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I

Esta historia comenzó hace mucho tiempo, cuando el sol brillaba en el santuario azul, y sus rayos rebotaban en las doradas playas de Mundo La, en Mundo L. Las gaviotas recorrían el paraíso y la brisa llegaba hasta los palacios donde habitaban reyes, reinas y princesas.

Excepto en el reino de Sara. A él le faltaba un rey, el desaparecido Ader. Amado por todos los habitantes, no olvidaban su misericordia ni aún cuando pasaban frente al monumento en su honor. La reina, Sara, pedía su descanso eterno, hincada, solía rezar mientras lloraba en silencio.

― ¿Está muerto?―la princesa Merian se acercó a su madre. Ella también necesitaba respuestas.

―No lo digas―siguió cerrando los ojos―. Ve a tu habitación.

Como cualquier niña obediente de ocho años, subió hacia su habitación. No era el momento adecuado, pero deseaba volver a la ventana con vista a la playa y al infinito océano. El oleaje salpicaba las rocas, y Merian imaginaba que el viento traído de otros continentes le llevaría mensajes.

¿Quién podría contarle la verdad? Nadie, nadie desde que Sara prohibió a sus súbditos hablar sobre el rey a Merian. Era el dolor, quizás la muerte en alguna batalla lejana, después de haber partido sin dar aviso.

Pasaron los años, Merian creció con dudas, porque el destino de su padre le agobiaba. Ella creció sin él, y aún no olvidaba cuando los tres juntos iban descalzos a la playa y se sumergían.

Un día, Merian decidió tomar cartas en el asunto. Tenía 17 años. Como le fue posible, salió del palacio y se dirigió a la taberna, donde solía reunirse el capitán con los marineros. Era afortunada de llegar temprano en un día sobrio para él.

―Buenos días, capitán Klet―lo abordó.

― ¿Qué hace aquí nuestra princesa?

―Vengo a comprarle un mapa de las rutas marítimas, y posibles islas. Lo necesito mucho

―Venga conmigo.

Merian lo siguió hasta el muelle. Él abordó el barco principal del reino y después de varios minutos, le llevó una copia. La entregó a ella y le pagó con monedas de oro. Le pidió que no le contara nada a su madre.

― ¿Para qué lo necesitará?―se preguntó.

Merian regresó a casa. El palacio, por fortuna, no necesitaba ser resguardado como en épocas pasadas. Sin embargo, al deslizar la puerta principal, su madre, ataviada con sus mejores prendas la miró.

―Merian, ¿de dónde vienes?

―Ah… yo…―Merian ocultó el mapa detrás de ella―. Estaba caminando en la playa.

―No parece―examinó sus sandalias.

― Voy a mi habitación.

Sara siguió abanicándose, esperando que fuera solo cualquier paseo habitual. Mientras Merian subía por las escaleras de mármol y perlas, Sara pensó que a su hija, tan libre como la brisa costera, necesitaba un padre. Y ella lo necesitaba también, aunque por sí sola, Sara logró mantener el reino a flote y próspero, donde los crímenes eran escasos.

Merian llegó a su cuarto y cerró la puerta. Colocó sobre la mesa el mapa marítimo, lo extendió hasta donde los barcos exploraron, dos continentes más. Y los cauces, las islas y demás detalles que Merian no podía interpretar, pero era lo que necesitaba.

―Esto es lo que haré.

Entusiasmada, de su armario sacó otra bolsa con monedas de oro y lo ató a su pantalón azul. Cambió sus sandalias por un par de zapatos de piso. Más tarde, descendió al comedor. Le pidió a la cocinera sal, especias y frascos de agua. Y alimentos que pudiera necesitar en dos meses. Asombrada, estuvo a punto de preguntarle, pero Merian la detuvo.

―No le digan nada a mamá, por favor.

―Como ordene―suspiró la cocinera. Merian abrió la maleta y la mujer guardó la comida dentro. Merian subió de nuevo hacia su habitación.

Con los suministros necesarios, Merian esperó la llegada de la noche. La barca de madera seguía detrás de unas rocas, entre los corales. Lista desde hacía dos años que decidió emprender su búsqueda.

Las estrellas brillaban. La playa seguía serena y no había indicios de mareas altas. Merian arrojó la maleta y bajó despacio desde su balcón al siguiente piso. Era afortunada de vivir en el tercer piso. Sonrió al llegar al suelo. Tomó la maleta y se dirigió a las rocas detrás de una colosal roca. Oculta, Merian quitó la fachada y la arrastró hasta el agua. Subió a ella y tomó los resistentes remos, tal como la madera de su barca.

En sus brazos descubiertos, Merian sintió el frío del océano, y de la Luna aliviando con un poco de su brillo. Abrió el mapa y remó, buscando adentrarse en el infinito mar. No sentía más emoción que saber que, después de tantos años, podría estar en busca de su padre y llevarlo a casa. Las dudas de su muerte le invitaban a volver a la playa, pero ¿y si naufragó? Él la necesitaba más que antes. Esperaba que hubiera sobrevivido esos 10 largos años de su ausencia.

El tiempo se volvió lento. Pasaron las horas y Merian se dirigía a la isla más próxima. La Luna se volvió un espejismo en el mar. Divisó en el horizonte las montañas de la Isla Nei; pronto podría buscarle, si nadie, en el pasado, lo hizo.

Sin embargo, su emoción terminó tan pronto como notó que las aguas se agitaban desde las profundidades. El oleaje rompió en rebotes hacia su bote mientras se inundaba, Merian observó verdes tentáculos emergiendo del océano.

Ella nunca creyó en los cuentos.

Merian intentó sostenerse a la barca inclinada, y su maleta, perdiéndose en algún remolino confuso, y los gigantescos tentáculos pronto la sujetaron. Ella intentó soltarse pero no funcionó.

― ¡Auxilio, ayuda!

Pero, sola, en altamar, nadie podía escucharla.

Ni sus gritos desesperados cuando la gigantesca Hidra la arrastró hacia el interior del océano.

Dec. 5, 2018, 7:58 p.m. 1 Report Embed 1
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Domingo Kawsay Domingo Kawsay
Unir una búsqueda con un viaje por el mar me agradó mucho. Me hubiera gustado que se profundizara algo más en la relación padre-hija por medio de recuerdos. Por cierto, en el salto del tiempo, creo que se pudo haber dejado en claro de una mejor forma. Saludos.
Dec. 10, 2018, 2:34 a.m.
~

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