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captainleon CharmRing

En el pueblo de Copacabana se va a preparar un delicioso plato la noche de navidad... Picana, el plato del diablo.


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Llegada a Copacabana

La picana del gato

Capítulo 1: Llegada a Copacabana

 

Era una época donde botas militares pateaban puertas para entrar y pateaban culos para salir. Tiempos desconocidos para seguro los jóvenes que leen esto y de entre las muchas historias de esos años idos, hay una que también es desconocida para la fecha actual.

Victor Toro era un joven de buen ver que por dentro no tenía nada que ver, al menos en lo que se refiere a lo probo del carácter. Y no, aunque este párrafo este en rima, al final la historia no dará risa.

Como todo joven de vida acomodada, llevaba una buena vida y si esto no es llevado con una buena educación en lo referente a lo moral, pues se dan casos como el presente.

―Papá, mamá. Me voy a Copacabana a ser seminarista, pienso ser cura y dedicarme a Dios en cuerpo y alma.

Ya se imaginarán la felicidad de los padres (y el alivio) al saber que su cuarto retoño dejaba la vida digamos, laxa ante la sociedad, para ser un hombre de bien. Lo que no sospechaban los progenitores que lo bombardearon con preguntas, fue que el motivo para tan intempestiva decisión, estaba lejos de obedecer el llamado a una vocación al servicio de Dios y el prójimo como mandan los preceptos cristianos.

Verán, la supuesta oveja negra descarriada que volvía al rebaño, era en realidad un lobo que luego de cometer una fechoría que involucraba faldas de por medio, tenía que poner sus patas, perdón, quise decir, pies en polvorosa.

El joven no pensaba vestir la sotana y dedicarse a una vida de castidad, obediencia y pobreza, y por lo tanto, la noche anterior fue  a la casa de su prometida de cara fea para sonsacarle un fajo de billetes que de feo eso sí, no tenía nada.

Además, seguro la panza de la empleada doméstica pronto mostraría su oronda figura y mejor que su madre creyese que fue su suave padre, adicto a las comidas grasosas de la empleada, el que por ironías del destino, hiciese ahora engordar a la joven cocinera.

En resumen: debía retirarse hasta que pasase la tormenta, luego, bueno, como dicen: Dios aprieta pero no asfixia.

Claro que también se dice: al que madruga, Dios le ayuda, y en eso se puso diligente Victor, ya que se llevó consigo un traje de chola y uno de cura, este último que no era una encomienda a un sastre, sino que lo tomo prestado del cura de la catedral.

―Cuando encuentre a ese canalla, le voy a romper la cara ―los transeúntes escuchaban a un hombre nervudo y rostro estricto que iba caminando las calles en compañía de varios de sus empleados, todos ellos musculosos y ansiosos de darle gusto a sus nudillos.

El sujeto no era otro sino que el padre de la prometida, quien al descubrir el dinero sustraído, se enteró que el joven cortaba la relación de compromiso para irse decía su hija a Francia a estudiar arte, ya que era un alma muy sensible.

El sensible pasaba justo al lado del viejo, y este no pudo reconocer al tunante ya que estaba disfrazado de chola.

Listo, asunto resuelto, se dice que el mundo es de los que tienen pelotas o en este caso en particular polleras, como sea que Victor tomó un micro que lo llevaría hasta Tiquina.

Ni que decir que el micrero, una vez llegado a su destino, le cobró doble pasaje a Victor ya que según él, el joven que veía no le había pagado el viaje.

―¡Claro que te he pagado tara de…! ―fue la contestación educada de Victor, quien para hacerse comprender de manera más civilizada, dio al pobre chofer un buen puñetazo, quien pese a ser un buen católico, no pudo dar la otra mejilla, el manto o ninguna otra cosa por estar inconsciente en ese momento.

―Hua, maistro, ¿por qué no avanzas? Estas perjudicando el paso ―decía un chofer que quería usar la barcaza para pasar al otro lado.

―Esta borracho, se ha dormido ―respondió Victor.

―¡Cómo va a manejar así, ahora mismo lo voy a denunciar al guardia!

Contento con su buena obra del día, Victor se subió a la barcaza. Le hubiese gustado cruzar el estrecho con más prisa pero tomaba tiempo poner las velas y esperar que hiciese un buen viento que inflase estas, por fortuna en el lugar siempre hacia ventarrón.

Al llegar al otro lado, el barquero también le pidió la paga del pasaje.

―¿No ves que soy un cura hijo mío? Es pecado cobrarle a un siervo del señor ―dijo y el barquero se disculpó profusamente; tan arrepentido estaba que incluso le dio a Victor unas monedas para llegar a Copacabana, claro, previas amenazas del hombre de Dios, y una supuesta condenación eterna en los fuegos de Belcebú.

Victor se subió a un burro y emprendió en caravana el viaje ya que ir en micro podía serle perjudicial luego de bendecir al micrero, con un reparador descanso.

«Condenados micreros, todos están sindicalizados. Seguro me están buscando.»

Así, llegó el falso cura a su destino y lamentó la tardanza debido a las curvas ya que hicieron que sus nalgas dejasen de serlo.

―No sabía que los burros fuesen tan duros ―dijo y le dio una patada al pobre animal, tan fuerte, que lo mató allí mismo.

―¡Mi burrito! ¡¿Qué pasa pues tata cura?!

―Esa criatura estaba poseída por el demonio, intentó morderme hijo mío.

―Pero…

―Nada de peros, ven, que te voy a dar mi bendición para que satanás no vuelva a poseer más animales tuyos.

La bendición fueron unas palabras dichas en latín seguidas de un coscorrón más fuerte del necesario.

Ya en el atrio de la iglesia, Victor se fue a un rincón y se quitó el disfraz de cura.

«Menos mal que nadie me descubrió. Bien, ya llegó el príncipe de Copacabana», así pensaba el cretino, sin percatarse que sí fue visto por un par de ojos color ámbar.

El gato se estiró y empezó a acicalarse la pata, sin apartar la mirada del joven que ingresaba a la casa de Dios.

CONTINUARÁ…

 

 

Jan. 6, 2019, 11:38 a.m. 0 Report Embed 0
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