El legado de los siglos Follow story

karenstraight Karen Straight

Los sueños de Anderson llegan más lejos de lo que él imaginó alguna vez.


Science Fiction Not for children under 13.

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I


Hubo una época donde el pueblo de Laveren era barnizado por el pálido color de los faroles de la plaza en fin de semana, su único espacio atractivo para los escasos turistas. Donde, a pesar de ser un pueblo cercano a la capital, y en la mayoría de viviendas carecían de los suministros básicos. A pesar del desabasto, y la marginación, un niño llamado Arthur Anderson, soñaba con la tecnología, propia de la capital.

Su salud enfermiza era el calvario de su madre, quien solía atarearse con las labores de su hogar. La inestable salud de su primogénito se convirtió en la mayor preocupación de su padre, pues el dinero para los numerosos medicamentos para sostener a su niño era insuficiente.

Al menos seguía vivo. Eso decían ellos.

Tendido en cama, pero consciente, Arthur sonrió al ver a su madre llevándole una taza de té. Era el invierno más tormentoso de los últimos años. El ambiente era lleno con la calidez de su madre en rebozo.

―Arthur…

― ¿Sí, mamá?

―Otra vez… esas máquinas descompuestas.

Él suspiró, pero era inútil que su hijo, mientras estaba en cama, no dejara de experimentar con ellas. En seguida tosió, y después recibió el té. Su madre, a pesar de su condición, le encontraba radiante, como otros niños cuando jugaban con sus carritos de madera, arrastrándolos en la tierra. Solo así era feliz.

―Mamá, ¿crees que lograré mis sueños?

Solo tenía ocho.

―Lo harás…

Arthur sonrió. Tomó el té y las pastillas. Volvió a armar otros circuitos.

―Pero, olvida eso. Tienes que descansar.

Ella salió con una sonrisa a volver a limpiar la cocina.

En cambio, Arthur recompensaba el tiempo de ausencia en sus estudios para enfocarse en los circuitos descompuestos. Era el mejor regalo que recibió de un viajero, quien le llevó al niño aparatos y manuales de electrónica que usaban pilas, porque en casa, solo contaban con el aceite y velas.

El viajero iba a veces, a visitar al niño, quien devoraba más libros y todos los volúmenes teóricos de tecnología que, en su vida cotidiana, él nunca tendría. Y a ese extraño, quien se volvió amigo de su familia, nunca volvió a ver cuando cumplió diez. Era probable que no regresara nunca, él decía que debía seguir su camino.

Aunque el entusiasmo por la creación de circuitos crecía en Arthur, era verdad que seguía siendo limitado su estudio. Sus padres, conforme pasaron los años, y desde el contacto de Arthur con la electrónica, renegaron de la afición de su hijo, quien se recuperaba de sus enfermedades. Muchas veces los escuchó conversar detrás de la puerta, en pláticas nocturnas cuando todo terminaba en el hogar y en el campo.

Es una pérdida de tiempo.

Es inútil.

No servirá. Él no será un “electrónico”.

El rechazo de sus padres por su amor a la electrónica opacó su destino. Una noche, cuando ellos dormían, Arthur botó todos sus libros y artefactos al creciente río. Se olvidaría de ello para siempre, aunque el conocimiento seguía intacto, decidió servir al deseo de su familia.

Arthur asistió a la escuela y se graduó con honores en la escuela humilde de su comunidad. Por fortuna, pudo ingresar una vez que se comprobó que estaba capacitado en temas que, por cuenta propia estudió mientras sus numerosas enfermedades trastornaron su infancia. Su juventud transcurrió como un chico silencioso, quien prefería no contar con amistades. Era silencioso y serio, a opinión de aquellos que fueron sus amigos por breves lapsos. En mente tenía el poder servir, y ser útil. Eligió una carrera de Biología, sin embargo, no eran sus aspiraciones reales.

Así, un día, subió al tren que conducía a la capital, para estudiar “algo productivo”. La idea pareció suya que creyó que se volvería ‹‹alguien›› mientras despedía a sus padres, quienes con un pañuelo blanco le enviaban sus bendiciones.

En la universidad, Arthur conoció a Judy, quien estudiaba una carrera en Administración. Y aunque de ella le resultaba atractiva, solo la consideraba como una amiga quien le solía brindarle consejos. Él le contó sobre su vida y sus desaires. Todo se resumía en la frustración de no ser quien debía ser en realidad.

Transcurrieron los años, y tanto como Judy, Arthur se graduaron. Todos eran felices, menos él. En la ceremonia, su madre notó a su hijo abatido.

―Arthur… ¿qué te pasa?

―Estoy bien―decía él, consolando así a los invitados. Arthur era el primer miembro de su familia quien cursaba estudios universitarios.

Judy le brindó un consejo. Otro más para enfrentarse a la realidad.

―Arthur, sonríe por ahora, llora después. Bríndales felicidad por este momento, luego haz lo mismo contigo de mañana hasta siempre.

Y eso hizo. Los siguientes días planeó su partida a otro país, lejos de todos los recuerdos.

― ¡Arthur!―gritaba su padre en la estación―. ¡Regresarás sin nada!

― ¡No importa!―decía él a bordo―. ¡Cumplí sus sueños, faltan los míos!

 ― ¡Hijo, quédate!

― ¡Volveré!―decía él―, ¡y seremos todos felices!

Sus padres se miraron en una tormenta emocional, y ni ella podía contener las lágrimas por su hijo, a quien cuidó en la enfermedad y en la salud.

―Adiós, hijo…

En la capital de…, Arthur consiguió un trabajo, de donde obtuvo el capital que requería para volver a sus sueños de niño. Sin embargo, él se dedicó en tiempo completo a estudiar todo aquello que tiró, alguna vez, al río de una comunidad que no figuraba en los mapas como el mejor lugar para vacacionar.

Pasaban los años, mientras que, en ocasiones su salud volvía a la etapa de su infancia. Sin embargo, su voluntad era más poderosa que cualquier complicación médica. Solía visitar los hospitales y consultorios con frecuencia, pero nada de ello lo detenía.

En una ocasión, encontró a la Sra. Judy en uno de los pasillos del mismo hospital. Ella abrazaba a sus pequeños hijos, quienes desconsolados se aferraban a ella.

― ¿Judy?

― ¿Arthur?

―El mismo. ¿Qué sucede?

―Vine a vivir a este país junto a mi esposo e hijos, pero él tuvo un accidente… dicen que no se salvará.

―No digas eso, Judy, él estará bien.

En ese instante, una doctora se acercó a Judy para informarle de la fatal noticia.

― ¡Señora Douph! ¡Señora Douph!―gritó al ver que ella corría hasta la puerta de la habitación y clamaba porque le permitieran volver a verlo.

― ¡Mamá!―gritaron sus hijos.

Arthur compartió su dolor mientras ella, atormentada, golpeaba la puerta.

― ¡Déjenme entrar!

― ¡Debe calmarse!―habló una enfermera. Y en su mar de dolor, Judy solo podía verse a sí misma, lejana de su amado.

― ¡He perdido todo, he perdido mi vida!

―Casi todo―habló Arthur―. Aún tienes una vida por delante junto a tus hijos, que te aman tanto como tú a ellos. Y no estarás sola, cuenta conmigo, como estuviste cuando yo sufría.

Ella apenas lo entendió. Pero conforme pasaron los días, las semanas y los meses, y el luto fue superado, para aceptar la pérdida de su esposo. Tanta falta hacía también para sus hijos el hombre cariñoso que nunca se olvidó de sus cumpleaños ni de sus partidos de futbol.

La amistad entre Judy y Arthur creció, como en sus épocas de estudiantes. Quizás era el destino que en pocos años, ellos decidieran casarse, y él tomar a los niños como hijos suyos, quienes también le estimaban en gran medida.

Eran una familia feliz.

Solo, cuando Arthur volvía a enfermarse, la preocupación en Judy crecía, pero amaba que él lograra sus metas. Su ahora esposo armaba máquinas con diferentes funciones en la sala, y a veces, sus hijos intervenían en nuevos proyectos o inventos. Él fue quien les construyó su barco de metal, o el avión para jugar en el patio de su enorme casa en la capital.

En una ocasión, Arthur se encerró en su taller, y Judy no le vio por más de dos meses. Incluso llevó sus suministros y refrigerador para evitar molestar a su esposa, quien se dedicaba medio tiempo a su trabajo como administrativa en una gran empresa.

A ella no le molestó, pero, le comenzó a preocupar el interés especial. Arthur disfrutaba poner en práctica sus conocimientos.

― ¿Arthur, estás ahí?―no estaba sola, la acompañaban sus hijos Mark y Brian, de 8 y 10 años. Ellos sentían curiosidad por su padrastro con sus máquinas y circuitos.

―Estoy bien―decía.

―Tienes más de medio año allá―decía ella―. Y quiero saber si estás bien.

―Es una sorpresa, pronto terminaré.

Pasaron no dos meses, sino hasta dos años. Y después tres. Cuatro. Y con el dinero que ganó cuando estaba soltero, aún podía sostener los gastos de sus dos hijos, casa y esposa que le ayudaba a sufragar los gastos.

Fue cuando, en el cumpleaños de Brian, quien apenas reconocía a su padre quien creaba circuitos sofisticados que no se encontraban en el mercado. Arthur apareció. Mark, a veces lo extrañaba más que de costumbre, pero seguía estimándolo y el verlo de regreso le devolvió el ánimo. Judy se sostuvo firme, apoyando el proyecto que no tuvo oportunidad de ver. Tenía fe en él. ¿Algo tan importante para pasar cuatro años y ocho meses sin relacionarse con su familia? Sin embargo, sus estudios y conclusiones le llevaron más de ocho años. La edad de Brian.

Arthur, a pesar de la migraña que combatió con medicinas en su taller, sacó una colosal oblonga estructura cubierta con una manta.

― ¿Qué será?―se preguntó Judy. Brian imaginó un dispensador de dulces y Mark creyó que era una nueva computadora, porque en ocasiones, Arthur solicitaba por correo ciertas piezas o la fabricación de otras que él no podía producir.

―Cuéntanos, ¿qué es?―sonrió su esposa, de nuevo.

―Querida familia―habló él con esa jovialidad que sus hijos y esposa conocieron, años atrás―, me emociona presentarles―y apartó la manta, abriendo la puerta del bloque de metal de dos metros de alto―, ¡el humanoide artificial con vida!

Judy se asustó al ver a un hombre dentro, de no ser porque algunos circuitos eran visibles. Incluso su tejido cutáneo fue producido por Arthur, quien, gracias a sus conocimientos en su carrera de Biología, pudo compaginar la electrónica para crear… ¿vida…?

― ¿Y vive?―preguntó su hijo Mark.

― ¡Tiene emociones e inteligencia!―contó Arthur, encendiendo los circuitos y los compuestos químicos―. ¡Tiene vida!

En humanoide abrió los ojos, y la familia de Arthur se llevó la revelación de sus vidas.

En cuanto Arthur presento a su creación, a la cual le reparó de algunos errores, y añadiendo otros detalles, el mundo dudó de su autenticidad. Nadie creía en que fuera un ser artificial aquel robot que no parecía lejano a un ser humano de verdad. Cuando comprobaron que era auténtico, se volvió un fenómeno en el planeta, llegando la noticia a cada rincón.

Arthur obtuvo fama de inmediato y recibió millones por la exhibición en festivales. Su creación también le hizo ganar crítica y conmover la opinión de otros sectores que dudaban que la vida pudiera ser creada. Él mismo sabía que no podía ser un humano, sino que estaba debajo de ellos, porque, era verdad que carecía de alma.

Arthur era feliz, pero no más que volver a ver a sus padres, quienes se sentían orgullosos de su hijo, quien llegó muy lejos por seguir sus sueños. Ellos lograron tener, en sus últimos treinta años de vida, el derroche y la fama, porque ellos ya no carecían de dinero y bienes, como en el pasado.

―No creo que en el mundo haya o habrá otro logro como el de Arthur―aseguró su hijo Mark en una conferencia.

―Estoy muy orgullosa de Arthur―decía Judy―. Él nunca se rindió. Y aunque no hubiera creado a “Adré” seguiría amándolo, como en todos años cuando esperamos con paciencia los frutos de su trabajo.

El robot permaneció muchas veces en vitrinas, y en otras, rentado por diferentes estudiosos de diferentes países y prestigiosas universidades para producir en serie. Sin embargo, resultó inútil; el único ejemplar no podría ser imitado jamás.

Adré fue el estudio por muchos siglos. Y el nombre de Arthur Anderson quedó unido al de su creación. Él se volvió un ejemplo a seguir para las siguientes generaciones de inventores y electrónicos, incluso de biólogos y químicos.

En el año 3253 se desató una guerra que destruyó a la humanidad casi por completo. Solo unos pocos sobrevivieron llevando consigo su tecnología para habitar la Luna y en estaciones espaciales alrededor de ella.

Pasaron 500 años más donde la civilización espacial floreció para los humanos sobrevivientes. Las bahías de carga y despegue obtenían recursos de otros planetas como Marte o del Cinturón de Asteroides. El agua fue obtenida de Marte, de donde algunas escasas colonias proveedoras también mantenían cuarteles de entrenamiento para los pilotos y trabajadores espaciales.

En el año 3753 la humanidad decidió buscar recursos útiles en la Tierra, donde según los criterios de Radioactividad por Protones tipo A y 567 disminuyeron. Una expedición decidió bajar a la destruida superficie terrestre, donde las ruinas y el continuo polvo en la atmósfera le impedían volver a habitarla en el futuro. Además, la mayoría de personas se acostumbraron a su vida en el espacio y no sentían la necesidad de “volver a casa”.

Los exploradores descendieron en diferentes áreas, y entre ellos, bajó la pequeña Marie Tennaut, quien era acompañada por Laura Cavendish.  Ellas solían apegarse desde la abertura de una válvula en la nave 245, cuando sus compañeros de escuadrón fueron arrojados al vacío, sin posibilidad de regresar. Quizás incorporados a la trituradora espacial, donde los desechos de las colonias eran aniquilados.

Laura contaba con un entrenamiento arduo, pues en ese tiempo, ella tenía 19 años terrestres.

Ellas recorrieron las grandes ciudades, o los restos de ellas. Los escombros abundantes no fueron problema para Laura, ni siquiera para Marie, quien avanzó entre el polvo amarillo y los agujerados tubos de metal deforme, láminas corrompidas por el paso de los años. Quizás hubo madera, pero alguna lluvia ácida arruinó toda su estructura.

Marie se apartó de Laura, y decidió entrar en un hueco. Los metales podrían producir algún tipo de gas, pero, ella, con su casco de cristal reforzado por iones al vacío, no se contaminaría ni con los abundantes hongos. Un rayo de luz incidió en los montones de desechos arrastrados por alguna corriente de agua radioactiva. Una rendija volvió a iluminar otro sector, donde la niña encontró el ataúd de metal. Avanzó hasta el bloque y lo abrió. El polvo cubría su piel lisa y clara.

Un rostro humano en paz, por los tiempos siniestros cuando los seres humanos terrestres se lanzaban diferentes armamentos unos a otros, destruyendo museos y almacenes, pueblos y ciudades, sueños y destinos. Marie miró sus párpados cerrados y su rostro intacto. Él era un humano en apariencia, pero, al tocar su frente, percibió la frialdad de los siglos. Al contacto, Marie vio la oscuridad en su mente, en mayor cantidad que las luces parpadeantes de diferentes naves aéreas levantándose lejos de las terrenales. Y el robot caminó entre los otros, en contra de todo lo perturbable, pero su mente seguía intacta, sin corromperse al participar con ellos en una guerra mundial.

―Marie―la llamó al ver que el bloque fue abierto. Ella corrió hasta donde Adré reposaba, sin ser encendido aún.

Laura cerró el bloque y llamó al capitán para sacar el bloque y a su contenido del mundo que alguna vez fue llamado Tierra.

Transcurrieron dos años, y después tres. En las civilizaciones lunares y estaciones en órbita, la maquinaria colocaba placas de metal para nuevos edificios. Las maniobras eran calculadas por un ser que fue rescatado años atrás. Adré seguía dentro de la habitación blanca, manipulando los controles, pero sin esfuerzo alguno. Imperturbable y sereno, pocas veces hablaba con los demás.

En tanto, Marie entrenaba para conducir naves de última tecnología. En esa ocasión, usaba un modelo diseñado para extraer minerales de Marte y de asteroides. Planeaba ir a Deimos cuando lograra superar su entrenamiento.

― ¡Otra vez!―decía Laura en los transmisores. Desde suelo firme, la joven sostuvo su auricular cerca de su oreja, moviendo un poco su liso cabello corto y rubio.

― ¡A sus órdenes!

Marie tomaba las barras y las sostenía con fuerza suficiente para su edad. Laura se sentía más orgullosa del arduo entrenamiento que la brindaba a la chica de 12 años, quien pulsaba la secuencia correcta de controles para esquivar obstáculos en la pantalla de la cabina, a modo virtual para enfrentarse próximamente a la misión real.

―Aquel que ves es Ceres―contaba Laura desde la base, podía ver a la nave metálica realizar giros y movimientos de escape en una zona peligrosa imaginaria; el puntaje de colisión era reducido gracias a la destreza de Marie, frente a un fondo estelar.

El brillo de los objetos rocosos era para Marie como un juego preliminar, con el que los jóvenes que no servían recursos a la Sociedad Espacial, usaban cuando se preparaban para las pruebas matemáticas, y ella no era talentosa en el área de construcción.

―Marie, ha terminado.

Marie hizo descender la nave en la Estación 135. Las conexiones tubulares engancharon la nave para asegurarla. El pulso de éxito fue emitido a la Torre de Control desde donde podía observarse el Centro de Tecnología Espacial.

Ese era el día cuando Marie y Laura caminaron sobre la “costa” del mar cósmico y se dirigieron hacia el Centro donde los edificios poseían la forma irregular debido a sus composiciones prismáticas, y del domo central, donde la energía se generaba. Cruzaron juntas el puente, usando sus zapatos e imanes especiales para evitar ser víctimas del vacío.

―Laura, ¿mi padre volverá?

―Quizás―decía ella―. En algunos años, tal vez.

―Lo extraño, aunque nunca lo conocí―contó ella―. Y a mi madre―pero ella sabía que murió en el parto. Solo una complicación como cualquier otra.

―Quizás si encuentre otras civilizaciones―sonrió Laura―, y su tropa, y todos quienes estamos aquí podremos avanzar fuera de este sistema. Será el mayor hito después de la doctora Hayve.

―Eso creo―y ella se sentía orgullosa mientras miraba hacia las estrellas. Lo esperaba, si volviera alguna vez, tampoco estaba segura qué decirle. Solo le gustaría que, al volver, pudiera ver que su hija era piloto y suministraba recursos a su civilización por la que muchos entregaron la vida.

Una vez llegaron al Centro, pasaron por el área de filtro, y en seguida, abrieron la entrada principal para ser conducidas al higiénico interior, donde el blanco lo encontraban hasta en las lámparas. Ya podían respirar dentro del edificio, así, las dos se retiraron sus cascos. En el pasillo y en recepción abundaban macetas con verdes tallos y hojas tupidas.

De inmediato, fueron recibidas por las dos recepcionistas con pulcras ropas de oficina con diferentes placas que les permitían adherirse al suelo.

― ¿Podemos ayudarles en algo?

―Desde luego―habló Laura, segura de sí misma y de su posición. Porque ella era importante y así lo expresaban las jóvenes recepcionistas con tocados realizados artificialmente―. Vengo a hablar con el director.

―En seguida―y ella marcó en la pantalla el aviso.

―Por aquí―la condujo otra.

―Conozco el camino.

Marie siguió a Laura mientras se dirigían al siguiente pasillo. Las dos jóvenes se miraron, porque Laura era hábil en los detalles. Doblaron hacia la derecha y en el laberinto, Cavendish no se perdió ninguna de las veces. Ambas llegaron hasta su oficina.

― Director Loont―inició Laura―. Vengo a informar en persona de los fallos en la nave, del nuevo modelo para Marie… Verá…

Marie aguardó en la entrada. Laura explicaba los diagramas que descargó. Aburrida por la conversación, pues lo suyo era conducir naves, decidió explorar el Centro.

Cruzó los pasillos y las paredes intactas. Las lámparas largas color blanco raras veces se apagaban. Abrió puertas, pero la mayoría eran réplicas de la oficina del director, un rompecabezas para sus enemigos quienes varias veces lo atacaron con armas de alta tecnología. En cambio, Marie solo deseaba saber qué podía encontrar entre las 500 habitaciones.

En una de las puertas, Marie encontró a un hombre de espaldas, en una silla frente a una mesa donde numerosos materiales electrónicos se dispersaban junto a instrumentos de acero y un libro de pastas gruesas, un objeto que era poco común. Él volteó al segundo, pero entre la sorpresa, Marie no salió corriendo.

― ¿Por qué lo hace?

―Reparo mis piezas―Marie sentía frialdad en él, pero, sus ojos, su cabello y sus rasgos faciales no diferían de un ser como ella―. Se deterioran por el paso de los siglos.

―Un ser humano no puede vivir siglos.

―No, pero los metales sí. Solo necesitan mantenimiento y suministros.

― ¿Usted no es humano, verdad?

―No lo soy. Pero tengo un nombre: Adré.

―Yo soy Marie Tennaut―extendió ella su mano.

Y él tomó la suya. Pronto comprobó que su mano era cálida. Y cuando la soltó, Marie preguntó.

― ¿Y quién lo construyó? Nunca he visto otro robot humanoide.

―Su nombre era Arthur Anderson―inició él, y Marie pudo percibir tristeza―. Él fue un inventor enfocado a la electrónica. Estudió una carrera equivocada, pero, sus conocimientos en biología fueron útiles para construirme. Él fue feliz junto a su familia, y fue quien me dio la vida, yo le di vida a él. Logró ser inmortalizado en la Tierra, pero ahora nadie lo recuerda.

Marie sintió tanta pena por él que ya no preguntó más.

― ¿Y qué te trae por aquí?

―Acompaño a mi instructora Laura. Estreno, pruebo y uso naves espaciales―le contó ella―. He ido por recursos a la Luna. Una vez, vi una nave que no pertenecía a nuestra civilización, pero Laura dice que solo fue un error en la virtualización de pruebas.

―Interesante, yo, una vez vi una de ellas…

― ¡Marie!―gritaban desde el pasillo.

―Me tengo que ir―habló Marie―. Fue un gusto conocerlo.

―Hasta luego, Marie. Entrena mucho.

Marie sonrió y salió corriendo de la habitación, y se guio por la voz de Laura, quien se notaba pálida.

―Aquí estoy.

― ¿Dónde estabas?

―No importa. Ya estoy aquí.

Laura dudó de Marie. Ella era obediente al tenerla cerca. Mientras iba rumbo a la salida, Marie tomó la palabra de un tema que Laura ya había olvidado.

―Laura, ¿por qué dices que los objetos son y no son libres?

―Porque están sometidos a nuestro control. Los objetos no tienen vida ni la pueden tener. Es imposible que puedan decidir o pensar, como nosotros.

― ¿Entonces no tienen consciencia?

―Mo, Marie. Muchos objetos pueden simularla, pero no poseer el alma como nosotros―decía ella―. Los objetos son programados para realizar cierta operación en ciertas circunstancias.  O recoger datos, pero no lo hacen por sí mismos. Toda creación necesita un creador.

―Como nosotros creamos y manejamos.

Pero, Marie no resultaba convencida. Los gestos tristes de Adré le parecieron reales, no eran ni frías ni programadas sino espontáneas y naturales.

Al día siguiente, Marie y Laura salieron a practicar con la nave reparada y con los datos corregidos. Cuando Marie tomó el control, se sintió segura de sí misma. Ni una pizca de nerviosismo. Era una rutina como siempre. No eran las únicas; otros también solían realizar sus entrenamientos en la bahía próxima.

Marie activó las barras de dirección y el radar se emparejó con el estatus de combustible. Sin embargo, al realizar una lectura, volvió a su mente Adré. Porque no podía evitar pensar en la posibilidad de vivir sin límites. ¿La muerte con posibilidad de vivir? ¿La vida con la propiedad muerte? Y nada de ello era Adré.

¿Qué era la vida en realidad? Ella no lo sabía mientras maniobraba la nave en la interfaz de virtualización. Fue en ese momento cuando sintió el impacto de un objeto desconocido en su colosal nave negra. La idea llegó de nuevo a su mente.

― ¡Laura! ¡Algo me ha golpeado!

―Marie… no te detengas ¡escapa!―gritó de inmediato ella al ver una nave apareciendo al lado de Marie, y corrió hacia la bahía donde su nave aparcaba―. ¡Voy por ti!

Marie encendió los otros controles de navegación y activó la energía para escapar, pero la nave en forma de huso la siguió en todas las rutas que ella tomó alrededor de la Estación. Diferentes naves arribaron a las construcciones alrededor de la Luna. Marie sentía estar en una batalla. En una guerra de verdad.

― ¡Laura, no estoy entrenada para esto!

― ¡No, pero puedes sobrevivir!―le habló ella desde su nave, porque múltiples naves se congregaron alrededor de la nave de Laura. No podría escapar―. ¡Sobrevive, recuerda, lo necesitarás!

― ¡Laura, Laura!

La comunicación fue finalizada. La nave de Laura estalló. Marie se lamentó de usar una nave para extracción de minerales y no contaba con defensas. Y aunque hubiera tenido una, su nave hubiera sido destruida; porque su perseguidor atacó a otra nave de combate que intentaba ayudar a Marie, y la aniquiló sin sufrir ningún daño. Y resultado de la explosión, la nave de Marie fue lanzada a la superficie de la Luna, donde la niña perdió el conocimiento.

Marie despertó cinco días más tarde, cuando se fijó en su nave destruida en el mayor porcentaje de carga y maquinaria. Si se hubiera desprendido de su casco hubiera muerto en poco tiempo.

Marie adolorida, salió con dificultad de su nave descompuesta. Y miró hacia la Estación donde las quebradas bahías no contaban con naves, sino con pedazos de metales flotando a la deriva, sin ser atraídos como de costumbre por la trituradora. No encontró las habituales luces de los edificios ni embarcaciones espaciales rondando.

― ¿Qué voy a hacer si ya estoy sola?

Era cierto. Nadie más sobrevivió. Marie encontró alrededor de su nave restos de otras, y entre los escombros miró un libro titulado “Robótica biológica” de Arthur Anderson.

Dec. 5, 2018, 6:54 p.m. 0 Report Embed 0
The End

Meet the author

Karen Straight Creadora de mundos desde el 2004 gracias a las películas, libros y series a mi alcance. Cazadora de inspiración en la vida despierta y en el universo onírico; la inspiración está en todas partes. Me fascinan los libros digitales e impresos, aunque si un buen artículo se me atraviesa, me entretiene tanto como un videojuego o una canción. Me gusta dar lo mejor de mí en todo lo que hago; siempre agradezco todos los consejos que me brindan para crecer como autora y dibujante.

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