Carta a mi delirio Follow story

candido-fernando1536765908 Candido Fernando

un ex-empleado de un hospital psiquiátrico es llamado para cuidar a un paciente con esquizofrenia, aquí, su vida tomará un rumbo taciturno


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La espera

CARTA A MI DELIRIO

CAPÍTULO 1: LA ESPERA


DOMINGO 20 DE MAYO


Apenas asoma el alba, desatando su tenue fulgor en lo más alto del firmamento, su suave caricia pone alerta mis sentidos; mientras aprecio la efímera belleza de las primeras horas del día, donde la existencia se convierte en una sutil armonía sin igual; me encuentro mirando al infinito, por un segundo nada ocurre, me siento levitando en algún punto lejano del universo, donde todo es calma, hasta que aquel recuerdo retorna a mí, creando caos donde hubo paz en algún momento, trastorna cual aro de fuego la armonía en la que me encontraba, se trata de aquella carta, misma que un par de días antes modifico radicalmente el rumbo de mi vida por completo, es probable que sea el sentir más alegre que he conocido hasta el día de hoy.

Las tres semanas anteriores fueron desgarradoras, consumían mi moral, mi fuerza de voluntad y mi estabilidad emocional, h estado rascando el poco dinero que he logrado ahorrar para solventar mis necesidades, jamás imagine llegar a este punto tan mortificante.

Hoy, merendando en mi soledad, manteniendo un soliloquio por fin me doy cuenta de muchas cosas, cada bocado emana los recuerdos de aquel viejo hospital psiquiátrico; al cerrar los ojos me visualizo recorriendo los pasillos color hueso, con un acentuado aroma a cloro, reviviendo el monótono bucle de los pacientes, quienes realizan un vaivén de un extremo a otro dentro de sus habitaciones asignadas, homologo a esto, dando pequeños pasos por el amplio jardín como si intentasen alcanzar algo pero su andar les obstruye. Mientras tanto, desfilo por el largo corredor impulsando un rechinante carro de servicio, con el cual reparto las raciones cotidianas a los pacientes en una desgastada charola de aluminio; Recordar es todo lo que me queda.

Aquí, acompañado de mi soledad, analizo quien soy y que he hecho; soñaba cambiar vidas, creía ciegamente que en el hospital, más conocido como manicomio; que dentro de él, realmente se proporcionaba ayuda a los enfermos, me hacen falta vocablos para describir el golpe tan contundente que me propino la realidad; siento asco de mí mismo por formar parte de un engaño colectivo donde creí ser el titerista y resulte ser el títere; mi día a día se ha convertido en un martirio, cada que cierro los ojos, en cada momento   veo los de ellos, desorbitados, viendo una realidad que solo ellos pueden concebir, esa ficticia realidad en que cada uno sostiene su lucha o idilio.

Retornando a contar mi vivir en el hospital, bien recuerdo los últimos días fueron como navegar en aguas tranquilas en un yate, mis responsabilidades disminuían gradualmente, al principio no tenía la menor idea de cómo corresponder, puesto que siempre fui destacado en mi labor, el lugar comenzaba a caer en bancarrota, puesto que los pacientes ingresados por gente de alto estímulo económico, mismos que eran los pilares del establecimiento, comenzaron a fallecer bajo peculiares circunstancias.

La causa que marcó el final del trayecto fue un paciente diagnosticado en “trastorno de múltiples personalidades” de nombre ABRHAM S. (siempre desconocí el significado de su apellido), a quien constantemente debíamos sedar, el motivo de esto es que durante las 3 o 5 primeras horas del día, despertaba violentamente vociferando que su otra personalidad quien hacía llamarse "Efraín", dialogaba con él en sus sueños, amenazándolo de muerte e hiriéndolo, este suceso se volvió cosa ordinaria desde hacía 5 meses y por tanto el proceso ya mencionado, de tal manera que se había establecido un rol determinado donde un par de enfermeros velaban para cumplir la enmienda, a tal punto que se asemejo a su deporte, apostando que pareja sometería más rápido al paciente.

Dos días antes de comenzar mayo ocurrió un suceso que no ha dejado de conmocionarme; un 28 de abril me disponía a servirle su ración diaria al paciente Abraham, pero basta fue mi sorpresa cuando al abrir la esclusa corrediza de la puerta me sujeto firmemente de la mano con que sostenía a charola y tiro de ella replegando mi cuerpo contra la puerta, sentí un pánico terrible, nuca antes había hecho cosa semejante, en mi vano intento por librarme, alcance a mirar por la minúscula ventana algo que me dejo perplejo, algo había cambiado en el, su mirar era totalmente distinto, tenía una violenta actitud, por fin lo conocí, aquel ser malicioso del que me habían comentado vivía dentro de él, ¡era Efraín!, entre dientes me decía que Abraham había muerto y ahora él tenía el control, justo en ese instante, un grupo de enfermeros acudieron a mi auxilio librándome del paciente, mire mi brazo, estaba hinchado por la presión ejercida al sujetarme, me levante lo más rápido que pude, me aleje del aposento de Efraín mientras gritaba con fuerza “memo salvatur”; cada grito me desgarraba el alma y aun ahora, retumba en mis oídos sus palabras.

Sin embargo el momento más impactante fue al siguiente día. Hallaron el lívido cadáver del ya mencionado paciente, su deceso fue causado por una sobre ingesta de drogas, mismas que se le suministraban, a principio parecía no tener explicación esto, puesto que era regulado el suministro de medicamentos a los pacientes, no obstante, tras una exhaustiva búsqueda se encontraron pilas de pastillas dentro de los tubos del catre, esto me llevo a un par de conjeturas, la primera es, si fue lo suficientemente astuto para esconder una porción de las pastillas durante largo tiempo para así acumularlas, y la segunda, si alguien le estaba entregando clandestinamente las pastillas, análogo a esto, se encontraron borradores de cartas sin aparente sentido dirigidas a un tal “señor S”. Si mi segunda conjetura fuera acertada, ¿con que fin lo hacía o bajo el mando de quién? Esta pregunta me detuvo largo tiempo hasta que la fui olvidando.

Posteriormente se rindió testimonio a los familiares del paciente, quienes indignados entraron en cólera maldiciendo al director, al lugar y a todos los que nos encontrábamos presentes, tras esto, los, medios dieron rienda suelta a su imaginación, difamando y exagerando lo sucedido; esto ocasiono que los ya escasos clientes potenciales, con que contaba el hospital retiraran a sus pacientes, consecuentando en la bancarrota del mismo. Paulatinamente, fueron despidiendo uno a uno, llegó aquel tormentoso día en que el doctor que dirigía el establecimiento mando citarme en su oficina, la noticia fue con una bofetada en la cara, a medida que avanzaba por el pasillo se volvía interminable, mi vista se nublaba y los pies me pesaban, me faltaba el aliento; al llegar, la puerta se encontraba abierta, dí un par de débiles golpes y el director asintió con la cabeza:



¿mando llamarme señor?-

 Es correcto mi buen amigo Héctor-

-Dígame señor-

- La situación que estamos viviendo aquí se ha vuelto degradante, no hay fondos suficientes para que todos subsistamos, estamos en quiebra-

No podía negar de ninguna lo que menciono, se veía mas pálido y delgado, desganado, paralelamente siempre me sorprendió la serenidad con que decía las cosas, hacia aparentar que nada era tan malo, incluso una charla melancólica se convertía en un sitio de confort.

- Lo entiendo señor, dígame, ¿en qué puedo ayudarle?

-Escuche Héctor, seré franco, quiero darle las gracias por sus grandes servicios a este lugar-

Antes de poder formular palabra, extendió su mano y poso su mirada en mí, haciendo un nostálgico ademán de despedida, le agradecí y me retire.

Salí a toda prisa del lugar, camine por largo tiempo, solo prensando en lo reciente acontecido, me sentí tan frustrado lleno de rabia, con ansias de retornar y prender fuego al manicomio, ¡ah!.. Que pensamiento más absurdo, no tendría motivos para hacer tal cosa, ninguna ganancia al quitar la vida y oportunidades a personas a las que un día sonreí y formamos una familia.

Llegué a casa, triste, deshonrado, sin ganas de vivir, así pasaron los días, vivía de una forma monótona, intentaba alegrarme, pero por dentro me sentía vacío. Un 18 de mayo a las primeras horas del día llamaron a mi puerta, abrí con desgano, mire desconcertado al cartero quien extendía un paquete de cartas, le agradecí tajante y volví a entrar, me tire en el sillón de la casa, arroje las cartas puesto que no les di importancia, encendí el televisor y al bajar la irada en uno de los sobres había un sello muy particular, lo miré absorto, cuando di comienzo a la lectura no pude evitar sentir un alivio enorme, he aquí una transcripción del manuscrito:


Miércoles 15 de mayo.
Estimado Sr. Héctor Arundia:
Me dirijo a usted ofreciéndole un cálido abrazo y un saludo, espero lea mi carta y sea de su agrado. He recibido noticias muy gratas sobre su desempeño en el hospital psiquiátrico, por lo que quiero hacerle una propuesta; tengo un tío abuelo de nombre Isidro, mismo que padece esquizofrenia, tengo por bien sabido la vasta experiencia que tiene con pacientes de este tipo, espero su pronta respuesta para que pueda dar inicio lo más pronto posible, anticipo que será bien recompensado.
Pd: espero de usted el mismo gran talento que tanto se me ha mencionado, sin más me despido.
SALVATORRE.

No vacilé ni un momento en aceptar, a pesar que no tenía la menor idea de quién era el remitente, ni mucho menos sentí interés por la cuestión monetaria, me alegró saber que podía servir a alguien haciendo lo que es mi pasión, de inmediato redacte mi responsiva, lleno de júbilo escribía línea tras línea, no podía contener el regocijo que ardía en mi pecho, ahora solo espero la fecha de partir.


Jan. 4, 2019, 4:46 p.m. 0 Report Embed 0
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