En el refugio de sus alas Follow story

chriscarrieri cristina peralta

El día que Cecile descubre que nada es lo que creía, que ni ella misma es quien creyó que era, todo cambia en su interior, y también afuera. Los ángeles rebeldes han descendido a la tierra comandados por Luzbell. La buscan. Ella es "la llave" que les abrirá las puertas a la victoria final en contra de los cielos. Cecile deberá escoger un bando: blanco o negro. Ángeles o caídos. Ceder o resistirse. Pero no será la única. En las dos facciones habrá dudas, verdades por descubrir y secretos que claman por salir a la luz. Es tiempo de buscar refugio, ¿qué alas habrá de elegir?


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#amor #Luzbell #ángeles-y-demonios #espiritual #fantasía #258
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Capítulo uno

02 de octubre, año 2017, 11:55 a. m.

Londres, Inglaterra

CECILE

Era casi medio día y Cecile estaba algo atrasada. Aún le restaba terminar de decorar la torta de Finn, su novio desde hacía poco más de dos años. Le había resultado imposible no ojear de tanto en tanto su reloj de pared mientras batía, mezclaba y rellenaba, intentando corroborar que todavía estaba a tiempo para terminar con todo antes de que él regresara. Unos picos blancos de crema chantilly eran los últimos retoques que le daría al pastel celeste cielo (el color favorito de Finn), y estos tenían su total atención, o casi, pues la canción que sonaba en su equipo de música, Kiss from the rose, de Seal, también tenía una parte de ella; la cual evocaba en sus pensamientos puras cursilerías románticas.

Quizás por eso le gustaba tanto.

En eso estaba cuando se escuchó el primer estruendo. Su corazón dio un brinco en su pecho sorprendido por el repentino sobresalto.

«¿Qué rayos fue eso?», fue lo primero que pensó.

Decenas de estallidos más le siguieron sin descanso, haciéndola presa de tal pavor que la manga, rellena de crema con la que decoraba segundos antes, se le cayó de las manos al piso y dibujó en él una pegajosa estela celeste. Tardó en reaccionar, pero al hacerlo, su primer impulso fue ir hacia la gran ventana que daba con el balcón, decidida a conocer el origen de las explosiones, pero antes de llegar, más de esos estrepitosos sonidos cortaron el aire haciéndola temblar de pies a cabeza.

—¿Qué es?, ¿qué está sucediendo? —susurró mientras la incomprensión y la confusión se enarbolaban dentro suyo, alzándose sobre cualquier otro sentimiento.

Resuelta en su afán de hallar respuestas, completó los pasos que le faltaban para llegar a la ventana entreabierta, y al llegar allí, titubeando un poco, abrió la cortina de margaritas blancas y miró hacia afuera. El espanto y el terror que la invadieron la dejaron paralizada. Abajo, pues ella se encontraba en el quinto y último piso de su edificio, el caos era rey y soberano. El fuego cubría la ciudad de Londres en enormes ráfagas que parecían venir del cielo. No, no parecían, de allí venían, ardientes y voraces, consumiéndolo todo a su paso. Negando involuntariamente con la cabeza, Cecile retrocedió unos pasos hasta que sintió que chocaba con la mesa de la cocina. Pensó en qué hacer, pero su mente no cooperaba, parecía estar fragmentada entre el pavor y el desconcierto.

A la increíble visión anterior, se le sumaron poco después, los gritos. Estos últimos llegaron hasta sus oídos e impregnaron el aire de tal manera que, uniéndose a los llantos y desgarradores pedidos de ayuda de hombres, mujeres y niños, conformaron una sinfonía continua y tétrica. Fueron ellos, quizás, los que la despertaron de su horrorizado letargo, pues dando un rápido vistazo por su diminuta sala, encontró y asió su chaqueta de cuero y su bolso (solo por costumbre y en automático) y salió del apartamento sin siquiera ponerle llave a la puerta.

Al salir al pasillo notó los rostros desencajados y confundidos de sus vecinos: la señora Rivers con su gatito a cuestas, la familia Ramírez con sus dos niños pequeños y la nueva ocupante del piso, una joven universitaria que marcaba desesperadamente números en su IPhone, con las manos temblándole por los nervios. No se dirigieron palabra alguna, estas parecían negarse a confirmar que lo que estaba sucediendo era real.

Cecile tomó su lugar en la apretada fila que ocupó las escaleras. Bajó al paso lento que marcaban las numerosas personas que descendían delante suyo, sosteniéndose de la barandilla como si asiéndose a algo tangible pudiera convencerse de que esto que vivía no era un sueño, o más bien, una pesadilla. Tanteó la idea de bajar por el ascensor, pero lo descartó pronto, seguramente como los demás, sabiendo que en estos casos ese artefacto no era la mejor opción.

Mientras descendían, el respirar agitado a sus espaldas, unido a los sollozos y murmuraciones de los que estaban al frente, se confabularon para hacer de su alterado estado, uno mucho peor, pues ¿cómo no estar al borde de la histeria con los inexplicables sucesos a su alrededor?

«¿Serán terroristas?»

Otra histérica suposición.

No sería el primer ataque que sufriera Londres, pero... aquellas ráfagas emergiendo desde las nubes... nada tenía sentido, no lo tenía en absoluto.

Al llegar al primer piso, la improvisada cola se detuvo de repente.

—La puerta principal está bloqueada —le informó la nueva inquilina que iba delante de ella.

Asintió en respuesta sin saber qué más decir. Las palabras parecían haber huido de ella.

Ante tal hallazgo, y un minuto de estancamiento, el descenso continuó. La salida de emergencia, que con tanto ahínco habían reclamado meses atrás, parecía ser ahora la nueva ruta de escape. Y así fue, en un par de minutos Cecile salía a la calle; Candem High, para sus ojos, estaba irreconocible.

No tuvo palabras ni las tendría después, para expresar con fidelidad lo que veía, no podría explicarlo con la suficiente crudeza: fuego, flamas enormes y ardientes devorándose todo como bestias hambrientas, autos quemados, explosiones que se oían por todos lados, personas corriendo, gritando, llorando, muchos otros en llamas, corriendo desesperados por aquellas calles que siempre, y más a esa hora, estaban atiborradas de gente. Cadáveres calcinados cubrían como una retorcida alfombra la avenida en la cual su piso desembocaba. Otros mutilados en las ventanas donde el fuego había impactado directamente, y el cielo, ¡Dios santo!, teñido de un rojo sangre.

—Es el fin, el temido día llegó. Ahora, solo podrá salvarnos la fe —le gritó un hombre de mediana edad, desde el otro lado de la acera; su rostro estaba desfigurado por el miedo. Solo un segundo después una ráfaga lo alcanzaba de lleno, incinerándolo por completo, y lanzándola a ella, por la expansión del impacto, unos metros atrás, haciéndola chocar bruscamente contra la puerta de emergencia de su edificio.

Mareada y dolorida se incorporó con lentitud, una fina línea de sangre bajaba de su frente (goteando hasta sus jeans desgastados), y sus manos, que usó como protección instintiva, estaban laceradas y le escocían.

Decidía qué hacer en medio de semejante devastación, cuando un sonido potente y distinto se oyó claramente en medio de aquella barbarie. Parecían trompetas, y sonaban hirientemente altas. Detrás, y opacada por la primera, otra resonancia se hacía escuchar, era un eco acompasado, un marchar que se oía cercano e incesante. La marcha de muchos pies, así lo podría describir, se fue acercando hasta donde ella estaba; que seguía parada allí, aún sin poder moverse, aún sin poder reaccionar. El humo denso que comenzó a brotar de todo lo incendiado, no le permitió ver con claridad qué era aquello que se aproximaba, solo atisbó siluetas borrosas, pero algo en su rítmico retumbar, le heló la sangre. Esperó, aun sabiendo que en casos así el movimiento era vida y que no era nada aconsejable que se quedara parada y estática, sin decidirse a buscar un refugio. Algo la retenía, no sabría especificar qué, pero se sentía en su interior, como si hubiera estado esperando esto desde hace mucho tiempo. Los minutos, para una Cecile paralizada y a la espera, se hicieron eternos, hasta que la cercanía fue evidente, hasta que los vio, y los restos de su cordura parecieron extinguirse con aquella visión.

Eran centenas. Parecían guerreros medievales a juzgar por sus brillantes armaduras, pero algo los distinguía claramente de aquellos; detrás y sobresaliendo de sus brillantes blindajes negros, les nacían alas, de diferentes tonos, tamaños y texturas. Aquella coraza de refulgente material solo cubría sus cuerpos, en sus rostros descubiertos, tanto masculinos como femeninos, se advertía su juventud y buen parecer. Los que marchaban al frente eran los que tocaban las trompetas. Los que iban detrás avanzaban sosteniendo en sus manos espadas relucientes. Otros seres, que parecían venir acompañándolos, serpenteaban las calles, las aceras y hasta los muros; fueron ellos los que la llenaron de un auténtico y escalofriante terror. Solo podía llamarlos de una forma, monstruos. Criaturas deformes con expresiones malvadas. Algunos tan altos que superaban los tres metros, con cuerpos musculosos de diversos matices, a cual más horrendo que otro. Muchos cubiertos de pelo erizado y grueso, otros tantos con una extraña piel rugosa y acartonada. También había criaturas de tamaño pequeño, casi como niños, jorobados o con solo una extremidad inferior en el cual reposaban torsos grotescos, manos con garras y lomos con púas, ni hablar de sus repulsivos rostros, de agudos colmillos, de ojos fieros.

El horror de aquel panorama sobrenatural se le coló hasta en los huesos.

Ahogó un grito, pues no creía tener fuerzas para articularlo. No tenía escape, seguían acercándose, pero su inmovilidad la tenía presa allí, en la acera resquebrajada. Entendió que eran escasas sus probabilidades de supervivencia, no contra ese ejército que parecía haberse escapado del mismísimo infierno. Sus piernas no le respondieron más, y pesarosa e incrédula se derrumbó en el sólido concreto, cayendo de rodillas duramente.

Dentro de sí aún luchaba por convencerse de que esto era una pesadilla, un mal sueño que al despertar se desvanecería, que carecería de importancia al notar que ya era tarde y que debía concluir con los últimos detalles para la fiesta sorpresa de su novio, quien con expresión de alegría la llenaría de besos, alzándola en brazos como acostumbraba hacer, haciéndola sentir protegida y segura.

Finn... «¿Dónde estaría él? ¿Seguiría con vida? ¿La estaría buscando?»

Levantó la mirada, derrotada y rendida. Al hacerlo vio descender de los cielos a tres seres más. Sus angelicales aspectos, que teniendo en cuenta la destrucción acaecida, quizás eran más bien demoníacos, eran similares a los del resto del ejército, pero había algo en ellos, cierta autoridad y porte, que los distinguía claramente como sus superiores. Uno de ellos era calvo, vestía una túnica púrpura de seda con terminaciones negras, que rozaba el suelo, y aunque tenía un rostro de rasgos armoniosos, el tono pálido azulado de su piel lo hacía parecerse a un muerto. El que estaba en el centro era el más alto de los tres, alcanzaría los dos metros, de rostro varonil y singularmente hermoso, tenía una mirada penetrante de brillantes ojos carmesí, uno de los cuales, el izquierdo, tenía tatuada una extraña cruz invertida. La negra armadura que portaba tenía en el frente de su amplio pecho, la silueta recortada de una serpiente dorada y roja. A su derecha, el tercero tenía la melena más larga que ella había visto jamás, que, resplandeciente y negra, le llegaba hasta los tobillos y ondulaba suavemente en el aire, contrastando con la túnica amplia, perlada y blanca que cubría su cuerpo. No podría definir el color de sus ojos; en esta tierra no existía un nombre para ellos.

El de rojiza mirada se adelantó a los otros caminando hacia ella con seguridad y aplomo. Tanto el castaño oscuro de sus cabellos como el matiz aceitunado de su piel parecían teñirse por momentos con el fulgor anaranjado de los fuegos que oscurecían aquel mediodía londinense, haciéndole ver más sombrío, y sí, también más peligroso.

Cuando su imponente figura llegó hasta ella, Cecile se sintió pequeña, débil y asustada.

—Levántate, Ziloe —le pidió en un perfecto inglés.

Cecile entendió que se dirigía a ella, lo que no pudo comprender es porque la llamaba Ziloe.

En un movimiento algo inestable, debido a las fuertes emociones que amenazaban con superarla, ella logró ponerse de pie. Lo hizo lentamente, temblando y temiendo.

Cuando lo tuvo frente a frente, Cecile percibió que un brillo cristalino anegaba esa penetrante mirada. Ella creyó ver emoción, pero claro, eso no tenía sentido; lo tuvo más el sentimiento que desplazó al anterior, ira, en su expresión tensa y en aquellos iris que parecían desnudarle el alma.

Él dio un paso más, lo que la hizo encogerse y levantar la barbilla.

«¿Qué quiere él conmigo? ¿Por qué me llamó Ziloe?»

—¡Maldita perra traicionera! —la insultó; sus labios carnosos se estremecieron sutilmente.

Sin aviso previo él la asió con cierta rudeza de la cintura, acercándola a su cuerpo, y luego de lo que pareció ser una maldición mascullada, aquel ángel o demonio que apretaba su cuerpo con firmeza, acercó su rostro al suyo y la besó.

El contacto de sus labios duró solo un momento, pero la avasalló; como beber lava hirviendo, ardiente y devastador. Un beso de fuego.

Después de liberar su boca aún la sostuvo entre sus brazos por un momento más.

Cecile tragó saliva para hacer el pobre intento de apagar ese ardor que la consumía, y es que, no tenía lógica.

«¿Por qué él me besó? ¿Por qué no me resistí? ¿Por qué el sabor de sus labios se me hizo tan familiar?»

—¿Tienes algo que decir en tu defensa, Ziloe? —le preguntó, acercándose otra vez a ella hasta que sus bocas estuvieron de nuevo a la distancia de un suspiro.

Sin respuesta ni comprensión, Cecile no supo que contestar. Esta mezcla de besos e insultos no tenían sentido en su cabeza; mucho menos ese nombre con el cual él la llamaba.

Solo se lo quedó mirando por unos interminables segundos.

—Yo... no, no soy Ziloe —logró decir al fin—. Soy Cecile, mi nombre es Cecile.

Se sentía mareada, difusa.

Él frunció el ceño, y luego sonrió amargamente antes de continuar con su interrogación.

—¿Así que el bastardo en verdad lo hizo? Porque... ¿no estas fingiendo, no?

Ella se mantuvo en silencio mientras él la escudriñaba de tal manera que se sentía completamente expuesta.

—No, no lo estás —prosiguió al notar su mutismo—. ¡Por los malditos círculos del averno! ¡Voy a arrancarle la cabeza!

Después de negar un par de veces exaltado, él tomó aire lentamente, y como si con ese suspiro pudiera dejar salir toda la ira que acababa de traslucir, se irguió de nuevo y adoptó una expresión indescifrable, antes de voltearse e irse sin más donde estaban los otros esperando.

Cecile continuó observándolo mientras se iba. Su cabeza era un lío... le daba vueltas, todo era tan irreal. Quitó su vista de él para enfocarla en una de las guerreras de aquel ejército quien, dejando su lugar al frente, caminó con prestancia hacia los otros tres. Era hermosa, de cabello azabache tinto y alas borgoñas. Ella le dijo algo al que la había besado momentos atrás, en un tono tan bajo que Cecile no entendió qué fue; él le respondió bruscamente, y ella asintió antes de darles una orden a los que parecían sus subalternos.

Cuando Cecile notó que dos de ellos se acercaban, temió que aquella orden fuera la de su muerte... muerte por una traición que le reclamaban, pero de la cual se sentía ajena. Pero no, al acercarse hasta donde ella estaba de pie, temblando como una hoja, solo la tomaron de los antebrazos con suavidad, y para su horror e incredulidad comenzaron a emprender el vuelo con ella a cuestas. La sensación de vértigo que se instaló en su vientre ni bien sus pies dejaron la seguridad de aquel suelo, fue ascendiendo hasta su pecho y concluyó como un mareo atroz que la dejó algo fláccida entre aquel agarre férreo. Conforme subían, fue tal su impotencia y temor, que el peso de todo lo ocurrido cayó de pronto sobre su cabeza como un baldazo de agua fría.

«¿Adónde me llevan? ¿Qué me harán?»

Lágrimas escurridizas se escaparon de sus ojos grises, las cuales intentó esconder agachando la cabeza; no fuera a ser que hastiados de ella, estos seres simplemente decidieran dejarla caer.

Desde aquella vista la devastación era tan evidente como triste.

La central de Policía estaba en ruinas, los autos de los oficiales yacían volteados de lado y totalmente quemados, mientras que sus cuerpos pavimentaban el suelo, encimados sin vida uno sobre el otro. Un par de hospitales mostraban en sus fachadas las huellas de los impactos; incontables destrozos e incontables muertos, tanta destrucción y semejante pérdida de vidas inocentes le estrujaron el corazón dolorosamente, el cual solo expresó su sentir en el tenue sollozo que brotó de su boca como una plegaria.

—Oh Dios, oh Dios.

Londres hedía a muerte, ella parecía haberse estacionado en sus tierras para no volverse a ir.

Cecile sintió que le pulsaban las heridas de sus manos y que le dolía el cuello y un costado del cuerpo, pero relegó esa incomodidad a un lugar apartado al fondo de su mente. Solo debía pensar en sobrevivir.

Unos minutos después aquel vuelo obligado parecía tocar su fin, cuando los ángeles (solo por nombrarlos de alguna manera) comenzaron a descender hasta aterrizar con relativa suavidad ante las puertas del Palacio de Westminster, el Parlamento. La formidable estructura victoriana estaba circundada por decenas de estos guerreros, quienes la resguardaban con las poses firmes y rostros inescrutables de un soldado cualquiera. El hecho de que este lugar de tanta importancia histórica hubiese sido convertido en base y guarida de este ejército maligno, la indignó.

Aunque ya pisaban tierra firme, sus escoltas no la soltaron, es más, atenazaron su agarre caminando con ella hasta la portentosa puerta principal; allí esperaron unos segundos hasta que estas se abrieron para dejarlos pasar.

Cecile nunca antes había estado en aquel edificio y se sintió de inmediato sobrecogida por su belleza y opulencia; la exquisita arquitectura, sus altísimos ventanales, sus estilizados corredores, todo tan hermoso; lástima que su visita allí no fuera precisamente turística. El interior del palacio estaba lleno de estos seres. Buscó con la mirada, pero no encontró a ninguna otra persona.

Nadie le informó nada (tampoco esperaba que lo hicieran) ni le dedicó palabra alguna. Cecile solo se quedó allí, frente a la puerta de lo que se veía como una importante oficina, custodiada por los mismos dos guardias y con mil preguntas, de las que sobresalía solo una...

«¿Y ahora qué?»



Londres, Inglaterra

PILLY-KABIEL

Pilly-Kabiel, capitana de la guardia roja, aún tenía clara en su mente la imagen de Ziloe de rodillas en medio de la calle. Hubiera deseado ir hasta ella y preguntarle de frente sus razones, sus porqués, pero claro, no podía, esto solo pondría en evidencia sentimientos que era mejor disimular. No es que no conocieran todos su relación con ella, pero dadas las circunstancias, era mejor tener algo de mesura.

Mientras zigzagueaba en los despejados cielos de aquella ciudad terrestre, no podía apartar de su mente la tortuosa mirada de su comandante, de Hariel, de aquel caído que era al que más admiraba, el que era su amigo, su compañero y su confidente.

La amaba, era evidente, luego de cientos de años esa obsesión que le provocaba la humana, no había menguado un ápice, al contrario, solo parecía aumentar y aumentar.

Su apuesto rostro, sereno e impasible cuando volvió junto a ella, era solo una fachada, y Pilly-Kabiel lo sabía bien, por eso cuando lo tuvo frente a ella no dudo en exteriorizar sus ansias, y estas ya llevaban siglos sobre su espaldas, preguntas nacidas de la incertidumbre, ¿y para qué mentir? también de la culpa.

Por esta razón, su respuesta la había llegado a desesperar.

—No sabe quién soy —le dijo, y el dolor en su voz eran tan obvio, como obvia fue la desesperación que lo llevó a besarla en frente de medio ejército.

—¿Cómo que no?, ¿cómo es posible?... ¿Finniel? —le había inquirido ella, sintiéndose frustrada, cansada y molesta.

—¿Quién más, Pilly? —sentenció Hariel, en una pregunta que no lo era. Claramente había sido Finniel.

—Pero... —había insistido, y Hariel sin permitir que completara aquella oración, la calló abruptamente.

—¡Ya basta!... este no es el momento.

Y ella se calló.

Poco después, Ziloe iba unos metros delante suyo, parecía vencida y atribulada; Hariel unos centímetros detrás de ella; al lado de Siriel y Abdi-Xitiel, por su expresión taciturna, airado hasta los tuétanos. Pero la tenían con ellos al fin, y eso era lo importante; él dejaría de sufrir, y eso era lo que más le importaba a ella. Lo quería tanto, demasiado a veces. Él fue la razón por la cual ella había tomado el lugar de rebeldía al Padre en la gran guerra, fueron sus razones las que creyó, no las de Luzbell, quien siempre le pareció un bastardo altivo y arrogante. Ella estuvo con él cuando perdieron, cuando fueron arrojados a la tierra que aún se hallaba desierta, y luego encerrados por milenios entre tinieblas en las regiones celestes. Era por él toda traición, todo desprendimiento, toda negación, al punto de no reconocerse, todo por él. De soslayo lo miró con intensidad y él enarcó una ceja. Pilly-Kabiel encogió los hombros e hizo una mueca que lo hizo sonreír.

«¿Qué te pasa, ya está aquí?», le preguntó con ese pequeño gesto.

En su idioma sin palabras Hariel le respondió: «¿tú que crees?», «que eres un tonto, todo estará bien», finalizó ella con aquel gesto.

Compartía con su comandante un entendimiento mutuo tan estrecho e íntimo que las palabras muchas veces les eran innecesarias. Se conocían demasiado bien.

A medida que se acercaban a la base en aquella nación llamada Inglaterra, Pilly-Kabiel evitaba mirar la destrucción que atribulaba a los moradores de la tierra. Dado el caso, en aquella pequeña fracción de ella. No era que ella no estuviera habituada a la mortandad que acompañaba sus empresas ni a la miseria y al dolor que su presencia como traidores a los cielos solía traer al mundo, era solo que no lo disfrutaba, aunque sabía que había un propósito detrás, un objetivo, le parecía innecesaria aquella hecatómbica carnicería. Pero, sincerándose, ¿a quién demonios le importaba lo que opinaba ella?, era solo una capitán más en el ejército satánico, un ángel, y ni siquiera uno mayor, sino uno común y corriente. Mejor le era seguir manteniendo su boca callada, y a su persona, muy cerca de Hariel.

El pensamiento anterior le trajo el recuerdo (para nada grato, ni bienvenido) de aquel que los comandaba.

Luzbell.

Suspiró y llevó su mirada verde hacia adelante. En pocas horas Luzbell arribaría.

«¡Ojalá tenga la suerte de no encontrarme con ese mal nacido?, ¿o
debería decir con ese mal creado?»

Dec. 12, 2018, 12:48 a.m. 0 Report Embed 3
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