La Maldición de Adonis Follow story

mariacosta85 María Acosta

Pasar el verano junto a su amiga Suzanne en el idílico pueblecito de Munysporth, le pareció a Phoebe una buena idea. Sin embargo, nadie había previsto el choque que se produciría entre Suzanne y su madre, cuando esta última trajera consigo desde Nueva York a un joven y guapo acompañante. Para Patrick, el lujo y la compañía de mujeres ricas forma parte de su día a día. Su llegada a Tindale House provoca una situación de tensión que es difícil de sobrellevar y acaba encontrando refugio en esa joven que ha sido invitada por la hija de su anfitriona y que, como él, se ha convertido a la fuerza en testigo y parte de tan desagradable problema. Phoebe y Patrick comparten complicidad y experiencias, mientras sus pasos en el camino los van acercando poco a poco y terminarán descubriendo en el otro algo que no esperaban. Dicen que el verano es tiempo de romances… ¿qué pasa si decides vivirlo con un chico de compañía?



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Capítulo I


El primer día de las vacaciones de verano amaneció soleado.

El edificio donde vivían - ubicado en el barrio NoMad de Manhattan – había sido un ajetreo constante durante toda la mañana. No hallaron paz hasta el almuerzo, cuando la mayoría de sus compañeros universitarios ya se había ido y solo quedaban unos pocos rezagados que, como ellas, aguardarían hasta la tarde para iniciar su viaje de vuelta a casa.

Era la una de la tarde, cuando Suze apareció en el umbral de su habitación mientras ella terminaba de hacer su equipaje.

—¿Estás lista? —Le preguntó, apoyándose en el marco de la puerta para observarla.

Levantó su oscura cabeza y contempló a su compañera de piso. Rubia y esbelta, parecía más una modelo californiana que una chica de la costa este. Sus ojos verdes la miraron, expectantes: sabía que estaba deseando abandonar la ciudad para dar comienzo a sus vacaciones.

—Ya casi estoy. —Le aseguró, metiendo en la bolsa las últimas prendas y cerrando la cremallera—. ¡Listo! —Esbozó una sonrisa triunfal—. ¿Me ayudas a bajarlo todo?

—Por supuesto. —Suzanne se hizo con una de las bolsas, mientras ella cargaba con la otra.

—¿Te acordaste de devolverle las llaves al señor Cole? —inquirió, una vez salieron del apartamento, rumbo al ascensor.

—Se las di esta mañana: vino a despedirse y me dijo que lo avisara, si me decidía a abrir mi consulta en la ciudad, que me enviaría algunos clientes.

—Un detalle por su parte.

—Sí que lo es.

Entraron en el ascensor y la conversación continuó durante los pocos segundos que éste tardó en abrir sus puertas y dejarlas en el vestíbulo.

—Entonces, ¿qué? ¿Piensas abrir tu consulta en Nueva York? —preguntó con curiosidad, mientras se encaminaban hacia la salida.

—No lo sé. Creo que podría hacer más falta en Munysporth: ya sabes que sólo tienen un dentista... Y alguien me ha dicho que va a jubilarse pronto.

—Así que vas a robarle la clientela —bromeó.

Suze sonrió.

—Tal vez.

Salieron al exterior y cruzaron el sendero de piedra y la verja de hierro forjado que las separaban de la calle, donde estaba aparcado el Nissan rojo de su amiga. Guardaron su equipaje en el maletero y pronto Suze estaba encendiendo el motor e incorporándose al tráfico de la calle.

Tenían por delante cuatro horas y media de viaje hasta Munysporth, así que su amiga encendió la radio en cuanto pararon en el primer semáforo.

La música de Stereophonics las acompañó a lo largo del camino.

El edificio Healh, en la calle 72 oeste, era una mole de piedra construida en los años treinta, poco antes de la Gran Guerra.

Situado no muy lejos de Central Park, su fachada de color crema se elevaba hasta una altura de diez pisos y tanto el exterior como el interior habían sido decorados siguiendo el estilo Art Decó.

A última hora de la tarde, Patrick Welsh salía de uno de los espaciosos ascensores en la sexta planta, donde residía. Lucía un atuendo deportivo y su corto cabello negro todavía estaba humedecido, tras su paso por las duchas del gimnasio de la planta baja. Patrick era un hombre esbelto, de poco más de 1.80 cm. Rondaba los treinta años y su porte elegante, sus perfectos rasgos faciales y sus grandes ojos azules a menudo lo convertían en el centro de todas las miradas cuando estaba en público.

En ese momento, sin embargo, no había nadie presente para verlo cruzar el pasillo hasta su apartamento, mientras hablaba por el teléfono móvil:

—Pues claro que iré a verte en septiembre —decía, al tiempo que intrducía la llave en la cerradura y abría la puerta. Se quedó un instante en el umbral, con una sonrisa en los labios que era a la vez cariñosa y triste—. Yo también te echo de menos, mamá. Estoy deseando verte. Me gustaría...

No pudo decir lo que le gustaría, porque en ese momento recibió otra llamada. Se apartó el aparato de la oreja para ver el número y no tardó en reconocerlo.

—Mamá, tengo otra llamada, lo siento. —Se disculpó, haciendo una mueca—. Sí, es del trabajo. Te llamo mañana, ¿de acuerdo? Hoy voy a estar ocupado. Te quiero. Adiós.

La madre colgó y el joven tardó unos segundos en pulsar el botón para aceptar la llamada entrante, ocupado como estaba en cerrar la puerta del apartamento y dejar la bolsa de deporte colgada en el perchero de la entrada, cómo era su costumbre.

—Hola, Alicia, ¿qué tal? —respondió por fin, adentrándose en el amplio y minimalista salón—. ¿Una propuesta? ¿Decente o indecente? —bromeó, haciendo reír a la mujer al otro lado de la línea—. No hay problema: tengo la agenda libre hasta septiembre. Y me han dicho que el condado de Essex es de los más bonitos de Nueva York. Sí, por supuesto. ¿Tu hija nos acompañará? —preguntó con curiosidad—: me dijiste que pasabais los veranos juntas... Claro, estará ocupada con su amiga. Muy bien, entonces. ¿Nos vemos en el aeropuerto? ¿Me mandas el billete o lo llevas tú? De acuerdo, pues el lunes nos veremos a las cinco en Teterboro. No, no hace falta que me recojas, el portero me pedirá un taxi. Adiós, Alicia, cuídate. Y gracias por invitarme.

El hombre colgó y permaneció en silencio un momento, antes de exhalar un suspiro. Luego giró sobre sí mismo y encaminó sus pasos hacia el baño, ubicado al final de un corto pasillo que comunicaba el salón con el único dormitorio del apartamento.

Sus proyectos inmediatos eran un ducha caliente y una cena ligera. Había quedado dentro de una hora con sus amigos en el <<OK Club>> y le esperaba una noche de juerga hasta la madrugada: tenía el fin de semana libre por primera vez en varios meses y quería disfrutarlo.

Mañana llamaría a su madre y se despediría de ella hasta septiembre. Y el lunes volvería a sus quehaceres.

Comenzaba a anochecer, cuando tomaron el desvío hacia Keene y abandonaron la carretera nacional.

Atravesaron la pequeña ciudad y condujeron durante aproximadamente media hora hasta llegar a Munysporth. La carretera se convirtió de pronto en la calle principal del pueblo y ambas se vieron sumergidas en un paisaje de colinas y mar, con casitas y edificios victorianos que se apilaban juntos a lo largo de un puñado de calles, las cuáles discurrían en paralelo hacia el interior del municipio.

En el extremo opuesto se extendía hasta donde alcanzaba la vista el océano Atlántico, bordeado por diez kilómetros de playa de arena dorada.

—¿Qué te parece? —Le preguntó a Phoebe, cuya mirada de admiración lo recorría todo a su alrededor.

—Es precioso. ¡Parece salido de una postal!

No pudo evitar una sonrisa de orgullo.

—Bienvenida a Munysporth, señorita Dillan.

Phoebe rió y la miró divertida.

—Gracias a usted por invitarme, señorita Tindale.

Siguió conduciendo en dirección sur y dejaron atrás el pueblo. Habían recorrido ya un buen trecho de la sinuosa carretera, cuando tomó el desvió a la derecha y el paisaje volvió a cambiar: el océano quedó a sus espaldas y todo se convirtió en campo, de donde surgían de vez en cuando las elegantes mansiones - construidas algunas de ellas siglos atrás - cuyos moradores sólo las habitaban durante el verano y, en algunos casos, también en Navidad.

Llegaron hasta el final del camino y éste se abrió para mostrarles una gran mansión, hecha de rústica piedra y madera, con el tejado de pizarra y rodeada por sus cuatro costados por un muro de piedra oscura, que había sido invadido parcialmente por una salvaje enredadera. Por su aspecto, era fácil deducir que tenía varios siglos de antigüedad.

—Todo esto es impresionante —dijo Phoebe, conforme enfilaban el camino de entrada a la casa.

—Es <<Tindale House>> —declaró, sin poder ocultar el orgullo en su voz—. El hogar de mis ancestros.

—Es fantástico.

Cuando llegaron a la rotonda de entrada, la rodeó con el coche y se detuvo frente a la fachada principal. Allí estaba Brenda, el ama de llaves, vestida con ropa de faena y luchando con sus tijeras de podar contra la enredadera.

Al oír llegar el coche, la anciana se dio la vuelta y una sonrisa de bienvenida apareció en su cara.

—¡Hola, Brenda! —La saludó, jovial.

—¡Señorita Tindale! —Dejó a un lado las tijeras de podar y se quitó los guantes, acercándose hasta ellas—. Llegan ustedes pronto. No las esperábamos hasta las cinco y media, por lo menos.

—El tráfico se diluyó en cuanto salimos de la nacional —alegó. Acto seguido, se giró para presentarle a su amiga—. Brenda, esta es Phoebe, una compañera de la universidad. Se quedará a pasar el verano con nosotros.

—Encantada, señorita.

—Lo mismo digo, Brenda.

—¿Dónde está Brian? —inquirió con curiosidad.

—Peleándose con el filtro de la piscina. —Frunció el ceño—. No sé cómo, un gorrión ha hecho su nido allí.

—Vaya.

—No es un buen sitio para anidar. Le he dicho a mi marido que tenga cuidado para no dañar a la madre ni a los huevos.

—No les hará daño, estoy segura. ¿Mi madre ha llamado ya?

—Hace rato: llega pasado mañana. Brian irá a recogerla al aeropuerto... Parece que trae un invitado —Le comentó, no sin cierta contrariedad.

—¿Un invitado? ¿Mi madre?

—Me pidió que preparase una habitación extra.

—Será alguna de sus amigas —declaró, restándole importancia.

—Eso será.

—Bueno, nosotras vamos a dejar el coche en el garaje. ¿Cuándo estemos listas, podremos cenar?

—Por supuesto: hoy tenemos filetes rusos... Sé que son sus favoritos. —Le sonrió con cariño—. Los serviré en el comedor en cuanto acabe con ésto. Mientras, pueden ir ustedes a refrescarse. Ya he preparado sus habitaciones.

—Perfecto.

Se despidieron de ella y siguieron su camino, dando la vuelta a la casa para dirigirse hacia la parte de atrás, donde se encontraban el garaje, el patio y la piscina. Por el espejo retrovisor, pudo ver a Brenda calarse de nuevo los guantes y, con un suspiro resignado, recoger las tijeras para volver al trabajo.

Jan. 9, 2019, 2:36 p.m. 0 Report Embed 0
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