula.

El color de la pluma le recordaba tanto a la mirada encendida de Tylerskar que el vacío que sintió fue tan grande que sus piernas flaquearon un poco y tuvo que apoyarse en una pared para sostenerse en pie.

―Oh, pequeña. Apenas estás al inicio de tu viaje y ya tus fuerzas flaquean. ¿Tanto te interesa el hogar de mi Fénix? Estas criaturas me resultan fascinantes. ― Rebeldía no se dio apenas cuenta de que Ruford se había incorporado y, de algún modo, transportado a su lado en un lapso de segundo. Apoyaba sus manos en los hombros de la pequeña, masajeándolos mientras seguía hablando. ―Pueden permanecer extintas eras enteras, y sin embargo, de una sola pluma…


Tras eso se produjo la magia.

Una de las llamaradas emergió de la hoguera danzando en el aire, para contactar, introduciéndose en la jaula, con la pluma de Fénix.

Una pequeña explosión flamígera fue dando forma a aquella ave fascinante, que en cuestión de segundos ya emitía simpáticos sonidos, llena de vida y rebosante de realidad.

Rebeldía entrecerró los ojos, pensativa.

Sin embargo, Marius la extrajo de la profundidad de sus reflexiones.

―¿Es este un lugar fructífero en tu búsqueda, joven Coronel? ― La pregunta flotó en el aire, el tiempo necesario hasta que Rebeldía digirió la revelación que ocultaba. ¿Cómo podía saber eso el viejo mago?

Se giró atónita a su acompañante, quien sonreía bajo la barba como indicaba su anciana mirada arrugada.

―Tus compañeros ya han regresado. Creo que, por ahora, deberías hacer lo mismo.


Entonces el profesor Ruford abrió sus brazos desplegando las largas mangas de su túnica.

Con una serie de movimientos armoniosos, frente a ellos apareció una pequeña circunferencia de un azul que Rebeldía tenía muy vivo en la memoria.

Se trataba del inconfundible tejido del portal.

Poco a poco en un inicio, aunque ganando velocidad, fue creciendo de tamaño hasta que era claro que la pequeña ya cabría por él.

―Sabes que Él está aquí. Por favor, regresa cuando estés preparada. Te estaremos esperando.

Dicho eso, de un empujón lanzó el portal circular en dirección a Rebeldía, que nada pudo hacer para evitar ser engullida a gran velocidad por él.


El gélido frío de la teletransportación se adueñó de todo su cuerpo.

Le costaba horrores respirar debido a lo sorpresivo y vertiginoso del suceso.

Sonidos de botas se alternaban en su mente con el crujir de recuerdos que se desvanecían dejando paso a otros más antiguos.

―Coronel, en pie.

Por un momento sintió que su padre se dirigía a ella.

Sin embargo, al entreabrir un ojo, la boina verde del general Harris la devolvió rápidamente a la realidad.

A la otra realidad.

Sacudió la cabeza sumamente confundida.

Las prisas de ese canalla no iban a reducirse porque estuviese al borde del estado de shock.

―Informe de la misión.





8




El café humeante no era lo más recomendable a esas horas del anochecer, pero Rebeldía no tenía precisamente intenciones de dormir.

El informe para el general Harris había tenido que esperar.

Por orden médica, todo el equipo enviado a través del portal debía reposar, higienizarse y, sobre todo, entrar en calor.


En esas estaba.

A cortos sorbos de aquél brebaje, poco a poco sentía como una creciente relajación se apoderaba de sus músculos.

Hasta que las compuertas de su alojamiento en la base militar se abrieron.

―Coronel. ― El general entró con su habitual aura de superioridad, limitándose a pronunciar su cargo como todo saludo. Harris se dirigió a la barra donde reposaban los refrigerios, para proceder de inmediato a servirse un generoso whisky escocés.

Lo cierto es que a Rebeldía no le apetecía otra cosa para disolver con velocidad y eficiencia la tensión acumulada, pero los médicos habían sido meridianos al respecto: Nada de alteraciones mentales.

―¿Y bien? ― La voz grave del general denotaba una calma que contenía urgencia. Una amabilidad que denotaba concentración.

 

Rebeldía le explicó todos lo detalles que lograba recordar, a medida que le iban asaltando la mente.

Veía la incredulidad en el rostro de Harris, sobre todo en las partes mágicas como las escobas voladoras.

Cuando llegó a la hipnosis del pin de las llamaradas verdes, hizo una pausa.

Fingiendo encontrarse súbitamente mareada, se estiró en su lecho cerrando los ojos.

Había contado gran parte de la historia, y esperaba que el general se marchase. Poco le importaba si satisfecho o no.

Lo que tenía claro es que iba a ocultar la presencia del Monstruo en el mundo que acababan de visitar.

El general quería disponer del portal para su propio uso, controlarlo a su voluntad.

Para Rebeldía, era una nueva oportunidad de dar caza a su rival.

―Una historia interesante… Descanse, Coronel, veremos si mañana la recuerda de la misma forma. ― En esta ocasión la voz del general relució con cierta mofa, como si descaradamente otorgase nulo crédito a lo escuchado.

 

Cuando salió de la sala, Rebeldía dejó pasar unos segundos antes de dar la orden a la IA.

―Oscuridad.

Un instante después de que su voz se alzase en la solitaria habitación, las luces se fundieron lentamente hasta dejarla sumida en las sombras.


Fuera de la base, una espectacular luna llena iluminaba la zona.

Nubarrones oscuros peinaban su superficie llevados por un fuerte y frío viento.

Lejos, en un territorio no perteneciente a ninguna parte, una sonrisa despertaba encendiendo grises antorchas.

Una mente tan macabra como oscuro era su poseedor frotaba sus manos ante lo que estaba por venir.

El territorio preferido de los Monstruos es la noche. Amparados por su oscuridad, resulta más sencillo concebir horrores que quizá la esperanza del día podría endulzar para desgracia general de la terrorífica orquesta.

Esa noche muchas personas iban a sufrir.

Pero había un Monstruo en especial que ansiaba jugar sus cartas en una apuesta máxima. Su fijación en Rebeldía era absoluta tras la danza que habían mantenido no hacía mucho.

Sabía que, de destruirla, alcanzaría la victoria total en el pulso que le estaban manteniendo.

Pero no iba a hacerlo de un modo ágil.

La tortura de una gota cayendo cíclicamente durante una eternidad puede enloquecer a cualquiera. Pero a alguien que ya está loco, basta con privarle de todo descanso para que él mismo se lance a las aguas de la autodestrucción.


El viento peinaba la noche fuera de la base donde Rebeldía trataba de conciliar el sueño.

En la oscuridad absoluta de la estancia, no reparó en el punto rojo que brillaba como el ojo de un diablo.

Simplemente comenzó a bailar entre lo real y lo onírico, mientras su ceño se fruncía a medio camino entre el disgusto y la incomodidad.

Solo se trataba del comienzo del juego.


―Está entrando en fase REM, general.

Harris condujo una mano a su perilla y la acarició ocultando una sonrisa retadora.

―Monitorícenla. No pierdan detalle.





Jan. 9, 2019, 6:13 p.m. 2 Report Embed 10
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Sunny Black Sunny Black
Es natural encontrar en sus escritos una calidad pulcra en la narración, además de ser amena y no evitar sumergirse en lo que va aconteciendo. Fascinante!!
Feb. 2, 2019, 10:57 p.m.

  • Víctor Fernández García Víctor Fernández García
    ¡Mil gracias Sunny! :D Tu comentario me arranca una gran sonrisa y me anima a continuar adelante con esta nueva entrega de 'El Símil' :) Feb. 2, 2019, 11:52 p.m.
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