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Jesus Cabrita


La sandía era tan terca y egocéntrica que ya nadie la quería en la cocina. Por más que se esforzara en ver las cosas que no fuesen para sí misma, enloquecía y recibía el desprecio de los demás. Lector, un día aparece confundida en la cocina y tirada en la mesa, y no recibe la ayuda de los demás. Acompáñala a averiguar por qué está tan enojada y decidida a atrapar el culpable de esa desgracia, en la sátira que avergüenza a la propia sandía por ser la protagonista. Protegida en SafeCreative bajo el código: 1808098016625.


Humor Satire All public.

#cocina #crimen #frutas #gracioso #egocentrismo #humor
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Capítulo I. LA SANDÍA ACOSTADA

¿Qué hubiese sido de la sandía, si no despertaba confundida en aquella sucia mesa de madera?, ¿sentiría la misma rabia, para largo rato, después de voltear y verse el trasero?

Unas secas hojas amarillas entraban por la ventana de la cocina, caían justo a su lado, sin tocarle los brazos que tenía extendidos sobre el dulce jugo rojo que salía de su cuerpo. Un viento iba entrando, las demás verduras alrededor miraban, cómo todavía seguía adormeciéndose por el dolor hueco que sentía en su espalda, sin intención de ayudarla.

Una sombra en forma de cono se acercaba a ella, con un cabello verdoso yéndose hacia delante y detrás, aunque también para dónde sus manos estaban. Apenas veía aquella expresión cansada que tenía la sandía, aún no estaba del todo atenta sobre lo que le habían hecho por atrás, por lo que se mantenía con una boca bastante abierta y unos ojos fatigados por el bombillo de sala. La falta de jugo le empezaba a afectar.

–Estás menos gorda, sandía –le indicó la zanahoria, la más vieja de la bolsa de verduras, poblada de hoyos por doquier y con unas tímidas raíces, que siquiera se molestaron en brotarles completamente cerca de sus ojos. Estaba desconcertada por ella, la notaba fuera de su lugar, no le respondió con ninguno de sus comentarios provocadores y por primera vez, no fue terca como la berenjena. –Las moscas vendrán por ti, tienes suerte que sea de noche. Hum, si no te levantas, las hormigas sabrán dónde estás. ¿Es eso lo que quieres, sandía?

Todos amaban observarla en ese estado tan débil e indefenso, ya nadie se atrevía a dar unos pasillos y ayudar con sus palmas a levantarla. No era rellena como antes, pero un montón de jugo y semillas estaban dentro de ella y le exigía a esa vieja zanahoria a que pidiese cooperación del resto de las verduras.

Algunos se negaban desde la puertecilla del refrigerador, la cebolla –por supuesto– aunque estuviese muerta de miedo y tristeza a que los otros la oliesen, bajó la cabeza y entró de nuevo a su bolsa. Desde la cima, el aguacate se burlaba a propósito por un comentario que la sandía le había hecho hacía mucho y no quiso olvidarlo siquiera en ese instante, estaba enojada y no le gustaba que preguntasen por qué su semilla era gigantesca. La había puesto en su contra.

A unas tazas de la esquina, se alzaban en puntillas unos cuatro pimentones pequeños, bastantes críos. Se peleaban uno con otro, para que al menos lograse escalar alguno, pero su competitividad los empujaba al fondo de porcelana y rechinaban cada vez que lo intentaban.

Una diminuta mancha comenzó a dar un paseo por allí, hacía poco ruido y saboreaba los invisibles trozos de pan que se podían divisar sobre la mesa, aunque había conseguido un festín, decidió mantener su paso y toparse con algo mucho mayor. Odiaba hacer tantos viajes. Todos, desde lejos, parecían haber sabido de su presencia y unos zumbos de mucho cuchicheo rebotaban al otro extremo de la cocina, del refrigerador. Ya era muy conocida y se asustaban con pronunciar su nombre.

Más tarde, un silencio vino tras un viento que trajo más hojas, esa vez cubriendo su cara. La vieja zanahoria estuvo sorprendida que reaccionase ante ello y a sus palabras no, estaba retrocediendo para resbalarse entre el jugo y la textura marchitas de ellas, que se pegaban más a la mesa.

–Sandía.

–Estoy bien –expuso, con voz carraspera. Pasó de forma salvaje sus dedos sobre su cara, rasgó cualquiera hoja que le escondiese los ojos y no le permitiera ver más la luz del bombillo. Ella creía estar en un sueño, pero cuando trató de levantarse, apenas podía alejarse unos centímetros de donde se encontraba acostaba. Caía una y otra vez encima de sí misma, de su propio jugo, y chispeaba lo que tuviese en las cercanías.

Sobre la hormiga fue una de esas gotas, quedó aturdida y tan sólo, elevó sus antenas. Supo que había algo para ella en esa mesa, ya en los últimos días, era poco lo que podía llevarle a su reina. A veces, recogía los cabellos marchitos que mudaban las zanahorias cuando paseaban por allí y recorría el doble de su camino, porque no era suficiente. Recuperó sus fuerzas al rato.

–Me ocurre algo.

–Sí –afirmó la vieja zanahoria y pisó sobre las hojas, estaba atenta a que no tocase el color rojo que invadía todas partes. Había mucho más que al momento que estuvo extraviada quién sabe dónde, su insistencia le provocó que su trasero iniciase a quebrarse solo, en varios pedazos y soltar más caldo.

Ella deslizaba su mano sobre sus nuevas caderas. Atascadas. Se encontró con unas cuantas semillas entremetidas en ellas, eran las que la impulsaban a dar esos brincos para pararse, pinchó unas con sus uñas y las lanzó lejos. En ocasiones, se les salían disparadas desde sus entrañas, quizás por lo gorda que estaba. O eso creía.

Le dolía y luego, despejó su mente de repente.

Mordió sus labios coloridos, cruzaba fabulosamente el verde oscuro con un tono blanquecino en una de sus manchas. No pudo calmarse, desoía a lo que aquella zanahoria le indicaba para que pudiese salir de la mesa de una vez por todas, antes que una hormiga viniese y fuese a informarles a las demás, que ella estaría allí.

Furiosa, ciega por tanto contemplar el brillo del bombillo y firme; dijo–: Alguien me hizo esto.

–No lo sabemos –le extendía la mano, la zanahoria no alcanzaba aquellas caderas y escogió porque ella, tan siquiera, aproximase su brazo para jalarla. Inhalaba lo que era capaz, se preparaba a ella misma para sacar la fuerza que alguna vez tuvo, sabía que no había sido olvidada cómo sí misma en el refrigerador. Estaba oculta entre sus hoyos, quizás. –Pudiste ser tú, siempre andas atenta de todo menos del camino, sandía.

Desconoció lo que le había dicho y frunció el ceño. Sí, ahí estaba su temperamento, había estado paralizado por el impacto que había sufrido por su trasero. Era extraño que nadie hubiese dado la cara para aclarar las cosas, llevaba un tiempo tirada y eso había convencido un poco a esa anciana verdura. Tal vez, lo mejor hubiera sido que no se entrometiese en lo absoluto, ya la mismísima sandía esperaba a sacar conclusiones y como mínimo, su colaboradora terminaría siendo una de las acusadas.

¿Qué sería de la sandía sin su terquedad y con sus semillas esparcidas a una estirada de brazos? Nada. Seguía ocupada, mientras que sentía a su lado cómo tiraba hacia atrás la zanahoria, hasta que una grieta retumbó la cocina. Dentro de ella, se detuvo y volteó hacia el final de su cono, uno de sus hoyos estaba quebrándole la espalda y no quiso continuar. Ya olía a rancia, no podía fingírselas de avivada porque sus cabellos, del esfuerzo, acabarían por todo el suelo.

–Jamás me sucedería esto, miro y equilibro mis pasos. ¿Acaso piensas que no lo sé, con un cuerpo así?

Miraba con desprecio a la sandía, siquiera hacía el intento de irse para delante, ya teniéndola a su mano izquierda halando. Sacrificaba sus hoyos, su cuerpo, por una egocéntrica fruta. Una incompleta. No hacía mención de nada que no fuese quién la había tumbado, estaría muy concentrada en buscar culpables que no daba un vistazo a las dimensiones de la mesa. Si era tan lista, con su cuerpo, ¿no estaría girando ya? El problema con ella fue sí misma, viendo el bombillo, sin necesidad de estar en una tarima improvisada de tablas de picar o platos, no la hacía considerarlo bien.

Extraviada.

–Escúchame, sandía. Me arriesgo acá, de bajar de mi zona de confort porque nadie quiere echarte una mano. Por supuesto que sabes lo que valgo para las hormigas, y no voy a estar aquí para que me consuman viva –le aclaró, ella solamente escuchó y dejó de averiguar quién la despreciaba o no, durante un instante.

De verdad, la sandía aguardaba callada, ya que no quería recibir regaños de nadie y mucho menos de alguien que se la pasaba todo el tiempo encerrada en el refrigerador. Ya era inútil discutir con una zanahoria en tal estado, era lo único que reconocía.

Ella continuó–: Mírame, he vivido varios meses escondida y he presenciado en jugo y cáscara lo que le hacen a quiénes están indefensas. Si te confías a que los pimentones lleguen a tiempo a salvarte, al amanecer recordaremos tus semillas que queden por ahí, como mucho.

–Vale, exageras mucho acerca de mí. No me hagas ver como una cobarde frente al resto, zanahoria. ¡Ya sé que estoy atascada en ese pequeño lavaplatos de esta cocina! –gritó, muy fuerte, a manera que los demás en el refrigerador y los estantes escuchasen que no estaba delirando o en sus últimos momentos, le agradaba llamar la atención y lo hizo. Quería hacerles entender que tenía la situación bajo control, movía sus ojos hacia todas direcciones buscando la llave y así mojarse, lo que sí estaba segura era que mucha agua solía asustar a las hormigas y la corriente se llevaría a la mayoría, si se atrevían a tocarle aunque fuese una raya oscura.

Pero lo confiada que era, no compensaba su impresión de ignorancia, enojo y temor al oír de la anciana verdura, que lejos del lavaplatos estaban. Si se hubiera esforzado a dar un vistazo a su derecha, miraría y no estaría dudando cómo siempre lo hacía. Era cierto y su expresión entristecía a la zanahoria.

¿Qué hubiera sido de la sandía si continuase creyendo, por un día más, que estaba atascada? Ya la manchita había cargado una de sus semillas, detrás de su redonda cabeza, dándose cuenta –segundos antes que ella– que alguna fruta había sido picada.

Dec. 10, 2018, 2:19 p.m. 0 Report Embed 1
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