La chica que mataba con su imaginación Follow story

grim grim herz

Erin siente su ira en su garganta, como esa vez a los seis años cuando comió maní y casi murió de un shock anafiláctico. Respirar duele, parpadear duele, el aire se comprime y se expande al mismo tiempo y todo lo que ve en los ojos de Rory es placidez. —Estarás bien aquí —dice. Erin no puede respirar—. No podrás herir a nadie. Entierra las uñas en el cemento hasta rompérselas. Rory no la deja de mirar. Le sonríe. —Deberías agradecerme.


Short Story For over 18 only.

#violencia #tortura #terror #sobrenatural #secuestro #horror #gore
Short tale
10
646 VIEWS
Completed
reading time
AA Share

Capítulo único

Erin tiene veinticuatro años y está acabando su turno en la cafetería cuando Rory entra por la puerta por primera vez. Es alto y delgado y tiene una sonrisa permanente y que parece no estar segura de qué está haciendo en ese rostro indeciso. Erin sonríe y prepara el discurso usual, solo para detenerse apenas Rory la mira.

Hay algo en sus ojos, piensa Erin, que la deja sin aliento. Un hombre desconectado del resto del mundo ha entrado a la tienda a cinco minutos de que ella sea libre de irse a casa. No se ve mal ni provoca desconfianza, mas de pronto Erin se pregunta dónde está su teléfono, si tiene las llamadas de emergencia activadas.

Rory la saluda con un asentimiento. Erin puede sentir su propia sonrisa tambalearse.

—¿Qué te puedo servir? —pregunta. Rory mira el menú pegado al mesón.

—Un latte, por favor.

Erin trabaja en silencio. Puede sentir al tipo mirándola, como si ojos encerrados en su vientre estuvieran observándolo de vuelta.

—¿Trabajas aquí hace poco? —pregunta el hombre con el tono de aquel que ya sabe la respuesta que recibirá. Erin niega.

—Llevo unos meses ya.

—Qué extraño. Es la primera vez que te veo.

Erin no responde. Termina de preparar el café y lo pone en el mesón. Cobra el dinero y pasa la boleta, todo sin mirar a Rory a los ojos, quién aún le sonríe. Parece hipnotizado. Quedan dos minutos para que acabe su turno.

—Mira —dice Rory al tener el vaso en su mano. Su tono es diferente. Erin levanta la mirada—, sé que te estoy asustando. Perdón. Me suele pasar.

—No te preocupes —dice ella porque su madre le enseñó a no ser prejuiciosa y el tipo se ve avergonzado—. No pasa nada.

Siempre llegan tipos raros, de todos modos, y este no ha hecho nada en particular. Erin solo se dejó llevar por sus propias corazonadas, supone con un dejo de remordimiento.

—¿Cómo te llamas? —pregunta, para compensar la incomodidad del cliente, y la sonrisa de Rory se torna victoriosa por un segundo. Erin se convence de haberlo imaginado.

—Rory —responde.

Este es el inicio de una muy mala decisión.

 

Rory maneja un taxi y ha salido con la misma chica por tres años. Erin debe admitir que en un principio creyó que Rory la estaba pretendiendo sexualmente, pero con el paso de los días ha comprendido que no es el caso. Rory simplemente quiere amigos. Rara vez habla de su familia. Siempre compra un latte y, en ocasión, la lleva de vuelta a su casa en su auto.

Un buen tipo. Erin lo suma a la lista de clientes habituales cuya ausencia la puede dejar preocupada si ocurre por más de dos días consecutivos y, eventualmente, su presencia deja de ser algo a lo que valga la pena prestarle atención.

Erin tiene días que se entremezclan y, alguna tarde, llega a la cafetería con los ojos hinchados de tanto llorar. Rory ya está sentado en una mesa y, al verla entrar y ponerse el delantal, se pone de pie. Erin intenta esquivar su mirada, pero no surte efecto.

—¿Sucedió algo hoy? —pregunta. Erin parpadea rápido porque el tono suave de su voz le ablanda una parte de sí misma que usualmente prefiere ignorar—. Erin.

No planea contestar, sin embargo, al mirar la preocupación honesta en los ojos de Rory la lengua se le desenreda y los ojos se le humedecen. No puede atender a nadie así, por lo que no opone resistencia cuando Rory le comenta a su compañero de mesón que la llevará a tomar aire afuera y procede a conducirla por el brazo hacia la vereda. Todos los clientes están mirando. Erin tiene aún más ganas de llorar.

—¿Qué sucede? —pregunta Rory. Está muy cerca, pero todos parecen muy distantes por el momento. Erin se seca los ojos con las mangas de la blusa.

—Problemas familiares —es todo lo que es capaz de decir. Rory hace un ruidito de comprensión y le pone una mano en la espalda. Es mera presión y es todo lo que basta para que Erin no pueda callarse—. No puedo estar ni un solo momento en mi casa sin que mi mamá me diga… Me…

—Entiendo —dice Rory pese a que probablemente no, no debe entender. Erin llora—. Ven, conversemos un poco más.

Lo que sucede, dice Erin, es que su madre la acusa de estar aprovechándose de su dinero y no comprende que el dinero que gana con su trabajo no es suficiente aún para costear una vivienda sola. No le quiere dar más tiempo de allegada y cada día en su casa es un pequeño infierno reducido a una habitación alfombrada. Su padre está muerto hace años. El resto de su familia evade la situación.

—Estoy tan cansada —solloza Erin, la mano de Rory aún en su espalda, su calidez en absoluto contraste con el frío del aire. No puede ver qué expresión tiene en su rostro.

—Háblame más de tu mamá —dice él. Su voz suena extraña.

Erin habla.

 

Erin no va a trabajar al día siguiente porque al llegar a casa pisó los intestinos de su madre sin querer. Estaba en el suelo de la habitación principal, todo su cuerpo abierto como en plena autopsia, algunos órganos fuera de ella y otros elevados como si hubieran querido salir expulsados por su estómago.

Erin se desmayó antes de siquiera poder gritar y entre atestiguar con la policía mientras le daban suero en urgencias, no ha tenido tiempo para sentarse y procesar lo ocurrido. No hay evidencia de que alguien haya entrado a la casa o que haya existido algún tipo de forcejeo entre su madre y un atacante.

Erin siente una presión permanente en la cabeza de tanto llorar. Al cuarto día, aparece de nuevo en la cafetería a recibir abrazos y palabras de consuelo. Rory está allí y al verla le sonríe. Erin no halla la fuerza para devolver el gesto, pero decide apreciarlo.

Para su infortunio, lo segundo que le dice su jefe después de las condolencias necesarias es que no puede tenerla trabajando de nuevo tan pronto.

—Tampoco puedo tenerte con permiso. Los gastos han sido difíciles este mes —dice y Erin lo entiende, lo entiende muy bien, lo entiende tan bien que le sale una risa desquiciada desde el pecho que hace que todos giren a tratar de ver el pasillo oscuro donde están charlando detrás del mesón. Puede sentir a Rory fisgonear.

—Está bien —dice. Todas sus sílabas tiemblan y el hombre la mira con lástima.

—Erin, por favor…

—No, no, entiendo bien. Descuide.

Dicho eso, sale de la cafetería con un portazo. No quiere llorar. Quiere prenderle fuego a todo. Quiere matar al enfermo que mató a su madre. Quiere desollarse a sí misma. Erin se sienta en una banca de la plaza con los pies en la madera, encogida en sí misma, y no dice nada cuando Rory se sienta a su lado.

—¿Necesitas algo? —pregunta él.

—Que ese viejo de mierda se vaya al infierno —responde e inmediatamente la ataca el remordimiento—. No, eso no es cierto. No sé qué quiero.

Rory no dice nada. Erin lo agradece.

 

Tarda una semana en enterarse de que su exjefe murió ese mismo día en un horrendo accidente automovilístico. La única víctima de un choque en plena autopista, a alta velocidad, con fotos de su cadáver desperdigado en la carretera ya disponibles en Internet. Erin no llora porque no logra estar triste, pero la turbación la deja sin dormir por unos días.

Rory la invita a una cafetería diferente para alivianar sus ánimos. Parece inquieto mientras conversan, pero Erin tiene demasiado papel en su cráneo como para prestarle atención. Caminan. Hablan de nada, más que nada ella deja que Rory se entretenga con el sonido de su propia voz.

Un hombre la empuja cuando cruzan la plaza.

—Eh, perra, mira por dónde caminas, ¿quieres? —grita el hombre, muy aparentemente ebrio. Erin lo ignora. Rory mira hacia atrás por unos momentos—. ¡Puta, te estoy hablando! ¡No me—!

El hombre deja de hablar tan abruptamente que Erin deja de caminar y se da vuelta tan pronto el parque se llena de gritos desaforados. Se lleva las manos a la boca y siente a Rory sostenerla y todos chillan y chillan y chillan y los ojos de pescado del hombre la miran fijamente desde su cabeza separada limpiamente del resto de su cuerpo.

—Vamos —dice Rory contra su oreja, su aliento humedeciéndole la piel—. Camina, vamos. Anda, Erin.

No se siente caminar, pero sabe que lo está haciendo porque los gritos se alejan. Rory la tiene presionada contra su costado. Erin no logra destapar su garganta lo suficiente como para decirle que la suelte.

 

Erin no nota ningún patrón de acontecimientos hasta días más tarde, en la fila del banco para sacar lo último que le queda de dinero de su cuenta de ahorro, Rory a su lado. Se ofreció a acompañarla y Erin no halló el modo educado de decirle que no era necesario, así que allí están los dos. Él se para tan cerca de ella que todos deben creer que están saliendo. Erin decide no pensar mucho sobre eso.

Últimamente no piensa mucho sobre nada. Ha pensado pedir una cita con un psicólogo, pero no está segura de que el gasto sea prudente. Aún no cierran la investigación de la muerte de su madre y quizás eso sería solo agregarse aún más estrés innecesario.

—Señorita —dice la cajera, sacándola de sus pensamientos. Al mirarla, Erin se encoge en sí misma al ver la impaciencia plasmada en su rostro—, no tiene la cantidad que está pidiendo.

—¿Qué? —pregunta y la mujer frunce el ceño, echando una mirada a las personas detrás de Erin. La boca se le seca y, por un momento horrendo, siente que algo sucederá. Una cosa negra y pesada se asienta en su interior. Lo puede percibir.

—¿Está segura? —pregunta Rory—. ¿Podría revisar de nuevo?

Suena casi meloso en su amabilidad. La mujer se acaricia las sienes y respira hondo. Es media tarde. Es casi hora de almorzar. Por eso está tan irritable.

—No, señor. Ya revisé. Le puedo confirmar que la señorita aquí debe haber sobreestimado sus ahorros. Sugeriría que en el futuro…

Algo moja su rostro. Erin se da cuenta de eso primero. Algo húmedo y caliente acaba de empapar su mentón y el frente de su blusa y ahora se desliza por el ventanal que la separaba de la cajera. Todos los demás empleados del banco están de pie, gritando y alejándose de la cajera frente a ella, o lo que queda de ella. Puede ver sus huesos. Puede ver órganos que no entiende qué parte de su cuerpo son.

Su sangre se desliza por su cuello. Alguien le está hablando y Erin mira a su lado, a un hombre joven, muy joven, observándola consternado.

—¿Qué hiciste? —pregunta él y ella casi ríe por lo absurdo del cuestionamiento, o lo haría si no fuera que todo lo que estaba dentro de su cerebro se ha detenido. No siente nada excepto el calor en su blusa.

—Yo… —logra decir cuando Rory se le adelanta. Alguien está llamando a una ambulancia y eso sí hace que se le escape una risa histérica porque qué estúpido. No hay nada de esa mujer. Lo máximo que podrían hacer sería meter sus restos en una bolsa.

—Atrás —masculla Rory. El tipo se acerca de todos modos.

—¡Ella debe haber visto algo! ¡Estaba al frente!

—¡Déjala en paz, no hizo nada!

La voz de Rory tiembla al decir eso.

—¡Al menos tienes que hablar con la policía!

El hombre la mira, se dirige a ella completamente, y no logra avanzar ni un solo paso. Cae al suelo, peso muerto, y no vuelve a levantarse. La gente grita. Otros caen. Erin no puede apartar la mirada de ese hombre.

—¡Déjenla en paz! —escucha a Rory decir—. ¡Es peligroso!

No entiende nada, se da cuenta. No comprende absolutamente nada de lo que está pasando. No puede conectar lo que ocurrió antes con lo que está ocurriendo en este momento, lo que la gente grita, si Rory está protegiéndola de los testigos o los está protegiendo a ellos de ella. ¿Pero por qué haría eso? No ha hecho nada. No sabe nada.

—Erin, cálmate —dice Rory. La tiene tomada de los hombros y su piel está brillante con sudor. Erin frunce el ceño.

—Tú cálmate —responde.

Es lo último que recuerda haber dicho. Todas sus conversaciones con la policía son un mar de balbuceos y juramentos de ignorancia y, sin más evidencia o acusaciones que hacer, Erin queda libre para ser interrogada en un futuro. Rory no la lleva a su casa, sino a la suya, y Erin no tiene la fuerza como para discutir la decisión.

Se percata de que algo no está bien cuando Rory aún la tiene tomada y la dirige lejos de la cocina y la sala de estar, por un pasillo a una escalera que desciende. Erin pone los talones contra el suelo, con toda su fuerza, y ahoga un grito cuando Rory la empuja con más fuerza.

—¿Qué estás haciendo? ¡Para! —grita, esforzándose por voltearse. Rory la toma de las muñecas y la sigue empujando, sin hablarle, sin mirarla—. ¡Hijo de puta, suéltame! ¡Ayuda!

Al filo de las escaleras, Rory la empuja y Erin cae en un desesperado intento por agarrarse de cualquier pedazo de madera. Su cabeza choca contra el suelo y ella inmediatamente levanta la misma para ver a Rory observarla, la cara indescifrable. Está mareada. Se mordió la lengua al caer y tiene la boca llena de sangre.

—¡Rory! —grita y se arrepiente apenas lo ve descender por las escaleras. Erin retrocede y se da cuenta, con horror nauseabundo, que no puede sentir una de sus piernas. Hay sangre en el suelo. Rory llega a su lado antes de que ella pueda siquiera retroceder un metro—. ¿Qué estás haciendo?

No logra entender sus propias palabras y Rory la mira por unos segundos, rebusca entre los cajones del sótano y vuelve con cinta adhesiva entre las manos.

Erin comienza a sollozar.

—No, no, ¿qué estás haciendo? Perdón, no sé qué hice, perdóname…

—Es por tu bien, Erin —dice él al acuclillarse a su lado. Erin gime, se arrastra y se detiene al sentir el dolor lacerante recorrerla de pies a cabeza—. Solo quédate quieta un momento.

No obedece. Grita, aúlla y muerde y, por lo mismo, no la sorprende cuando Rory acaba pateándole la pierna rota y aprovechando su momento de dolor ciego para atarle las manos torpemente. Le cubre la boca con cinta adhesiva, pasando la cinta por su nuca y tirándole el cabello, y Erin no deja de gritar.

—Ves, todo bien —dice Rory al acabar con su trabajo. Está jadeando. Erin no soporta verlo. Rory le sonríe—. Gracias por no matarme, Erin.

¿De qué mierda hablas? quiere preguntar.

Lo único que logra hacer es patear el suelo con su pierna buena cuando él la deja sola en la oscuridad polvorienta.

 

Rory vuelve después de unas horas. Erin necesita ir al baño, pero ya se ha resignado a que no ocurrirá. Ha sido secuestrada por un degenerado y lo único que puede esperar es que alguien se de cuenta de su presencia y vean a Rory como un potencial sospechoso. Puede ser que sus interrogatorios pendientes hagan que la policía investigue.

Tal vez Rory planea matarla y será muy tarde, pero Erin se esfuerza en no pensar en ello porque hace que el oxígeno que puede respirar por la nariz sea poco.

Se cambió de ropa. Erin se niega a mirarlo y, en cambio, mira la sangre en sus pantalones.

—Pensé en matarte cuando me di cuenta de lo que estabas haciendo —dice después de un rato. Erin finge que no puede oírlo—, pero luego me di cuenta de que tú tampoco te dabas cuenta. Me habría sentido mal.

Un momento de silencio. No hay ningún ruido desde el exterior.

—Probablemente te estás negando a entenderlo —continúa él después de un momento—. Eres un monstruo, Erin. No sé cómo lo haces, pero con solo pensarlo… matas. Creo que ni tú puedes evitarlo. Solo sucede.

Está desquiciado, piensa Erin, encogiéndose en sí misma, haciéndose lo más pequeña posible. Hay telarañas en una esquina del sótano, un nido blanquecino con decenas de insectos atrapados. Erin se enfoca en eso.

—No puedo dejar que siga pasando. Entiendes, ¿cierto? Tu mamá, tu jefe, esas personas en las calles… Es demasiado. Y si no puedes detenerte sola, creo que es mejor que alguien más lo haga.

Nunca he pensado en matar a nadie piensa Erin. Estás demente.

Solo respira hondo. Es todo lo que puede hacer.

—No te preocupes, Erin. No te estoy castigando.

Eso hace que lo mire. Está parado allí, a mitad de las escaleras, apoyado contra una baranda. Se ve alto. La está contemplando con algo casi similar al afecto.

—Es lo mejor que se me ocurrió. —Y dicho eso, se va.

 

Rory no le da de comer ni beber en tres días. La herida de su pierna debe estar infectada, piensa Erin, a juzgar por la sensación febril que la invade cada vez que está despierta. Hasta puede ser que se haya olvidado de ella.

Le sienta bien, de cualquier modo. Ya se ha acostumbrado al olor de su propia orina, sudor y sangre mezclado con la suciedad húmeda del sótano. A veces escucha pasos, pero lentamente ha dejado de sentir esperanzas al oírlos acercarse. Ha escuchado a la novia de Rory llegar o asume que es ella a juzgar por las pisadas de tacón contra madera.

La mitad de su tiempo Erin imagina a Rory muriendo de la manera más cruenta que es capaz de conjurar, pero Rory nunca muere. No hay gritos ni la casa se cae encima de su cabeza ni su sangre es absorbida por su piso. No pasa nada.

A ratos desea que fuera verdad y no una alucinación absurda de un tipo con pocas luces. El resto del tiempo intenta imaginar qué podría haber hecho para no llegar a ese lugar, a esa situación. El cansancio corta su imaginación, de todas maneras, y jamás llega muy lejos.

Al cuarto día, Rory baja. Le quita la cinta adhesiva de la boca y le sonríe y le da agua que ella le escupe en la cara. Él mantiene su sonrisa pasiva plasmada en su cara. Debe tenerle miedo.

—Si me dejas ir —dice ella, sorprendida de lo áspero y débil de su voz—, no le diré nada a la policía.

Rory le sonríe con cariño. Erin imagina que los sesos le salen por la nariz y por los ojos.

—No seas egoísta, Erin.

Después de ese día, recibe un pedazo de pan con queso cada dos días. Rory la alimenta porque se rehúsa a desatarle las manos. Erin le muerde los dedos e intenta no reír el día que él acaba dándole un puñetazo en retaliación y luego se deshace en disculpas aterradas.

—No soy un monstruo —susurra Erin, no sabe si para sí misma o para Rory.

Él no contesta.

 

Erin no sabe cuántos días han pasado cuando escucha un grito venir desde el primer piso. Se queda lo más quieta posible y respira lento, sin atreverse a hacer ruidos a través de la cinta adhesiva. Si solo fue Rory, será mala idea. La puerta del sótano se mueve bruscamente, sin abrirse, y escucha otro grito impaciente, uno más agudo y distintivamente femenino.

—¿Por qué diablos no quieres que entre al sótano, Rory? ¡Quiero sacar el puto árbol de Navidad! —O eso parece decir la voz. Es una mujer. Suena joven. Tiene un acento interesante. La novia. Debe ser la novia.

No escucha la respuesta de Rory, pero debe inquietar a su novia porque la conversación sigue más callada, tensa. Erin puede escuchar su propio corazón bombear.

—¿Qué hay allí abajo, Rory? —grita una vez más la chica. La puerta se mueve de nuevo—. ¡Quítate, si no es nada serio entonces déjame pasar!

—¡Entiende, maldita sea, no es nada!

—¿Entonces por qué estás tan alterado?

—¡Cómo no lo estaría con todo lo que jodes, siempre!

—¡Sal, Rory, voy a entrar quieras o no…!

La puerta se abre tres centímetros y Erin abre los ojos, se sienta erguida, prepara un grito ahogado y se queda paralizada al cruzar miradas con una mujer joven. El intercambio no debe durar más de unos segundos y la ve girarse hacia Rory justo a tiempo para que ambos vean su cuello abrirse, cortado por una cuchilla invisible. La chica cae por las escaleras, su sangre manchando cada escalón, y acaba a los pies de Erin, su cuerpo teniendo espasmos pequeños, sus ojos al vacío.

Erin grita e intenta alejarse, pero su pierna se niega a cooperar. Mira a Rory al pie de las escaleras, jadeando fuerte, rojo con ira, y Erin entiende por primera vez en mucho tiempo con claridad extrema lo que está pasando allí.

Rory tiembla y pone toda su atención en ella y Erin no puede respirar. Hay cemento en sus pulmones. No puede. Por más que intenta, nada entra. Rory ríe extraño, entre un sollozo y una risa fastidiada, y Erin cierra los ojos con fuerza.

—¡Mira —lo oye gritar—, lo hiciste de nuevo!

No.

—Al menos ahora —jadea Rory— las dos putas pueden hacerse compañía, ¿no?

Y empieza a llorar. Erin respira de nuevo, su primera bocanada de aire haciéndole doler la nariz.

Rory la deja en la oscuridad con el cadáver de esta mujer cuyo nombre no conoce. Erin llora.

Después de un rato, empieza a reír.

 

—Debería matarte por lo que hiciste. Por todo lo que has hecho.

Erin mira el techo del sótano. Hay más telarañas que antes. Ya no sabe cuánto tiempo ha estado allí, pero el cadáver de la mujer tiene moscas en él y gusanos que están comiéndose la piel de su cuello.

—¿Acaso no puedes controlarte? —dice él. Está sentado en la escalera. Erin sentiría lástima si le interesara lo suficiente—. ¿No te da remordimiento como para intentar controlar lo que pasa por tu cabeza?

Eres tú piensa ella, pero en cambio solo lo mira y algo debe traslucir en sus ojos porque Rory se pone de pie y le pone un pie encima de la pierna rota. Erin aprieta los dientes para no sollozar de dolor. Al no recibir respuesta, Rory aplasta más su extremidad hasta que el hueso que nunca sana bien cruje.

Erin ve puntos negros.

—¡Hija de puta enferma! ¿Te gusta, no es así? ¡Ni mal te debes sentir por haber matado a tu propia madre!

La furia la llena de golpe con suficiente potencia como para hacerla morderse la lengua y negarse a darle la satisfacción de hacerla sufrir. Cobarde. Es un cobarde. Está siendo torturada por un imbécil que no puede aceptar las cosas que hace, que tiene demasiado miedo de mirarse a sí mismo a la cara. Cobarde, cobarde, cobarde.

Erin quiere que se muera, que le pase la peor cosa que le podría ocurrir, sea lo que sea. Que se muera toda la gente que él ama. Que él los tenga que matar con sus dos inútiles manos. Lo que sea.

Rory la patea en la cabeza, sin tanta fuerza como ella esperaba, y suspira profundamente. Se ve tranquilo.

—Es por tu bien —murmura—. Por el de todos.

Erin siente su ira en su garganta, como esa vez a los seis años cuando comió maní y casi murió de un shock anafiláctico. Respirar duele, parpadear duele, el aire se comprime y se expande al mismo tiempo y todo lo que ve en los ojos de Rory es placidez.

—Estarás bien aquí —dice. Erin no puede respirar—. No podrás herir a nadie.

Entierra las uñas en el cemento hasta rompérselas. Rory no la deja de mirar.

Le sonríe.

—Deberías agradecerme.

 

A Rory le toma dos semanas el acabar en el sótano pateándole el estómago, repudiándole el ser incapaz de acabar con su ola homicida.

—¡Esa gente no te ha hecho nada! ¡Ni los conociste! ¿Estás tratando de inculparme, es eso?

Erin lo ignora. Morirá allí. Se ha vuelto obvio. Está muriendo de hambre y hay moscas poniendo huevos en su pierna. Todo su cuerpo duele y los ojos le arden todo el día. No se siente despierta y todo parece un sueño extraño y aterrador, pero tan, tan distante.

Rory insiste en alimentarla, de todos modos, a pesar de no darle antibióticos para su pierna o entablillarla de algún modo. Erin está viviendo en una bruma densa de apatía, así que no le extraña cuando Erin le saca la cinta adhesiva de la cara para darle pan. No tiene hambre. La comida le da ganas de vomitar todo eso que no hay en su estómago.

—Tienes que detener esto —dice él a susurros—. Por favor. Me quedaré solo a este paso. ¿Te estás vengando?

Erin no lo congracia con una respuesta, incluso cuando él resuelve irse sin darle nada de comer.

 

El olor del sótano es insoportable. Rory no parece darse cuenta. Debe estar acostumbrado. Erin lo ve bajar las escaleras, presuroso. Está sudando.

—¿Por qué le hiciste eso? —pregunta. Erin no se esfuerza en entender—. Solo estaban haciéndome preguntas… Ahora creen que fui yo. ¿Por qué hiciste eso?

Rory le arranca la cinta de la cara y la toma por los hombros, la sacude, y Erin se vuelve muy consciente de lo poca cosa que se ha vuelto. ¿Cuánto tiempo ha estado allí?

—¡Di algo, zorra! —grita él. Sus dedos están enterrándose en su piel, en la blusa ensangrentada que aún viste—. ¡Estás arruinando mi puta vida! ¡Solo quería ayudarte!

Erin lo mira. Un cobarde. Nada más ni nada menos y Rory lo debe sentir, piensa, porque la rabia en su rostro se desencaja y su agarre se afirma como si estuviera imaginando que sus hombros huesudos son su cuello.

Erin abre la boca para respirar y se da cuenta de que no puede. Sus ojos parecen querer salirse de sus cuencas y al intentar meter aire en sus pulmones solo logra emitir un ruido ahogado y seco. Rory la mira con los ojos muy abiertos y por un momento Erin piensa en pedirle ayuda, pero se ve tan patético allí, con los ojos anegados de lágrimas y completamente inútil, sin querer admitir su propia ira.

Así que Erin le sonríe y siente como uno de sus ojos sangra, se sale de su lugar, y sus tímpanos suenan como una burbuja reventándose. La piel le hormiguea. Su pecho duele. Una parte de ella misma se está yendo.

Y lo ve en los ojos de Rory, ese momento de entendimiento. Ese horror histérico y sublime y absoluto.

Antes de perderse, Erin solo lamenta el no poder decirle a Rory la vergüenza que le da morir a manos de una imaginación tan aburrida.

Dec. 10, 2018, 12:36 a.m. 11 Report Embed 10
The End

Meet the author

grim herz buenas tardes. me llamo grim.

Comment something

Post!
María Thomas María Thomas
¡Felicitaciones! Genial relato.
3 weeks ago

  • María Thomas María Thomas
    Sólo te recomendaría pensar en otro título para que no anticipe lo que en la historia te mantiene con la incertidumbre durante la mayor parte del relato. 3 weeks ago
  • grim herz grim herz
    considero que el título es apropiado para lo que quise conseguir con el cuento, pero gracias por la sugerencia y por tu cumplido. 3 weeks ago
L. Evans L. Evans
¡Gran historia! Me encantó la frase final. Sigue así.
4 weeks ago

Frank Boz Frank Boz
El final es para enmarcar Grim. Gran relato.
Dec. 17, 2018, 5:52 p.m.

  • grim herz grim herz
    ¡muchísimas gracias! Dec. 17, 2018, 8:43 p.m.
Laura P. Caballero Laura P. Caballero
Me gustó mucho el relato completo, pero el final es genial, una frase perfecta para finalizar.
Dec. 11, 2018, 5:38 a.m.

  • grim herz grim herz
    ¡muchas gracias! me alegra que te haya gustado. Dec. 11, 2018, 6:46 a.m.
Ben Ponce Ben Ponce
Aterrador, sorpresivo, crudo... me encantó, simplemente, me encantó.
Dec. 9, 2018, 9:33 p.m.

~