Antell Follow story

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El talento de Antell es ser una mentirosa. Pero no cualquier mentirosa. Es una mentirosa por necesidad.. Ese es su talento. En lo que ha practicado toda su vida. Y es curioso, por que su circulo de amigos considera que su talento es jugar a las cartas, apostando en el blackjack o el poker. Y es incluso más curioso es que su maestro, un tipo de más de cien años que sabe controlar los colores ,diga que el talento de Antell es controlar el fuego. Pero no, Antel es una mentirosa. Una mentirosa astuta, bella, pelirroja de quince años, que es capaz de engañar a todos sus compañeros cuando juega poker. Esa es Antell. Y por ser una mentirosa, es la mejor maga de fuego que jamás hubiera nacido. Antell es una historia del universo compartido de Olmford. Es la primer historia de un mundo inmenso que planeo escribir con los años. Espero que te haya llamado la atención la premisa (lo cual espero, por que la anterior que escribí era aburrida hasta decir basta).


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#fantasiaurbana #magos #original #Literaturajuvenil #Magadefuego #magia
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Antell

—¿Estás seguro de que es ella?

El mago pasó el dedo por la puerta de su Rolls royce, alterado la pintura a un verde chillón. Igual que el de el saco verde que estaba usando.

—Estoy seguro.

.........................................................................

Los ojos de ella eran color rubí. Un rubí tan intenso que uno podía llegar a pensar que su mirada era una llamarada ardiente. Su cabello pelirrojo, lacio, que volaba detrás de ella, daba la impresión que el atardecer se había impregnado en las raíces de su ADN. Y sus manos tan jóvenes, con las uñas pintadas de carmesí, tenían la destreza y la agilidad de una maga. Pero no de cualquier maga. Una maga de fuego.

A ella le gustaba jugar a las cartas. En especial, le gustaban los juegos de magia. Sabía perfectamente como ocultar un as dentro de la baraja y retirarlo sin marcar la carta. Sabía como arrojar el mazo entero de cartas, de una mano a otra, sin fallar ni una vez. Y era tan buena jugando al poker, que se sospechaba que ocultaba las cartas en las mangas de su camisa. Pero jamás fue descubierta haciéndolo.

Con tal habilidad, uno podría llegar a pensar que tenía un futuro brillante como dealer o jugadora. Su padre y madre, juez y doctora respectivamente, no estaban de acuerdo. Y ella, con sus ojos rebeldes, hacía oídos sordos a ambos.

Ella quería ser maga.

Por eso entrenaba con las cartas. Cualquier mago que se respetara sabia que hacer con una baraja de cartas en la mano. Y venía practicando desde que encontró la baraja en la oficina de su padre.

Cuando tuvo quince años, su día se basaba en tres cosas. Estudiar, practicar y ponerse linda. Porque se puede ser muy hábil, pero cualquier mago es mas hábil si en lugar de mirar sus manos, miran sus ojos. Por eso todos los chicos, cuando se ponían a jugar al “poker” o al “blackjack” en el receso entre clases, la invitaban. Y ella estaba satisfecha sabiendo que sin importar lo que pasara, si ella repartía, ella determinaba quien ganaba y quien perdía.

Precisamente, cuando empieza esta historia, ella repartía a sus compañeros en un receso a las afueras de su aula, sentados en el patio de cerámica blanca.

—Ni se te ocurra hacer trampa— dijo uno.

—Nunca hago trampa— respondió ella mientras mezclaba las cartas hábilmente— Lo que pasa es que es muy fácil ganarle a unos muchachos como ustedes.

—¿Cómo que “como nosotros”?

La pelirroja levantó una ceja y le hizo una mirada burlona.

—Creo que si tienes que preguntar a que me refiero con eso, no hace falta que aclare lo que quise decir.

—La dealer está prendida muchachos. Atentos a sus manos.

Los manojos de cartas se empezaron a deslizar uno detrás de otro. Pero no había trabas. La mezcla era fluida, tanto que parecía que las cartas estaban hechas de aire. Una carta u otra giraba en los dedos de Antell mientras que con la otra mano seguía mezclando, luego introducía la primer carta y retiraba otra sin detenerse en ningún momento. Y todo el mundo se quedaba con la boca abierta de solo verlo.

—Pongan las apuestas los jugadores— dijo Antell sin parar de mezclar— Último aviso.

Los jugadores sacaron una moneda y la arrojaron a las piernas de la dealer que no paraba de mezclar. Ella miró a todos. Y se dio cuenta como los curiosos de cursos más grandes se acercaban al juego.

—¿Nadie más quiere jugar? — dijo mirándolos— Es el último aviso de la ronda.

Un silencio incomodo se presentó. Los jugadores solo miraban a la pelirroja mezclar las cartas sin siquiera tener la necesidad de verlas. El sol entraba por arriba y les golpeaba en la nuca. Excepto a ella. A ella le entraba de frente y animaba ese cabello rojo que tentaba con sus movimientos.

—Bien, voy a empezar.

—Espera— dijo una compañera— Yo también quiero jugar.

Uno de los chicos la miro.

—¿Wendy? ¿Sabes jugar blackjack?

—No, pero quiero aprender.

—Ni lo sueñes.

La chica le hizo una mirada fría al muchacho.

—Greg, soy tu novia. Y si pasas más tiempo con esta pelirroja cualquiera, voy a comenzar a sospechar que la quieres más que a mi. Déjame jugar.

Greg cerró la boca. Wendy sonrió y se acomodo a la izquierda de su pareja, dejando a Greg en la esquina.

—Bien, ¿y que hago? — pregunto.

—Solo pon una moneda en el montón para iniciar la apuesta y te enseñaremos sobre la marcha— dijo la dealer.

—Bien.

Wendy sacó una moneda del bolsillo de su camisa blanca y la arrojó con el resto de monedas.

—Perfecto. Empecemos entonces.

La pelirroja comenzó a repartir a los cuatro jugadores, de izquierda a derecha una carta a la vez hasta repartir dos para cada uno. Y por último, una para ella. Dos de los jugadores tenían diecisiete y dieciocho puntos. Greg tenía nueve y Wendy trece. La pelirroja puso su carta, era un diez.

—Pido— dijo Greg y arrojó una moneda.

La pelirroja le repartió una carta y salió un diez.

—Me planto con diecinueve— dijo Greg.

—¿Qué hiciste? — preguntó Wendy.

—Pedí cartas. Puedes pedir cartas para ver si logras llegar al veintiuno.

—¿Y para que le diste la moneda?

—Es que nosotros jugamos un poco distinto. Si quieres pedir cartas, tienes que dar una moneda. Si pierdes, la pelirroja te devuelve la mitad. Si ganas, duplicas el valor.

—¿Pero no es más probable que ganen mas veces ustedes que ella? Digo, ¿ella no debería estar perdiendo dinero entonces?

—No con ella Wendy. No con ella.

Wendy entrecruzo las cejas y miró a sus cartas.

—Pues yo voy a ganar. Te lo prometo.

—¿Ganarme tu a mi? — dijo la pelirroja — ¿En serio?

Los jugadores miraron a la pelirroja. Sus ojos parecían estar brillando al decir esas palabras. Brillando como un fuego nocturno en un bosque a medianoche.

—Sí— respondió Wendy— Yo te voy a ganar.

—Bueno. Veamos entonces. Solo te digo que yo se perfectamente donde está cada carta de mi baraja.

—No me importa. Quiero otra carta— dijo Wendy y tiró una moneda al pozo.

La pelirroja le arrojó una carta. Era un cinco. Ahora Wendy tenía dieciocho puntos.

—¿Cuando se gana Greg?

—Generalmente si consigues veintiún puntos has ganado.

—Ah, entonces quiero otra ....

—No tires otra moneda— dijo Greg— Es muy difícil que logres sacar una carta que llegue a veintiuno. Lo más probable es que te pases del número. Y si te pasa eso, pierdes.

Wendy miró los puntos de los otros jugadores. Había otro que también tenia un dieciocho. Si ella se quedaba con esos números era imposible ganar. Y con eso en mente miró a su novio.

—No puedo ganar con dieciocho puntos. Son muy pocos.

—La pelirroja puede sacar menos que tu, y en ese caso recuperas la ganancia.

—Pero sería un empate con el. Yo quiero ganar.

Wendy no lo pensó y tiro otra moneda. Greg intentó detenerla, pero cuando su mano pasó por delante de ella, la moneda ya estaba volando hasta el pozo. La pelirroja la tomo con gusto y le tiró otra carta. Un dos de diamante se sumó a la cuenta. Ahora tenía veinte puntos.

Greg suspiro.

—¿Ese es el dinero de tu almuerzo? — preguntó Greg.

—Sí— dijo Wendy.

—¿Y con qué vas a comer?

—Con lo que gane.

A Greg le cayo una gota de sudor por el cuello de su camisa y se le marcó por debajo de la tela. La pelirroja tomó las monedas. Tantos almuerzos que poder comprar. Pero aun no terminaba su juego. Con la uña pintada de rojo apuntó a Wendy y los rulos de su cabello castaño se levantaron un poco.

—¿Te quedas con el veinte o te arriesgas al veintiuno?

Wendy dudo y se masticó la uña por accidente.

—Greg— preguntó la niña a su novio— Si me quedo con esta mano, ¿que pasa después?

Greg miró la carta de la pelirroja. Era un diez. Un viento le paso la nuca.

—Bueno, si te quedas con esa mano, la dealer tiene que sacar una carta. Si saca menos de diez, tu ganas. Si saca un diez, es empate y se devuelven todas las monedas. Y si es un as, que tiene valor once o uno ...ella hace blackjack y gana.

Wendy asintió y luego miró a la pelirroja. Ella le sonreía raspando el metal de las monedas entre sí, como si les quisiera generar chispa. Estaba confiada. Muy confiada de que las cosas saldrían como ella quería.

—Entonces si la siguiente carta es un As, ella gana.

—Así es.

—Pero si es un As, y yo la pido, yo gano.

Greg hizo silencio.

—Wendy, no hagas locuras. Si te equivocas, lo pierdes todo.

—Pero tengo que ganar— dijo Wendy mordiéndose el labio— ¿Me das una última moneda?

—¿Que? No. Es mi almuerzo. Mis padres me lo dieron.

Wendy se junto a su novio. Sus ojos estaban prendidos. Prendidos y grandes, parecidos a los de la pelirroja. Su decisión estaba tomada. Y esa misma energía, se transmitió a su novio con unas palabras.

—Estoy segura de que la siguiente carta es un As, Greg. Estoy segura.

—¿Cómo puedes estarlo?

—No lo se. Solo se que es así. Y que voy a ganar si pido la carta.

Greg se mordió el labio. La moneda la cargaba en sus pantalones, y se sentía apretada contra su pierna. Pero la mirada de Wendy era más fuerte.

—Si ganamos, me invitas una soda.

Wendy asintió. Greg le pasó la moneda.

—Una carta más— dijo tirando la moneda.

La pelirroja tomó la carta. El dorso rojo se mezcló con el color de su pelo y la luz del sol rebotó en el plástico. Arrojó la carta. Esta voló con el numero vital oculto debajo. La carta resbaló en el suelo, hasta la rodilla de Wendy, un poco por debajo de su falda. Ella la tomo. Todos miraron su rostro. Y poco a poco ella empezó a sonrojarse mas y mas intentando ocultar su sonrisa. Y al final tiró la carta. Era un As de pica.

—Veintiuno— mencionó la pelirroja— Felicidades.

La pelirroja entonces tomó su carta de la baraja y la dio vuelta. Era un diez.

Wendy no tardó ni un segundo en reclamar las monedas, las cuales sonaron como campanillas de esperanza.

—Niños ¡¿Que hacen?! — grito una maestra al oír las monedas las cuales Greg y Wendy tomaron velozmente— Los juegos de carta están prohibidos.

La pelirroja tomó las cartas lo más rápido que pudo, pero los zapatos de la maestra fueron incluso más rápidos que sus manos, y antes de poder tomar el as que le faltaba, la maestra la tomo por la oreja.

—¡Señorita Purpuri! — grito la maestra— ¡¿Otra vez jugando a las cartas?! Las señoritas como usted no deberían hacer esas cosas. Vamos a tener que llamar a sus padres de nuevo

Y el recreo terminó.

.....................................................................

A la tarde, a la salida de su escuela, Wendy llevaba en una bolsita todas sus monedas. Los niños y niñas, se fueron a la izquierda, hacia el este. Pero Wendy no. Wendy salió al oeste, agarrándose la falda para que no se levantara por su rápido andar. Su pelo enrulado hacia reflejos en el sol de la tarde al caminar por esa vereda.

Y entonces, la vio al final de la esquina, con ese pelo rojo, y esos ojazos rubí. Ella estaba mirándola. Y Wendy se acercó.

—Eh, gracias.

—No hay de que. Me gusta usar mi talento para cosas buenas— dijo la pelirroja.

Wendy rebusco en las monedas dentro de su bola y sacó un buen manojo. La pelirroja las contó.

—Sesenta por ciento— dijo la pelirroja — Un número precioso.

—Fue lo que me pediste.

—No te estoy regañando Wendy. Actuaste bien. Greg no se enteró ni un segundo.

—No. Cuando salimos me seguía preguntando como es que sabia lo del as. Ahora tiene ganas de pasar tiempo conmigo.

—No hay de que Rulos. Cuando quieras para reavivar la llama del amor solo avísame.

Wendy se rió y la pelirroja guardó las monedas dentro de su mochila. Las dos se saludaron y la dealer entonces se dio la vuelta para ir a su casa. Pero antes de que se fuera, Wendy tenia una ultima duda.

—¿Cómo lo hiciste Antell?

Antell escucho esto y sus oídos se levantaron. Saco dos cartas de su mochila. El As de pica y el dos de diamante

—Un mago nunca revela sus secretos.

Antell levantó las cartas y las puso una frente a otra. El sol rebotaba entre ellas, con un destello Les sopló y de repente una llama de fuego envolvió ambas cartas. Pero entonces Antell soplo de nuevo, y el fuego se apagó. Pero las cartas seguían ahí.

Y Wendy aplaudió a la gran maga de fuego Antell.

Nov. 25, 2018, 5:25 a.m. 3 Report Embed 1
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Galo Vargas Galo Vargas
Hola! Interesante historia. Estamos en el proceso de verificación de Inkspired, y te queríamos recomendar por favor corregir ciertos errores de tildes y puntuación antes de poderla verificar. Por ejemplo, "como" en una frase interrogante es "cómo", y las comas deben ir juntas a la última letra de "de este modo, así", no "de este modo ,así". Existen varias palabras en verbo pasado que no tienen sus tildes además. Por favor, revisa que todas las palabras tengan sus tildes, y respondes este comentario en cuanto lo hayas hecho para poder verificarla :)
Feb. 20, 2019, 4:33 a.m.

  • Robag Pencil of Simpleness Robag Pencil of Simpleness
    Gracias por tu comentario Galo. Disculpa por contestar tan tarde. EL trabajo y el estudio me pueden. Creo que ya corregi esta historia, asi que, cuando sea posible, me gustaria una segunda revisada para verificar. De igual forma, muchas gracias. Feb. 20, 2019, 4:37 p.m.
Carlos Camargo Carlos Camargo
Todavía estoy sorprendido por el inesperado final. ¡Toda una tramposa! Jajajajajaja Me gustó muchísimo!!!!
Nov. 27, 2018, 6:56 a.m.
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