Nochebuena Follow story

jmontilla J. Montilla

Acompaña a Altair, carroñero y mártir de un mundo en proceso de extinción, en su última noche de vida. Historia basada en el primer disparador creativo; la canción Have Yourself A Merry Little Christmas.


Horror All public.

#UnDeseoParaNavidad
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I

18:37 horas.


El hecho de obligarse a ofrendar el sueño al altar de los latidos, a la fe corrupta de la respiración pausada y del crepitar continuo de las articulaciones, provoca que quien se encuentra sepultado por cuanta tela polvorienta consiguió ubicar en aquel piso abandonado, desee barrenarse la cabeza con una bala que ya no tiene.


La bañera, esa cuna improvisada de herrumbre tóxica en la que Altair ha decido depositar los escombros de su existencia, fosa común maltrecha en la cual agonizan los escasos vestigios de templanza y vida que de milagro aún conserva, contra todo pronóstico, se le ha venido antojando lo suficientemente acogedora como para pasar la noche que desde hace poco yace derrumbada sobre la ciudad.


Y es que a decir verdad, en consecuencia del socavón recientemente horadado en la mitad de su abdomen, a la laguna vinotinto de éste que no concibe coagulación alguna y al desgaste energético del que ha sido víctima su cuerpo, tampoco le es posible exigir las comodidades que en realidad quisiera tener a su entera disposición. Una cama con dibujos de galaxias, para empezar; cualquier caricatura al alcance de un control remoto, por supuesto; un vaso rebosante de leche tibia, si no es molestia. Cosas sutiles, sencillas, estúpidas si se quiere; cosas que, desde hace veintisiete años, están igual de muertas como todas y cada una de las calles y recovecos del mundo, irremediablemente extintas como la infancia que jamás llegó a disfrutar, tan huérfanas de pulso como el Susurrante al que asesinó dos cuadras más allá de donde él se encuentra arrebujado.


Pensar en ello, en la cama que tuvo cuando niño, en las cobijas construidas a base de galaxias que le servían de lecho propio, le conduce sin querer a rememorar los incontables besos que padre y madre tan cariñosamente dejaban aterrizar en su frente cada noche, asimismo, el inequívoco amor con el que le arropaban bajo esos hilos de universo, de igual forma, la preocupación palpable que con cada día aumentaba en el rostro de sus padres. Porque sí, todavía se halla capaz de recordarlos, lo bastante como para resucitarlos de vez en cuando en esos sueños donde ambos le extirpan las entrañas a mordiscos.


—Padre...


Mejor que no hable; mejor no invocarlo. Mejor no dormir. Hay mejores formas de torturar el alma.


Por lo cual, haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedan, mientras deja su mano izquierda como dique momentáneo ante la hemorragia del abdomen, con la derecha explora los bolsillos internos de su chaqueta. Basta con que palpe un par de veces para dar con lo que busca: una diminuta grabadora de cassette.


Sólo es cuestión de que la encienda, la coloque muy arriba, en su hombro izquierdo, lo más próxima al oído, para que su mano diestra vuelva a su labor de intento de compresa.


Una vez que la grabadora comienza a vomitar, ininteligibles, las primeras palabras, Altair ruega porque le sean concedidos dos favores: uno, que la grabación que ansía escuchar amortigüe los sonidos supurados por su propio cuerpo, y dos, que de ser vencido por el sueño, no venga a visitarle el recuerdo que más odia en esta fría noche de invierno.

Dec. 31, 2018, 1:42 a.m. 0 Report Embed 4
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