Bajo el vuelo de las gaviotas Follow story

u15433283641543328364 Alain Otaño

Un grupo de jóvenes decide lanzarse al mar en busca de un nuevo futuro


Memoir & Life Stories All public.
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I


- Deja de tirarle piedrecitas al mar y escóndete compadre, que nos van a descubrir.

Le decía Ramón con voz temblorosa y casi imperceptible a Daniel sin salir de su escondite, unas matas de uva caleta a orillas del litoral norte de Matanzas. Eran cuatro en total, ellos dos junto con Esteban, estaban esperando la señal de Mario para emprender la trayectoria en una balsa de fabricación casera hacia los Estados Unidos.
Ramón estaba al frente de aquella expedición que, desde hacía meses, se venía madurando, era un joven de treinta y seis años que había trabajado como pescador de una cooperativa en Cojimar y sabía cómo comportarse en el agua. Este sería su tercer intento de salida ilegal del país, en las otras dos ocasiones había tenido que abandonar por desperfectos de la embarcación. Se lamentaba una y otra vez  por no haber aprovechado en el 94 cuando dieron bandera blanca a todo aquel que quisiera partir, en ese entonces vivía bien y además pensaba que pronto iba a cambiar todo en el país y quizás no fuera necesario arriesgarse tanto por gusto, todo sería cuestión de tiempo, de eso hacia entonces veinte años. Mario, su mejor amigo de la escuela secundaria lo había acompañado la vez anterior con su esposa y dos niños, pero esta vez había decidido lanzarse solo y más adelante la traería consigo a través de alguna reclamación de esas, consejo que le había dado su suegro, quien realmente no tenía el menor interés de que su hija y sus nietos estuvieran expuestos a tal riesgo. Daniel era un vecino y amigo de la familia que llevaba tiempo detrás de Ramón para que lo dejara ¨tirarse¨ con él, un jovencito de veintitrés años al que se le había ido casi toda la familia, solo le quedaba su mamá quien estaba ya en muy malas condiciones producto de una cirrosis y no tenía muy buenas relaciones con ella desde que comenzó con las borracheras y ese vago mundo de la adicción. Esteban era el más viejo de los cuatro, estaba ya picando los cuarenta pero era, por mucho, el mejor nadador del grupo, había pertenecido al equipo nacional de natación en la categoría juvenil y se desenvolvía de maravilla a mar abierto, era quizás el que menos convencido estaba de todo esto, pero no tenía nada que perder, su única hija, una niña de apenas seis años de edad, se la había llevado su ex esposa con ella a vivir al sur de España con su nueva relación, y estaba convencido que no la volvería a ver por lo menos hasta que tuviera ella la mayoría de edad y quisiera venir a verlo, porque él jamás podría viajar y mucho menos al otro lado del océano Atlántico, al menos de forma legal. Ninguno de los cuatro tenían diferencias políticas, pero si muchas dificultades económicas.

Escucharon un ruido y se escondieron aún más, alguien se acercaba por el agua a toda prisa. Era Mario quien traía consigo atado de una soga el esperado transporte, era una balsa de pequeña eslora la cual constaba de unas cuantas tablas bien amarradas encima de unas cámaras de camión, tenían cinco de ellas, una adelante y a continuación las otras cuatro formando dos pares uno detrás del otro y una malla de cerca perle por debajo para protegerlas de los ataques de tiburones, además de cuatro remos con sus respectivos soportes y dos más de repuesto y un pequeño motor remendado que se había llevado Ramón de su centro de trabajo. En el medio se alzaba un pequeño mástil de tubo galvanizado de dos pulgadas con un trozo de lona verde olivo que serviría como vela, además de un timón en la parte trasera. Toda una obra maestra de ingeniería callejera.
- Vamos apúrense, hace ya un rato vi pasar el guardacostas y por eso me demoré -- explicaba. -- Tenemos que avanzar unas cuantas millas antes que amanezca.--
Cogieron los bultos y mochilas, las subieron y juntos empujaron a mar abierto al pequeño Titánic como jocosamente lo llamaban. Aunque rezaban para que este no corriera con la misma suerte de su predecesor.
Se mantuvieron remando un poco antes de encender el motor puesto que no debían hacer ruido porque a esa hora de la madrugada aquel sonido se oiría a unas cuantas leguas de distancia.
Llevaban varias latas de conserva, algunas frutas y unos cuantos galones de agua dentro de otra cámara individual la cual cargaban a remolque, mitad agua mitad aire, además de una nevera plástica, una bomba de aire y una cámara de repuesto, toda una reserva para al menos una semana de viaje. "Con eso, valentía, la estatua de la virgen de la Caridad (que había traído Mario y acomodaron a bordo) y mucha fe, les bastaba para llegar al otro lado sin dudas". Eran las palabras de Ramón.
Precisamente él iba al timón mientras los otros tres se quedaban mirando con tristeza el país que desaparecía a lo lejos, había decidido no voltearse esta vez ya que en las ocasiones anteriores había dejado escapar una que otra lágrima y no quería pasar por lo mismo nuevamente. Su tierra era su tierra y la llevarían siempre en su corazón aunque hubieran resuelto alejarse, estaban conscientes que ninguna sería como la suya.

Comenzaba a asomarse el Sol por su derecha y ya habían avanzado lo imaginado por Ramón y sus cuentas matemáticas, hacía rato no se divisaba tierra tras sus espaldas, el mar estaba sereno y no había de que preocuparse al menos durante los primeros dos días según el Estado del Tiempo del noticiero de la noche anterior.
Había un silencio total a bordo, incluso Esteban llevaba los ojos un poco rojizos, cuando Daniel decidió romper el silencio.
- ¿Dime Puro, según tengo entendido eres un salvaje nadando, crees estar listo si pasa algo y el barco se vira? Dijo refiriéndose a Esteban para sacarlo de su estado.
- Bueno, ¿estás listo tú? porque yo sí,- respondió Esteban mostrando ahora una pequeña sonrisa.
Mario y Ramón se miraron y echaron una carcajada, ambos sabían que Daniel le tenía terror al mar, lo habían invitado en par de ocasiones a recorrer el litoral y habían notado como temblaba cada vez que chocaban contra alguna ola un poco mayor. Estuvo blasfemando prácticamente todo el viaje, ellos habían dado su paseo en medio de un tiempo no muy bueno para que supiera más o menos lo que iba a enfrentar ya que él, nunca antes se había subido a otra lancha que no fuera la de Regla o Casablanca.
- ¿Y tú venciste el miedo Dani? - le pregunto Ramón y volvieron a reír
No me digas nada que yo si estoy jodío, creo que este miedo no se me va a quitar nunca.-
Esta vez fue Esteban quien se carcajeo.
¿Pero sabes nadar no? - Le preguntó.
- Si, en la orillita. Y todos rompieron a reír nuevamente.
Así se mantuvieron durante un largo rato mientras iban entrando en calor y dejaban un poco su tristeza atrás.
Vestían camisas y pullovers de mangas largas los cuatro, Daniel y Esteban llevaban gorras deportivas mientras que Ramón y Mario tenían unos sombreros de yarey, daban gracias a ello aunque sudados, porque el sol estaba que quemaba cuando apenas se acercaba el mediodía.
Habían desayunado bien cada uno antes de salir pero ya el hambre les anunciaba la hora de almuerzo y Mario, que era el encargado de racionalizar las alimentos, sacó para la primera comida del día, unos panes con carne de cerdo frita que era lo primero que debía comerse, pues lo demás podía aguantar y esto corría el riesgo de echarse a perder.
- Arriba muchachos, de uno en fondo pasando por el comedor, aprovechen las mejores cosas para hoy que quizás para mañana solo podamos comer frutas y frijoles enlatados.- anunció Mario.
- ¡Ñoo! Menos mal, pensé que esta hora no llegaría nunca dijo entre risas Ramón mientras cogía lo suyo.
Esteban era ahora quien manejaba, echándole el ojo a cada rato a una brújula de bolsillo y Daniel extendió su mano aunque sin muchas ganas de ingerir alimento alguno, pues estaba un poco mareado y con ganas de vomitar.
- Come muchachón, que el viaje es largo y quizás mañana esto que no quieres comer ahora valdrá oro molido- le aconsejó Esteban sin soltar el timón - me avisas para que agarres aquí y almorzar yo, que me estoy muriendo de hambre jajaja. - y Daniel le cedió el turno.


El cielo estaba bastante despejado, casi sin nubes, aunque Ramón hubiese querido algunas más para así tener instantes menos ¨ardientes¨, si el astro rey seguía como hasta entonces en cualquier momento estarían más fritos que la misma carne de cerdo.
La travesía hasta el momento no había tenido ningún percance y esto era muy favorable, no se habían encontrado con ninguna lancha guarda fronteras, ni  siquiera de ningún otro tipo. Aprovechaban y dormían algunas horas cada uno guardando fuerzas para la noche, si todo se mantenía así quizás en dos o tres días a más tardar llegarían y eso gracias al motor que aunque no tenía mucha fuerza los ayudaba inmensamente. Tenían que apagarlo cada cierto tiempo porque se calentaba muy rápido y temían que el calor afectara los neumáticos aunque estaban un poco alejados, mientras tanto se turnaban para remar, realmente el motor se había traído solamente con la idea de alejarlos un poco de la orilla pero este les había durado más de lo planeado. Hasta ahora no habían tenido necesidad de la pequeña vela, además de que el viento no les favorecía. Habían escuchado de grupos de personas que habían estado hasta once días en el mar y debían evitar estar tan largo período. Además corrían el riesgo de un repentino cambio de tiempo y ya bastante tendrían con las peligrosas corrientes del golfo.

Mario miraba una pequeña foto que llevaba en el bolsillo de su camisa de cuadros donde se veían a sus dos niños y su mujer, pensaba en ellos y por primera vez se preguntaba si habría valido la pena, estaba consiente que pasarían muchos años para volverlos a ver, eso sí llegaban sin problemas, recordaba entonces que no se despidió realmente de ellos, solo les dio un beso y salió como si fuese a trabajar un día más ocupando el turno de la tarde, no le quería decir a Eva, su esposa el día exacto de su partida para evitar contrariedades.
- Es terrible tener que hacer cosas como esta para darles un mejor futuro a estos niños - dijo mientras le enseñaba la foto a Esteban. - ¿Algún día acabará todo esto? ¿Podremos verlo?
- Quizás, quizás lo vean nuestros nietos, ninguno de los dos gobiernos se pone de acuerdo y al final resulta que el pueblo es quien paga las consecuencias - Respondió Ramón- sabes cuantas familias aún no se han podido volver a ver desde que empezó todo y cuantas ya no se verán jamás.
- ¿Valdrá la pena todo esto? ¿Algún día ganaremos más de lo que ya hemos perdido?

Esta última pregunta de Esteban dejó a todos nuevamente en silencio, Era ya demasiado tarde para volver tras sus pasos, el temor y la ansiedad comenzaban a afectar aquel pequeño grupo de navegantes.
Eran ya las tres y cuarto de la tarde y aún Daniel no probaba bocado alguno, su mareo era aún mayor y ya comenzaba a sentirse muy mal, el azul profundo de alta mar se volvía negro ante sus ojos, eso, el estar rodeado de sal y el penetrante sol lo tenían un poco manipulado. El sudor comenzaba a correr con más intensidad mezclándose con el agua salada. Al principio  Ramón y Mario habían estado molestándolo pero al verlo después de un rato sin mejora le acercaron una botella de jugo para tratar de hidratarlo y darle algo de ánimo.

Ramón seguía atendiendo al joven grumete a quien no le quedaba ya nada que vomitar, inyectándole medicamentos anti nauseas, hacia una hora había empezado a dar problemas el motor y Esteban y Mario lo revisaban, las olas ya comenzaban a tomar su respectiva confianza y la nube de preocupación se hacía más y más grande. La vela se había rasgado en un costado y con deficiencias tendría que cumplir entonces con su cometido.
Al fin llegó el atardecer y la marea se había calmado un poco, Daniel estaba sentado al fondo con la cabeza apoyada sobre sus manos que descansaban sobre sus rodillas, había logrado comer algo y los demás le acompañaban, esta vez habían abierto una lata de conservas y Esteban sacó unas manzanas, unas rodajas de piña y unos tomates que había llevado. En aquellas últimas horas habían avanzado muy poco y no encontraron solución para el dichoso motorcito, hacía poco aire y le había llegado la hora al remo. Comenzaron Ramón y Esteban que eran los más fuertes, dijeron a Mario que descansase un rato para sustituir a uno de los dos mientras Daniel cobraba un poco más de fuerzas. Estaban los cuatro más tostados que un pan.
Esa noche pasó sin problemas pero el agotamiento de este primer día fue tal que decidieron dejar de remar y descansar mientras se alternaban haciendo turnos de guardia cada cuatro horas.

Nov. 27, 2018, 4:55 p.m. 2 Report Embed 3
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Bertica Garcia Bertica Garcia
Muy bueno, espero el próximo capítulo. Saludos
Nov. 27, 2018, 1:24 p.m.

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