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"El perro ha crecido demasiado "



Le dije que me dajara en paz y me senté en el portal a esperar por el repartidor del correo. “El cartero”, me recordó ella, con su tono sentencioso de quién creyó haber ganado la discusión. Yo no estaba esperando una carta, sino un paquete, por tanto no le veía razón alguna, a llamar cartero a aquel hombre. El mediodía, casi puesto de parte de Carolina, resplandecía molestándome en los ojos, a pesar de estar guarecido por el techo de tejas viejas de aquella casa donde había vivido toda mi vida. El columpio estaba flojo, detuve el movimiento un segundo para mirar hacía arriba y me di cuenta de que los tornillos oxidados estaban saliéndose de su lugar. Supongo que debo hacer el tiempo para repararlo, pero con Carolina dando gritos todo el día es imposible hacer algo en esta casa, creo que esta noche me llenaré de valor y al fin le pediré el divorcio. No estoy demasiado molesto, sólo frustrado, ella se empeña en ignorar su culpa, aunque tampoco me culpa a mí de lo que nos ha pasado, simplemente sigue su ritmo uniforme incapaz de revelarse en contra de la vida, y sacándome de quicio con sus conformismos y alaridos. Sé que todos me dirán que soy un desagradecido, pero no la amo, no la reconozco y no quiero vivir mi vida más a su lado. Mi cuerpo no quiere seguir siendo esclavo de una inercia dolorosa. Carolina sufre mucho en silencio, ella cree que no la escucho cuando llora encerrada en el baño durante la madrugada, he intentado explicarle que no puedo obligarme a sentir cosas que no están en mi corazón, ella es una buena mujer, no quiero hacerla sufrir más. Al principio, estuve de acuerdo en tratar de poner de mi parte, en hacer más llevadera nuestra relación, ella me convenció con su sonrisa encantadora y su mirada esperanzada, pero al poco tiempo aunque ni ella misma lo reconozca, comenzó a llenarse de frustraciones igual que lo hice yo. No podía amarla simplemente porque ella asegurara que en algún momento de mi vida la había adorado como a nadie. Estoy seguro que un día me arrepentiré de haberla dejado, pero así es la vida, una mierda injusta, quizás mi decisión  nos  ayude a los dos a encontrar el camino correcto. Enseguida me relajo, el portal me relaja y el vuelo de los tomeguines,  fieles al arroz que le lanza Carolina , hace que me pregunte  por qué nunca los he escuchado cantar. Comienzo a pensar que mi sueño es ser fotógrafo, siempre he querido viajar el mundo en busca de momentos que atrapar para siempre, no lo haría por dinero, ni por reconocimiento, ni por fama, lo haría para cuando un día sea muy viejo, tener montones de álbumes para recordar cada instante de mi vida, me he dado cuenta que no conservo ni un solo recuerdo. No siento del todo que hasta este punto haya tirado mi vida por la borda, sería muy injusto con Carolina y todos sus amigos que tan bien me han tratado, me han ayudado cuando más los he necesitado. He conocido en ellos gente amable y maravillosa, pero son sus amigos, no los míos y salen en sus fotografías, no en las mías. Creo que es hora de dejar de refugiarme en ellos y salir a la calle a tener mi existencia propia. Nunca he sido demasiado exigente conmigo mismo y eso me ha dejado en el lugar donde estoy, abrumado por el futuro, dolido con el pasado y tan solo como ese perro que está ahí, amarrado en el jardín. También tengo que hacer el tiempo para limpiar el jardín. No recuerdo el nombre del perro, solo sé que cuando ladre será que se aproxime el repartidor del correo. Me pregunto a donde irán Carolina y sus amigos cuando les pida que abandonen esta casa, ha sido la única casa donde han vivido toda su vida. Esta es una gran casa, me gustaría remodelarla algún día, deshacerme de los muebles viejos, de los cuadros desconocidos, de las polvorientas cortinas, descubrir de donde viene ese olor a medicinas, a humedad, a  orine seco, y demoler cada centímetro de moho. Me gustaría que esta casa oliera como el cundiamor, digo la palabra en voz alta, e intento recordadar también, a qué huelen las ciruelas,  la tierra mojada, a que huele la tierra por sí sola, y a que huele el agua. Carolina sigue dádome gritos para que entre a almorzar, sigue ignorando todo lo que pasa, pero yo me quedaré aquí hasta que llegue el cartero, prefiero eso, a escupir su almuerzo, no resisto comer solo para sobrevivir.  Me pregunto que comeré cuando se vaya Carolina, nunca he sido un hombre muy hábil en labores domésticas, pero puedo aprender, y me sonrío, de eso se trata, de aprender cosas, la vida es misericordiosa con el aprendizaje. Aprenderé también un oficio y buscaré un trabajo, quizás, pueda viajar a la luna, anoche, en la televisión, dijeron que ya es posible. El cartero siempre llega sobre las tres, me saluda con lástima, y nunca cruza el portón del jardín por miedo al perro. Las veces que ha traído noticias de la muchacha cuyo rostro está dibujado en el cuadro de la sala, Carolina llora mucho más, creo que es su hija, se parece demasiado a ella, pero no lo sé, ya Carolina no se sienta a hablar conmigo de sus cosas personales, ni de sus problemas como deben hacerlo las parejas, ella hace mucho que no es mi pareja, solo mi amiga. Recuerdo claramente el sexo, aunque ella diga que no, yo sí lo recuerdo : erizarse mi piel, recuerdo los latidos acelerados de mi corazón, recuerdo esa sensación de separar el cuerpo del alma, de despegarme de la cama, la electricidad corriendo por la punta de mis dedos. Pero no puedo vincular el sexo con el amor, lo intento pero no puedo, recuerdo el amor, pero no recuerdo como se siente amar a alguien, creo que nunca me he enamorado. Quizás nunca me enamore, quizás el primer paso sea comenzar amarme a mí mismo, al hombre que veo en el espejo cada mañana al inclinarme y que no reconozco como yo mismo, miro mis manos, no parecen ser mis manos, sin embargo lo son. No sé como me hice esa cicatriz, pero recuerdo el dolor, y el calor de la sangre, ojalá pudiera sentir ese calor ahora, ojalá pudiera sentir viva otra vez mi sangre. Mi sangre ahora es extrañamente fría, mis manos también lo son. El sol ha comenzado a ceder ante un montón de nubes que le hacen frente, enérgicas. ¿A esta hora siempre llueve? Tengo miedo de que si llueve, el cartero nunca llegue, en ese paquete está mi vida entera. Las primeras gotas comienzan a caer y un olor raro invade el portal, me parece familiar.  La lluvia comienza a enfurecerse, el jardín empieza a brillar, y mis pies salpicados desconocen lo que sienten, quisiera remover el techo que aprisiona  mi cabeza o salir corriendo y cruzar el portón para jamás volver, pero no puedo hacerlo, mis pies nos responden o será que simplemente no recuerdo como correr. Carolina me observa desde adentro, con desconfianza, quizás piensa que me iré, parece preocupada, pero no se atreve a decirme nada. El aguacero fue un  acto de rebeldía del cielo, no duró demasiado, aún así a mí el día se me está haciendo eterno. Hoy no me he sentido  muy bien de salud, me duelen los huesos, los rincones más encorvados de mi espalda. Cada vez me cuesta más trabajo escuchar, respirar, incorporarme un poco para ayudar a Carolina a cambiar las sábanas de la que un día fue  nuestra cama y ahora es sólo mía, con una mitad vacía que encontrará a su otra mitad el día que yo muera. Le temo a la muerte, a veces la veo sentada a mi lado, aveces corre redonda y trasparente por las mejillas de carolina.  Solo espero que el cartero llegue pronto, tengo hambre, no debí ser un malcriado con mi mujer. Mejor me olvido del dichoso paquete que quizás se perdió en la oficina de correos y nunca llegue. Entonces, veo asomarse al cartero en el portón del jardín y  comienza a ladrar el perro. Carolina sale con su caminar lento y me dedica una mirada esperanzada otra vez y la misma sonrisa encantadora. El cartero le entrega una pequeña caja, le dice que es para mí, porque le veo como me señala, ella se toma unos minutos para explicarle que yo he olvidado como escribir, que no podría firmar, él vuelve a mirarme con lástima. Carolina cierra la puerta otra vez y camina hasta la mitad del trayecto del jardín, y yo ansioso espero que ponga la caja sobre mis piernas, sin embargo ella se detiene, camina hacia la caseta y desata al perro, quien comienza a dar saltos histéricos al saborear su libertad luego de tanto tiempo, no sé lo puede creer, se revuelca entre la hierba, siente el olor de la tierra mojada con su hocico inquieto, ladra con todas sus fuerzas, y juguetea en los pies de Carolina agradeciéndole por quitarle aquella soga que minutos antes rodeaba su cuello. Ojalá nunca vuelva a amarrar al pobre perro. Ella le sonríe y continua su camino hasta pararse frente a mí. Me mira y sabe que yo no sé quién es ella  la mayor parte del tiempo, pero en sus ojos puedo ver que ella sí sabe quién soy yo. En sus ojos me veo, y por un brevísimo instante, recuerdo que la amé más que a nada en este mundo, que sus amigos son nuestros  hijos, que la chica dibujada en cuadro de la sala es mi nieta, que está muy lejos en otro país y que en esa caja, están las medicinas que me harán atesorar este lapsus de tiempo un poco más hasta que ya no le tema a la muerte. Carolina carga casi todo mi peso para pasarme a la silla de ruedas, pero no grita, ni pelea cuando se da cuenta de que me he mojado los pies, entonces, le agarro su mano puesta casi sobre mi hombro, la sostengo con todas la fuerzas que me quedan y le digo: querida, cómo ha crecido el perro!. Y le recuerdo: Te amo… Quizás sea la última oportunidad que tenga de hacerlo.


Fin.

Jan. 3, 2019, 8:48 p.m. 3 Report Embed 2
The End

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Alien Carraz Alien Carraz
Me ha gustado mucho tu modo de relatar sin pausas. Tienes mucho talento. No te permitas faltas de ortografía (a menos que sean intencionales). Bien por ti
Jan. 11, 2019, 3:28 a.m.
César Pérez César Pérez
Hola Lucia, muchas gracias por compartir tu cuento, esta muy lindo. Gracias tambien por visitar El Sabio de La Montana, agradezco tu tiempo. Espero puedas tambien leer otra de mis historias. Saludos,
Jan. 10, 2019, 3:16 p.m.
Alain Otaño Alain Otaño
Super!!!!! Saludos Lucía.
Jan. 3, 2019, 4:16 p.m.
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